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miércoles, 7 de junio de 2017

Patria, II

Foto: Vincent West (Reuters)

Por J. Teresa Padilla

“Mi limitado gusto, que no me impide agradecer la dilatada imaginación narrativa de los Estados Unidos, me veda el hábito de venerar la literatura anual de Philip Roth. La prensa de mi ciudad, conforme acaba el invierno, anuncia la mayor duración de los días, la llegada de los primeros estorninos y la nueva novela de Philip Roth. El nombre me evoca episodios de violencia cruda y sexo explícito, impermeables a la delicada agüilla que, aunque no sepamos con exactitud en qué consiste, convenimos en denominar poesía. Recuerdo en Patrimonio la descripción prolija, con prosa fregona, de un padre anciano envuelto en deyecciones. Me dicen que la nueva, Némesis, no es lo mismo. ¡Me lo han dicho tantas veces! Reconozco mi falta de paladar para las obras de este autor. Reconozco la vana presunción de encerrar en dos adjetivos a un contemporáneo que ha publicado treinta y un libros” (“El lector claudicante”. Fernando Aramburu –las negritas son mías-).

Me quedé pensativa/culpable al terminar la primera parte de esta reseña de Patria. Te has pasado, mujer: te gustan más los discursos indignados que a Irene Montero. Y para colmo no eres nadie para hacerlos, a ver qué autoridad te puedes arrogar. Sí, de verdad, pensaba que era un castigo excesivo y cruel. Al fin y al cabo no se trata sino de un choque de sensibilidades estéticas radicalmente diferentes. Pero luego recordé el texto que he citado, al pie de la reseña que “El Cultural” hizo de Némesis y leí cuando preparaba la mía. No recordaba que lo hubiera escrito Aramburu, pero sí. Dado que él no encontró inconveniente para hablar en estos términos de un grande, por qué yo no de un mediano. Y dejé de sentirme cruel y culpable.

Los que me conozcáis un poco sabréis que Philip Roth no es, ni mucho menos, mi Roth preferido. Pero hace falta algo más que valor para calificar su prosa de “fregona” mientras uno se refiere a la poesía de la que supuestamente carece como “delicada agüilla”. Esta última sí que es una expresión para pasarle la fregona.

Resulta que he leído las dos obras que Aramburu menciona: Némesis, de la que tenéis reseña no muy entusiasta en este blog, y Patrimonio, un texto sobre el amor paterno-filial, la vejez y la implacable crueldad de la enfermedad del que no hay reseña porque entonces yo no las hacía, pero que es muy muy (o muy-muy) bueno. Sí, los viejos pierden el control de los esfínteres en el camino, lento para unos, rápido para otros, hacia la muerte. Pero no nos da asco (porque los queremos y porque todos hacemos pis, caca y hasta vomitamos de cuando en cuando), ni nos parece inapropiado describirlo en su crudeza porque las metáforas bellas aquí equivaldrían a mentiras cosméticas. Y puede que no sea un poeta, pero no se puede acusar a Roth de mentiroso, que es lo mínimo que se pide a un buen escritor. Independientemente de la falta o no de profundidad que algunos podamos añorar en sus obras, nadie puede discutirle que es un prosista excepcional. No me he encontrado aún con la violencia cruda, pero sí con el sexo explícito, y puedo añadir que no he leído nunca en él algo tan casposo e insultante como llamar a una mujer en este contexto “instrumento de placer”. No, señor Aramburu, no convengo para nada en denominar a no sé qué agüilla poesía. Quizá por eso, porque no sé lo que entiende usted por poesía-agüilla, no la he encontrado en absoluto en Patria. Pero ese olor provinciano a sacristía que invade toda la novela y sí he captado (yo creía que por influjo del modo de vivir de los pueblos sometidos a la tiranía etarra) puede que emane no sólo de su tema, sino también de su autor.

