jueves, 4 de octubre de 2018

¡Salud!

Por Marisa Díez 

Un brindis por aquellos que salen de tu vida para siempre. A algunos los ves irse poco a poco; intuyes que se marcharán definitivamente porque ya no tienes el honor de compartir, ni de lejos, el estatus que han ido alcanzando mientras tú te quedabas anclada en tu rutina y tus miserias. Olvidan los años que estuviste a su lado, cuando vivir el momento era lo único importante. Ya no recuerdan, ni haciendo un ejercicio intenso de memoria, que diste con ellos los primeros sorbos de cerveza en la misma litrona, o que compartisteis las primeras caladas de esos cigarrillos comprados por unidades en el kiosco, porque vuestras reservas económicas no alcanzaban para un paquete entero.

Brindo por ellos, por quienes olvidan que de su mano recorriste garitos perdidos del viejo Madrid, a los que todavía sigues escapándote de vez en cuando alguna de esas noches en las que necesitas reafirmar de dónde vienes, ya que nunca conseguiste llegar donde esperabas. No como ellos, que están seguros de su triunfo y han conseguido medrar, dejando a un lado nostalgias absurdas, para alcanzar el nivel que tú, ni soñando, conseguirás ya alcanzar un día.

Foto: Pixabay
Algunos se van sin decir adiós. Otros, por el contrario, van emitiendo señales que en principio no eres capaz de interpretar. Te relatan sus mundos de Yupi en los que se sienten del todo satisfechos, como si hubieran descubierto la verdadera razón de su paso por este mundo. Ellos triunfan y tú te aguantas, no has tenido la misma suerte y por eso no les queda más remedio que abandonarte en su camino hacia la gloria. Ya no les sirves, y permanecer a tu lado les supone una carga innecesaria de malas influencias. Desde la cima de su éxito mirar hacia abajo les produce vértigo y no quieren arriesgarse a caer. 

A estos personajes, por los que brindo, he decidido mirarlos de frente y no agachar la cabeza ante ellos. Si eligen marcharse, que no vuelvan: ya no estoy para esperar a que se caigan del guindo. Cuando éramos más jóvenes, a algunos se les veía venir de lejos, por sus actitudes chulescas y prepotentes. Estaban ahí y te perdonaban la vida por compartir su espacio contigo. A mí no solían engañarme y los calaba a las primeras de cambio. Pero ahora es distinto. Ya no me sobran años para aguantar que se vayan y esperar pacientemente que regresen con el rabo entre las piernas. Si se van, que no vuelvan. Ni siquiera para recuperar un mínimo de autenticidad el día que, inevitablemente, aterricen en el mundo real. Yo ya no los espero. Cerré la puerta con llave cuando la traspasaron. Allá ellos si decidieron olvidar las infinitas risas que compartimos sentados en cualquier parque, los abrazos eternos de cada despedida o las horas robadas al sueño para apurar cada noche como si fuera la última.

De algunas personas por las que brindo jamás hubiera imaginado que iban a desaparecer con tan poca clase y tan mal estilo. Pero, como estoy segura de que tarde o temprano volverán al redil, desde aquí les digo que quizás a su vuelta ya no me encuentren. Una se va haciendo mayor y no está dispuesta a aguantar tantas idas y venidas. Eso sí, el día que necesiten de nuevo dar un trago de mi cerveza, les recordaré que los años transcurridos desde la última litrona que apuramos juntos me hacen imposible compartir ahora ni un simple sorbo con ellos. Que mis garitos preferidos echaron el cierre hace tiempo y he tenido que reciclarme, eso sí, sin perder las esencias, porque yo siempre fui muy de barrio y nunca me sedujeron las luces de neón. Y si quisieran tomarme de la mano para recordar los viejos tiempos, pues lo siento, hace mucho que me agarré con fuerza a los que nunca me soltaron, compartiendo todos esos momentos que ellos se perdieron en su camino hacia el éxito. Lo dicho, salud…, ¡y cerveza! 




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