Una tiene sus tácticas de supervivencia. La semana ha sido dura. Lo mejor es que ha pasado. Lo peor, que no todo lo que la ha complicado va a pasar con ella. El remedio: cada uno tendrá el suyo, el mío es éste. Que disfrutéis de ellos tanto como yo lo he hecho, y que la vida nos sea un poco más leve la semana que viene. A todos. Vamos, si puede ser...
Poemas de W. H. Auden
CANCIÓN DE CUNA (1937)
Posa la cabeza dormida, amor mío,
compasiva en mi brazo desleal;
el tiempo y las fiebres consumen
la belleza individual de
los niños considerados, y la tumba
demuestra al niño efímero:
pero en mis brazos hasta el amanecer
deja que descanse la criatura viva, mortal, culpable, aunque para mí,
totalmente hermosa.
Alma y cuerpo no tienen límites:
los amantes cuando se recuestan sobre
su ladera tolerante y encantada
en su desmayo corriente,
grave la visión que envía Venus
de compasión sobrenatural,
amor y esperanza universales;
mientras una percepción abstracta despierta
entre los glaciares y las rocas
el éxtasis carnal del ermitaño.
Certidumbre, fidelidad
al dar la medianoche pasan
como las vibraciones de una campana
y los locos de moda alzan
su grito pedante y aburrido:
hasta el último penique del precio,
todo lo que predicen las temidas cartas,
será abonado, pero de esta noche
que ni un susurro, ni un pensamiento,
ni un beso o mirada se pierdan.
Belleza, medianoche, muere la visión:
que los vientos del amanecer que soplan
suavemente en torno a tu cabeza ensoñada
muestren tal día de bienvenida
que el ojo y el corazón latiente lo bendigan,
y tengan suficiente con nuestro mundo mortal;
que los mediodías de avidez te encuentren alimentado
por los poderes involuntarios,
las noches de injuria te franqueen el paso
observado por todos los amores humanos.
En Canción de cuna y otros poemas. W. H. Auden. Debolsillo, Barcelona, 2014 (Traducción: Eduardo
Iriarte).
EL CIUDADANO DESCONOCIDO (1939)
(A JS/07/M/378, este monumento de mármol ha sido erigido por el Estado)
El Departamento de Estadística descubrió que era
alguien contra quien no existe queja oficial,
y todos los informes sobre su conducta coinciden
en que, en el sentido moderno de una palabra anticuada, era un santo,
pues en todo lo que hizo sirvió a la Gran Comunidad.
Salvo por la Guerra hasta el día de su jubilación
trabajó en una fábrica y nunca fue despedido,
sino que satisfizo a sus patronos, Motores Fudge, S.A.
Y sin embargo no era un esquirol ni tenía opiniones extrañas,
pues su Sindicato informa que cumplió con su deber
(nuestro informe sobre su Sindicato indica que era de fiar)
y nuestros trabajadores de Psicología Social descubrieron
que era estimado entre sus compañeros y le gustaba ir de copas.
La Prensa está convencida de que compraba el periódico todos los días
y sus reacciones a la publicidad eran normales en todos los sentidos.
Las Pólizas hechas a su nombre demuestran que estaba asegurado a todo riesgo,
y su cartilla de Atención Sanitaria indica que ingresó una vez en el hospital pero salió curado.
Tanto Sondeos de Producción como Alto Nivel de Vida declaran
que tenía una actitud sensata ante las ventajas del Pago a Plazos
y que poseía todo lo que necesita el Hombre Moderno,
fonógrafo, radio, coche y frigorífico.
Nuestros investigadores de Opinión Pública están convencidos
de que tenía las opiniones adecuadas según la época del año;
cuando había paz, estaba a favor de la paz; cuando hubo guerra, acudió.
Se casó y aportó a la población cinco hijos,
lo que era el número adecuado para un progenitor de su generación, según nuestro Eugenista,
y nuestros maestros atestiguan que nunca se entrometió en su educación.
¿Era libre? ¿Fue feliz? La pregunta es absurda:
si algo hubiera ido mal, con toda seguridad nos habríamos enterado.
En Canción de cuna y otros poemas. W. H. Auden. Debolsillo, Barcelona, 2014 (Traducción: Eduardo
Iriarte).
FUNERAL BLUES
Detengan todos los relojes, corten el teléfono,
Impidan al perro ladrar con un suculento hueso,
Silencien los pianos y con apagado tambor
Saquen el féretro, dejen venir a los dolientes.
Dejen a los aviones circular gimiendo en el aire
Garabateando en el cielo el mensaje Él Muerto Está,
Pongan crespones alrededor de los blancos cuellos de las públicas palomas,
Dejen a los agentes de tránsito portar guantes de negro algodón.
Él fue mi Norte, mi Sur, mi Oriente y Occidente,
Mi semana laboral y mi descanso dominical,
Mi mediodía, mi medianoche, mi charla, mi canción;
Pensé que el amor duraría por siempre: Me equivoqué.
Ahora no se desean las estrellas: apáguenlas todas;
Empaquen la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y barran el bosque.
Pues nada ahora puede siquiera llegar a algo bueno.
En Another time. Faber and Faber. Londres, 1940. pp. 91. (Traducción de Ernesto Cisneros Rivera).
*En la discutida etimología del topónimo Madrid, Magerit se considera su denominación andalusí.
Por Marisa Díez Marín y J. Teresa Padilla
11 de marzo de 2017
Mi querida Marisa:
A veces resulta difícil contar ciertas cosas y no sabemos dar un motivo. Como te pasa a ti estos días: llevo un tiempo animándote a reseñar Patria, el éxito literario de la temporada, y tú… Bueno, llevas casi el mismo dándome largas con excusas vagas. Estoy segura de que hay una buena razón, una verdadera, detrás de toda esa indefinición.
Ya sé que a veces es mejor callar que arriesgarse a hacer daño a otros, y por ahí me parece que pueden ir los tiros (casi siempre van por ahí). A mí, ya sabes como soy, me cuesta callarme. Y tengo mucha fe en las palabras (las de verdad, no ese simulacro de comunicación al que nos acostumbran los medios, las redes, los políticos). Las palabras son peligrosas, pueden llegar a matar, como decía Bernhard, pero son la única esperanza de curación de las heridas, de redimir la soledad en el encuentro con el otro, de conservar la humanidad. Creo en ellas, en su poder (para el bien y para el mal), y no me extraña nada que se identifique a Dios precisamente con ella.
No creo que fuera casual que mientras intentaba sin éxito sonsacarte sobre la incapacidad que sentías para escribir siquiera fuera sobre la propia dificultad de la reseña de Patria, me recordaras que se acercaba el aniversario de los atentados del 11 de marzo. Ni tampoco me parece casual que aceptaras tan inmediatamente mi idea de escribir algo juntas sobre ellos. Existe un evidente vínculo que asocia Patria y el 11-M (el terrorismo), pero también algo que parece hacerte más fácil escribir sobre aquel día en Madrid que sobre Patria o lo que en ella se cuenta. O esa impresión me dio tu reacción. Quizás si, como tú sugeriste que hiciéramos, cuento en una carta a esa extraña que eras entonces para mí cómo viví esos días, consigo explicártelo.
Hace trece años no nos conocíamos, pero sé que nuestras vidas eran muy distintas. Yo no trabajaba. Tenía un niño que no había cumplido los dos años y esperaba ya a la que sería mi hija. Vivía aislada de casi todos, agotada sin necesidad, como suelen estarlo las madres primerizas algo neuróticas, en una casa que no era mía y en la que nunca me sentí a gusto. Había días que sólo hablaba con Fina, la portera de mi edificio, o algún conocido del barrio amante de los perros o de los niños pequeños. Porque ésa era yo, la chica que paseaba mañanas y tardes a un niño rizoso rubio y a una perra rizosa negra. El 11 de marzo de 2004 también.
Di el desayuno al niño, lo cambié y lo vestí. Siempre iba con prisa por las mañanas porque la perra llevaba sin salir desde la noche anterior y me daba pena que tuviera que aguantarse tanto o que la pobre no llegara a la calle. Cuando bajé me encontré, como solía, a Fina. Ella escuchaba la radio continuamente y me contó lo que parecía haber pasado. Siempre le decía algo a Miguel, al que quería como si fuera suyo, pero ese día no. Estaba asustada, hablaba de ETA, sin especial ira. Parecía más bien como si esas siglas dotaran de algo de sentido, de familiaridad, a lo que estaba pasando, aunque bien claro estaba para las dos que no, que no era la misma tediosa, brutal y repugnante sangría a la que ya nos habíamos, por triste que sonara y aún suene, acostumbrado.
Salí a la calle. La perra tiraba de mí. Y conforme nos acercábamos a Conde de Peñalver, el sonido de las ambulancias que se dirigían, una tras otra, al Hospital de La Princesa se hacía más amenazador. Cuando la cercanía con Francisco Silvela hizo que se solaparan con las sirenas de las que bajaban hacía el Gregorio Marañón, el ulular era aterrador. La perra volvía a tirar de mí, pero de vuelta a casa.
