jueves, 30 de marzo de 2017

Cambio de planes (o La culpa es de Roth, Philip Roth)


Por J. Teresa Padilla

No me negaréis que el título promete. ¿Qué? Giros vitales, portazos, aventuras, novedades… Frenad. No se trata de estas cosas. Quitároslo de la cabeza si no queréis experimentar una decepción mayor de la que os suelo causar habitualmente. No sólo soy, yo sí, un “ama de casa que escribe”, como se autodenominaba Vila-Matas con la boca chica. Soy un “ama de casa que escribe desde su casa” mientras, por ejemplo, se cuece la coliflor, como ahora mismo, aprovechando lo que queda de mañana después de las faenas de aliño del hogar y antes de que vuelvan los críos del cole. Hay días que cero minutos. Las tardes intento dedicarlas a leer (si no leo, poco escribo o a saber sobre qué se me ocurre escribir, como hoy sin ir más lejos). Sólo lo intento: la voz chillona de mi hija irrumpe periódicamente para que le resuelva dudas sobre temas que conoce mejor que yo o para quejarse de que su hermano la quiere matar y otros dramas trágicos en los que considero más prudente no inmiscuirme; y mi hijo… De momento, sus problemas suelen ser sólo matemáticos y sabe que para eso no puede contar conmigo, lo que no quita que en ocasiones su silencio se haga tan denso que me despierte de la somnolencia o la concentración trabajosa en alguna lectura, obligándome a llamarle a voces para romper el hechizo y asegurarme de que sigue entre nosotros. Suele estarlo, aunque sólo a medias, y normalmente metido en asuntos que no corresponderían, como la lectura de comics. Vaya, que si por las mañanas soy un ama de casa que escribe, por las tardes soy un guardia jurado lector.

Nada que ver con el día a día de mi estimado Trapiello, contado por él mismo, que leí hace nada en algún sitio que no recuerdo: mañanas creativas –de poemas y prosas-, leve siestecita, escritos alimenticios -columnas y eso- y, para finalizar, series malas de televisión en el sofá del salón con su esposa. Lo leí y lo primero que se me pasó por la mente fue quién pasaba la mopa, fregaba los baños y hacía la comida en esa casa. Él está claro que no y su pareja tampoco (no le veo casado con alguien tan vulgar y fracasado como yo, que no he conseguido los ingresos suficientes para delegar estas tareas, indignas de un diario, en otros). Me pareció fatal. No el hecho mismo (bien por él si puede vivir tan ricamente de su trabajo), sino que lo contara con esa ligereza chispeante tan suya que soy incapaz de apreciar. Como si viviera en otro mundo donde no proceden los anuncios de limpiahogares o la ropa sale mágicamente planchada de los armarios. Alguna vez, digo yo, habrá de entrar la empleada del hogar, ignorada en el relato como espero que no igual en la vida, a limpiar su despacho de pelusas. Supongo que la pobre tendrá que aprovechar sus cabezadas de la siesta. O puede que sea tan fino que ni las genere. En fin, así luego le salen las novelas que le salen: de otro planeta, literalmente. También leí que, después de ser candidato por UPyD, ahora apoya la creación de un nuevo partido en la misma línea ideológica. Aunque seguro que no podemos responsabilizarle personalmente de la debacle, no sé quién habrá sido el incauto que se lo ha pedido. El partido en cuestión no tenía mala pinta, pero con semejante publicista…

Pura envidia y resentimiento. Mientras me convierto en lo que siempre he deseado aunque nunca me he atrevido a confesar, una “trapiella”, una burguesa de la literatura como Dios manda que ignora por completo cómo llegan los alimentos a su mesa y las ropas a su armario o por qué los cristales y los muebles resplandecen ni dónde está el aceite de oferta, sigo con mi trepidante horario, tan poco literario, y el pluriempleo. ¿Qué planes he cambiado entonces? Pues cuáles van a ser, almas de cántaro, los de lectura y escritura.

Tampoco vayáis a creer que había un plan muy sofisticado, sólo el de seguir el orden de la pila de libros pendientes, seis para ser exactos: Franzen con Libertad estaba en el último lugar porque es un libro voluminoso que no estoy segura de poder leer con la velocidad adecuada (porque la hay: imposible demorarse gozosamente en la lectura de los libros extensos sin arriesgarse a abandonarlos; lo que procede es marcar los pasajes y gozarlos después). Aunque algo menos voluminoso, le sigue Americana de DeLillo. Desde que los coloqué en la pila uno encima del otro intuía que no estaba bien. Mucho americano desconocido y vehementemente recomendado junto. Un peligro al que me iba a costar enfrentarme. Yo creo que por eso hay un Roth (Philip) encima, para hacerme aún más difícil llegar a ellos, pero, a ver, no sé muy bien cómo se me acumularon los “roths” (todos Philip) y ya dije cuando reseñé el primero de ellos (Némesis) que necesitaba tres lecturas como poco entre uno y otro. Precisamente ahora le había tocado el turno al segundo Roth (La mancha humana), el culpable de que me esté replanteando cambiar el plan. Entre La mancha humana y el tercer y último Roth (La humillación), ése que contiene cual dique a Franzen y DeLillo, estaba un alemán (Sigfried Lenz) por partida doble (Lección de alemán y El teatro de la vida –un regalo de una amiga-) y, atención, Patria, los tres de rigor. Pero este orden dictado por los Roth se ha roto. Y todo por culpa del segundo Roth.

Esperanzada inicié su lectura porque me habían jurado y perjurado que la novela era de las buenas, de las mejores de Roth. Y sí, me enganchó todo lo que me parece que Roth (Philip) puede engancharme. Pero de repente algún niño vendría a interrumpirme y cuando volví al libro mi protagonista había cambiado de raza. Entonces tuve miedo de haber enloquecido y sufrí algo parecido a un ataque de ansiedad. Para ser justos, la ansiedad me la provocaron otros, pero Roth me dio la puntilla y pagó las consecuencias: fue arrojado como una brasa lejos de mi vista. Ahí sigue el pobre esperando que se me pase el disgusto. En su lugar, y gracias en parte a un comentario de un amigo en el “feis”, decidí echar un ojo al Llámalo sueño de Roth (Henry) y hacer la reseña que le debo desde los inicios de este blog. Total, sólo me hacía falta releerlo por encima, lo justo para refrescar el recuerdo (no en vano lo he leído lo menos tres veces). Pues no. Ahí estoy, picando de nuevo y leyéndolo como la primera vez, de principio a fin.

Resignada a abandonarme a este placer y no poder escribir reseña esta semana en el blog, ojeo los periódicos (las secciones de cultura) en busca de inspiración y doy con esto, la presentación de una novedad editorial: El libro contra la muerte de Elías Canetti, en el que al parecer se pueden leer cosas como la que sigue:

"Pascal murió a los 39 años, yo pronto cumpliré los 37. Si mi destino coincidiera con el suyo me quedarían apenas dos años, ¡cuánta prisa! Él nos dejó sus pensamientos desordenados, concebidos para defender el cristianismo. Yo quiero concebir los míos para defender al hombre ante la muerte".

Esto me urge y me interesa. Nada de pensamiento positivo y de aceptación de la desgracia. Rebelión, pura rebelión. Un libro de fragmentos, notas, carnets, como dicen los franceses. Un libro que no llegó a ser y en el que trabajó toda su vida. Un fracaso. Una derrota, literaria y vital, pues la muerte, como estaba previsto, le venció. En fin, una lucha quijotesca que no se puede pasar por alto. Lo siento. Tengo que hacerme con él ya. Así que, cambio de planes: lectura rápida y reseña de ese libro de la infancia al que tanto quiero (Llámalo sueño) y luego a batirse junto a Canetti con ese absurdo que es la muerte. Me temo que la batalla se perderá, pero la vida dedicada a ella promete ser apasionante y con eso de momento me puede bastar. Una lectura que me hará seguro más sabia y que no puedo poner en la lista. Tiene que ser ahora, o puede que ya nunca.


jueves, 23 de marzo de 2017

Ciudad abierta

Ciudad abierta. Teju Cole.

Acantilado: Barcelona, 2012. 296 pp. 22 euros.


Por J. Teresa Padilla

No todos los temas pueden abordarse igual. Cada forma de ser exige una manera de ser mirada y, luego, descrita o contada. De lo contrario resulta invisible en su especificidad, se pierde.

Cualquiera que haya tenido una mínima formación filosófica lo sabe. Los demás puede que no lo sepan, pero lo intuyen, con más o menos claridad de acuerdo con la sensibilidad que este perro mundo les haya permitido conservar. Esta sensibilidad no tiene que ver con cursiladas o sensiblerías. Es esa inteligencia instintiva y “sentiente” que destella ocasionalmente en los niños deslumbrándonos y parece dormida o muerta en nosotros, los adultos, hasta que la despierta o resucita algo. Ese algo normalmente es el dolor. Y sólo mientras no se transforme en ira: la ira ciega (a veces las frases hechas son verdades como puños) y no hay inteligencia que pueda sobrevivirla, mucho menos nacer de ella.

