jueves, 26 de julio de 2018

De madres y madrastras

Foto: Restos fosilizados de Pompeya

Por J. Teresa Padilla

La naturaleza es una madre cruel. Entre otras muchas cosas, por supuesto: fue y vuelve a ser una instancia legitimadora de discriminaciones varias (de raza o sexo) o la víctima de la explotación humana, el progreso ciego y autodestructor. La naturaleza es algo que necesitamos controlar y someter porque, en cierta forma, nuestra humanidad, nuestra superioridad respecto al resto de los seres vivos, depende de que lo logremos, de que nos independicemos de ella, de que nos vayamos de casa y dejemos de ser simples seres vivos con una posición determinada en la cadena trófica y un destino reproductor, sin mayor importancia y valor que el de mantener el equilibrio del Todo, saciar el apetito de esa diosa de la fertilidad con grandes pechos que a todos alimenta para, a renglón seguido, ingerirlos y engendrar otros.

Como no es posible vivir a la intemperie, el ser humano se construyó entonces otro hogar alternativo, una segunda naturaleza, la de la cultura. Si para reivindicarse como tal tuvo que morder la manzana prohibida, descubrir la muerte, avergonzarse de su desnudez y renunciar a la seguridad nutricia de esa madre sobreprotectora, aunque siempre dispuesta a sustituirlo en su regazo por otros a los que se aferrará tan poco como a él, para defender su singularidad más propia, el hombre también tendrá que traicionar, hasta dónde le sea posible, esa herencia de generaciones convertida en una segunda madre, supuestamente más humana, de la cultura. Aunque ésta es otra historia dentro de la Historia, más personal y, por tanto, menos documentada, que se presiente más que conocerse. Quizá en el balbuceo del poeta o en la perplejidad del pensador solitario y titubeante. Sobre esto no hay ciencia, sólo palabras, cuentos.

“No tienes que matar a tu padre, pues el mundo lo hará por ti. Hay muchas fuerzas dispuestas a acabar con tu padre. El mundo se encargará de él. Quien está ahí para que la asesines es la madre. ¡Asesinarla impulsado por su emocionante idea de la libertad! Habría sido mucho más fácil sin ella, pero sólo mediante esta prueba puede él ser el hombre que ha decidido ser, separado inalterablemente de lo que recibió al nacer, libre para luchar por ser libre”.

Hace nada leía esto en La mancha humana, de Philip Roth, y lo compartía aquí. El padre, en realidad, no deja de ser, en el imaginario colectivo que constituye un elemento importante de esa casa construida tras el destierro del Paraíso que llamo cultura, una figura de autoridad, un rey que será depuesto por la violencia de la Historia (el relato o la memoria de la cultura, pero también, aunque pueda sonar paradójico, su motor al abrir la dimensión del futuro) o por la inevitable muerte (pues la lucha contra la tiranía de la naturaleza está destinada al fracaso, aunque uno tan singular y propio, como es el envejecimiento y la muerte, que parece poderse obviar). Un rey que se sacrifica gustosamente a sí mismo por su descendencia. Ése es su papel. La madre, simple mediadora en esta genealogía suprapersonal de linajes y patrias, cuenta poco en esta historia que es la que conservan los documentos, la que se estudia en los colegios, la que inspira las epopeyas. En este relato, que también se llama ideología cuando se descubre la perspectiva desde la que se narra, la madre, la mujer en general, está más cerca de la naturaleza. Y por eso apenas se considera del todo humana, porque, como en la narración que he propuesto intentando ajustarme al relato tradicional, es la ruptura con ella, la naturaleza, la que nos hace tales. Si la cultura se redujera a las formas de organizarse social y políticamente más todas sus consecuencias, y la historia a la crónica de esta sucesión de acontecimientos, poco más habría que decir. Pero, afortunada y mágicamente, la cultura da lugar también a excrecencias inútiles y quizá hasta contraproducentes. Como la propia naturaleza cuando enloquece en primavera ofreciendo un derroche de aromas y colores con una desmesura difícil de justificar, en lugar de reservar fuerzas para los duros momentos por venir. La naturaleza, en su obsesión por perpetuarse a toda costa, parece lanzarse durante un instante en brazos de un carpe diem que olvida su objetivo último de sobrevivir por encima de cualesquiera de sus criaturas.

A la cultura, esa segunda naturaleza que nos hemos dado, también le brotan esos apéndices disfuncionales, la mayoría ligados a algo que llamamos belleza, aunque a saber lo que significa una palabra que sirve para designar desde lo más luminoso a lo más oscuro. Y estas excrecencias, como las de la primavera, amenazan a veces la supervivencia de esta cultura de la que han nacido, la que el hombre creó con el fin de conseguir la seguridad para sí y su descendencia que la naturaleza de la que se exilió ya no le puede ofrecer. Alguna de ellas, como la de Roth antes citada, nos sugiere que para ser libres, para ser quienes queremos ser, hemos de matar a la madre. Porque esa madre que la narración “paternal” (no es la palabra correcta, pero no quiero facilitar la ceguera y sordera ideológica de nadie) ubicaba en un estadio intermedio entre la naturaleza y la cultura es, en realidad, el auténtico vínculo que nos ata a la cultura; una cultura, claro está, que no se limita al relato de la Historia. Se trataría, más bien, de una intracultura con su intrahistoria de afectos, cuidados, cantos y relatos secretos. Con toda la deuda y el peso que ésta nos impone. Ella es la raíz y el sustento de la otra cultura, la que pasa ante los ojos del historiador, del genealogista; la que nos pasa a veces por encima, otras de soslayo, y nos puede dar la muerte, pero nunca la vida (y no sólo ni principalmente la biológica). Pero vivir implica romper un vínculo, un cordón umbilical. Para vivir como humanos, un remoto y mítico día anterior a todos los días y noches lo cortamos con la naturaleza; para vivir como los agentes responsables, los autores de nuestra vida (¿no es esto la libertad?), hemos de romperlo también con la intracultura maternal.

Estamos condenados a ser crueles con nuestras madres: la denominada madre naturaleza y nuestra madre humana, la que nos enraíza en nuestra naturaleza más propia, la de la cultura. Pero ellas no nos responden con la misma crueldad. Efectivamente hay madres crueles, ausentes. Hay niños expósitos a su pesar, exiliados involuntarios de ese hogar de acogida que es la cultura para el ser humano, ese exiliado de la naturaleza. Pero hay un momento en la vida en que muchos fabulamos con esta posibilidad, con la libertad de no tener a nadie, de negar ese último vínculo, protector y constrictivo a la vez, con el mundo de los hombres, con esa madre que nunca, a diferencia de lo que ocurre en la naturaleza, nos va a dejar de reconocer ni sustituirnos por otro y, por ello, nos retiene con más fuerza. Más difícil es atreverse a hacerlo, aunque de una u otra forma, en cierta medida, terminamos “matando” a esa madre. La de verdad, la que no nos va envolver en olas de fuego, ni ahogarnos en una tempestad, ni sepultarnos en ríos de lodo y piedras como venganza. Es, por el contrario, la que sabrá quién eres, hasta el último momento, incluso cuando casi ciega y enferma haya olvidado tu nombre, porque siempre mantuvo tu lugar en la mesa y en la casa, por si, derrotado en la batalla de ser el que querías ser, necesitabas volver.

La naturaleza, en realidad, no es una madre cruel. No se merece ese nombre. Es, como mucho, una bella, poderosa y tiránica madrastra.


Foto: J. Teresa Padilla

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