Ruido y más ruido. De los noticiarios, los especiales informativos, de los políticos (estaban en la recta final de la campaña electoral), de las protestas por las sospechas de manipulación informativa, de los helicópteros. Y a la vez una cantidad impresionante de ciudadanos en duelo que, al menos en la parte de la manifestación que yo ocupaba con mi carrito y mi niño junto a otros padres con sus carritos y niños, pedían sobre todo silencio. Hasta para hacer callar a los que gritaban contra unos u otros. No, no estábamos allí por ellos, los asesinos habituales, ni por los otros, los nuevos. Estábamos allí porque doscientas personas muy parecidas a nosotros se dieron el madrugón de todos los días para trabajar o estudiar y otras personas decidieron que no debían seguir con sus vidas. Estábamos para demostrar que no nos era indiferente. Y mientras en los informativos los políticos seguían haciendo ruido acusándose mutuamente de mentir, en la cola del supermercado todos esperábamos mudos nuestro turno: nadie parecía impacientarse, ni tener que reclamar un descuento. Sólo se oía el tenue hilo musical y algún tímido buenos días. En Madrid se hizo el silencio y, a la vez, se llenaban de palabras, escritas en papelitos, las estaciones de Atocha, El Pozo, Santa Eugenia, la calle Téllez… Palabras que no rompían el silencio.
Los verdugos resultaron ser otros que los de siempre, aunque igual de humanamente insignificantes. Pero extraños. Tan insignificantes y extraños que apenas sabíamos a quién culpar, contra quién dirigir nuestra ira. ¿Es por esto que te resulta más fácil hablar del 11 M que de Patria? En fin, ya sabes que los ciudadanos fuimos a votar casi como forma de protesta y que nuestros políticos salieron unos a celebrar su victoria con unas sonrisas completamente obscenas y otros a lamentarse con la misma obscenidad por su derrota. A mí, por lo menos, todo aquel espectáculo me resultó obsceno. Y la vida siguió, aunque tardó en recobrar su sonido habitual. Yo no podía evitar pensar que había tenido la niña que alguna víctima no pudo tener. Y algunos familiares, desesperados quizá para siempre por el dolor, siguieron pidiendo más verdad y justicia de la que se les había ofrecido ya muchos años después, en los anocheceres de todos los 11, en la estación de Atocha que yo atravesaba entonces diariamente camino del trabajo. Como si eso fuera posible en este mundo: una verdad y una justicia que pudieran consolarles.
Como casi siempre, tienes razón. Hay asuntos de los que cuesta tanto hablar… Me sigue recorriendo una sensación de angustia, parecida a un escalofrío, cuando intento escribir acerca de aquel jueves atroz. De hecho, es la primera vez que voy a intentarlo, aunque dudo que consiga relatar unos acontecimientos tan traumáticos con un mínimo de objetividad, o que sea capaz de controlar las emociones que me provoca tan sólo recordarlos.
Mi vida era por entonces muy diferente a la actual. Tenía un empleo estable, con una jornada completa y un salario de lo más digno. A veces me preguntaba si se trataba del puesto de trabajo que había imaginado en mis sueños de grandeza y la respuesta era, la mayoría de las veces, negativa. Pero estaba contenta y me consideraba una persona independiente, lo cual me producía un sentimiento de serenidad del que ahora carezco.
Mi jornada laboral comenzaba a las cuatro de la tarde y terminaba a las doce de la noche. Así que, aquel nefasto 11 de marzo, no madrugué. Esa mañana se me pegaron las sábanas; es casi seguro que la noche anterior me entretendría leyendo algún libro o cotilleando las Crónicas Marcianas de Javier Sardá y me darían las tantas. Como cada día, al ir a prepararme el desayuno, conecté la radio y, en ese momento, la voz de Iñaki Gabilondo me sobresaltó: explosiones, trenes, Atocha, atentado, la estación del Pozo, el Pozo, el Pozo… Aterrada, me dirigí a encender la televisión y las imágenes de los trenes me dejaron por unos instantes en estado de shock. Atocha, Téllez, Santa Eugenia…, las 07:35, el Pozo, el Pozo, el Pozo…
Intenté asimilar la información, pero me quedé petrificada en el sofá por un tiempo que no puedo precisar. Sólo recuerdo que, cuando conseguí marcar el número de teléfono del hotel donde mi hermana y yo trabajábamos, ella en el turno de mañana, un temblor recorría todo mi cuerpo. Mi primo Sergio, que también atendía la recepción y la centralita, descolgó. “Hola, Marisa. Tu hermana está aquí. Está bien. Te la paso”. Esas fueron literalmente sus palabras. La conversación que mantuvimos después no la recuerdo con exactitud, pero sí que cuando colgué el temblor se había convertido ya en un llanto desenfrenado, en un miedo atroz que me había invadido y no podía controlar.
El turno de mi hermana comenzaba a las ocho de la mañana. Cada día, a la misma hora, hacía el trayecto desde la estación del Pozo a Recoletos en un tren de cercanías igual al que saltó por los aires. A las 07.35- 07:40, su horario habitual. Aquel tren era “su” tren, pero a ella aquel día también se le habían pegado las sábanas y llegaba tarde. Cinco, diez minutos. Tarde. Y ahí estaba. Y seguía viva…
Y después recuerdo nítidamente el silencio. Una capa de silencio envolvía la atmósfera, como si la ciudad se hubiera quedado muda. En el metro, en los autobuses, por la calle; caras de estupefacción, de dolor, rostros de angustia, muecas de incredulidad. Y silencio. Un espeso y aterrador silencio. La ciudad se ralentizó; de repente nadie parecía tener prisa. La gente caminaba cabizbaja por la calle y una ola de solidaridad se esparció por cada esquina. Madrid estaba en duelo y nadie se sentía capaz de alzar la voz.
La manifestación del día siguiente la viví en el hotel, trabajando. Recuerdo a algunos de los clientes que se alojaban aquellos días. Uno de ellos, que se hospedaba habitualmente con nosotros, catalán por más señas, se acercó a la plaza de Colón para hacer parte del recorrido, pero abandonó transcurridos unos minutos. Cuando regresó, abrió la puerta y se sentó en un banco que teníamos frente a la recepción. Con la mirada perdida sólo pudo decirme: “Qué triste, Marisa, qué tristeza en las miradas. No he podido soportarlo. ¿Quién puede ser capaz de ocasionar este horror?”.
De lo que ocurrió los días siguientes, de la utilización abyecta del atentado y de la bajeza moral de algunos de nuestros políticos en aquellas jornadas de dolor, no corresponde aquí escribir ningún relato. Allá ellos con su conciencia. Poco tiempo después, durante unos días de vacaciones en un lugar que no voy a desvelar, alguien se permitió el lujo de contarme una especie de chiste infame acerca de los atentados de Madrid. No le contesté; tan sólo le miré y en mi mirada debió descubrir algo que le hizo agachar la cabeza. Me di la vuelta y me marché. Hacía poco tiempo que había descubierto el verdadero significado del silencio.
He pasado parte de la mañana buscando literatura sobre el 11 M. El sábado publicaremos algo Marisa y yo juntas en recuerdo de ese día y me pareció buena idea, dado lo inhabitual de hacerlo en fin de semana, subir algo hoy como introducción, aperitivo o más bien anuncio de que esta semana el día “de Diarios" no era hoy, sino el sábado.
Sólo buscaba literatura, no crónicas periodísticas o trabajos de investigación. Ficción, en suma. Algo, la ficción, en cuya capacidad para alumbrar la realidad creo más que en la del periodismo (ahora es cuando Marisa, periodista de formación, me mira mal). Además, la ficción es lo que mejor puede introducir lo que publicaremos el sábado. Mi compañera y yo no nos hemos acercado al tema desde una perspectiva periodística, histórica ni política. Ofrecemos un testimonio absolutamente personal. Subjetivo. No es ficción, por lo menos en cuanto al contenido, pero sí lo más parecido a la ficción literaria de lo que me siento de momento capaz (hablo de mí, que no me atrevo a hablar por Marisa).
Al parecer hay muy poca literatura sobre estos atentados. Algún tonto (y siento hablar así de nadie, pero tonto es el que dice tonterías y, aunque todos las decimos, a éste ya le he oído –leído, más bien- unas cuantas más de las aceptables a su edad) alega que “si no hay novelas sobre el tema es por la manera en la que se cerró aquel caso: tuvimos la sensación de que con la detención de los autores y con la pérdida electoral del PP lo dimos todo por cerrado. No había más preguntas”. Dice esto y le parece bien (no lo dice crítica o irónicamente, como quizá pudiera parecer). Y se supone que es escritor. Para él, el 11 M es un “caso”, un caso cerrado, suponemos que pendiente de archivo. El asesinato en masa e indiscriminado, las vidas segadas en un instante y con premeditación, el dolor de los que sobrevivieron y de los que amaban a los que no sobrevivieron, el horror, la incredulidad y la inmensa tristeza que se cernió, mayormente pero no sólo, sobre los ciudadanos de Madrid (los mismos que estamos de vuelta, por desgracia, de casi todo). Nada de esto genera, al parecer, preguntas a Isaac Rosa. Una vez identificados, muertos o juzgados y encarcelados los culpables, ¿qué más preguntas sin respuesta hay?
Pues muchas; todas; las más importantes. Y no hablo de teorías conspirativas, como insinúa este necio que me ha amargado la mañana con su estupidez. Hablo de entender la maldad, la ausencia, el dolor, la generosidad. Hablo de personas, de sus historias, sus pensamientos, sus miedos. Asuntos de siempre, pero que sucesos como los atentados del 11 M nos ayudan a concretar reflexionando o fabulando en torno a los que los sufrieron. Seguro que hay muchísimas razones por las que no hay demasiada literatura sobre ellos, pero que sea un “caso cerrado” no lo es. Porque ni lo está ni puede estarlo. La herida está y debe seguir abierta para no olvidar a ninguna de esas 193 personas, más las otras dos que murieron en los vientres de sus madres y con ellas, que ese día se esfumaron como si nunca hubieran existido y quién sabe cuántas más que sobrevivieron, pero no pudieron o supieron volver a vivir.