Ya sé que tiendo a la digresión, y que, aunque me incline a ver en ello un rasgo simpático de mi escritura y crea firmemente en el deber para con uno mismo de ser indulgente con este tipo de vicios menores, salvo a los maestros de la misma (Bernhard, Sebald, Walser…) la digresión no suele sentar bien. Sin embargo, aquí no es gratuita. Me creáis o no siempre intento evitar que lo sea, pero en este caso más que nunca, porque Ciudad abierta es justo de lo que estoy hablando: un ejercicio sobre cómo mirar, lograr comprender y describir lo invisible, lo ausente, lo borrado. Es muchas cosas más, todas ellas maravillosas, pero sobre todo es esto.

Foto: tejucole.com
Hace poco yo misma recogía aquí títulos sobre la escasa literatura existente sobre el 11 M. Esta novela nació, según declara su autor en una entrevista que os recomiendo, del 11 S, aunque el lector no se entera de su importancia temática hasta pasadas las primeras cincuenta páginas. Habla del 11 S en su ausencia, señalando los vacíos que ha dejado en la ciudad y los fantasmas que ha generado alrededor de los supervivientes “la limpieza de la línea” creada en torno a él (ese cordón sanitario que tan bien conocemos del “no hay preguntas sin respuesta” o del “pasar página”). Pero no quiero llevar a nadie a engaño: apenas se menciona esta catástrofe, aunque en las idas y venidas del protagonista por Nueva York y Bruselas se entremezcle con otras que emergen de la nebulosa del pasado o se vislumbran “en los espacios de oscuridad entre las estrellas muertas” que también podemos llamar futuro. Algunas de estas fuentes de dolor que tan fácilmente se nos escurren entre las manos son íntimas (la muerte del padre, el silencio helador que marca la relación con la madre, el dolor del que se nos acusa sin que nos podamos hacer responsables de él pero tampoco negar…). Otras, como la Shoáh, son “públicas”, aunque por más intentos que se hagan para reconstruirlas a una escala histórica, siguen teniendo una forma muy íntima de presentarse y hacerse visibles (sensibles): la conmoción. Porque no es verdad, como le dice en Bruselas al protagonista el yihadista en potencia, que la muerte sea sólo muerte, que todas sean iguales y que el sufrimiento que provocan sea siempre el mismo. Porque no es verdad, sencillamente, que entre todos nosotros no haya salvo una diferencia numérica. Eso es lo que dice el terrorista, lo que le permite matar. La historia, la ciencia histórica, se empeñará también por reducir todas estas catástrofes con todas sus diferencias a un concepto común, pero no son los conceptos los que conmocionan o duelen. Casi cualquier cosa es más fácil de manejar que el dolor y el historiador carece de las herramientas para estudiarlo, para aclararlo, para mostrárnoslo. Es ahí donde el escritor intenta aportar su modo único de abordar las cosas con la esperanza de añadir claridad y alguna forma de paz o de consuelo en “un mundo sin santidad”, “azotado por una epidemia de pena”.

Nada de esto es digresión. Ojalá pudiera decir que lo escrito aquí es creación mía. No, es justo de lo que se habla en Ciudad abierta. Una novela escrita como un diario de viaje. De esos modestos viajes que son los paseos sin rumbo en los que el paseante distraído se topa con espacios vacíos que le recuerdan lo evidente, a veces para desecharlo de inmediato. O con exposiciones fotográficas sobre los prolegómenos de un apocalipsis, con la música y su medida del tiempo, con los sonidos y las luces del metro que nos transportan a un pasado que no es el nuestro, con desconocidos que nos reconocen o en los que nos reconocemos... Según su autor es una novela que debe su existencia al 11 S, pero que pretende transmitir la complejidad de su propia trayectoria vital. Sin ser autobiográfica, pues las armas que usa para hacerlo son la experiencia, sí, pero sobre todo la imaginación: la que crea con palabras. Es su vida y una parte importante de la nuestra. Ése es el misterio de la comunicación literaria.

Ciudad abierta porque es, a la vez, ciudad de acogida e invadida, aunque haya consentido en ello. Una ciudad que recibe al extranjero con una estatua de la libertad contra la que, sin embargo, chocan y mueren bandadas enteras de pájaros cuyos cadáveres hay que recoger a diario. En la que el presente teme al futuro y borra el pasado en un intento, en el fondo inútil pero sobre todo cruel y peligroso, de ignorar su propia complejidad, de reconocer la inexistencia de una identidad monolítica, su mestizaje. "Es difícil vivir en un país que ha borrado tu pasado", dice una paciente nativa de Julius, el protagonista, psiquiatra para más señas. "Casi no hay norteamericanos nativos en Nueva York, y muy pocos en todo el nordeste. No está bien que a la gente no le aterrorice esto, porque es algo aterrador que le pasó a una población muy grande. Y no es historia; está aquí, o al menos está conmigo". Porque de esto se trata, de que mientras esté aquí, en nosotros, doliendo y vivo, nada es historia.

La novela tiene dos partes muy dispares en extensión, quizás no del todo necesarias, y con títulos enigmáticos: “La muerte es una perfección del ojo” y “Me he investigado”. La primera hace referencia a la imperfección inherente a la mirada viva (sólo comprendemos del todo lo concluso, lo acabado, lo muerto, lo histórico), ésa que está inmersa en el tiempo. Otro tema tratado con una riqueza insólita en esta novela: el tiempo. Cómo transcurre, se detiene, se rompe en pedazos, vuelve sobre sí. La continuidad en la que creemos vivirlo; su discontinuidad en cuanto nos paramos a mirarlo. El tiempo, hecho de presencias y de ausencias. De las curadas y de las que como fantasmas impiden la curación. El tiempo vivido: no confudir con la historia.

“Me he investigado” y soy sospechoso, añadiría yo al título de la segunda parte. Es, en realidad, la conclusión de una novela que no concluye, porque su protagonista sigue vivo y ha aprendido, entre otras cosas, a no fiarse del todo de sí mismo. Sabe de sus facetas oscuras, opacas. De que en esa oscuridad anida el germen de la locura y la desesperación, pero también la posibilidad de una vida en la verdad. No somos los héroes, los buenos de la película. Asumimos, con temor, que vivimos también en relatos e historias ajenas, que no nos pertenecemos por completo. Salvo quizá en la muerte, cuando todo haya concluido y sea compresible (pero ¿para quién?), o ni siquiera: “De pie allí, sumido en todo tipo de penas, me pareció que estar vivo era ser a la vez original y reflejo, y estar muerto era estar cercenado, ser reflejo y nada más".

Un libro, en suma, bellísimo, del que se aprenden muchas cosas, y en el que se leen, qué se yo, frases tan sencillas y reveladoras como ésta: “Había pensado que si lograba dormirse a lo mejor se moría. Era una idea nueva para él y le había hecho bien. Lo había ayudado a dormir”. Quien no haya sentido alguna vez exactamente esto que levante la mano.

viernes, 17 de marzo de 2017

W. H. Auden

Una tiene sus tácticas de supervivencia. La semana ha sido dura. Lo mejor es que ha pasado. Lo peor, que no todo lo que la ha complicado va a pasar con ella. El remedio: cada uno tendrá el suyo, el mío es éste. Que disfrutéis de ellos tanto como yo lo he hecho, y que la vida nos sea un poco más leve la semana que viene. A todos. Vamos, si puede ser...

Poemas de W. H. Auden



CANCIÓN DE CUNA (1937)

Posa la cabeza dormida, amor mío,
compasiva en mi brazo desleal;
el tiempo y las fiebres consumen
la belleza individual de
los niños considerados, y la tumba
demuestra al niño efímero:
pero en mis brazos hasta el amanecer
deja que descanse la criatura viva,
mortal, culpable, aunque para mí,
totalmente hermosa.

Alma y cuerpo no tienen límites:
los amantes cuando se recuestan sobre
su ladera tolerante y encantada
en su desmayo corriente,
grave la visión que envía Venus
de compasión sobrenatural,
amor y esperanza universales;
mientras una percepción abstracta despierta
entre los glaciares y las rocas
el éxtasis carnal del ermitaño.

Certidumbre, fidelidad
al dar la medianoche pasan
como las vibraciones de una campana
y los locos de moda alzan
su grito pedante y aburrido:
hasta el último penique del precio,
todo lo que predicen las temidas cartas,
será abonado, pero de esta noche
que ni un susurro, ni un pensamiento,
ni un beso o mirada se pierdan.

Belleza, medianoche, muere la visión:
que los vientos del amanecer que soplan
suavemente en torno a tu cabeza ensoñada
muestren tal día de bienvenida
que el ojo y el corazón latiente lo bendigan,
y tengan suficiente con nuestro mundo mortal;
que los mediodías de avidez te encuentren alimentado
por los poderes involuntarios,
las noches de injuria te franqueen el paso
observado por todos los amores humanos.


En Canción de cuna y otros poemas. W. H. Auden. Debolsillo, Barcelona, 2014 (Traducción: Eduardo Iriarte).



