miércoles, 14 de junio de 2017

Alguna vez debería

Franz Marc. El sueño (1912)
"Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto" ("Caminos del espejo", Alejandra Pizarnik).

Por J. Teresa Padilla

Marisa dice que escribo demasiadas reseñas (y muy largas), que prefiere que escriba otro tipo de textos (y, sobre todo, más breves). Alguna vez tendré que preguntarle si le parece bien algo de lo que hago, para que me lo diga y pueda hincharme, por un ratito al menos, cual pavo.

Voy a hacerle caso, o a intentarlo. Y eso que lo de Patria ha creado un tapón importante: ahí están, esperando su reseña, dos obras de las que sí puedo hablar bien, que es, al fin y al cabo, lo que me gusta hacer aunque no siempre lo aparente. Leí Velocidad de los jardines y quedé flotando, como borracha de adjetivos. Este hombre (Eloy Tizón) me ha camelao, pensé, así que mejor dejo que la cosa se enfríe o me arriesgo a no escribir más que bobadas. Fue entonces cuando ingenuamente me puse con Patria con la esperanza de que me espabilara y pasó lo que ya os he contado pormenorizadamente, aunque pueda resumirse en un “fui a quitarme una mancha de mora con otra y ésta resultó ser piedra pómez”: con la mancha se llevó la mitad de la piel. Creía que parte de mis amistades iba a proceder a mi linchamiento (de ahí el acopio de argumentos), pero han pasado de mí. Nada que no arregle una cerveza que, ni qué decir tiene, me tomé. Una un día y al siguiente otra, porque he leído que tomárselas juntas, aunque al final de la semana tomes el mismo número, es malo (o peor que tomárselas escalonadamente). Qué queréis que os diga: el famoso algoritmo sabe que lo de la cerveza me interesa y me mantiene puntualmente informada. Alguna vez tendría que escribir sobre lo dañinos que resultan estos escritos periodísticos de divulgación médica: al final todo lo que haces y tomas te va a llevar a la muerte (como si no lo supiésemos), menos mal que cada día descubren también un no sé qué nuevo que te da esperanzas. Esperanzas absurdas, pues para cuando te llegue a ti, ya estarás muerto, pero, leches, no hay que ser egoísta y pensar en las futuras generaciones: ya no morirán de lo que tú, sino seguramente por desnutrición, porque no hay realmente nada sano de lo que alimentarse. Esto me recuerda una terapia contra el cáncer consistente en matarlo de hambre. Como cualquier otro tratamiento protocolizado tiene sus riesgos, en este caso la muerte por inanición del paciente, pero su lógica viene a ser la misma: lo que mata el cáncer, mata al paciente y se trata de conseguir lo primero antes de que ocurra lo segundo. En realidad, no sé si existe de verdad tal terapia o forma parte del humor negro que circula entre algunos usuarios de los hospitales de día. Alguna vez debería escribir sobre las cosas que, en serio o en broma, nos decimos las personas en estos lugares. O las que no nos decimos nunca. Lo que nos duele en ocasiones mirarnos y la necesidad que, pese a todo, tenemos de hacerlo. Sí, sobre esto habría que escribir, pero ahora prefiero dejarlo un tiempo.

El caso es que, al igual que para bajar de la nube en la que flotaba por causa de Tizón me puse a leer el folletón del año, para librarme de la mugre mental que me había dejado Aramburu, retomé el Roth (La mancha humana), esa novela que había dejado a medias en un ataque de pánico que ya os relaté cuando, entre pitos y flautas, volví a su lectura y el protagonista se había vuelto negro. O afroamericano. O como haya que decirlo sin ofender, que menudo interés iba a tener yo en ofender a nadie con la piel más oscura, sobre todo teniendo en cuenta que mi palidez es azulada y prácticamente el resto de la humanidad pertenece a ese grupo. De esto, de la hipersusceptibilidad e hipocresía social habla mucho esta novela, y de otras cosas que me interesan personalmente más, no sé si tanto como a Roth o algo menos, porque él y yo somos así: vamos un poco cada uno por un lado, pero en el fondo coincidimos siempre en algún lugar, aunque sólo sea un momento y para terminar maldiciéndonos. Bueno, yo le maldeciría mientras él se dedicaría como mucho a describirme minuciosamente dejando al descubierto todas mis vergüenzas. Pero de todo esto ya hablaremos en la reseña. ¿O no había quedado en hacer caso a Marisa? Podría contaros, eso sí, las ganas que sentí hace unos días de acariciar el hombro de un muchacho con la piel más negra y hermosa que había visto nunca, pero no lo haré, que a saber qué ibais a pensar de mí. A lo mejor hay que ir saliendo poco a poco del armario y dejar de parapetarse tras los libros, pero, de momento, poco a poco. Y entonces me puse a pensar sobre qué escribir y cómo hacerlo.

Primero me pregunté si no debería intentar un cuento. Y se me ocurrió uno que lo era en los dos sentidos principales que esta palabra tiene: breve y falso. En realidad era un cuento dentro de otro, porque iba de una niña que se inventaba cosas, las fingía y las relataba luego con el entusiasmo que sólo merece lo verdadero. Una niña que creaba para sí misma un mundo distinto al suyo. Lo interesante iba a ser decidir cuál de los dos cuentos era el más falso, mentiroso y condenable: el de la niña o el de la narradora ¿realista? El pánico me invadió y decidí dejarlo macerar un poquito más (no sé deciros para cuándo estará). Pero entonces recordé lo que esa misma mañana había oído decir de mí a una de esas personas que no puedes dejar de amar porque son las que más, aunque no siempre bien, te han amado. Fue algo dicho sin pensar, por alguien que ya no puede hacerlo con una mínima claridad, pero duele igual. Esta anécdota estúpida puso al fuego un caldero desde el que me salpican en su borboteo de ciénaga hirviente multitud de agujas: desde las palabras que se clavan como cuchillos hasta los límites de las deudas afectivas o de las penas en la redención de las culpas… ¡Uf!, ¿se puede escribir sobre esto en 1000 palabras? Seguro que sí, pero habría que escoger bien el detalle, la minucia capaz de revelarlo.

Alguna vez debería escribir sobre estas cosas, pero antes necesito seguir las instrucciones de mi recién estrenado fisioterapeuta: cerrar los ojos, concentrarme en sentir y, luego, sólo cuando de verdad lo sienta, abrirlos y ver reflejado en el espejo qué es y dónde te está tocando el responsable de la sensación. Es un ejercicio difícil, no creáis, pero sorprendente. Cerrad los ojos y sentid. Y ya veremos.

2 comentarios:

  1. Seguro que Marisa lo que quiere es que cierres los ojos y nos transcribas lo que sientes, que es algo que haces infinitamente bien. Lo que pasa es que como eres una rebelde, pues eso.

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    1. Menos mal que tú la entiendes mejor que yo y me la traduces. Claro que ese "infinitamente", lo mires por donde lo mires, es una exageración. Pero, gracias. Haré lo q pueda.

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