Pero dejémonos de tontos y tonterías, que corremos serio peligro de contagio, y vayamos a las obras que he encontrado. No he leído ninguna, así que lo que digo de ellas no es sino un pálpito o una sospecha nacida de lo que cuentan las fuentes de las que las he obtenido y de alguna que otra lectura transversal de críticas. Las he ordenado cronológicamente, empezando por los que siempre están en la vanguardia de todas las batallas: los poetas (bravo por ellos).
Madrid, once de marzo: Poemas para el recuerdo. Pre-Textos: Madrid, 2004. 184 pp. 11 euros. Antología realizada a iniciativa de los libreros, a la cabeza la librería Alberti, que al día siguiente del 11 M solicitaron a casi cien poetas textos, en principio para cubrir sus escaparates. Los poemas terminaron reuniéndose en este libro cuyos beneficios se destinaron a la Asociación de Víctimas del Terrorismo.
11 M: Poemas contra el olvido. Bartleby editores: Madrid, 2004. 200 pp. 12 euros. Otra iniciativa, esta vez de la editorial y Manuel Rico, para que los poetas se sumaran al dolor por los atentados con una pieza inédita. Participaron, entre otros, Luis Eduardo Aute, Félix Grande, Manuel Rivas o Benjamín Prado. Como la anterior, también tuvo fin benéfico.
La piedra en el corazón. Luis Mateo Díez. Galaxia Gutenberg: Barcelona, 2006. 280 pp. 16,50 euros. El dolor de una hija sobre el fondo del dolor del Madrid de marzo de 2004. No parece encontrarse entre lo mejor de este autor, pero seguro que vale la pena comprobarlo de primera mano.
Donde Dios no estuvo. Sonsoles Ónega. Grand Guignol: Barcelona, 2007. 168 pp. Una novela típica de periodista: una crónica “a caballo entre la ficción y la realidad” escrita como un bestseller. No la recomiendo; se me nota, ¿no?
Madrid Blues. Blanca Riestra. Alianza: Madrid, 2008. 240 pp. 23,99 euros. Parece que pasó bastante desapercibida, pero tiene toda la pinta de ser una novela honesta y un intento digno de aproximación. Y el título me gusta mucho.
La vida antes de marzo. Manuel Gutiérrez Aragón. Anagrama: Barcelona, 2009. 288, 18 euros. Ganó el premio Herralde, lo que no sé si es un punto a su favor o en su contra. No parece generar gran entusiasmo, pero tampoco es vista con malos ojos. A mí me echa un poco para atrás que su autor venga del mundo del cine (no me gustan nada las novelas cinematográficas).
El corrector. Ricardo Menéndez Salmón. Seix Barral: Barcelona, 2009. 144 pp. 17,50 euros. El corrector es el último volumen de una trilogía sobre el horror que se inició con La ofensa (2007), que tenía como fondo la II Guerra Mundial, a la que siguió Derrumbe en el 2008. Me da muy buenas vibraciones, la verdad.
El mapa de la vida. Adolfo García Ortega. Seix Barral: Barcelona, 2009. 544 pp. 20 euros. Una historia de amor entre supervivientes, Madrid, mútiples voces, temas e historias. Demasiado quizá para no perderse.
Saliendo de la estación de Atocha. Ben Lerner. Random House: Barcelona, 2013. 208 pp. 16,90 euros. Al parecer en Estados Unidos fue un éxito y tiene buenos padrinos allí, pero me da la sensación de que el 11 M es un mera circunstancia y de que habla sobre todo de un americano y para otros americanos.
11 M: once días de junio. Víctor Llano. Última línea: Málaga, 2015. 236 pp. 16,95 euros. Es una novela de género, un thriller. No debería estar en esta lista, pero ya que está el americano (que a saber qué ha escrito), y la periodista (Sonsoles Ónega) con su "crónica novelada", pues, venga, también él.
“Carne rota” es un cuento sobre el 11 M incluido en el volumen El vigilante del fiordo. Fernando Aramburu. Tusquets: Barcelona, 2011. 192 pp. 16 euros. Es el autor de este año y, por amplia mayoría, con merecimiento. Una garantía.
Cosas que brillan cuando están rotas. Nuria Labari. Círculo de tiza: Barcelona, 2016. 275 pp. 22 euros. Es la novela de una periodista que recurre a la ficción para reconstruir desde las vivencias personales de su protagonista (periodista, también) la tragedia y, de paso, su vida. Estoy segura de que es de esas novelas que entusiasman a un determinado tipo de lector, mayoritariamente femenino. Lo mismo es un prejuicio, pero no me tienta nada.
Puede que no sean muchas obras, pero las hay. Y algunas prometen enseñarnos cosas, que es de lo que se trata en literatura: de enseñarnos cosas sobre nosotros y nuestras vidas.
A veces me entran ganas de desaparecer por un tiempo de la era digital. Darme de baja en el Facebook, dejar de abrir mi perfil en Twitter o cerrar de una vez el Instagram. Y volver a vivir sin la tiranía de las redes sociales; salir a comprar el periódico por las mañanas o dedicar unas horas a escuchar la radio, ese gran medio de comunicación que cada día tenemos más olvidado. Ya sé que se trata de arranques emocionales que se me pasan en cuanto me lanzo a contestar el primer mensaje de whatsapp que resuena en mi móvil, pero es que, sin desearlo, te ves obligada a leer cada estupidez…
Esta mañana he encontrado en el muro de mi face una de esas imágenes que me sacan de quicio, con un mensaje incorporado tan “profundo” que podría haber sido escrito por un niño de cinco años, si no fuera por la mala baba que desprendía. Una especie de viñeta en la que se representaba a una multitud de inmigrantes y desheredados haciendo cola tras una ventanilla, que lucía un cartel de “ayudas sociales”, frente a otra ventanilla, vacía, donde se buscaban empleados. Tan sesudo pensamiento estaba firmado por un grupo que se autodenomina “orgullo español”, y esta circunstancia fue la que terminó por enervarme. Luego se quejan, pensé, pero es que siempre son los mismos. No suelo entrar al trapo de estas provocaciones, pero qué queréis que os diga, últimamente no soy del todo dueña de mis actos y, dependiendo del desequilibrio hormonal que sufra en ese momento, actúo de una manera o de la contraria. Mi primer impulso fue poner a caldo a la persona que había colgado semejante cutrez en mi muro, pero resulta que no la conocía, porque venía “rebotada” de un comentario anterior de un amigo en común. Y contesté, aunque me contuve bastante; no quiero caer en el mismo error que señalo a menudo a mis amigos, cuando les insisto en que significarse demasiado en las redes sociales sólo puede traerte problemas.
Me agotan esas alimañas que utilizan las redes sociales para hacerse fuertes tras un “me gusta” o un “compartir”. Los que publican repugnantes tweets escondidos tras el anonimato de un nombre ficticio. Los mismos que frente a ti se callan si se sienten en minoría o acorralados en un entorno hostil. Pero se lanzan sin ningún pudor a expresar su alegría por la desgracia ajena en cuanto se encuentran a solas con su smartphone, siempre con un máximo, eso sí, de 140 caracteres. Algunos, incluso, consiguen descansar a pierna suelta la misma noche en que le han reído la gracia a la escoria que, pongamos, acaba de alegrarse por la muerte de Bimba Bosé.
Ya sé que estos comportamientos no son los que de verdad prevalecen, pero cada vez nos estamos acostumbrando más a aceptar esta falta de respeto hacia el ser humano. Por no hablar de lo difícil que resulta, en innumerables ocasiones, llegar siquiera a vislumbrar lo que estos elementos intentan explicarnos, ante su nula capacidad para expresarse guardando las más elementales normas ortográficas o gramaticales.
No dispongo de la varita mágica para encontrar la solución que equilibre ese respeto al prójimo sin menoscabar la libertad de expresión; tampoco es mi cometido. Para eso ya están nuestros políticos o los eruditos en la materia, pero dudo que consigan ponerse mínimamente de acuerdo ocupados como están en resolver sus innumerables corruptelas.
De cualquier forma, intentaré pensar en positivo y aparcaré mis ganas de bajarme en marcha del mundo digital. Esta misma mañana, a continuación del mensaje del que os hablaba, encontré en mi Facebook otro mucho más bonito, aunque no sé si se refería a mí o también había aparecido de rebote en mi muro. Yo me lo apropié y le puse un “me encanta”, con lo que apareció ese corazoncito tan mono. Y como a continuación surgió de repente mi sobrina, guapísima, mientras bailaba bachata en Nueva York, decidí darle otra oportunidad al caralibro. Intentaré contar hasta diez ante la próxima provocación. Claro que, no respondo de mis hormonas…
Lo exclamo sin pánico y en un tono que pretendo humorístico, pero no creáis que sin un íntimo, secreto y vergonzante recelo, sospecha e incluso desasosiego.
Al parecer, piratas informáticos rusos hicieron lo que suelen hacer (los piratas internaúticos, no los rusos) y se metieron en las intimidades virtuales de organismos estatales y personalidades de relevancia política de la superpotencia occidental (o sea, EEUU). Al parecer, con el propósito de hacer pública todo tipo de información malintencionada sobre la entonces candidata demócrata a la presidencia estadounidense y favorecer así al inminente nuevo presidente yanqui (el “loco del miércoles”, como hoy mismo acaba de referirse a él la señora que cuida de mi suegra, colombiana ella. El título me ha gustado tanto que estoy por apropiármelo y cambiarle el nombre al blog: Las locas de los miércoles. Si no lo hago es porque lo suyo sería publicar entonces los miércoles y ni mis socias ni yo tenemos edad ya para tanto compromiso).