EL CIUDADANO DESCONOCIDO (1939)

(A JS/07/M/378, este monumento de mármol ha sido erigido por el Estado)



El Departamento de Estadística descubrió que era
alguien contra quien no existe queja oficial,
y todos los informes sobre su conducta coinciden
en que, en el sentido moderno de una palabra anticuada, era un santo,
pues en todo lo que hizo sirvió a la Gran Comunidad.
Salvo por la Guerra hasta el día de su jubilación
trabajó en una fábrica y nunca fue despedido,
sino que satisfizo a sus patronos, Motores Fudge, S.A.
Y sin embargo no era un esquirol ni tenía opiniones extrañas,
pues su Sindicato informa que cumplió con su deber
(nuestro informe sobre su Sindicato indica que era de fiar)
y nuestros trabajadores de Psicología Social descubrieron
que era estimado entre sus compañeros y le gustaba ir de copas.
La Prensa está convencida de que compraba el periódico todos los días
y sus reacciones a la publicidad eran normales en todos los sentidos.
Las Pólizas hechas a su nombre demuestran que estaba asegurado a todo riesgo,
y su cartilla de Atención Sanitaria indica que ingresó una vez en el hospital pero salió curado.
Tanto Sondeos de Producción como Alto Nivel de Vida declaran
que tenía una actitud sensata ante las ventajas del Pago a Plazos
y que poseía todo lo que necesita el Hombre Moderno,
fonógrafo, radio, coche y frigorífico.
Nuestros investigadores de Opinión Pública están convencidos
de que tenía las opiniones adecuadas según la época del año;
cuando había paz, estaba a favor de la paz; cuando hubo guerra, acudió.
Se casó y aportó a la población cinco hijos,
lo que era el número adecuado para un progenitor de su generación, según nuestro Eugenista,
y nuestros maestros atestiguan que nunca se entrometió en su educación.
¿Era libre? ¿Fue feliz? La pregunta es absurda:
si algo hubiera ido mal, con toda seguridad nos habríamos enterado.

En Canción de cuna y otros poemas. W. H. Auden. Debolsillo, Barcelona, 2014 (Traducción: Eduardo Iriarte).




FUNERAL BLUES



Detengan todos los relojes, corten el teléfono,
Impidan al perro ladrar con un suculento hueso,
Silencien los pianos y con apagado tambor
Saquen el féretro, dejen venir a los dolientes.

Dejen a los aviones circular gimiendo en el aire
Garabateando en el cielo el mensaje Él Muerto Está,
Pongan crespones alrededor de los blancos cuellos de las públicas palomas,
Dejen a los agentes de tránsito portar guantes de negro algodón.

Él fue mi Norte, mi Sur, mi Oriente y Occidente,
Mi semana laboral y mi descanso dominical,
Mi mediodía, mi medianoche, mi charla, mi canción;
Pensé que el amor duraría por siempre: Me equivoqué.

Ahora no se desean las estrellas: apáguenlas todas;
Empaquen la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y barran el bosque.
Pues nada ahora puede siquiera llegar a algo bueno.

En Another time. Faber and Faber. Londres, 1940. pp. 91. (Traducción de Ernesto Cisneros Rivera).

sábado, 11 de marzo de 2017

Magerit*

*En la discutida etimología del topónimo Madrid, Magerit se considera su denominación andalusí.



Por Marisa Díez Marín y J. Teresa Padilla

11 de marzo de 2017

Mi querida Marisa:

A veces resulta difícil contar ciertas cosas y no sabemos dar un motivo. Como te pasa a ti estos días: llevo un tiempo animándote a reseñar Patria, el éxito literario de la temporada, y tú… Bueno, llevas casi el mismo dándome largas con excusas vagas. Estoy segura de que hay una buena razón, una verdadera, detrás de toda esa indefinición.

Ya sé que a veces es mejor callar que arriesgarse a hacer daño a otros, y por ahí me parece que pueden ir los tiros (casi siempre van por ahí). A mí, ya sabes como soy, me cuesta callarme. Y tengo mucha fe en las palabras (las de verdad, no ese simulacro de comunicación al que nos acostumbran los medios, las redes, los políticos). Las palabras son peligrosas, pueden llegar a matar, como decía Bernhard, pero son la única esperanza de curación de las heridas, de redimir la soledad en el encuentro con el otro, de conservar la humanidad. Creo en ellas, en su poder (para el bien y para el mal), y no me extraña nada que se identifique a Dios precisamente con ella.

No creo que fuera casual que mientras intentaba sin éxito sonsacarte sobre la incapacidad que sentías para escribir siquiera fuera sobre la propia dificultad de la reseña de Patria, me recordaras que se acercaba el aniversario de los atentados del 11 de marzo. Ni tampoco me parece casual que aceptaras tan inmediatamente mi idea de escribir algo juntas sobre ellos. Existe un evidente vínculo que asocia Patria y el 11-M (el terrorismo), pero también algo que parece hacerte más fácil escribir sobre aquel día en Madrid que sobre Patria o lo que en ella se cuenta. O esa impresión me dio tu reacción. Quizás si, como tú sugeriste que hiciéramos, cuento en una carta a esa extraña que eras entonces para mí cómo viví esos días, consigo explicártelo.

Hace trece años no nos conocíamos, pero sé que nuestras vidas eran muy distintas. Yo no trabajaba. Tenía un niño que no había cumplido los dos años y esperaba ya a la que sería mi hija. Vivía aislada de casi todos, agotada sin necesidad, como suelen estarlo las madres primerizas algo neuróticas, en una casa que no era mía y en la que nunca me sentí a gusto. Había días que sólo hablaba con Fina, la portera de mi edificio, o algún conocido del barrio amante de los perros o de los niños pequeños. Porque ésa era yo, la chica que paseaba mañanas y tardes a un niño rizoso rubio y a una perra rizosa negra. El 11 de marzo de 2004 también.

Di el desayuno al niño, lo cambié y lo vestí. Siempre iba con prisa por las mañanas porque la perra llevaba sin salir desde la noche anterior y me daba pena que tuviera que aguantarse tanto o que la pobre no llegara a la calle. Cuando bajé me encontré, como solía, a Fina. Ella escuchaba la radio continuamente y me contó lo que parecía haber pasado. Siempre le decía algo a Miguel, al que quería como si fuera suyo, pero ese día no. Estaba asustada, hablaba de ETA, sin especial ira. Parecía más bien como si esas siglas dotaran de algo de sentido, de familiaridad, a lo que estaba pasando, aunque bien claro estaba para las dos que no, que no era la misma tediosa, brutal y repugnante sangría a la que ya nos habíamos, por triste que sonara y aún suene, acostumbrado.

Salí a la calle. La perra tiraba de mí. Y conforme nos acercábamos a Conde de Peñalver, el sonido de las ambulancias que se dirigían, una tras otra, al Hospital de La Princesa se hacía más amenazador. Cuando la cercanía con Francisco Silvela hizo que se solaparan con las sirenas de las que bajaban hacía el Gregorio Marañón, el ulular era aterrador. La perra volvía a tirar de mí, pero de vuelta a casa.

Ruido y más ruido. De los noticiarios, los especiales informativos, de los políticos (estaban en la recta final de la campaña electoral), de las protestas por las sospechas de manipulación informativa, de los helicópteros. Y a la vez una cantidad impresionante de ciudadanos en duelo que, al menos en la parte de la manifestación que yo ocupaba con mi carrito y mi niño junto a otros padres con sus carritos y niños, pedían sobre todo silencio. Hasta para hacer callar a los que gritaban contra unos u otros. No, no estábamos allí por ellos, los asesinos habituales, ni por los otros, los nuevos. Estábamos allí porque doscientas personas muy parecidas a nosotros se dieron el madrugón de todos los días para trabajar o estudiar y otras personas decidieron que no debían seguir con sus vidas. Estábamos para demostrar que no nos era indiferente. Y mientras en los informativos los políticos seguían haciendo ruido acusándose mutuamente de mentir, en la cola del supermercado todos esperábamos mudos nuestro turno: nadie parecía impacientarse, ni tener que reclamar un descuento. Sólo se oía el tenue hilo musical y algún tímido buenos días. En Madrid se hizo el silencio y, a la vez, se llenaban de palabras, escritas en papelitos, las estaciones de Atocha, El Pozo, Santa Eugenia, la calle Téllez… Palabras que no rompían el silencio.

Los verdugos resultaron ser otros que los de siempre, aunque igual de humanamente insignificantes. Pero extraños. Tan insignificantes y extraños que apenas sabíamos a quién culpar, contra quién dirigir nuestra ira. ¿Es por esto que te resulta más fácil hablar del 11 M que de Patria? En fin, ya sabes que los ciudadanos fuimos a votar casi como forma de protesta y que nuestros políticos salieron unos a celebrar su victoria con unas sonrisas completamente obscenas y otros a lamentarse con la misma obscenidad por su derrota. A mí, por lo menos, todo aquel espectáculo me resultó obsceno. Y la vida siguió, aunque tardó en recobrar su sonido habitual. Yo no podía evitar pensar que había tenido la niña que alguna víctima no pudo tener. Y algunos familiares, desesperados quizá para siempre por el dolor, siguieron pidiendo más verdad y justicia de la que se les había ofrecido ya muchos años después, en los anocheceres de todos los 11, en la estación de Atocha que yo atravesaba entonces diariamente camino del trabajo. Como si eso fuera posible en este mundo: una verdad y una justicia que pudieran consolarles.

Nos vemos pronto, espero.

Teresa.