Si queréis saber lo que Aramburu pretendía con esta novela, podéis leer las páginas 551 y siguientes. Es un discurso lleno de frases sentidas y buenas intenciones que no he visto reflejado en la obra en sí. Por eso me voy a limitar a contar lo que yo he leído y que básicamente se reduce a una epopeya: la historia de dos familias que un día fueron felices y estuvieron unidas (una unión corriente y superficial), sufrieron y se enemistaron y, al final, se arreglan más o menos. Miren y Bittori, las matriarcas y protagonistas, viven en un pueblo guipuzcoano y son amigas desde niñas. Estuvieron a punto de meterse monjas de lo religiosas que eran, pero terminaron casándose con dos muchachos del pueblo (Joxian y el Txato, respectivamente). Resultó que el último tuvo éxito con los negocios, mientras que el primero no pasó nunca de modesto asalariado. Sin embargo, la amistad entre las mujeres no sólo no se vio aparentemente afectada por esta desigualdad, sino que se extendió a sus maridos, buenas personas ambos. Los niños, tres y dos, crecen, y ellas se escapan con regularidad a Donosti para merendar, alternativamente y conforme a sus respectivos gustos, tostadas con mermelada y chocolate con churros. Dos personajes perfectamente intercambiables y a los que sólo distingue esta preferencia por una u otra merienda: Bittori es “cuarzo facial” (118) y Miren una “mujer de mármol” (94), mujeres duras, dominantes. ETA existe, pero de ella no se habla. Ambas tienen hijos que se mueven en su entorno e hijos que no. Pero un buen día, y a causa de un malentendido provocado por la interrupción fortuita de la negociación sobre el importe del impuesto revolucionario que se exige pagar al Txato, éste se convierte en objetivo de ETA. Y entonces, todo el mundo le da la espalda a él y su familia. Todos, incluida la familia amiga de toda la vida, la de Miren, quien, lejos de limitarse, como su marido, a abandonar cobardemente y aparentar odio por quien había sido su mejor amigo, se torna, en cierta forma, cabecilla del linchamiento. El pueblo se llena de pintadas contra él y, finalmente, es asesinado por el comando en que milita el hijo etarra de Miren, Joxe Mari, transformado desde su paso a la clandestinidad en el orgullo de su madre.

Portada tras el asesinato, mencionado en Patria, de M. Zamarreño en 1998


Se supone que deberíamos ver en la radicalización de Miren el proceso que llevó a los vascos a someterse a ETA y su discurso, e incluso a apoyarlos abiertamente, pero sólo podemos elucubrar, porque en esta novela se nos cuentan muchas cosas, muchísimas, pero rara vez cómo pasan. Miren se convierte en la cabeza de las manifestaciones proetarras y lo lógico sería pensar que lo hace por ese amor ciego e irracional de madre que apoya a su hijo haga lo que haga, aunque resulta que tiene otros dos hijos por los que no muestra el mínimo interés y a los que no le importa criticar. Podría pensarse que contar con un miembro de su familia en la organización que mantiene sometido a todo el pueblo y se ha arrogado el derecho sobre quién merece vivir o no, le hace sentirse poderosa. Ahora ella es más que su amiga Bittori, la rica. Pero nada hacía suponer un conflicto previo de este tipo entre ellas, aunque luego, evidentemente, en plena confrontación, se reinterprete toda la vida que compartieron y la generosidad del amigo se transforme en un acto deliberado de humillación.