Pero, bueno, hablaba yo de la piratería de origen ruso. Obama se enfadó, claro (aunque a buenas horas), y expulsó hacia la gélida madre Rusia a un buen grupo de diplomáticos. Putin, tan hierático y bajito como acostumbra, decidió no mover, de momento, ficha: para qué se iba a molestar con un presidente al que le quedaba telediario y medio. Ya hablaría él con el nuevo boss, que, de paso, se erigió en defensa de la presunción de inocencia rusa y sugirió otros posibles culpables, orientales pero no eslavos, o sea, chinos (con todos los que son, raro sería que no hubiera alguno implicado) o norcoreanos (no son tantos pero a siniestros les ganan pocos). En suma, que en medio del escándalo, Putin dejó a Trump liado con el Twitter (qué peligro) y se fue a misa de Pascua. Así, sin más, como si nunca hubiera sido un jefazo de la KGB ideológicamente impecable (o sea, ateo) o necesitara precisamente él ayudas divinas; vamos, como un señor.
Bueno esto era un resumen de lo que pasó a finales del año pasado, por si había algún despistado que no se hubiera enterado en su momento de la noticia. Un resumen a cuento de qué, os preguntaréis (con toda la razón). Pues a cuento de este blog que tenéis la gentileza de visitar en este preciso instante. Ya en enero Diarios de resistencia fue poco menos que invadido por los rusos. No sé, como doscientas visitas en un solo día. Lo mismo los blogs como Dios manda tienen de forma habitual visitas de este orden. Diarios, desgraciadamente, no. Ni cuando escriben Marisa o Esperanza, que suelen, como vulgarmente se diría, dejar mis posts en bragas.
Pantallazo de las fuentes de tráfico del blog
No puedo negar que ver semejante cantidad aumentar el contador de visitas provocó un considerable subidón en mi autoestima. Aunque breve, claro, porque estalló como la burbuja que era cuando empecé a hacerme preguntas tales como: ¿Qué hacen tantos rusos (es que había días que eran tantos que asustaban) pasándose por aquí? ¿Cómo han llegado? ¿Qué están leyendo? ¿Pueden siquiera leer (castellano, digo)? Poca cosa averigué y eso que manejo a nivel usuario el Google Analytics. Sólo sé que estuvieron. Un buen puñado de días. Desde diferentes lugares de Rusia. Y que leyeron (supuestamente) un poco de todo, preferentemente entradas antiguas.
Tan abruptamente como llegaron, se fueron (no fidelicé ni a uno, mierda). Se fueron hasta hace unos días, en que de repente entraron de nuevo en tromba (trescientos y pico de una vez). Esta vez no he hecho mayores indagaciones. Para qué. Fue sólo un día. Pero me tienen perpleja. Supongo que serán “robots” que reaccionan a alguna palabra del blog y que al poco se marchan “decepcionados”, pero yo prefiero imaginarme a personas reales, estudiantes de español, hijos o nietos de los niños de la guerra buscando sus orígenes… Mi fantasía no se sostiene porque no tiene sentido que esta gente se ponga de acuerdo para visitarnos a la vez, pero… En fin, venga, no perdamos la esperanza ahora justamente que la NASA ha descubierto un nuevo sistema solar con posibilidades de albergar vida. Si estáis ahí, sois humanos y venís en son de paz, comunicaros con nosotras: no tenemos muchos secretos, y escandalosos menos, pero somos mujeres de paz, no tanto por falta de genio, sino por hartura de guerras.
“Y Judas, ante cuyos ojos conmocionados acababan de derrumbarse el sentido y la finalidad de su vida, Judas, que comprendió que había causado con sus propias manos la muerte del hombre al que amaba y admiraba, se marchó de allí y se ahorcó. Así, escribió Shmuel en su cuaderno, así murió el primer cristiano. El último cristiano. El único cristiano”.
Por J. Teresa Padilla
“Esta es una historia del invierno de finales del año cincuenta y nueve y principios del sesenta. En esta historia hay error y pasión, hay amor no correspondido y cierta cuestión religiosa que queda aquí sin resolver”. Así empieza Judas, como un cuento de los que dan ganas de leer en voz alta, de los que, si no te oye nadie, te lees efectivamente a ti mismo aunque sea en un murmullo. Yo encuentro verdadero consuelo en hacerlo, consigo acallar todo el ruido que se me acumula a veces en la cabeza y en el corazón y los embota. Seguramente es un consuelo muy parecido al que encuentran los que balbucean sus plegarias en sus respectivos lugares santos. No pasa con todos los libros, y resulta en realidad superfluo añadir que aquellos que lo consiguen pasan a engrosar, sin más requisitos, mi lista de predilectos, esa larga lista cuyos miembros más recientes son Brodsky y Métter. Bueno, y a partir de ahora Amos Oz.
Todo empieza como un cuento, pura ficción, pero el narrador está tan concentrado en ver sólo por los ojos de Shmuel y narrárnoslo que no nos vuelve a interpelar más y, claro, se nos olvida. Nos olvidamos de nosotros mismos (bendita catarsis) y seguimos (gracias a que el autor abandona momentáneamente la perspectiva de Shmuel para describírnoslo a él mismo) los torpes y característicos andares de Shmuel Ash por Jerusalén como si los estuviéramos viendo; pero sobre todo seguimos sus pensamientos y sentimientos. Sólo a ellos tenemos acceso y sólo a través de ellos, y de lo que expresamente llegan a contarle a Shmuel, conocemos a los otros dos protagonistas: Atalia Abravanel y Gershom Wald, nuera y suegro que viven en una misma casa, aunque a la sombra de los ausentes (el padre de Atalia y el hijo de Gershom) y del silencio que impone el dolor (o la ira) de su ausencia.
Shmuel, un joven universitario que se oculta tras un pelo indomable y una barba de neandertal, no tiene donde ir. Su aspecto, su cómica forma de andar, su incapacidad para escuchar y a la vez su inclinación al monólogo interminable, su manera repentina de pasar de la actividad más frenética a una pasividad casi letárgica, su tendencia a llorar de emoción a la mínima, todo estos rasgos hacen que la sucesión de desgracias que le han llevado a la situación en la que nos lo encontramos en ese invierno del cincuenta y nueve, nos resulten menos patéticas de lo que realmente son. Porque Shmuel se ha quedado solo: su novia se ha casado con otro novio anterior a él y la escisión en el grupúsculo socialista de 6 miembros del que formaba parte le ha dejado en el sector minoritario (y encima “entre los cuatro disidentes estaban las dos chicas del grupo, sin las cuales aquello no tenía sentido”). También sus padres se han arruinado y ya no pueden pagarle los estudios, aunque no es esto en realidad lo que le lleva a abandonarlos (su hermana se las apaña), sino que está atascado en el trabajo que le iba a abrir las puertas de la gloria académica: Jesús a ojos de los judíos. Sin idea de lo que hacer ni adónde ir, encuentra una peculiar oferta de trabajo: conversar con un anciano durante las tardes a cambio de techo y un modesto salario. Allí se esconde del mundo, traiciona las esperanzas de sus padres, y hasta sus propios sueños.
De la traición y su íntima santidad trata sobre todo esta novela que tiene por título el nombre propio del traidor por antonomasia. Se traiciona, como Judas, por amor, por una fe que va más allá de la que su objeto tiene en sí mismo. Se traiciona al propio pueblo, como Shaltiel Abravanel, el padre de Atalia, cuando se insiste en la posibilidad de un sueño en el que no cree la mayoría. Se traiciona a un hijo cuando se le empuja a una presunta muerte justa desde niño. Y luego está Atalia, incapaz de creer en nada, de soñar, de amar a nadie (“Es imposible amar a los hombres. Lleváis miles de años teniendo el mundo entero en vuestras manos y lo habéis convertido en una monstruosidad. En un matadero”). Si rompe “corazones ingenuos a su paso”, a causa sobre todo de ese olor suyo a violetas y al surco tan marcado que unía su nariz y el centro de su labio superior, no está nada claro que se pueda hablar de traición. Porque la traición implica fidelidad a lo que se traiciona y nada ni nadie merece la suya. Es la guardiana de los muertos, de los que guardan silencio (su padre, su marido) y de ese otro “muerto charlatán que no para de hablar” (su suegro). Los guarda, pero no por sentido del deber ni por amor, sino porque no parece haber para ella otro lugar en el mundo que no sea un mausoleo.
El ateo Shmuel nos presenta a un Jesús de Nazaret, más que desde los ojos de un judío, desde sus ojos, llenos de amor por el hombre y sus palabras. Y a Judas como el más fiel a los sueños del nazareno: el primer, único y último cristiano auténtico. Traidor tanto para el judaísmo como para el cristianismo oficiales. Porque estaba solo en su fe sin límites, porque no pudo soportar el dolor de un sueño roto ni la culpa.
Los soñadores: ésa es la verdadera estirpe de los acusados de traición. Es a la realidad tozuda, bárbara y desesperante a la que desafían. Y pierden siempre. Esos son los traidores. Los otros, los que vencen, ya no sueñan. No tienen necesidad, poseen todas las respuestas. Y el poder.