Foto: Javier


Querida Teresa:

Como casi siempre, tienes razón. Hay asuntos de los que cuesta tanto hablar… Me sigue recorriendo una sensación de angustia, parecida a un escalofrío, cuando intento escribir acerca de aquel jueves atroz. De hecho, es la primera vez que voy a intentarlo, aunque dudo que consiga relatar unos acontecimientos tan traumáticos con un mínimo de objetividad, o que sea capaz de controlar las emociones que me provoca tan sólo recordarlos.

Mi vida era por entonces muy diferente a la actual. Tenía un empleo estable, con una jornada completa y un salario de lo más digno. A veces me preguntaba si se trataba del puesto de trabajo que había imaginado en mis sueños de grandeza y la respuesta era, la mayoría de las veces, negativa. Pero estaba contenta y me consideraba una persona independiente, lo cual me producía un sentimiento de serenidad del que ahora carezco.

Mi jornada laboral comenzaba a las cuatro de la tarde y terminaba a las doce de la noche. Así que, aquel nefasto 11 de marzo, no madrugué. Esa mañana se me pegaron las sábanas; es casi seguro que la noche anterior me entretendría leyendo algún libro o cotilleando las Crónicas Marcianas de Javier Sardá y me darían las tantas. Como cada día, al ir a prepararme el desayuno, conecté la radio y, en ese momento, la voz de Iñaki Gabilondo me sobresaltó: explosiones, trenes, Atocha, atentado, la estación del Pozo, el Pozo, el Pozo… Aterrada, me dirigí a encender la televisión y las imágenes de los trenes me dejaron por unos instantes en estado de shock. Atocha, Téllez, Santa Eugenia…, las 07:35, el Pozo, el Pozo, el Pozo…

Intenté asimilar la información, pero me quedé petrificada en el sofá por un tiempo que no puedo precisar. Sólo recuerdo que, cuando conseguí marcar el número de teléfono del hotel donde mi hermana y yo trabajábamos, ella en el turno de mañana, un temblor recorría todo mi cuerpo. Mi primo Sergio, que también atendía la recepción y la centralita, descolgó. “Hola, Marisa. Tu hermana está aquí. Está bien. Te la paso”. Esas fueron literalmente sus palabras. La conversación que mantuvimos después no la recuerdo con exactitud, pero sí que cuando colgué el temblor se había convertido ya en un llanto desenfrenado, en un miedo atroz que me había invadido y no podía controlar.

El turno de mi hermana comenzaba a las ocho de la mañana. Cada día, a la misma hora, hacía el trayecto desde la estación del Pozo a Recoletos en un tren de cercanías igual al que saltó por los aires. A las 07.35- 07:40, su horario habitual. Aquel tren era “su” tren, pero a ella aquel día también se le habían pegado las sábanas y llegaba tarde. Cinco, diez minutos. Tarde. Y ahí estaba. Y seguía viva…

Y después recuerdo nítidamente el silencio. Una capa de silencio envolvía la atmósfera, como si la ciudad se hubiera quedado muda. En el metro, en los autobuses, por la calle; caras de estupefacción, de dolor, rostros de angustia, muecas de incredulidad. Y silencio. Un espeso y aterrador silencio. La ciudad se ralentizó; de repente nadie parecía tener prisa. La gente caminaba cabizbaja por la calle y una ola de solidaridad se esparció por cada esquina. Madrid estaba en duelo y nadie se sentía capaz de alzar la voz.

La manifestación del día siguiente la viví en el hotel, trabajando. Recuerdo a algunos de los clientes que se alojaban aquellos días. Uno de ellos, que se hospedaba habitualmente con nosotros, catalán por más señas, se acercó a la plaza de Colón para hacer parte del recorrido, pero abandonó transcurridos unos minutos. Cuando regresó, abrió la puerta y se sentó en un banco que teníamos frente a la recepción. Con la mirada perdida sólo pudo decirme: “Qué triste, Marisa, qué tristeza en las miradas. No he podido soportarlo. ¿Quién puede ser capaz de ocasionar este horror?”.

De lo que ocurrió los días siguientes, de la utilización abyecta del atentado y de la bajeza moral de algunos de nuestros políticos en aquellas jornadas de dolor, no corresponde aquí escribir ningún relato. Allá ellos con su conciencia. Poco tiempo después, durante unos días de vacaciones en un lugar que no voy a desvelar, alguien se permitió el lujo de contarme una especie de chiste infame acerca de los atentados de Madrid. No le contesté; tan sólo le miré y en mi mirada debió descubrir algo que le hizo agachar la cabeza. Me di la vuelta y me marché. Hacía poco tiempo que había descubierto el verdadero significado del silencio.

Claro que nos veremos. En Madrid, en Magerit.

Marisa.


jueves, 9 de marzo de 2017

Hoy no es el día

El grito. Edvard Munch

Por J. Teresa Padilla

He pasado parte de la mañana buscando literatura sobre el 11 M. El sábado publicaremos algo Marisa y yo juntas en recuerdo de ese día y me pareció buena idea, dado lo inhabitual de hacerlo en fin de semana, subir algo hoy como introducción, aperitivo o más bien anuncio de que esta semana el día “de Diarios" no era hoy, sino el sábado.

Sólo buscaba literatura, no crónicas periodísticas o trabajos de investigación. Ficción, en suma. Algo, la ficción, en cuya capacidad para alumbrar la realidad creo más que en la del periodismo (ahora es cuando Marisa, periodista de formación, me mira mal). Además, la ficción es lo que mejor puede introducir lo que publicaremos el sábado. Mi compañera y yo no nos hemos acercado al tema desde una perspectiva periodística, histórica ni política. Ofrecemos un testimonio absolutamente personal. Subjetivo. No es ficción, por lo menos en cuanto al contenido, pero sí lo más parecido a la ficción literaria de lo que me siento de momento capaz (hablo de mí, que no me atrevo a hablar por Marisa).

Al parecer hay muy poca literatura sobre estos atentados. Algún tonto (y siento hablar así de nadie, pero tonto es el que dice tonterías y, aunque todos las decimos, a éste ya le he oído –leído, más bien- unas cuantas más de las aceptables a su edad) alega que “si no hay novelas sobre el tema es por la manera en la que se cerró aquel caso: tuvimos la sensación de que con la detención de los autores y con la pérdida electoral del PP lo dimos todo por cerrado. No había más preguntas”. Dice esto y le parece bien (no lo dice crítica o irónicamente, como quizá pudiera parecer). Y se supone que es escritor. Para él, el 11 M es un “caso”, un caso cerrado, suponemos que pendiente de archivo. El asesinato en masa e indiscriminado, las vidas segadas en un instante y con premeditación, el dolor de los que sobrevivieron y de los que amaban a los que no sobrevivieron, el horror, la incredulidad y la inmensa tristeza que se cernió, mayormente pero no sólo, sobre los ciudadanos de Madrid (los mismos que estamos de vuelta, por desgracia, de casi todo). Nada de esto genera, al parecer, preguntas a Isaac Rosa. Una vez identificados, muertos o juzgados y encarcelados los culpables, ¿qué más preguntas sin respuesta hay?

Pues muchas; todas; las más importantes. Y no hablo de teorías conspirativas, como insinúa este necio que me ha amargado la mañana con su estupidez. Hablo de entender la maldad, la ausencia, el dolor, la generosidad. Hablo de personas, de sus historias, sus pensamientos, sus miedos. Asuntos de siempre, pero que sucesos como los atentados del 11 M nos ayudan a concretar reflexionando o fabulando en torno a los que los sufrieron. Seguro que hay muchísimas razones por las que no hay demasiada literatura sobre ellos, pero que sea un “caso cerrado” no lo es. Porque ni lo está ni puede estarlo. La herida está y debe seguir abierta para no olvidar a ninguna de esas 193 personas, más las otras dos que murieron en los vientres de sus madres y con ellas, que ese día se esfumaron como si nunca hubieran existido y quién sabe cuántas más que sobrevivieron, pero no pudieron o supieron volver a vivir.

Pero dejémonos de tontos y tonterías, que corremos serio peligro de contagio, y vayamos a las obras que he encontrado. No he leído ninguna, así que lo que digo de ellas no es sino un pálpito o una sospecha nacida de lo que cuentan las fuentes de las que las he obtenido y de alguna que otra lectura transversal de críticas. Las he ordenado cronológicamente, empezando por los que siempre están en la vanguardia de todas las batallas: los poetas (bravo por ellos). 

Madrid, once de marzo: Poemas para el recuerdo. Pre-Textos: Madrid, 2004. 184 pp. 11 euros. Antología realizada a iniciativa de los libreros, a la cabeza la librería Alberti, que al día siguiente del 11 M solicitaron a casi cien poetas textos, en principio para cubrir sus escaparates. Los poemas terminaron reuniéndose en este libro cuyos beneficios se destinaron a la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

11 M: Poemas contra el olvido. Bartleby editores: Madrid, 2004. 200 pp. 12 euros. Otra iniciativa, esta vez de la editorial y Manuel Rico, para que los poetas se sumaran al dolor por los atentados con una pieza inédita. Participaron, entre otros, Luis Eduardo Aute, Félix Grande, Manuel Rivas o Benjamín Prado. Como la anterior, también tuvo fin benéfico.

La piedra en el corazón. Luis Mateo Díez. Galaxia Gutenberg: Barcelona, 2006. 280 pp. 16,50 euros. El dolor de una hija sobre el fondo del dolor del Madrid de marzo de 2004. No parece encontrarse entre lo mejor de este autor, pero seguro que vale la pena comprobarlo de primera mano.