Lo malo de dejar una novela en manos de sus personajes, como hace Aramburu, es que se corre el peligro de que los personajes no sean capaces de soportar el peso de la novela. Los de Patria son todos muy limitados, intelectual y emocionalmente, incapaces de dar razón de sus actos o de identificar sus sentimientos. Y los que no están abotargados emocionalmente, como Joxian, apenas hablan. Si ellos no son capaces de averiguar lo que les pasa y el narrador no nos lo cuenta, pues lo que sucede al final es que no podamos decir que sí, que ahora entendamos algo mejor lo que pasó. Ni con ETA en el País Vasco, ni en esta familia. Y así todo nos parece limitarse a un culebrón que no me extrañaría ver convertido en serie televisiva a la mayor brevedad. ¿La diferencia entre Patria y, por ejemplo, Guerra y Paz, con la que un crítico ha osado compararla? Pues precisamente ésta, que en Guerra y Paz la epopeya está subordinada a la lírica y, sobre todo, a la ética, a la reflexión y el conocimiento moral. Y Tolstói sí es capaz de hacer hablar a sus personajes y tiene como narrador muy claro dónde está situado: porque no todas las perspectivas son asumibles cuando de lo que se habla es del derecho a matar. Nada de esto hay en Patria. Sólo cosas que pasan. Lo que hay se parece más al “he tenido amigos en ETA y amigos a los que ha matado ETA” de Arguiñano, declaración que fue abroncada en las redes por su simpleza no inocente mientras, paradójicamente, a Aramburu se le aplaude por no decir mucho más.

Lo que se cuenta en Patria, como lo que reconoce Arguiñano, lo sabíamos o nos lo imaginábamos. Lo que no entendíamos es cómo se puede vivir así, entre unos y otros, sin querer, poder o atreverse a tomar partido. Y esto tampoco nos lo explica Patria. Nos lo muestra una y otra vez hasta conseguir que nos falte el aire y estemos deseando huir. Sí, vemos el enorme poder de amedrentamiento que ETA tenía (hablemos en pasado, aunque no se ajuste a la realidad), pero, insisto, no cómo llegó a conseguirlo, ni tampoco cómo se ha ido liberando de él (seamos optimistas). Porque lo que aquí se nos muestra, lo que ETA fue, el tipo de poder que, conforme a lo que fue, ejerció sobre muchos vascos y la miseria moral en que los sumió y todavía los sume (lo de Alsasua fue hace dos días), ya lo sabíamos. Que no se trataba de una lucha, armada y legítima, por la liberación de la patria vasca, “los de fuera”, como se nos llama en la novela, no lo hemos dudado nunca. En parte porque es el cuento de siempre: todos los movimientos armados que se enfrentan al poder establecido hacen uso del mismo mito legitimador, el del sacrificio por la patria, el pueblo, los oprimidos…

Al menos las bandas callejeras que someten a su violencia barrios enteros de algunas grandes ciudades del mundo, y que son el mejor modelo de lo que al parecer ETA fue en estos pueblos, no tienen la desvergüenza de hablar de sacrificio: saben lo que quieren y hacen lo necesario para conseguirlo, y tanto “generales” como “soldados”, “reyes” como “peones”, conocen los riesgos. Pueden morir, pero nunca son víctimas. Ellos no necesitan la bendición de nadie (cura, cuadrilla, familia). Sólo una orden del asesino al que hayan jurado lealtad, una orden que ni tan siquiera se les pasa por la cabeza alegar como atenuante. No lo necesitan. Matan a los que no se someten a ellos, a los que se pongan en su camino o entorpezcan su paso. Tú eliges si te quieres arriesgar a ser asesinado un día o quieres unirte a ellos y convertirte en lo que ellos son y de lo que se enorgullecen: asesinos poderosos.

Lo de ETA no se parece en nada a la franqueza desinhibida y cruel del miembro de una mara. Su hipocresía y su invocación a la patria vasca (esa madrastra cuyos verdaderos hijos sólo ellos conocen) le acerca más a las familias mafiosas. Por patria vasca entienden lo mismo que Corleone por “familia”. En su nombre ha habido que deshacerse muchas veces de los familiares. Porque la familia no es el conjunto de sus miembros, sino el apellido, el honor, la sangre… Esos conceptos abstractos y mal definidos que permiten hacer lo que en cada momento el “cabeza de familia” considere oportuno para ella, o sea, para sí mismo y, como mucho, sus súbditos o herederos inmediatos.