“Tú eres un valiente soldado del ejército de los que quieren arreglar el mundo y yo sólo soy parte del miasma del mundo [dice Gershom]. Cuando prevalezca el nuevo mundo, cuando todas las personas sean honestas, sencillas, productivas, fuertes, iguales y rectas, se derogará por ley el derecho a existir de seres deformes como yo, que comen y no hacen nada y encima lo afean todo con sus ocurrencias y chanzas sin fin. Incluso ella, Atalia, será prescindible en el mundo que surja tras la revolución, un mundo que no tendrá ningún interés en viudas solitarias que no se movilizan para arreglar el mundo sino que deambulan por ahí haciendo cosas buenas y cosas malas, rompiendo corazones ingenuos a su paso. (…) Ni siquiera de ti, querido, tendrán necesidad (…) Ellos mismos son la respuesta a todas las preguntas”
Atreveos a conocer a este muchacho conmovedor, tan parecido a los perros callejeros que le reconocen y siguen por las calles de Jerusalén. Él también sueña, pero, gracias a Gershom, a ese feísimo anciano parlanchín al que no puede evitar terminar amando, sabe que sueña. “En nuestras conversaciones nocturnas he aprendido de usted a dudar un poco. Tal vez por eso yo ya no seré jamás un revolucionario de verdad”, confiesa Shmuel. Sí, él parecía que tenía las respuestas, como los revolucionarios del póster que dejó para siempre en su habitación en la buhardilla de la casa, como esos redentores del mundo que terminan provocando ríos de sangre. Y cuando se marcha, como al principio, sin saber qué hacer o adónde ir, sólo tiene preguntas. No parece nada, pero es un gran botín: un bastón con cabeza de zorro y el "se preguntó" que pone fin a la novela.
Me ha costado y me cuesta esta reseña. Philip Roth no es como mis otros Roth: Joseph, el europeo sin hogar capaz de escribir prodigios aun con los ojos nublados por el alcohol, las lágrimas, o ambas cosas a la vez, y Henry, el tránsfuga de la literatura, el fracasado que, a diferencia de Joseph, encontró en la huida, la soledad y la desaparición, primero supongo que sólo un poco de paz y consuelo, y después amor. La razón por la que todavía no existe en este blog una reseña de su Llámalo sueño, ese libro que, durante un tiempo, regalé y presté a todos los que me importaban (hasta que me cansé de sus tibias o inexistentes reacciones) es mi penosa memoria y mi manía de tener lo que comento íntegro en mi cabeza. Queda tanto por leer, tantas maravillas por descubrir, que me resulta casi enfermizo releer por enésima vez esta novela. Sin embargo, lo haré, qué narices, aunque me temo que tendré que controlarme mucho para no terminar escribiendo, cuando llegue el caso, más sobre mí misma, sobre mi infancia, que sobre la que para mí es la gran novela de la infancia.
Durante un tiempo mis libros viajan por mi casa, más allá del movimiento obvio de seguir mis pasos mientras los leo. En cuanto llegan van a la pila. La pila es a veces ridícula por lo escuálida (dos o tres volúmenes), otras no tanto, y entonces pierdo mucho tiempo contemplándola y decidiendo el lugar de los libros en la misma según el probable orden de lectura. Para nada, porque no hago más que cambiarlo, yo creo que más por el placer de andarlos toqueteando que por auténtica indecisión. Además, normalmente, algo pasa en el último momento (que llega otro libro, nuevo o prestado) que relega al primero de la lista, bien sea por la necesidad de leer antes lo que tienes que devolver (pocas cosas peores encuentro en las personas que obligarte a pedirles los libros que les prestaste), bien porque la novedad se te antoje irresistible. El caso es que mi pila actual incluye dos Philip Roth más aparte de Némesis, que ya está leído y la ha abandonado para ocupar la segunda residencia temporal de mis libros (mi “despacho”, a saber: el rincón de la cocina donde escribo estas joyas de la digresión). He ido relegando estos dos a causa precisamente de Némesis. Quería leerla a ella primero por ser la última novela de Philip Roth y empezar así por el final (un placer infantil que me concedo de vez en cuando). La última para siempre, pues con ella declaró que se jubilaba, que lo dejaba, que se acabó. No soy quien para ponerlo en duda, y a un hombre de 83 años no se le puede exigir nada, ni siquiera que siga vivo mucho tiempo, aunque tampoco me imagino a Roth mano sobre mano viendo la tele o contemplando la evolución de las zanjas de su querido Newark. O puede que los ancianos estadounidenses no sean como los nuestros…
Pero, volviendo al tema: al igual que sus hermanos andan atascados en la pila por su culpa (he descubierto que necesito un descanso de dos o tres lecturas distintas entre un Philip Roth y otro), Némesis se quedó atascada más de lo habitual en la segunda base, o sea, mi mesita de la cocina. Por encima de ella habéis visto pasar a Ozicky Brodsky, y hasta podría hacerlo el Judas de Oz, que terminé ayer mismo y sobre el que estoy deseando escribir, si no fuera porque tengo que enfrentarme ya al desafío personal que desde su tapa amarilla chillona (qué libro mas feo) me plantea Némesis. ¿Cuál? La de una novela a la que no puedo reprochar nada, ni en la elección del tema ni en su desarrollo formal, que es impecable. Pero que me ha costado leer, y la culpa no la tiene esta vez el traductor, invisible como debe ser.
Némesis es el nombre de la diosa griega del castigo y la venganza “justos” que debían aplicarse a aquellos que sobrepasaran los límites impuestos por su condición: los hijos que desobedecieran a sus padres o los hombres que desafiaran a los dioses usurpando sus funciones o queriendo ser como ellos. Esta trasgresión es la hibris, lo más parecido que los griegos tenían al concepto de pecado.
Al principio a mí me resultó extraño que un autor judío titulara así una novela en la que se narra cómo, en plena guerra mundial, una epidemia de polio se ceba especialmente en los niños del barrio judío de la ciudad de Newark. Porque resulta una réplica a una diminuta escala doméstica de la plaga que estaba aniquilando a todos los judíos, incluyendo a los niños, en Europa, y muchos lectores, al menos yo, creo que esperaban mientras recorrían su primera parte que la novela optara por desarrollar esta analogía evidente. Sin embargo, a pesar de que a veces casi parece que va a suceder (“aquella era también una guerra de verdad, una guerra de matanza, ruina, desolación y perdición, una guerra con los estragos de la guerra: una guerra contra los niños de Newark”), al final tenemos que reconocer que no, que no se trata, como en La peste de Camus, tanto de las formas posibles de resistencia al mal como de algo mucho más concreto: de la manera en que su protagonista, Bucky Cantor, termina por interpretar la epidemia y su papel en ella.
Bucky es monitor en un campamento municipal de verano. Aunque al principio Bucky parece destinado a ser el héroe que impide que, junto al virus de la polomielitis, se extienda también entre sus niños el de la ira y el miedo (que “castra” y “degrada”), resulta ser sólo “un buen chico”; judío, sí, pero cien por cien norteamericano: seguro de su vida y de su derecho a ella, la suya y la de los demás; un muchacho que, por otra parte, ha asimilado completamente ese ideal tan americano (y protestante) del ciudadano ejemplar, siempre dispuesto al sacrificio heroico en nombre del deber. Por si no resultaba suficientemente vergonzoso que el ejército le hubiera rechazado por su deficiente visión, teniendo así que permanecer en la seguridad del hogar mientras sus amigos de la infancia morían en Europa, cuando se le presenta la oportunidad de luchar en esta otra guerra desatada en su mismo barrio por la enfermedad, decide irreflexivamente aceptar la propuesta de su novia y marcharse a trabajar con ella a un campamento infantil en plena naturaleza, lejos de la epidemia.
Se marcha porque es la opción más apetecible, como el melocotón que se está comiendo en ese momento, la objetivamente más sensata. En realidad no hay ninguna guerra en Newark ni nada especialmente heroico que él pueda hacer. Ésa es la verdad, metáforas aparte. Y él tampoco se va por miedo a la enfermedad, sino, en todo caso, al sufrimiento, por lo absurdo que le parece en ese momento tener que asistir impotente al dolor ajeno y compartirlo. Claro está que este buen chico americano de inteligencia media no se ha planteado nada de esto. Lo hizo, sin más. Y cuando la enfermedad termina alcanzando también aquel supuesto refugio natural, matando a un niño y lisiándole a él mismo, se considera responsable y la culpa le corroe hasta decidir castigarse de por vida.
Lo que parecía iba a ser una reflexión sobre la naturaleza humana y su capacidad para lo mejor y para lo peor en las situaciones críticas, termina siendo la descripción del infantilismo religioso de Bucky, que, incapaz de aceptar la tragedia como lo que es, un sinsentido, tiene que buscar un culpable. Primero Dios y luego él o, mejor dicho, los dos a la vez. “No era más que un estúpido orgullo desmedido”, nos dice el narrador (uno de los primeros niños afectados), el que le llevó a condenarse para siempre a la soledad. He aquí la hibris y su correspondiente némesis. Conceptos paganos, pues lo de Bucky tiene que ver menos con la religión o la fe que con el puro racionalismo de las causas eficientes.
Visto así, es una suerte que no se plantee una analogía entre la epidemia y la shoá. Resultaría escandaloso que se nos invitara a verla, no tanto como lo hace Bucky, sino el razonable y laico narrador: una contingencia inevitable.
Al fin puede ocupar Némesis su lugar más o menos definitivo: en la estantería, en el lugar alfabéticamente destinado a los Roth. Allí, junto a Joseph y Henry, a los que tan poco se parece. Bueno, cada uno es como es. Philip, tan realista, tan sobrio, tan correcto (literariamente hablando) es, de momento, mi particular patito feo. Veremos si me sorprende en los otros dos “Roths”. Veremos.
