jueves, 22 de noviembre de 2018

Renunciación

Por Marisa Díez

Fue una de esas conversaciones escuchadas sin querer durante un trayecto en metro. Dos amigas discutían acerca del final de la relación de una tercera persona a la que ambas conocían. ¨Ha sido un caso de renuncia; él la quiere pero no sabe hacerla feliz¨, sentenció una de ellas.

Inmediatamente recordé un capítulo de aquella serie de los años 80, escrita y protagonizada por Ana Diosdado, Anillos de oro. La trama reflejaba el devenir de un matrimonio en el que la diferencia de edad era más que notable. Al conocer ella a un hombre mucho más joven que su marido, él decide tramitar el divorcio y dejarle el camino libre para que inicie una nueva relación, aunque en realidad nunca había dejado de quererla. El abogado al que contrata se lo explica con estas palabras a una colega de profesión: “Es un caso de renunciación: la prueba más grande de amor”.

Imagen de lamenteesmaravillosa.com
De un tiempo a esta parte he conocido alguna que otra historia que se aleja de los cánones establecidos. Esto de los sentimientos es tan relativo… Y quién soy yo para decir lo que está bien o mal, lo que es justo o injusto, lo que debe o no debe evitarse cuando existe un compromiso con otra persona. Con los años he sido testigo de la evolución de algún matrimonio que consideraba abocado al fracaso y sin embargo ha resultado estable en el tiempo y en la convivencia. Y, por supuesto, las más de las veces, también he presenciado el extremo contrario. Parejas por las que hubiera puesto la mano en el fuego, terminan tirándose los trastos a la cabeza de manera más o menos civilizada o protagonizando auténticas batallas campales. En todos los casos, el final de eso que llaman amor ha sido la causa del desastre. O, al menos, es lo que siempre hemos imaginado, porque, quizá, en más de una ocasión que desconocemos, la renuncia a la convivencia con otra persona no implica necesariamente que se haya dejado de querer.

En mi adolescencia, imagino que como la mayoría de mis amigas en esa misma edad repleta de sensaciones contradictorias y altibajos emocionales, me convertí en una fan absoluta de la poesía de Bécquer. Me sentía identificada con esos versos desgarradores cada vez que sufría, con mayor o menor intensidad, lo que suponía era un desengaño amoroso. Aún hoy podría recitar de corrido algunas de las estrofas más sangrantes del poeta sevillano, tal como si se tratara de una canción de los Pecos o del mismísimo Camilo Sesto: “Asomaba a sus ojos una lágrima y a mi labio una frase de perdón, habló el orgullo y enjugó su llanto y la frase en mis labios expiró…”.

Mi trayecto en el metro continuó, estación tras estación, mientras en mi cabeza se mezclaban imágenes de aquella serie de los ochenta con personajes reales a los que pude poner, sin esfuerzo, nombre y apellidos. Por unos minutos me perdí en un batiburrillo, aparentemente sin sentido, construido con estrofas de viejas canciones y versos del escritor más admirado de mi adolescencia. Me pregunté por qué tantas parejas, aún queriéndose de verdad, se han querido tan mal a lo largo de la historia, abocando una relación, a priori satisfactoria, al más absoluto de los fracasos.

Una voz metálica e impersonal salió al rescate de mis cavilaciones: “Próxima estación, Antonio Machado”. Fue como un resorte: “Mi cantar vuelve a plañir, aguda espina dorada, quién te pudiera sentir en el corazón clavada…”. Estoy empezando a divagar. Menos mal que me apeo en la siguiente.




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