Como dice en la novela el padre de un joven muerto (aunque lo dice tanto de la izquierda abertzale como de la policía –la equidistancia de Aramburu por encima de todo-), “todos mienten”. Y la mentira de ETA, la que desearíamos ver desmontada literariamente, huele a sacristía y a seminarista resabiado: no pueden aceptar la verdad, lo que son, el placer que les proporciona el poder que detentan y el miedo y la sumisión que siembran a su paso. En realidad disfrutan sus “acciones” como esos partidos de balonmano que Joxe Mari (el etarra, personaje oligofrénico destinado a enseñarnos la gestación y el ocaso de un terrorista en esta novela) rememora desde la cárcel, ansían batir récords de muerte y destrucción para ser los primeros y ganarse entre sus iguales el respeto que aún no tienen. Los atentados son los orgasmos que, como buenos monaguillos, no han tenido ocasión de disfrutar (literalmente en el caso de Joxe Mari). Pero no lo pueden reconocer, qué vergüenza. Vergüenza, otro sentimiento que queda sin aclarar y mostrar (no sólo nombrar) en la novela, que se limita a decirnos, por ejemplo, que a Nerea le daba mucha vergüenza que la asociaran con su padre, un víctima mortal de ETA. Esta monstruosidad no es fácil de entender, y menos aún que en la narración se deje caer y se olvide. Como absolución del placer asesino, vergonzoso no como asesino sino en tanto que placer, están las justificaciones: nacionalista, marxista-leninista…, y si pueden ser dos, para qué quedarse sólo con una. Aunque, bueno, también es verdad que la mayoría de los miembros de número, Joxe Mari por ejemplo, no tienen cabeza para estos “detalles” políticos y no entiendan siquiera la expresión "justificación ideológica". Ni para detalles políticos, ni para reflexiones morales. Con esta cabeza de martillo, para qué nos iba narrativamente a servir el personaje.

“Soy de aquí, hablo euskera, no me meto en líos de política, doy trabajo. Cada vez que se hace una colecta para fiestas, para el equipo de fútbol o para lo que sea, el Txato apoquina como el que más. Si alguien de fuera viene a hacerme daño, seguro que le echan el alto. Ojo, que ese es de los nuestros” (150 -el subrayado es mío-). Habla el Txato, la víctima, que en otro lugar apunta que en su vida había cruzado palabra con un policía. O, discutiendo con su hijo, “no puedo entender que unos tipos que pretenden defender el euskera maten euskaldunes. Que quieren construir Euskadi, maten vascos. Otra cosa es que se carguen a guardias civiles o a gente venida de fuera. Me parece mal, pero desde la lógica del terrorista no deja de tener sentido” (416). Le parece mal, pero relativamente lógico desde la perspectiva terrorista. Lógica, como si se tratara de esto. Y entonces el hijo sensato y culto, del que podíamos esperar una réplica, le explica que esa lógica no es tal, sino un “automatismo ciego”. Y claro, a semejante cosa, automática y ciega, cómo se le van a pedir cuentas o responsabilidades morales. La imparcialidad política que pretende el autor se convierte en moral (nadie se cuestiona en este sentido nada en Patria: “son gente mala” es lo más fuerte que leemos) y el gran problema es que éste no es, como pretende el discurso de ETA (asombrosamente asumido por Aramburu), un conflicto político, sino moral. ¿O es que no se ha aprendido nada de Dostoyevski (a quien lee Gorka, el hermano “raro”), de Tolstói o de Camus?