“Y mirando estas postales me prometí que, si alguna
vez conseguía salir de mi país natal, iría a Venecia en invierno, alquilaría
una habitación en una planta baja, junto al agua, me sentaría allí, escribiría
dos o tres elegías, apagaría mis cigarrillos en el suelo húmedo para oír su
leve siseo, y, cuando estuviera a punto de quedarme sin dinero, no compraría un
billete de vuelta sino una pistola barata, y, acto seguido, me volaría los
sesos. Una fantasía decadente, por supuesto... pero si a los veinte años uno no
es decadente, ¿cuándo va a serlo?".
Por J. Teresa Padilla
Joseph Brodsky murió en 1996. Ni se pegó un tiro (¿demasiado viejo?, ¿demasiado cuerdo?) ni fue en Venecia donde le falló ese corazón enfermo que tanto tiempo le llevaba amenazando con pararse. Sucedió en Nueva York, la capital oficiosa del país en que se había exiliado hacía más de veinte años. Sin embargo, sus cenizas no descansan allí, ni en su ciudad natal (San Petersburgo), sino en la Venecia invernal a la que se prometió viajar cuando todo viaje era imposible. Aunque fuera sólo para morir o, como en realidad sucedió, para yacer después de muerto.
Tumba de J. Brodsky en Venecia
Nos gustan los círculos que se cierran. “Te ha quedado redondo”, se dice de un trabajo bien hecho. Será que nos consuela ese encuentro de los principios y los finales que nos permite engañarnos sobre la sabiduría de la naturaleza o el equilibrio del universo. Dan la impresión de que en el fondo hay una ley que rige todo este caos, aunque en realidad no creemos en la ley. Ni siquiera en el azar. Sabemos que esos círculos nos los imaginamos, los soñamos. Qué más da. “En definitiva, comparado con la muerte, el sueño es realidad”. Yo encontré un círculo así cuando, después de leer los ensayos recogidos en Del dolor y la razón, me enteré navegando por la red de que Brodsky estaba enterrado allí donde fabuló de joven, todavía en la Unión Soviética, quitarse la vida como un poeta maldito. Al igual que todos estos círculos cerrados, también éste es sólo una visión subjetiva, mía en este caso. La que necesitaba para enfocar la reseña de un libro (ya os lo adelanto por si no necesitáis saber más ni seguir leyendo) extraordinario que no tiene ningún desperdicio. ¡Qué queréis que os diga! Sin este tipo de muletas, sin estas ideas típicas de mentes dispersas como la mía, terminaría escribiendo resúmenes escolares. Venecia (convertida para Brodsky en el contenido concreto del abstracto Occidente) y la muerte, la muerte en Venecia, la soñada y la real o cómo la soñada, la literaria, se termina imponiendo a la real. He aquí el principio. A ver si en torno suyo soy capaz de ordenar en poco más de mil palabras las mil y más maravillas de este libro.
“De un hombre que nos va a decir algo sobre nuestra vida no nos importa en qué época vivió”. Pues nada de referencias biográficas, faltaría más. Porque Brodsky es uno de esos hombres. Enseñarnos algo nuevo sobre nosotros y nuestro mundo es la condición mínima que ha de cumplir un libro para ser leído, hoy o dentro de cien años, por miles de lectores o por uno, porque la literatura “es un diccionario de la lengua en que la vida le habla al ser humano. Su función consiste en evitar que otro hombre, un recién llegado, caiga en una vieja trampa, o en ayudarle a darse cuenta, si de todas formas ha caído en ella, de que ha tropezado con una redundancia. De este modo se sentirá menos afectado y, en cualquier caso, más libre. Porque entender el significado de las expresiones que utiliza la vida, de lo que nos sucede, resulta liberador”. Vale, es cierto, hay libros que se leen masivamente y no enseñan nada, libros que no se dirigen a nosotros, a cada uno de nosotros, sino a un más o menos determinado público. Es verdad, pero nosotros hablábamos de literatura.
La literatura, como el arte, “despierta en el ser humano, consciente o inconscientemente, un sentido de unicidad, de individualidad, de separación, que lo convierte, de animal social, en un “yo” independiente”. E insiste: “Una novela o un poema no constituyen un monólogo, sino una conversación entre el escritor y el lector, una conversación, repito, íntima, al margen de los demás: por así decirlo, mutuamente misantrópica. (…) Una novela o un poema son el fruto de una doble soledad: la del escritor, la del lector”. Brodsky fue un escritor exiliado y esto no es un mero accidente biográfico: su exilio y la necesidad del mismo le revelaron la esencia de la literatura y le brindaron la posibilidad de una libertad que va más allá de la liberación evidente de pasar de una tiranía a una democracia (“ese punto medio entre la pesadilla y la utopía”). El escritor y el lector están inevitablemente solos, al menos cuando escriben o leen. Y esa soledad es un valor, un preciado tesoro. Debemos luchar por alcanzar la condición de nómadas. Esto repite Brodsky de diferentes y simpáticas formas en muchos ensayos de este libro, sobre todo en los diversos discursos de graduación que incluye y que son una auténtica gozada.
Ser un nómada (al menos mental) es no pertenecer a ningún club, grupo, célula. Ni, por extensión, país o nación. Es negarse (cuántas veces hemos hablado de esto mismo aquí) a dar credibilidad a la Historia o a “los heraldos de su inevitabilidad”. No significa sin más ser libre (esto es un duro trabajo), pero sí estar liberado de lo que nos lo impediría. Ser un nómada es ser un rostro humano, aunque no siempre sea hermoso ni bueno, y no un átomo de la masa.
Muy en relación con esta posible libertad y más que real liberación está la literatura y su abominación de la repetición, el cliché y las obviedades:
“El discurso poético es continuo, y evita el cliché y la repetición. La ausencia de estos rasgos hace avanzar el arte y lo distingue de la vida, cuyos principales recursos estilísticos, por así decirlo, son precisamente el cliché y la repetición. (…) Es nuestro objetivo antropológico, genético, nuestro faro lingüístico, evolucionista”. “Lo malo de los discursos sobre obviedades es que corrompen la conciencia por la facilidad y la rapidez con que nos proporcionan la tranquilidad moral de hallarnos en lo cierto”.
A la rutina segura e inmovilista de la frase hecha, el cliché y lo obvio se oponen la duda, la incertidumbre y el riesgo de la literatura, sobre todo de la poesía, al dejarse el poeta poseer por la lengua (en un sentido más erótico del que imaginamos) y su necesidad de evolucionar y crecer: “Quien escribe un poema lo escribe porque la lengua le inspira –cuando no le dicta- el siguiente verso. (…) Hay ocasiones en que, mediante una simple palabra, una simple rima, el que escribe un poema se ve llevado allí donde no ha estado nadie antes que él, quizá incluso más lejos de lo que él mismo deseaba. Quien escribe un poema lo escribe sobre todo porque la escritura de versos es un extraordinario acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la comprensión del universo. Una vez experimentada tal aceleración, ya no se puede renunciar a repetir la experiencia. (…) A quien establece esta especie de dependencia con la lengua es, supongo, a quien llamamos poeta”.
Eso fue Brodsky por encima de todo, un poeta, y para los que, como yo, no sabemos leer poesía, los ensayos en que él nos lee y desnuda los poemas de Rilke (“Noventa años después”), Thomas Hardy (“Cortejar lo inanimado”) o el espectacular e hipnótico análisis del “Home Burial” de Robert Frost (“Del dolor y la razón”) son, simplemente, milagrosos: hacen ver al ciego, a la ciega en este caso. Y la enamoran, de lo que el maestro les enseña y del propio maestro.
A pesar de su individualismo irrenunciable, Brodsky ponía el poema por encima del poeta, convirtiendo a éste en un simple médium en la historia de amor en que consiste la relación entre la lengua y la realidad. Creo que exagera. Por amor, claro; por amor a su lengua y a todas las lenguas, un amor que se le transparenta en estos ensayos a la menor ocasión. Y el amor ciega y deslumbra, pero, ¿qué seríamos sin él?
“Había leído casi toda mi obra. (…) Cuando conozco a gente como él, me siento como un impostor, porque lo que creen que soy no existe (desde el momento en que acabé de escribir lo que acababan de leer). Lo que existe es un lunático perseguido por sus recuerdos, que se esfuerza por no herir a nadie, pues lo más importante no es la literatura sino la habilidad de no causar daño a nadie. Pero en vez de confesarlo sin rodeos, balbuceo algo sobre Kantemir, Derzhavin, etcétera, mientras él me escucha con la boca abierta, como si en el mundo hubiera algo más que la desesperación, la neurosis y el miedo de convertirse en humo en cualquier momento”.
Sí, aquí estamos, hablando de literatura, que ni siquiera es lo más importante, como si no fuéramos a morir en cualquier momento, como si la literatura fuera algo más que una ficción caprichosa o la realidad otra cosa que la que nos ofrece la física. Éste fue Joseph Brodsky, no sé si os lo he presentado bien (gran parte del trabajo se lo he dejado a él, a sus palabras). Doy gracias a quien o a lo que corresponda por haberle conocido.
“En un ataque de locura, Celan se abalanzó sobre su vecino en París, convencido de que éste había hecho daño a su hijo. Cuando lo llevaron a la policía, gritaba “¡Soy francés! ¡Soy francés!”. Pero sólo era un judío. Aun así, no le hicieron nada. Lo ingresaron en una clínica psiquiátrica.
¿Cómo es posible que hasta ahora no me haya vuelto loco? ¿O estoy loco?” (I. Kertész. La última posada).