Donde Dios no estuvo. Sonsoles Ónega. Grand Guignol: Barcelona, 2007. 168 pp. Una novela típica de periodista: una crónica “a caballo entre la ficción y la realidad” escrita como un bestseller. No la recomiendo; se me nota, ¿no?



Madrid Blues. Blanca Riestra. Alianza: Madrid, 2008. 240 pp. 23,99 euros. Parece que pasó bastante desapercibida, pero tiene toda la pinta de ser una novela honesta y un intento digno de aproximación. Y el título me gusta mucho.

La vida antes de marzo. Manuel Gutiérrez Aragón. Anagrama: Barcelona, 2009. 288, 18 euros. Ganó el premio Herralde, lo que no sé si es un punto a su favor o en su contra. No parece generar gran entusiasmo, pero tampoco es vista con malos ojos. A mí me echa un poco para atrás que su autor venga del mundo del cine (no me gustan nada las novelas cinematográficas).


El corrector. Ricardo Menéndez Salmón. Seix Barral: Barcelona, 2009. 144 pp. 17,50 euros. El corrector es el último volumen de una trilogía sobre el horror que se inició con La ofensa (2007), que tenía como fondo la II Guerra Mundial, a la que siguió Derrumbe en el 2008. Me da muy buenas vibraciones, la verdad.


El mapa de la vida. Adolfo García Ortega. Seix Barral: Barcelona, 2009. 544 pp. 20 euros. Una historia de amor entre supervivientes, Madrid, mútiples voces, temas e historias. Demasiado quizá para no perderse.


Saliendo de la estación de Atocha. Ben Lerner. Random House: Barcelona, 2013. 208 pp. 16,90 euros. Al parecer en Estados Unidos fue un éxito y tiene buenos padrinos allí, pero me da la sensación de que el 11 M es un mera circunstancia y de que habla sobre todo de un americano y para otros americanos.


11 M: once días de junio. Víctor Llano. Última línea: Málaga, 2015. 236 pp. 16,95 euros. Es una novela de género, un thriller. No debería estar en esta lista, pero ya que está el americano (que a saber qué ha escrito), y la periodista (Sonsoles Ónega) con su "crónica novelada", pues, venga, también él.


Carne rota” es un cuento sobre el 11 M incluido en el volumen El vigilante del fiordo. Fernando Aramburu. Tusquets: Barcelona, 2011. 192 pp. 16 euros. Es el autor de este año y, por amplia mayoría, con merecimiento. Una garantía.

Cosas que brillan cuando están rotas. Nuria Labari. Círculo de tiza: Barcelona, 2016. 275 pp. 22 euros. Es la novela de una periodista que recurre a la ficción para reconstruir desde las vivencias personales de su protagonista (periodista, también) la tragedia y, de paso, su vida. Estoy segura de que es de esas novelas que entusiasman a un determinado tipo de lector, mayoritariamente femenino. Lo mismo es un prejuicio, pero no me tienta nada.

Puede que no sean muchas obras, pero las hay. Y algunas prometen enseñarnos cosas, que es de lo que se trata en literatura: de enseñarnos cosas sobre nosotros y nuestras vidas.

No os olvidéis: nos vemos (leemos) el sábado.

jueves, 2 de marzo de 2017

Bachata en mi face


Por Marisa Díez

A veces me entran ganas de desaparecer por un tiempo de la era digital. Darme de baja en el Facebook, dejar de abrir mi perfil en Twitter o cerrar de una vez el Instagram. Y volver a vivir sin la tiranía de las redes sociales; salir a comprar el periódico por las mañanas o dedicar unas horas a escuchar la radio, ese gran medio de comunicación que cada día tenemos más olvidado. Ya sé que se trata de arranques emocionales que se me pasan en cuanto me lanzo a contestar el primer mensaje de whatsapp que resuena en mi móvil, pero es que, sin desearlo, te ves obligada a leer cada estupidez…

Esta mañana he encontrado en el muro de mi face una de esas imágenes que me sacan de quicio, con un mensaje incorporado tan “profundo” que podría haber sido escrito por un niño de cinco años, si no fuera por la mala baba que desprendía. Una especie de viñeta en la que se representaba a una multitud de inmigrantes y desheredados haciendo cola tras una ventanilla, que lucía un cartel de “ayudas sociales”, frente a otra ventanilla, vacía, donde se buscaban empleados. Tan sesudo pensamiento estaba firmado por un grupo que se autodenomina “orgullo español”, y esta circunstancia fue la que terminó por enervarme. Luego se quejan, pensé, pero es que siempre son los mismos. No suelo entrar al trapo de estas provocaciones, pero qué queréis que os diga, últimamente no soy del todo dueña de mis actos y, dependiendo del desequilibrio hormonal que sufra en ese momento, actúo de una manera o de la contraria. Mi primer impulso fue poner a caldo a la persona que había colgado semejante cutrez en mi muro, pero resulta que no la conocía, porque venía “rebotada” de un comentario anterior de un amigo en común. Y contesté, aunque me contuve bastante; no quiero caer en el mismo error que señalo a menudo a mis amigos, cuando les insisto en que significarse demasiado en las redes sociales sólo puede traerte problemas.

Me agotan esas alimañas que utilizan las redes sociales para hacerse fuertes tras un “me gusta” o un “compartir”. Los que publican repugnantes tweets escondidos tras el anonimato de un nombre ficticio. Los mismos que frente a ti se callan si se sienten en minoría o acorralados en un entorno hostil. Pero se lanzan sin ningún pudor a expresar su alegría por la desgracia ajena en cuanto se encuentran a solas con su smartphone, siempre con un máximo, eso sí, de 140 caracteres. Algunos, incluso, consiguen descansar a pierna suelta la misma noche en que le han reído la gracia a la escoria que, pongamos, acaba de alegrarse por la muerte de Bimba Bosé.

Ya sé que estos comportamientos no son los que de verdad prevalecen, pero cada vez nos estamos acostumbrando más a aceptar esta falta de respeto hacia el ser humano. Por no hablar de lo difícil que resulta, en innumerables ocasiones, llegar siquiera a vislumbrar lo que estos elementos intentan explicarnos, ante su nula capacidad para expresarse guardando las más elementales normas ortográficas o gramaticales.

No dispongo de la varita mágica para encontrar la solución que equilibre ese respeto al prójimo sin menoscabar la libertad de expresión; tampoco es mi cometido. Para eso ya están nuestros políticos o los eruditos en la materia, pero dudo que consigan ponerse mínimamente de acuerdo ocupados como están en resolver sus innumerables corruptelas.

De cualquier forma, intentaré pensar en positivo y aparcaré mis ganas de bajarme en marcha del mundo digital. Esta misma mañana, a continuación del mensaje del que os hablaba, encontré en mi Facebook otro mucho más bonito, aunque no sé si se refería a mí o también había aparecido de rebote en mi muro. Yo me lo apropié y le puse un “me encanta”, con lo que apareció ese corazoncito tan mono. Y como a continuación surgió de repente mi sobrina, guapísima, mientras bailaba bachata en Nueva York, decidí darle otra oportunidad al caralibro. Intentaré contar hasta diez ante la próxima provocación. Claro que, no respondo de mis hormonas…





viernes, 24 de febrero de 2017

¡Que vienen los rusos!

Por J. Teresa Padilla

Lo exclamo sin pánico y en un tono que pretendo humorístico, pero no creáis que sin un íntimo, secreto y vergonzante recelo, sospecha e incluso desasosiego.

Al parecer, piratas informáticos rusos hicieron lo que suelen hacer (los piratas internaúticos, no los rusos) y se metieron en las intimidades virtuales de organismos estatales y personalidades de relevancia política de la superpotencia occidental (o sea, EEUU). Al parecer, con el propósito de hacer pública todo tipo de información malintencionada sobre la entonces candidata demócrata a la presidencia estadounidense y favorecer así al inminente nuevo presidente yanqui (el “loco del miércoles”, como hoy mismo acaba de referirse a él la señora que cuida de mi suegra, colombiana ella. El título me ha gustado tanto que estoy por apropiármelo y cambiarle el nombre al blog: Las locas de los miércoles. Si no lo hago es porque lo suyo sería publicar entonces los miércoles y ni mis socias ni yo tenemos edad ya para tanto compromiso).

Pero, bueno, hablaba yo de la piratería de origen ruso. Obama se enfadó, claro (aunque a buenas horas), y expulsó hacia la gélida madre Rusia a un buen grupo de diplomáticos. Putin, tan hierático y bajito como acostumbra, decidió no mover, de momento, ficha: para qué se iba a molestar con un presidente al que le quedaba telediario y medio. Ya hablaría él con el nuevo boss, que, de paso, se erigió en defensa de la presunción de inocencia rusa y sugirió otros posibles culpables, orientales pero no eslavos, o sea, chinos (con todos los que son, raro sería que no hubiera alguno implicado) o norcoreanos (no son tantos pero a siniestros les ganan pocos). En suma, que en medio del escándalo, Putin dejó a Trump liado con el Twitter (qué peligro) y se fue a misa de Pascua. Así, sin más, como si nunca hubiera sido un jefazo de la KGB ideológicamente impecable (o sea, ateo) o necesitara precisamente él ayudas divinas; vamos, como un señor.