Patria nos cuenta lo que parece una guerra civil entre vascos dentro de otra guerra más amplia, como fondo, contra “los de fuera”, la policía y la guardia civil, que son los indeseados por todos los vascos de verdad. Unos simplemente porque no “son de aquí” y los otros porque torturan por sistema, e incluso asesinan, ganándose de sobra el odio que se les tiene. Joxe Mari es maltratado una vez detenido y el autor no se atreve a decirnos lo que pasa por la cabeza (o el corazón) de los torturadores, puros uniformes sin nadie dentro. Ni les da la palabra salvo para hacer su trabajo de acosadores y torturadores. Sólo algún personaje se atreve a sugerir que hay personas dentro de sus uniformes, pero sólo eso. Y el narrador, tan celoso de su equilibrio político, tampoco se atreve a más.

Atentado contra la casa cuartel de Vic en 1991. Foto: Pere Tordera.
Y esto es Patria: alguna verdad aislada en un mar de silencio, vergüenza y mentira. El que se nos describe, pero desgraciadamente también el de la descripción. “A unos les salen los hijos terroristas. A mí me ha salido médico” (80), dice Bittori. Pues nada. “Yo pude caer como cualquier otro joven vasco”, afirma el autor en una entrevista, y el escritor que aparece casi al final de la novela nos lo repite y nos asegura haber encontrado una respuesta a la pregunta de por qué no fue así, una respuesta que no termino de localizar en su discurso, tan obvio, por otra parte. Puede que Bittori se muera en paz con las ridículas disculpas del “idiota”, como ella le llama. Pero a mí me deja fría. Como su tragedia. Quizá sea porque no reconozca en ésta la de la inmensa mayoría de los asesinados por ETA y sus familias. Sinceramente, la suya es la tragedia de quien fue indiferente a la de los demás hasta que le tocó, y cuando esto sucedió no fue capaz de obtener de su sufrimiento nada: ni mayor compresión, ni rectificación de antiguos errores, ni sabiduría, empatía o altura moral. Como su amiga del alma, Miren. Ambas muestran su peor cara en los papeles opuestos que interpretan en la tragedia: una sólo habla con su muerto y la otra, con la imagen de San Ignacio. Para qué: para desahogar su odio y sus miserias. Qué vamos a aprender entonces los demás de su historia. Nada, porque no es la suya la que nos importa, la que nos hubiera gustado leer.

Cosas interesantes encontradas en la red:

https://vientosur.info/spip.php?article12381

jueves, 8 de diciembre de 2016

Sobre "Crimen y castigo"

Por J. Teresa Padilla

Peter Lorre como Raskolnikov en Crimen y castigo (1935) de J. von Sternberg
 “En una calurosa tarde de principios de julio, un joven salió del cuchitril que había realquilado en la callejuela de S. y se encaminó lentamente, como indeciso, hacia el puente de X”. Así empezó todo. Bueno, no exactamente. Así empieza la edición de Crimen y castigo, traducida en los ochenta por Augusto Vidal, que poseo actualmente. La que yo leí por primera vez, calculo que muy a finales de los setenta, a los trece o catorce años, era una de esas ediciones que se pretendían de lujo, descuidadas por dentro (papel áspero y amarillento, tipografía vulgar) y ostentosas por fuera, con su simil de piel y los dorados purpurina del lomo. Ni qué decir tiene que por más que lo buscaras no encontrabas ningún nombre en el interior que se responsabilizara de la traducción o te indicara siquiera el idioma del que se había hecho. En fin, era una edición pésima, destinada más a la decoración que a la lectura, que mi padre había encontrado donde suelen encontrarse este tipo de libros: en un saldo.