En la plataforma de llegada a Birkenau. Foto: Yad Vashem
Por J. Teresa Padilla
Hoy es el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto (creo que oficialmente el nombre es más largo). Lo es porque fue un 27 de enero de 1945 cuando los rusos llegaron a Auschwitz y lo “liberaron”. En realidad lo liberaron de su abandono, pues allí sólo quedaban menos de tres mil personas que, por su debilidad extrema, no pudieron engrosar las “marchas de la muerte” que sus captores organizaron en su huida. Los nazis dejaron sólo a los que dieron por muertos y a unos pocos que optaron, en ese juego de ruleta rusa que era cualquier elección allí, por burlarles y quedarse. Aquellos judíos eran suyos. Ellos, los nazis, y nadie más eran los dueños de sus destinos. Tal es el mensaje que dejaron bien claro para la posteridad cuando decidieron, al margen del más evidente sentido común, llevarse a todos aquellos que no habían tenido tiempo de asesinar. Perderían la guerra, pero habían conseguido suplantar al Dios de los judíos, que no es otro que el de los cristianos y, por tanto, el de Occidente hasta ese momento. Todavía no está claro a día de hoy si se salieron con la suya. De ahí el esfuerzo por recordar, comprender y conseguir reconducir la civilización que hizo posible aquel horror.
En ese esfuerzo se encuentran escritores, poetas, intelectuales o simples testigos que sobrevivieron. También están los que, como Itsjok Katzenelson o Zalmen Gradowski, por ejemplo, fueron capaces de legarnos su testimonio aunque ellos mismos desaparecieran convertidos en cenizas y humo. Los hay que sobrevivieron hasta el fin natural de sus días (Imre Kertész, Elie Wiesel…) y también los hay, muchos, demasiados, que terminaron sucumbiendo más o menos años después (Primo Levi, Paul Celan, Jean Améry o Tadeusz Borowski). Y, por supuesto, hay mujeres (Seweryna Szmagklewska, Odette Elina, Charlotte Delbo, Liana Milu...).
“Tras examinar a los 2819 internos de Auschwitz que fueron salvados por la llegada del Ejército Rojo, la Comisión de medicina legal estableció que 2189 de ellos, es decir, el 91%, padecían de severa inanición. Por añadidura, 223 de ellos estaba enfermos de tuberculosis. Los peritos pudieron establecer también que los alemanes sometían a tormentos a los prisioneros, lo que resultaba en la presencia de numerosas fracturas de costillas, huesos de las extremidades, vértebras, huesos maxilofaciales y diversas heridas, ulceraciones y miembros gangrenosos entre las personas examinadas por los miembros de la Comisión. Muchas de las personas liberadas padecen también de severas enfermedades nerviosas y psicológicas.
La Comisión de medicina legal practicó autopsias a 526 cadáveres de prisioneros encontrados en diversos puntos de los campos. Las autopsias permitieron establecer que 474 de las muertes (el 88,3%) se produjeron por inanición” (Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg. El libro negro, p. 1079).
Como en este fragmento de El libro negro, esa monumental recopilación de documentos y testimonios realizada en plena guerra por dos hombres tan distintos como Ehrenburg y Grossman, también la frialdad, tan dolorosa, de los números y porcentajes, intenta dar testimonio, aunque lejos de explicar o hacernos comprender nada, pueda cegarnos aún más. Por si acaso, este “informe” fue vetado por Stalin y no se publicó hasta 1980 en Israel. Otro libro con su propia y triste historia, como tantos escritos en la antigua Unión Soviética.
No iba a subir nada esta semana, que ha sido complicada y rara. Pero el periódico me ha recordado la fecha de hoy y necesitaba contribuir a mi manera en la lucha contra el olvido. Y se me han ocurrido dos cosas. La primera compartir una lista de libros de mi biblioteca que, bien narrando, reflexionando e incluso fabulando, luchan sin cuartel por no dar “victorias póstumas a Hitler” (como decía Fackenheim). No os los recomiendo de oídas. Con mejor o peor calidad literaria, todos son imprescindibles. Todos enseñan algo. Habrá muchos más, y puede que mejores. Estos son los que conozco de primera mano.
Pero antes de ese listado, un poema. No sé dónde lo escribió, pero recuerdo que Kertész lo llamó el poema perfecto sobre el holocausto. O puede que perfecto, sin más. Yo no entiendo mucho de poesía, pero le creo. Es la traducción de José Luis Reina Palazón de Todesfuge y un audio del propio Paul Celan recitándolo que no hace falta saber alemán para disfrutar.
Fuga de la muerte
Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba ante él a sus judíos hace cavar una fosas en la tierra
nos ordena tocad a danzar
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires allí no se yace allí estrecho
Grita hincad los unos más hondo en la tierra los otros cantad y tocad
agarra el hierro del cinto lo blande son sus ojos azules
hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit juega con las serpientes
Grita que suene más dulce la muerte la muerte es un Maestro Alemán
grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire
así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro Alemán
te bebemos de tarde y mañana bebemos y bebemos
la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul
él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
azuza sus mastines a nosotros nos regala una fosa en el aire
juega con serpientes y sueña la muerte es un Maestro Alemán
tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit
(Paul Celan. Obras completas –ed. Bilingüe-. Trotta, Madrid, 2007)
Listado (sin orden alguno):
-Imre Kertész al completo (o casi), aunque Sin destino es el principio de todo.
-Primo Levi: Si esto es un hombre, Los hundidos y los salvados, La tregua.
-Stanislaw Lem: Provocación (un ensayo literario, que se presenta casi como un juego, pero que resulta clarificador como pocos).
-Zalmen Gradowski: En el corazón del infierno (el testimonio milagrosamente conservado de un prisionero destinado a trabajar en las cámaras de gas de Auschwitz. Él no sobrevivió).
-Itsjok Katzenelson: El canto el pueblo judío asesinado (este poeta yiddish tampoco sobrevivió. Sí sus poemas, que evocan el camino de destrucción desde la invasión de Polonia hasta los campos).
-Elie Wiesel: Trilogía de la noche (La noche, El alba, El día).
-Tadeusz Borowski: Nuestro hogar es Auschwitz (“No puedes imaginar qué feliz soy”. Una narración epistolar maravillosa y única).
-Seweryna Szmaglewska: Una mujer en Birkenau (uno de los primeros testimonios de supervivientes publicados).
-Odette Elina: Sin flores ni coronas (un conjunto de anotaciones breves, sencillas y dolorosamente expresivas).
-Charlotte Delbo: Auschwitz y después (trilogía que incluye Ninguno de nosotros volverá, Un conocimiento inútil y La medida de nuestros días).
-Liliana Millu: El humo de Birkenau (testimonio contemporáneo del de Primo Levi e igual de recomendable).
-Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación (en esta obra “se describe cómo se sufre la violencia, eso es todo”. Y es mucho).
-Robert Antelme: La especie humana (un testimonio novelado que se esfuerza por seguir viendo al verdugo como un hombre).
-Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg: El libro negro.
Alguno me dejo incluso de mi modesta biblioteca. Seguro que conocéis otros muchos. Os agradecería que los compartierais conmigo. Ayudadme a ampliar esta lista.
Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Cynthia Ozick.
Mardulce: s.l., 2016. 423 pp. 22 euros.
“Hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra labor. El resto es la locura del arte”, dijo [Henry James]. ¿Qué lector, al encontrarse con estas palabras reverberantes, ya sea por primera, por décima o por centésima vez, no se las tomaría a pecho?".
Por J. Teresa Padilla
Cuesta abajo me ha parecido que terminaban yendo los ensayos recogidos aquí. Quizá porque no son tantas las ideas originales de Ozick ni tan variadas las formas en que las sostiene. No son muchas, pero son claras para la autora y objeto de una defensa en ocasiones numantina. Ahora las veremos. Yo suscribiría al cien por ciento muchas de ellas y, a lo mejor por eso mismo, se me ha hecho más cuesta arriba asistir a esa cuesta abajo, al decaimiento del interés de los últimos ensayos (últimos del libro y más recientes en el tiempo).
Por si fuera poco, en la traducción de Ernesto Montequín hay errores gramaticales (un dequeísmo en la página 400 o un “concurso de cuyo premio” que espanta en la 391) y otras opciones estilísticas probablemente legítimas (me dio pereza anotarlas), pero que complican sin necesidad la lectura de unos textos escritos con una encomiable sencillez. Vaya, que había frases muy raras. Que se use “retardado” por “retrasado” o “impiadosa” por “impía”… Bueno, me incomoda, pero ése es mi problema: un pecado inconfesable que me ha alejado de mucha y seguramente muy buena literatura hispanoamericana.