Bueno esto era un resumen de lo que pasó a finales del año pasado, por si había algún despistado que no se hubiera enterado en su momento de la noticia. Un resumen a cuento de qué, os preguntaréis (con toda la razón). Pues a cuento de este blog que tenéis la gentileza de visitar en este preciso instante. Ya en enero Diarios de resistencia fue poco menos que invadido por los rusos. No sé, como doscientas visitas en un solo día. Lo mismo los blogs como Dios manda tienen de forma habitual visitas de este orden. Diarios, desgraciadamente, no. Ni cuando escriben Marisa o Esperanza, que suelen, como vulgarmente se diría, dejar mis posts en bragas.

Pantallazo de las fuentes de tráfico del blog
No puedo negar que ver semejante cantidad aumentar el contador de visitas provocó un considerable subidón en mi autoestima. Aunque breve, claro, porque estalló como la burbuja que era cuando empecé a hacerme preguntas tales como: ¿Qué hacen tantos rusos (es que había días que eran tantos que asustaban) pasándose por aquí? ¿Cómo han llegado? ¿Qué están leyendo? ¿Pueden siquiera leer (castellano, digo)? Poca cosa averigué y eso que manejo a nivel usuario el Google Analytics. Sólo sé que estuvieron. Un buen puñado de días. Desde diferentes lugares de Rusia. Y que leyeron (supuestamente) un poco de todo, preferentemente entradas antiguas.

Tan abruptamente como llegaron, se fueron (no fidelicé ni a uno, mierda). Se fueron hasta hace unos días, en que de repente entraron de nuevo en tromba (trescientos y pico de una vez). Esta vez no he hecho mayores indagaciones. Para qué. Fue sólo un día. Pero me tienen perpleja. Supongo que serán “robots” que reaccionan a alguna palabra del blog y que al poco se marchan “decepcionados”, pero yo prefiero imaginarme a personas reales, estudiantes de español, hijos o nietos de los niños de la guerra buscando sus orígenes… Mi fantasía no se sostiene porque no tiene sentido que esta gente se ponga de acuerdo para visitarnos a la vez, pero… En fin, venga, no perdamos la esperanza ahora justamente que la NASA ha descubierto un nuevo sistema solar con posibilidades de albergar vida. Si estáis ahí, sois humanos y venís en son de paz, comunicaros con nosotras: no tenemos muchos secretos, y escandalosos menos, pero somos mujeres de paz, no tanto por falta de genio, sino por hartura de guerras.

Firmado: Las locas de quién sabe qué día.

jueves, 16 de febrero de 2017

Judas

Judas. Amos Oz.

Siruela: Madrid, 2015. 304 pp. 19,95 euros.



“Y Judas, ante cuyos ojos conmocionados acababan de derrumbarse el sentido y la finalidad de su vida, Judas, que comprendió que había causado con sus propias manos la muerte del hombre al que amaba y admiraba, se marchó de allí y se ahorcó. Así, escribió Shmuel en su cuaderno, así murió el primer cristiano. El último cristiano. El único cristiano”.


 Por J. Teresa Padilla

“Esta es una historia del invierno de finales del año cincuenta y nueve y principios del sesenta. En esta historia hay error y pasión, hay amor no correspondido y cierta cuestión religiosa que queda aquí sin resolver”. Así empieza Judas, como un cuento de los que dan ganas de leer en voz alta, de los que, si no te oye nadie, te lees efectivamente a ti mismo aunque sea en un murmullo. Yo encuentro verdadero consuelo en hacerlo, consigo acallar todo el ruido que se me acumula a veces en la cabeza y en el corazón y los embota. Seguramente es un consuelo muy parecido al que encuentran los que balbucean sus plegarias en sus respectivos lugares santos. No pasa con todos los libros, y resulta en realidad superfluo añadir que aquellos que lo consiguen pasan a engrosar, sin más requisitos, mi lista de predilectos, esa larga lista cuyos miembros más recientes son Brodsky y Métter. Bueno, y a partir de ahora Amos Oz.

Todo empieza como un cuento, pura ficción, pero el narrador está tan concentrado en ver sólo por los ojos de Shmuel y narrárnoslo que no nos vuelve a interpelar más y, claro, se nos olvida. Nos olvidamos de nosotros mismos (bendita catarsis) y seguimos (gracias a que el autor abandona momentáneamente la perspectiva de Shmuel para describírnoslo a él mismo) los torpes y característicos andares de Shmuel Ash por Jerusalén como si los estuviéramos viendo; pero sobre todo seguimos sus pensamientos y sentimientos. Sólo a ellos tenemos acceso y sólo a través de ellos, y de lo que expresamente llegan a contarle a Shmuel, conocemos a los otros dos protagonistas: Atalia Abravanel y Gershom Wald, nuera y suegro que viven en una misma casa, aunque a la sombra de los ausentes (el padre de Atalia y el hijo de Gershom) y del silencio que impone el dolor (o la ira) de su ausencia.

Shmuel, un joven universitario que se oculta tras un pelo indomable y una barba de neandertal, no tiene donde ir. Su aspecto, su cómica forma de andar, su incapacidad para escuchar y a la vez su inclinación al monólogo interminable, su manera repentina de pasar de la actividad más frenética a una pasividad casi letárgica, su tendencia a llorar de emoción a la mínima, todo estos rasgos hacen que la sucesión de desgracias que le han llevado a la situación en la que nos lo encontramos en ese invierno del cincuenta y nueve, nos resulten menos patéticas de lo que realmente son. Porque Shmuel se ha quedado solo: su novia se ha casado con otro novio anterior a él y la escisión en el grupúsculo socialista de 6 miembros del que formaba parte le ha dejado en el sector minoritario (y encima “entre los cuatro disidentes estaban las dos chicas del grupo, sin las cuales aquello no tenía sentido”). También sus padres se han arruinado y ya no pueden pagarle los estudios, aunque no es esto en realidad lo que le lleva a abandonarlos (su hermana se las apaña), sino que está atascado en el trabajo que le iba a abrir las puertas de la gloria académica: Jesús a ojos de los judíos. Sin idea de lo que hacer ni adónde ir, encuentra una peculiar oferta de trabajo: conversar con un anciano durante las tardes a cambio de techo y un modesto salario. Allí se esconde del mundo, traiciona las esperanzas de sus padres, y hasta sus propios sueños.

De la traición y su íntima santidad trata sobre todo esta novela que tiene por título el nombre propio del traidor por antonomasia. Se traiciona, como Judas, por amor, por una fe que va más allá de la que su objeto tiene en sí mismo. Se traiciona al propio pueblo, como Shaltiel Abravanel, el padre de Atalia, cuando se insiste en la posibilidad de un sueño en el que no cree la mayoría. Se traiciona a un hijo cuando se le empuja a una presunta muerte justa desde niño. Y luego está Atalia, incapaz de creer en nada, de soñar, de amar a nadie (“Es imposible amar a los hombres. Lleváis miles de años teniendo el mundo entero en vuestras manos y lo habéis convertido en una monstruosidad. En un matadero”). Si rompe “corazones ingenuos a su paso”, a causa sobre todo de ese olor suyo a violetas y al surco tan marcado que unía su nariz y el centro de su labio superior, no está nada claro que se pueda hablar de traición. Porque la traición implica fidelidad a lo que se traiciona y nada ni nadie merece la suya. Es la guardiana de los muertos, de los que guardan silencio (su padre, su marido) y de ese otro “muerto charlatán que no para de hablar” (su suegro). Los guarda, pero no por sentido del deber ni por amor, sino porque no parece haber para ella otro lugar en el mundo que no sea un mausoleo.

El ateo Shmuel nos presenta a un Jesús de Nazaret, más que desde los ojos de un judío, desde sus ojos, llenos de amor por el hombre y sus palabras. Y a Judas como el más fiel a los sueños del nazareno: el primer, único y último cristiano auténtico. Traidor tanto para el judaísmo como para el cristianismo oficiales. Porque estaba solo en su fe sin límites, porque no pudo soportar el dolor de un sueño roto ni la culpa.

Amos Oz (2005). Foto: Michiel Hendryckx

Los soñadores: ésa es la verdadera estirpe de los acusados de traición. Es a la realidad tozuda, bárbara y desesperante a la que desafían. Y pierden siempre. Esos son los traidores. Los otros, los que vencen, ya no sueñan. No tienen necesidad, poseen todas las respuestas. Y el poder.