Mi padre no podía resistirse a los precios miserables de este tipo de libros “clásicos” y los adquiría aunque no tuviera la más mínima intención de leerlos. Pensaba, supongo, que debían estar en casa, que no podían faltar en la “biblioteca familiar”, aunque el único que entonces leía algo era él y ese algo no era, desde luego, literatura extranjera, por clásica que fuera. Lo suyo era la poesía social (que era lo que había intentado escribir en una época), el teatro (fue actor y director de una compañía de aficionados en su tierra natal) y alguna novela (Cela, Ferlosio, Laforet…). Y con eso ya se consideraba un gran lector y, lo que resulta más curioso, puede que lo fuera realmente comparado con su entorno. Mi padre era autodidacta y algo narcisista, una combinación poco recomendable pues detiene antes de tiempo el proceso de autoformación. Ese narcisismo le ponía muy cuesta arriba reconocer según qué cosas. Años después, cuando le adelanté claramente como lectora, y como lectora, sobre todo, de narrativa extranjera, me explicó la razón por la que no leía a extranjeros y, ya de paso, por la que, a pesar de todo, él seguía siendo mejor lector cualitativamente hablando que yo (que conste que adoraba a mi padre y él a mí, pero tenía estas cosas que ahora, más vieja y espero que sabia, me hacen sonreír y me gusta hasta recordar, aunque parezca que no favorecen en nada su retrato).

El argumento era poco más o menos el siguiente. No conocía salvo su propio idioma, como casi todos, y nadie le enseñó, ni a él se le ocurrió pensar, que una traducción pudiera no desmerecer un original y, en cualquier caso, compensar sus desventajas al hacer accesible lo que de otra manera nunca hubiéramos podido leer. Para él el mundo se dividía en dos: los verdaderos escritores y todos los demás. Obviamente un traductor no podía sino cargarse lo que de literario tuviera el texto. Los que leían literatura extranjera eran unos ignorantes a los que sólo les interesaba la trama. Y esto si se hablaba de novela. La poesía traducida era, sin discusión, un completo sinsentido, un sacrilegio, una aberración.

Es, pues, difícil de explicar por qué adquiría, aunque fuera en saldos o, más tarde, en colecciones de quiosco, algunos clásicos de la literatura universal. Me parece que no estaba muy seguro de lo que me contaba. Tampoco sé por qué me dio a mí por abrir y empezar a leer aquel Crimen y castigo encuadernado en un horripilante verde con letras doradas que no invitaba en absoluto a ser abierto por nadie y menos por una niña. La traducción debía ser espantosa, pero me dio igual. Lo único que consiguió fue que la sustituyera a la primera ocasión en la “biblioteca familiar” por la de Augusto Vidal en dos tomos; una edición de quiosco, sí, pero mucho más digna, que supliqué a mi padre que comprara. Y volví a leer la novela. Y la disfruté todavía más que la primera vez. La traducción, desde luego, era mejor, y ayudó mucho, pero supongo que la verdadera razón de que mi fascinación por esta novela aumentara estaba en ese par de años que había cumplido entre una y otra lectura. Y así fui madurando para ella y las relecturas que, cada vez más espaciadas en el tiempo, se repitieron.

A mis amigas y vecinas, incluso a mis hermanos, les gustaban Los cinco, los cómics de Astérix... Qué sé yo. A mi me aburría todo eso. No conseguí leer ni una página y estoy segura de que me perdí algo, pues treinta años después mi hijo sigue disfrutando de estos libros que ha heredado, claro está, de su padre. Hasta que Raskolnikov no salió ante mis ojos de su cuchitril realquilado, la única letra impresa que me había alcanzado con éxito era la de los cuentos y poemas para niños de Gloria Fuertes, a la que, por eso, me moriré adorando. A ella y a Dostoyevski, del que devoré todo lo que pude a continuación, de la misma forma que mis amigas devoraban las novelas de Enid Blyton o mi hijo las de Rick Riordan (o, en realidad, casi todo aquello que se pone en su camino siempre y cuando en las historias no mueran perros).