El libro comienza con un ensayo a ratos deslumbrante (“Ella: retrato del ensayo como cuerpo tibio”) en el que describe el movimiento reflexivo típico del ensayo, que a veces es puramente racional y otras sentimental y casi siempre memorístico, oponiéndolo a la urgencia frívola y superficial del artículo. Oponiéndolo y defendiéndolo de ella. El ensayo se mueve en territorios íntimos y su deambular nunca es callejero. Considerémoslo femenino, llamémosle “ella” en lugar de “él” para dar la razón al estereotipo, aunque deberíamos saber que es falso. Porque ésta es otra de las ideas que, sin constituir nunca un tema principal, aparece en varias ocasiones y diferentes ensayos. Ozick defiende el feminismo ilustrado, el de la igualdad. El mismo, por ejemplo, que yo aprendí en la Universidad, a finales de los ochenta, de la mano de Celia Amorós. El que dice que hay cosas hechas por mujeres (muchas más de las que una historia escrita por ellos nos ha mostrado), pero no una forma específicamente femenina (ni masculina) de hacer las cosas. El feminismo clásico (así lo llama Ozick, ilustrado o moderno lo llamábamos nosotras) defiende la individualidad y mayoría de edad de cada una de las mujeres. Nada que ver con la hermandad (“sororidad” la denominan hoy para dejar bien claro el género de la fraternidad, aunque, puesto que el diccionario incluye el adjetivo “sororal”, debería decirse “sororalidad”) y el activismo epatante tan en boga. Me temo que nos faltaban lemas y consignas ofensivos. Nunca se nos ocurrió usar nuestros pechos desnudos como armas reivindicativas. No veíamos mal piropear a nuestros compañeros de vez en cuando para reírnos de su sonrojo tan poco “masculino”. Pero no porque quisiéramos ser como ellos. Ni como ellos ni como ellas. El enemigo era justo ése: el modelo impuesto. El que se nos imponía a nosotras era más opresor, pero tampoco el masculino era liberador, así que podíamos y debíamos ir juntos en esto. Queríamos ser nosotras mismas, descubrir lo que éramos. Y, en realidad, pedíamos lo mismo para nuestros compañeros. Ahora te asomas a las redes sociales y todo parece reducido a un partido de fútbol entre dos equipos igual de poco atractivos que sólo interesa a hooligans.
Cynthia Ozick (1986). Foto: Ricki Rosen
Un excurso un poco largo que simplemente da testimonio de lo que me ha alegrado reencontrarme con este feminismo de mi juventud en varios momentos de esta obra. Aunque sus temas principales sean otros, literarios, claro está. Con ironía se desentrañan, por ejemplo, las diferencias entre los escritores-chamanes y los escritores-ciudadanos (“Sobre el permiso para escribir”). Con dureza se crítica el arte y la literatura narcisistas, autorreferenciales y amorales: la vida y la literatura, la realidad y la ficción, guardan una relación muy compleja, pero no son nada realmente fuera de la misma. En “Metáfora y memoria” se nos describe de un modo pedagógicamente impecable el contraste entre el modelo griego y el judío de metáfora, así como la superioridad del segundo, que se apoya en la memoria y es, en el fondo, el que más y mejor se ha practicado.
En la segunda parte, en la que los ensayos giran en torno a diversos autores, los textos se vuelven más irregulares y reiterativos. Es dura la crítica a Susan Sontang como la ensayista que favoreció el todo vale postmoderno que tanto repele a la autora (con razón, añadiría si mi opinión importara). Lo que dice en este texto (“De la discordia y el deseo”) sobre Patti Smith y la nivelación entre “baja” y “alta” cultura ha sido refrendado este mismo año que acaba de concluir por los académicos suecos, así que la victoria sobre Sontag que Ozick
reclama (según ella, El amante del volcán constituye una rectificación en toda regla) resulta algo pírrica.
Mucho más cruel es el artículo dedicado a Truman Capote (narcisismo de principio a fin), que le sirve también para distinguir, de paso, el periodismo de la literatura sin separar la literaturade la vida. A Emmanuel Carrère (y a la legión de escritores que lo intentan emular en España) lo pondría fino.
Desmitificadora y reivindicativa a la vez es Ozick cuando habla de Sylvia Plath: el misterio estaría en su vida (sus diarios), no en su muerte (en la leyenda popular que su suicidio creó), pero el verdadero fuego que convierte todo lo demás en insignificante humo reside sólo en su poesía, la que la leyenda amenaza con ocultar.
Me niego a resumir la relación, hilarante en ocasiones, de amor-odio entre Ozick y Henry James. Porque es muy personal y está muy alejada de la mía con el señor James, que para resumir podríamos calificar de sencillamente inexistente. Por su parte, el texto dedicado a Virginia Woolf es decepcionante, seguramente por ser casi una crítica de la biografía de su sobrino, Quentin Bell. Sólo al final brilla algo ella y su contribución literaria.
Algo parecido sucede en el primero de los ensayos dedicados a Kafka, que constituye en realidad una presentación de los primeros tomos de la monumental biografía de Reiner Stach que, casualmente, hace nada ha publicado íntegra entre nosotros Acantilado. La crítica es buena, por si hay alguien interesado en enfrentarse a ella. El segundo artículo (“La imposibilidad de ser Kafka”) aborda una de las muchas posibles acepciones de esta expresión. En este caso la dificultad de traducir bien y la imposibilidad de no traducir (a Kafka y a cualquier otro).
Qué más… Ah, también encontramos a Tolstói y Dostoyevski. De lo más flojito en mi opinión. O a lo mejor no. Puede que sea yo, que les tengo especial querencia y todo lo que se diga me parece poco o muy superficial.
En resumen: ensayos muy amenos sobre la pasión por la literatura y su íntima conexión con la vida. Guerra al esteticismo, al arte por el arte, al narcisismo, a la metaliteratura, a la filosofía débil del "gusto"… Esta simpática mujer es más antigua que yo, ya os lo advierto. Tengo que hacerme con alguna de sus novelas. Tengo que verla en acción.
Mi amiga invisible me ha regalado este año un libro que estoy leyendo con ansia de chiquilla. Cualquier tipo de lectura que caiga en mis manos es capaz de aportarme algo positivo. En este caso me ha trasladado a mi mundo mágico de la adolescencia y he retrocedido sin ningún esfuerzo a mis catorce o quince años, edad en la que me empapaba de las aventuras de Esther y su mundo. Una amiga se ha reído de mí sin ningún recato y yo la he espetado, con toda la mala inquina de la que soy capaz, “qué culpa tengo yo de que tú no hayas tenido infancia…”. Porque me da mucha pena que no disfrutara nunca de las aventuras de mi heroína preferida. De pequeña devoraba sus historias, que se publicaban por entregas, semana a semana, en una especie de tebeo que se llamaba Lily. Más tarde, Esther adquirió la importancia suficiente como para ser merecedora de un cómic enterito para ella sola, que salía a la venta aproximadamente una vez al mes, creo recordar. Aún tengo guardados en casa de mi madre, como uno de mis tesoros más preciados, toda la colección de fascículos que logré reunir. Confieso que de vez en cuando todavía los releo, aunque me los sé poco menos que de memoria, porque es de todos conocido el hecho de que cuanto mayores nos hacemos, conseguimos retener los recuerdos lejanos de forma mucho más precisa que los cercanos en el tiempo. Así que soy prácticamente incapaz de esbozar más allá de una idea general del último libro que ha caído en mis manos y he terminado, pongamos por caso, hace quince días. Y sin embargo, podría relatar las historias de Esther como si ayer mismo hubiese acabado de leerlas. Definitivamente, sí. Me estoy haciendo mayor.
Por eso no me da la gana renegar de nada ni nadie que haya sido importante en mi pasado. Total, es lo que me viene a la mente con más claridad. Nunca he entendido a esas personas que quieren olvidar a toda costa de dónde vienen si eso no les aporta un plus de glamour añadido a su aburrida vida actual. Esa gente que, por decirlo de algún modo, creyendo haber triunfado en la vida, se olvidan de que se criaron, un suponer, en el barrio de la Ventilla, en Vallecas o en Vicálvaro. Me da verdadera lástima escucharles renegar de lo que han sido sus orígenes, sólo porque su casa es ahora mucho más grande o el barrio que habitan es infinitamente más chic que aquel del que provienen y en el que pasaron, sin ninguna duda, los mejores años de su vida. Esos mismos años que hoy se empeñan en olvidar y de los que abominan sin ningún recato. Pobrecillos.
Y por eso confieso mi nula vergüenza al admitir que leo a Esther hoy con la misma avidez con la que lo hacía a mis catorce años. Salvando las distancias y admitiendo que no es un modelo de literatura para recomendar, pongamos por caso, a los alumnos de cuarto de la ESO, no veo qué hay de malo en compaginarlo con, por ejemplo, Patria, de Fernando Aramburu, el siguiente ejemplar que tengo en lista de espera para cuando termine con Esther. Me reconforta dedicar horas a un tipo de lectura extremadamente simple, pero que me deja tan satisfecha como si me estuviese leyendo el mismísimo Quijote. Ya sé que algunos considerarán esta comparación poco menos que ofensiva, cuando no una auténtica aberración, entre ellas mi amiga, que no concibe cómo es posible que una mente más o menos equilibrada, como supone que es la mía, pueda ser capaz de admitir que a los quince años se volvía loca con las canciones de Camilo Sesto y, lo que es peor, aún siga escuchándolas de vez en cuando, sin sentir ningún tipo de vergüenza al reconocerlo. Hombre, al Mola mazo ya no llegué, pero no me digas que Amor amar o Algo de mí no han sobrevivido con mucha dignidad al paso del tiempo. Quizá no despierte, será por el bien de los dos, mataré este momento en silencio romperé unos años de amooooor. ¿Quieeeeén, quieeeeén, quieeeén me robó tu alma de entre mis manos? ¡Esta sí que era una de mis favoritas! Este Camilo era un genio del desgarro y del dolor.
Bueno, quizá estoy empezando a desbarrar. Voy a continuar con la lectura del capítulo que he dejado a medias esta mañana al salir del metro. Ya no puedo aguantar más con la intriga de saber si, por fin, Juanito se dará cuenta de que Esther es el amor de su vida y de que su mundo era ciego hasta encontrar su luz. ¿O esto lo decía Camilo? Yo qué sé, lo mismo me estoy volviendo loca y al final mi amiga tenía razón…