“Tú eres un valiente soldado del ejército de los que quieren arreglar el mundo y yo sólo soy parte del miasma del mundo [dice Gershom]. Cuando prevalezca el nuevo mundo, cuando todas las personas sean honestas, sencillas, productivas, fuertes, iguales y rectas, se derogará por ley el derecho a existir de seres deformes como yo, que comen y no hacen nada y encima lo afean todo con sus ocurrencias y chanzas sin fin. Incluso ella, Atalia, será prescindible en el mundo que surja tras la revolución, un mundo que no tendrá ningún interés en viudas solitarias que no se movilizan para arreglar el mundo sino que deambulan por ahí haciendo cosas buenas y cosas malas, rompiendo corazones ingenuos a su paso. (…) Ni siquiera de ti, querido, tendrán necesidad (…) Ellos mismos son la respuesta a todas las preguntas”

Atreveos a conocer a este muchacho conmovedor, tan parecido a los perros callejeros que le reconocen y siguen por las calles de Jerusalén. Él también sueña, pero, gracias a Gershom, a ese feísimo anciano parlanchín al que no puede evitar terminar amando, sabe que sueña. “En nuestras conversaciones nocturnas he aprendido de usted a dudar un poco. Tal vez por eso yo ya no seré jamás un revolucionario de verdad”, confiesa Shmuel. Sí, él parecía que tenía las respuestas, como los revolucionarios del póster que dejó para siempre en su habitación en la buhardilla de la casa, como esos redentores del mundo que terminan provocando ríos de sangre. Y cuando se marcha, como al principio, sin saber qué hacer o adónde ir, sólo tiene preguntas. No parece nada, pero es un gran botín: un bastón con cabeza de zorro y el "se preguntó" que pone fin a la novela.

jueves, 9 de febrero de 2017

Némesis

Némesis. Philip Roth.

Mondadori: Barcelona, 2011. 224 pp. 21,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

Me ha costado y me cuesta esta reseña. Philip Roth no es como mis otros Roth: Joseph, el europeo sin hogar capaz de escribir prodigios aun con los ojos nublados por el alcohol, las lágrimas, o ambas cosas a la vez, y Henry, el tránsfuga de la literatura, el fracasado que, a diferencia de Joseph, encontró en la huida, la soledad y la desaparición, primero supongo que sólo un poco de paz y consuelo, y después amor. La razón por la que todavía no existe en este blog una reseña de su Llámalo sueño, ese libro que, durante un tiempo, regalé y presté a todos los que me importaban (hasta que me cansé de sus tibias o inexistentes reacciones) es mi penosa memoria y mi manía de tener lo que comento íntegro en mi cabeza. Queda tanto por leer, tantas maravillas por descubrir, que me resulta casi enfermizo releer por enésima vez esta novela. Sin embargo, lo haré, qué narices, aunque me temo que tendré que controlarme mucho para no terminar escribiendo, cuando llegue el caso, más sobre mí misma, sobre mi infancia, que sobre la que para mí es la gran novela de la infancia.

Durante un tiempo mis libros viajan por mi casa, más allá del movimiento obvio de seguir mis pasos mientras los leo. En cuanto llegan van a la pila. La pila es a veces ridícula por lo escuálida (dos o tres volúmenes), otras no tanto, y entonces pierdo mucho tiempo contemplándola y decidiendo el lugar de los libros en la misma según el probable orden de lectura. Para nada, porque no hago más que cambiarlo, yo creo que más por el placer de andarlos toqueteando que por auténtica indecisión. Además, normalmente, algo pasa en el último momento (que llega otro libro, nuevo o prestado) que relega al primero de la lista, bien sea por la necesidad de leer antes lo que tienes que devolver (pocas cosas peores encuentro en las personas que obligarte a pedirles los libros que les prestaste), bien porque la novedad se te antoje irresistible. El caso es que mi pila actual incluye dos Philip Roth más aparte de Némesis, que ya está leído y la ha abandonado para ocupar la segunda residencia temporal de mis libros (mi “despacho”, a saber: el rincón de la cocina donde escribo estas joyas de la digresión). He ido relegando estos dos a causa precisamente de Némesis. Quería leerla a ella primero por ser la última novela de Philip Roth y empezar así por el final (un placer infantil que me concedo de vez en cuando). La última para siempre, pues con ella declaró que se jubilaba, que lo dejaba, que se acabó. No soy quien para ponerlo en duda, y a un hombre de 83 años no se le puede exigir nada, ni siquiera que siga vivo mucho tiempo, aunque tampoco me imagino a Roth mano sobre mano viendo la tele o contemplando la evolución de las zanjas de su querido Newark. O puede que los ancianos estadounidenses no sean como los nuestros…

Pero, volviendo al tema: al igual que sus hermanos andan atascados en la pila por su culpa (he descubierto que necesito un descanso de dos o tres lecturas distintas entre un Philip Roth y otro), Némesis se quedó atascada más de lo habitual en la segunda base, o sea, mi mesita de la cocina. Por encima de ella habéis visto pasar a Ozick y Brodsky, y hasta podría hacerlo el Judas de Oz, que terminé ayer mismo y sobre el que estoy deseando escribir, si no fuera porque tengo que enfrentarme ya al desafío personal que desde su tapa amarilla chillona (qué libro mas feo) me plantea Némesis. ¿Cuál? La de una novela a la que no puedo reprochar nada, ni en la elección del tema ni en su desarrollo formal, que es impecable. Pero que me ha costado leer, y la culpa no la tiene esta vez el traductor, invisible como debe ser.

Némesis es el nombre de la diosa griega del castigo y la venganza “justos” que debían aplicarse a aquellos que sobrepasaran los límites impuestos por su condición: los hijos que desobedecieran a sus padres o los hombres que desafiaran a los dioses usurpando sus funciones o queriendo ser como ellos. Esta trasgresión es la hibris, lo más parecido que los griegos tenían al concepto de pecado.

Al principio a mí me resultó extraño que un autor judío titulara así una novela en la que se narra cómo, en plena guerra mundial, una epidemia de polio se ceba especialmente en los niños del barrio judío de la ciudad de Newark. Porque resulta una réplica a una diminuta escala doméstica de la plaga que estaba aniquilando a todos los judíos, incluyendo a los niños, en Europa, y muchos lectores, al menos yo, creo que esperaban mientras recorrían su primera parte que la novela optara por desarrollar esta analogía evidente. Sin embargo, a pesar de que a veces casi parece que va a suceder (“aquella era también una guerra de verdad, una guerra de matanza, ruina, desolación y perdición, una guerra con los estragos de la guerra: una guerra contra los niños de Newark”), al final tenemos que reconocer que no, que no se trata, como en La peste de Camus, tanto de las formas posibles de resistencia al mal como de algo mucho más concreto: de la manera en que su protagonista, Bucky Cantor, termina por interpretar la epidemia y su papel en ella.

Bucky es monitor en un campamento municipal de verano. Aunque al principio Bucky parece destinado a ser el héroe que impide que, junto al virus de la polomielitis, se extienda también entre sus niños el de la ira y el miedo (que “castra” y “degrada”), resulta ser sólo “un buen chico”; judío, sí, pero cien por cien norteamericano: seguro de su vida y de su derecho a ella, la suya y la de los demás; un muchacho que, por otra parte, ha asimilado completamente ese ideal tan americano (y protestante) del ciudadano ejemplar, siempre dispuesto al sacrificio heroico en nombre del deber. Por si no resultaba suficientemente vergonzoso que el ejército le hubiera rechazado por su deficiente visión, teniendo así que permanecer en la seguridad del hogar mientras sus amigos de la infancia morían en Europa, cuando se le presenta la oportunidad de luchar en esta otra guerra desatada en su mismo barrio por la enfermedad, decide irreflexivamente aceptar la propuesta de su novia y marcharse a trabajar con ella a un campamento infantil en plena naturaleza, lejos de la epidemia.

Se marcha porque es la opción más apetecible, como el melocotón que se está comiendo en ese momento, la objetivamente más sensata. En realidad no hay ninguna guerra en Newark ni nada especialmente heroico que él pueda hacer. Ésa es la verdad, metáforas aparte. Y él tampoco se va por miedo a la enfermedad, sino, en todo caso, al sufrimiento, por lo absurdo que le parece en ese momento tener que asistir impotente al dolor ajeno y compartirlo. Claro está que este buen chico americano de inteligencia media no se ha planteado nada de esto. Lo hizo, sin más. Y cuando la enfermedad termina alcanzando también aquel supuesto refugio natural, matando a un niño y lisiándole a él mismo, se considera responsable y la culpa le corroe hasta decidir castigarse de por vida.

Lo que parecía iba a ser una reflexión sobre la naturaleza humana y su capacidad para lo mejor y para lo peor en las situaciones críticas, termina siendo la descripción del infantilismo religioso de Bucky, que, incapaz de aceptar la tragedia como lo que es, un sinsentido, tiene que buscar un culpable. Primero Dios y luego él o, mejor dicho, los dos a la vez. “No era más que un estúpido orgullo desmedido”, nos dice el narrador (uno de los primeros niños afectados), el que le llevó a condenarse para siempre a la soledad. He aquí la hibris y su correspondiente némesis. Conceptos paganos, pues lo de Bucky tiene que ver menos con la religión o la fe que con el puro racionalismo de las causas eficientes.

Visto así, es una suerte que no se plantee una analogía entre la epidemia y la shoá. Resultaría escandaloso que se nos invitara a verla, no tanto como lo hace Bucky, sino el razonable y laico narrador: una contingencia inevitable.

Al fin puede ocupar Némesis su lugar más o menos definitivo: en la estantería, en el lugar alfabéticamente destinado a los Roth. Allí, junto a Joseph y Henry, a los que tan poco se parece. Bueno, cada uno es como es. Philip, tan realista, tan sobrio, tan correcto (literariamente hablando) es, de momento, mi particular patito feo. Veremos si me sorprende en los otros dos “Roths”. Veremos.

jueves, 2 de febrero de 2017

Del dolor y la razón

Del dolor y la razón. Joseph Brodsky.