Luego descubrí a muchos otros que le sustituyeron en mis preferencias e incluso tuve que reconocer que su obra estaba infinitamente por encima de su persona; que era un hombre egoísta, algo mezquino. Un eslavófilo antisemita (qué dolor lo poco que logré leer del Diario de un escritor). Pero nada pudo cambiar que fue él quien escribió la historia de un joven en el que cualquier adolescente rebelde se puede ver reflejado, quien convirtió en tema de una novela el derecho o no a matar en nombre de mundos mejores. O qué nos hace realmente superiores: ejercer sin remordimientos supuestos derechos o humillarnos ante los más humillados. Y luego hizo su versión de El Quijote, en El idiota. Y creó al blasfemo más justo y atormentado que pueda imaginarse en la figura de Iván Karamazov. Y se retrató en El jugador

Dostoyevski despertó mi curiosidad por las historias. Me enseñó que no se trataba de tramas, sino de personajes de carne y hueso (así me parecían y parecen los suyos) que dudaban, cometían los peores pecados, se peleaban con los demás y con ellos mismos y, con suerte, encontraban en lo más humilde y pequeño la redención. Por muy mal traducido que estuviera, el mensaje era demasiado potente.
 
150 años se han cumplido este 2016 de la primera publicación de Crimen y castigo, en 1866. Desde luego no había envejecido la última vez que la leí. Ahora se me ocurre que debería invitar a mi hijo, que tiene la misma edad que yo cuando descubrí esta novela, a leerla, a ver qué le parece. La verdad es que me da un poco de miedo. Miedo a que no vea lo que yo vi. ¿Y qué vi yo? Suena fuerte, lo sé, pero no sé de qué otra forma decirlo: luz, mucha luz.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El doble

El doble. Fiódor Dostoyevski.

Alianza: Madrid, 2011. 240 pp. 9,95 euros.


Por J. Teresa Padilla

¿Por qué reseñar hoy esta novela de Dostoyevski? Podría, sin duda, alegar unas cuantas razones serias y profundas, pero os estaría mintiendo. En realidad, la elección de esta obra tiene dos motivos y ambos son estrictamente anecdóticos y biográficos.

El primero es que el domingo, cuando paseaba a mi perra por la mañana todavía algo somnolienta, alguien me paró en la calle para decirme que era “mi primo Javier”, dicho lo cual me plantó dos besos, “uno por mejilla” (como en la canción de Sabina). Me dejé hacer, como quien dice, primero porque, como ya os he dicho, todavía no estaba despierta del todo y, segundo, porque no está la vida como para ir rechazando besos así como así de buena mañana. Sin embargo, me creí en la obligación de sacarle de su error y decirle que no, que no era mi primo (por lo menos en primer grado y fruto de uniones legítimas, que son los que controlo). Escéptico aún me dijo el apellido que debería de tener y compartir con él (es curioso, pero ahora que me acuerdo en ningún momento dijo mi supuesto nombre, puede que ni lo supiera, ¡menudo primo!), y sólo cuando le confirmé que no era el mío aceptó resignado su equivocación y la justificó: tiene en el mismo barrio una prima igualita a mí. Total, que tengo una doble. Me pasan tan pocas cosas emociantes que, en cuanto subí a casa, relaté el suceso a mis hijos (como han salido a mí, les pareció interesantísimo) para así advertirles de la existencia de esta doble y de la posibilidad de que cualquier día se encontraran con alguien igual que yo que se negara a reconocerlos (ganas me dan de hacerme pasar por ella a ver qué pasa).

El tema de la doble trajo a mi mente esta novela de Dostoyevski que leí hace un millón de años, como casi todo lo que he leído de él. Y es que Dostoyevski y yo llevamos un tiempo, bastante largo ya, distanciados. No lo sé, pero me pareció que estaba siendo injusta con él y que había llegado el momento de intentar la reconciliación. Porque, para que lo sepáis, Fiódor fue mi primer amor literario.

Yo no leía de niña. A pesar de que en mi casa había bastantes libros para nuestro nivel social, nunca me tentaron. Ni ellos ni los libros que leían los otros niños de mi entorno (Mortadelo, Astérix, Los cinco, los clásicos ilustrados de Bruguera…). Hasta que un día mi padre apareció con una edición de Crimen y castigo que había comprado muy barata en alguna parte. Lo abrí, sólo por la inercia que tenía de curiosear cualquier novedad que entrara por la puerta, y apenas lo volví a cerrar hasta que no terminé de leerlo. Desde entonces siempre pedía que me regalaran libros. Libros concretos. Sobre todo de Dostoyevski. Tenía unos doce o trece años, calculo yo.

A Dostoyevski lo he leído y releído varias veces a lo largo de mi vida, y creo que hubo una época en que me supe de memoria frases enteras de Crimen y castigo e incluso de Los hermanos Karamazov. No sé muy bien lo que pasó, como casi siempre pasa en las historias de amor cuando acaban. Supongo que conocería a otros (y otras) cuya inteligencia o sensibilidad, o ambas cosas, terminarían por seducirme más que las suyas y le abandoné. Sí. En cuestiones literarias soy terriblemente infiel, como debe ser. Pero lo que no se puede cambiar es que él me abrió la puerta de la literatura y se merece más que nadie una reseña mía. Esta es la segunda razón de la entrada de hoy. Como veis, la primera era bastante tonta y la segunda es sentimental, o sea, todavía más tonta.

Pero vamos con El doble, que va a resultar lo único inteligente de esta entrada. Y eso que en esta novela se nos invita a asistir a una pesadilla. La que vive durante unos días un gris funcionario, Yakov Goliadkin. Una pesadilla dentro de otra pesadilla, la vida misma del protagonista, que desde el principio se nos presenta como un ser a todas luces enfermo, incapaz de comunicarse con franqueza, desconfiado, mezquino.

Sin que sepamos el motivo, Goliadkin se prepara con gran boato y despilfarro para asistir a una fiesta en la que no se le permite la entrada: la fiesta que celebraba Olsufi Ivanovich, su superior y antiguo benefactor, por el cumpleaños de su hija, Klara. Aún así logra colarse, aunque su anómalo comportamiento una vez dentro le condena a una expulsión vergonzosa. Tras ella recorre fuera de sí las calles de San Petersburgo huyendo de sus presuntos “enemigos” con “el aspecto de un hombre que quería escaparse y esconderse de sí mismo”, el peor de todos ellos. Y como en una pesadilla, su mayor temor (el de ser alcanzado por sí mismo) se cumple: otro señor Goliadkin, absolutamente idéntico a él, se instala, primero, en su casa y luego en su oficina.

Bueno, absolutamente idéntico no: tan miserable como el primero, el segundo señor Goliadkin tiene más éxito. En realidad, da la sensación de que representa todo aquello que Goliadkin I quisiera en el fondo ser y que tan en contradicción está con quien él cree que es. Aunque, claro, el que él cree ser no se parece en nada ni al que quiere ser ni al que es en realidad: él cree ser un hombre sincero, recto y leal.

Un personaje (o dos, o tres, según se mire) de pesadilla en una realidad social tan disfuncional como él. Y, sin embargo, la novela nos muestra cómo el verdadero enemigo no es ésta, sino que se encuentra en nosotros mismos: en nuestra mezquindad moral. Ella es la que ha llevado a Goliadkin a creerse mejor de lo que es, a descargar la responsabilidad de su vida sobre los otros, a sentirse perseguido y maltratado, a no desear sino el éxito y el reconocimiento de aquellos a los que en el fondo desprecia... Ella, con su egoísmo y cobardía inherentes, le conduce a la marginación social y, lo que es peor, a la locura.

Mientras releía esta novela no podía dejar de pensar en que Goliadkin es el negativo de lo que mucho tiempo después sería el príncipe Myshkin, el protagonista de El idiota. También él es objeto de mofa social, un marginado, incluso un loco. Pero su locura es otra, expansiva, luminosa y creadora como la del personaje que sirvió de modelo a su creación, don Quijote. No sé. A lo mejor ha llegado el momento de volver a leer El idiota también. A lo mejor tengo que volver a Dostoyevski.