Destino: Barcelona, 2000. 465 pp. 21,25 euros.


“Y mirando estas postales me prometí que, si alguna vez conseguía salir de mi país natal, iría a Venecia en invierno, alquilaría una habitación en una planta baja, junto al agua, me sentaría allí, escribiría dos o tres elegías, apagaría mis cigarrillos en el suelo húmedo para oír su leve siseo, y, cuando estuviera a punto de quedarme sin dinero, no compraría un billete de vuelta sino una pistola barata, y, acto seguido, me volaría los sesos. Una fantasía decadente, por supuesto... pero si a los veinte años uno no es decadente, ¿cuándo va a serlo?".


Por J. Teresa Padilla

Joseph Brodsky murió en 1996. Ni se pegó un tiro (¿demasiado viejo?, ¿demasiado cuerdo?) ni fue en Venecia donde le falló ese corazón enfermo que tanto tiempo le llevaba amenazando con pararse. Sucedió en Nueva York, la capital oficiosa del país en que se había exiliado hacía más de veinte años. Sin embargo, sus cenizas no descansan allí, ni en su ciudad natal (San Petersburgo), sino en la Venecia invernal a la que se prometió viajar cuando todo viaje era imposible. Aunque fuera sólo para morir o, como en realidad sucedió, para yacer después de muerto.

Tumba de J. Brodsky en Venecia
Nos gustan los círculos que se cierran. “Te ha quedado redondo”, se dice de un trabajo bien hecho. Será que nos consuela ese encuentro de los principios y los finales que nos permite engañarnos sobre la sabiduría de la naturaleza o el equilibrio del universo. Dan la impresión de que en el fondo hay una ley que rige todo este caos, aunque en realidad no creemos en la ley. Ni siquiera en el azar. Sabemos que esos círculos nos los imaginamos, los soñamos. Qué más da. “En definitiva, comparado con la muerte, el sueño es realidad”. Yo encontré un círculo así cuando, después de leer los ensayos recogidos en Del dolor y la razón, me enteré navegando por la red de que Brodsky estaba enterrado allí donde fabuló de joven, todavía en la Unión Soviética, quitarse la vida como un poeta maldito. Al igual que todos estos círculos cerrados, también éste es sólo una visión subjetiva, mía en este caso. La que necesitaba para enfocar la reseña de un libro (ya os lo adelanto por si no necesitáis saber más ni seguir leyendo) extraordinario que no tiene ningún desperdicio. ¡Qué queréis que os diga! Sin este tipo de muletas, sin estas ideas típicas de mentes dispersas como la mía, terminaría escribiendo resúmenes escolares. Venecia (convertida para Brodsky en el contenido concreto del abstracto Occidente) y la muerte, la muerte en Venecia, la soñada y la real o cómo la soñada, la literaria, se termina imponiendo a la real. He aquí el principio. A ver si en torno suyo soy capaz de ordenar en poco más de mil palabras las mil y más maravillas de este libro.

“De un hombre que nos va a decir algo sobre nuestra vida no nos importa en qué época vivió”. Pues nada de referencias biográficas, faltaría más. Porque Brodsky es uno de esos hombres. Enseñarnos algo nuevo sobre nosotros y nuestro mundo es la condición mínima que ha de cumplir un libro para ser leído, hoy o dentro de cien años, por miles de lectores o por uno, porque la literatura “es un diccionario de la lengua en que la vida le habla al ser humano. Su función consiste en evitar que otro hombre, un recién llegado, caiga en una vieja trampa, o en ayudarle a darse cuenta, si de todas formas ha caído en ella, de que ha tropezado con una redundancia. De este modo se sentirá menos afectado y, en cualquier caso, más libre. Porque entender el significado de las expresiones que utiliza la vida, de lo que nos sucede, resulta liberador”. Vale, es cierto, hay libros que se leen masivamente y no enseñan nada, libros que no se dirigen a nosotros, a cada uno de nosotros, sino a un más o menos determinado público. Es verdad, pero nosotros hablábamos de literatura.

La literatura, como el arte, “despierta en el ser humano, consciente o inconscientemente, un sentido de unicidad, de individualidad, de separación, que lo convierte, de animal social, en un “yo” independiente”. E insiste: “Una novela o un poema no constituyen un monólogo, sino una conversación entre el escritor y el lector, una conversación, repito, íntima, al margen de los demás: por así decirlo, mutuamente misantrópica. (…) Una novela o un poema son el fruto de una doble soledad: la del escritor, la del lector”. Brodsky fue un escritor exiliado y esto no es un mero accidente biográfico: su exilio y la necesidad del mismo le revelaron la esencia de la literatura y le brindaron la posibilidad de una libertad que va más allá de la liberación evidente de pasar de una tiranía a una democracia (“ese punto medio entre la pesadilla y la utopía”). El escritor y el lector están inevitablemente solos, al menos cuando escriben o leen. Y esa soledad es un valor, un preciado tesoro. Debemos luchar por alcanzar la condición de nómadas. Esto repite Brodsky de diferentes y simpáticas formas en muchos ensayos de este libro, sobre todo en los diversos discursos de graduación que incluye y que son una auténtica gozada.

Ser un nómada (al menos mental) es no pertenecer a ningún club, grupo, célula. Ni, por extensión, país o nación. Es negarse (cuántas veces hemos hablado de esto mismo aquí) a dar credibilidad a la Historia o a “los heraldos de su inevitabilidad”. No significa sin más ser libre (esto es un duro trabajo), pero sí estar liberado de lo que nos lo impediría. Ser un nómada es ser un rostro humano, aunque no siempre sea hermoso ni bueno, y no un átomo de la masa.

Muy en relación con esta posible libertad y más que real liberación está la literatura y su abominación de la repetición, el cliché y las obviedades:

“El discurso poético es continuo, y evita el cliché y la repetición. La ausencia de estos rasgos hace avanzar el arte y lo distingue de la vida, cuyos principales recursos estilísticos, por así decirlo, son precisamente el cliché y la repetición. (…) Es nuestro objetivo antropológico, genético, nuestro faro lingüístico, evolucionista”. “Lo malo de los discursos sobre obviedades es que corrompen la conciencia por la facilidad y la rapidez con que nos proporcionan la tranquilidad moral de hallarnos en lo cierto”.

A la rutina segura e inmovilista de la frase hecha, el cliché y lo obvio se oponen la duda, la incertidumbre y el riesgo de la literatura, sobre todo de la poesía, al dejarse el poeta poseer por la lengua (en un sentido más erótico del que imaginamos) y su necesidad de evolucionar y crecer: “Quien escribe un poema lo escribe porque la lengua le inspira –cuando no le dicta- el siguiente verso. (…) Hay ocasiones en que, mediante una simple palabra, una simple rima, el que escribe un poema se ve llevado allí donde no ha estado nadie antes que él, quizá incluso más lejos de lo que él mismo deseaba. Quien escribe un poema lo escribe sobre todo porque la escritura de versos es un extraordinario acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la comprensión del universo. Una vez experimentada tal aceleración, ya no se puede renunciar a repetir la experiencia. (…) A quien establece esta especie de dependencia con la lengua es, supongo, a quien llamamos poeta”.

Eso fue Brodsky por encima de todo, un poeta, y para los que, como yo, no sabemos leer poesía, los ensayos en que él nos lee y desnuda los poemas de Rilke (“Noventa años después”), Thomas Hardy (“Cortejar lo inanimado”) o el espectacular e hipnótico análisis del “Home Burial” de Robert Frost (“Del dolor y la razón”) son, simplemente, milagrosos: hacen ver al ciego, a la ciega en este caso. Y la enamoran, de lo que el maestro les enseña y del propio maestro.

A pesar de su individualismo irrenunciable, Brodsky ponía el poema por encima del poeta, convirtiendo a éste en un simple médium en la historia de amor en que consiste la relación entre la lengua y la realidad. Creo que exagera. Por amor, claro; por amor a su lengua y a todas las lenguas, un amor que se le transparenta en estos ensayos a la menor ocasión. Y el amor ciega y deslumbra, pero, ¿qué seríamos sin él?

“Había leído casi toda mi obra. (…) Cuando conozco a gente como él, me siento como un impostor, porque lo que creen que soy no existe (desde el momento en que acabé de escribir lo que acababan de leer). Lo que existe es un lunático perseguido por sus recuerdos, que se esfuerza por no herir a nadie, pues lo más importante no es la literatura sino la habilidad de no causar daño a nadie. Pero en vez de confesarlo sin rodeos, balbuceo algo sobre Kantemir, Derzhavin, etcétera, mientras él me escucha con la boca abierta, como si en el mundo hubiera algo más que la desesperación, la neurosis y el miedo de convertirse en humo en cualquier momento”.

Foto: Julia Schmalz
Sí, aquí estamos, hablando de literatura, que ni siquiera es lo más importante, como si no fuéramos a morir en cualquier momento, como si la literatura fuera algo más que una ficción caprichosa o la realidad otra cosa que la que nos ofrece la física. Éste fue Joseph Brodsky, no sé si os lo he presentado bien (gran parte del trabajo se lo he dejado a él, a sus palabras). Doy gracias a quien o a lo que corresponda por haberle conocido.