jueves, 14 de junio de 2018

El canto y la ceniza

El canto y la ceniza. Antología poética. Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva (trad. y selec. de Monika Zgustova y Olvido García Valdés).

Galaxia Gutenberg: Barcelona, 2005. 299 pp., 17,90 euros.


“Hermanos errantes,
morimos –no lloramos.
Ardemos –no lloramos.
En ceniza y en canto
ocultamos al muerto,
errantes hermanos” (Marina Tsvetáieva, Poema del fin).

“No soy ésa, es otra quien sufre.
No lo resistiría yo. Que velos negros
cubran lo sucedido, que retiren
los faroles…
Noche” (Anna Ajmátova, Réquiem).

Por J. Teresa Padilla

Poesía. Poetas. Qué se puede decir, añadir o comentar a lo escrito por ellos. Habrá sesudos eruditos que nos ofrezcan como un cuerpo diseccionado la autopsia de un poema, nos desvelen el mecanismo interno que posibilitó su expresión, su sonido, el extraño fenómeno de comunicación que supone. No descarto que algunos de estos estudios puedan ser fascinantes, no cuestiono la pasión del forense por su labor, aunque a mí me sobrecoge ver un poema convertido en un cadáver sobre una mesa de operaciones. Un cuerpo donado a la ciencia de la filología y expuesto, no sólo al devoto escalpelo de los amantes de la palabra, crueles a su pesar, sino también al de los simples curiosos para los que la magia se reduce al truco y eso es lo único que buscan en la poesía y en la vida. El truco: qué listos se sienten quienes creen conocerlo; qué decepción debería suponerles descubrirse, pese a todo, incapaces de reproducir ellos mismos el supuesto simple juego de prestidigitación; qué lástima que ni tan siquiera sospechen su fracaso, quizá bajo coronas de laurel o grandes cifras de ventas.

Asimismo hay poetas que hablan de otros poetas y sus poesías. E incluso se paran un momento para pensar en prosa sobre su propia obra. Ambas cosas hacía Joseph Brodsky en un conjunto de ensayos sobre los que escribí tiempo atrás. Me da la impresión de que, cuando los poetas reflexionan sobre la poesía, se muestran demasiado inseguros (con respecto a lo creado por ellos mismos) o deslumbrados (por lo el fruto de la actividad ajena) para ser tomados realmente en serio por el mundo de los expertos. Pero qué sé yo de ese mundo. A mí me fascinan sus titubeos, y, como un ciego cogido del brazo de un tuerto, les sigo en su lectura detenida de cada verso y les dejo que me describan la belleza oculta que he sido incapaz de descubrir por mí misma.

Relativamente oculta. Un poema es como una mina o un yacimiento paleontológico. Hay capas y más capas. Si puede llegar a ser agotado, exprimido por completo, es una afirmación arriesgada que no me atrevo a suscribir. Pero lo que sí sé es que desde la primera capa, la más superficial y accesible, expresa y comunica lo que la prosa no puede. Lo dice una lectora habitual de prosa que sólo cuando se siente desfallecer acude a la poesía. Nada aborrezco más que a un mal poeta (que, en realidad, es para mí un impostor). Nunca, jamás, me atrevería a escribir versos. Ni a juzgar los de los demás, aunque me parezcan falsos. Profanación, sacrilegio… Palabras que me vienen a la cabeza. El poeta, las poetas en este caso, son unos seres extraños. Mediadores entre nosotros y todo lo que las palabras, con una determinada cadencia, pueden llegar a significar o, más bien, evocar. “El poeta es el genio de la evocación”, decía Kierkeggard, “tan débil y a la vez tan persistente como sólo puede serlo un recuerdo”. Un recuerdo de algo que está más allá de nuestro pasado particular: el de lo que (o quienes) fuimos aún antes de ser, lo que somos o no terminamos de dejarnos ser. Puede que tenga que ver con los susurros y los labios: lo decía Nadiezhda Mandelstam cuando describía el proceso creador de Ósip (“el murmullo de los labios «que recuerdan»”) o Boris Pasternak, en una carta a la propia Marina Tsvetáieva sobre su poesía (“Es precisamente eso que el hombre siempre hace y nunca ve. Así deben moverse los labios del genio humano, de esa criatura que excede los límites de sí misma”). Frases, en resumen, sin sentido (analítico) como éstas, que nos confunden y empujan a seguir pensando y siendo, a vivir. Y eso es la poesía para mí: una caricia o una garra, según. Pero que te despierta y te devuelve a la vida, aunque sea para sentir el dolor de la ausencia, la soledad y la muerte. Sólo sufre el que está vivo, y aunque el dolor no puede ser justificado por nada, ni siquiera por la belleza de las obras de quienes lo sufrieron y, a pesar de él (nunca gracias a él), extrajeron cantos de las cenizas, lo cierto es que, a poco que echemos un vistazo a nuestro alrededor, no parece caber más felicidad que la del malvado o el idiota. El consuelo parece la única aspiración sensata, y el amor, claro, hacia los que nos lo procuran en la vida y en la literatura.

Al parecer, Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva se cruzaron brevemente, pero no llegaron a conocerse, a hablar, a establecer un vínculo afectivo. Apenas lo que les permitieron algunos de sus poemas: los pocos que estaban publicados y aquellos otros que pasaban de mano en mano. Los vientos de la época, esa que iba a traer el paraíso pero se conformó con el infierno, las llevaron de aquí para allá en direcciones no coincidentes. Compartieron hambre, dolor y miedo. Una logró sobrevivir contra toda esperanza. Marina, no. De Anna transcribí en su día aquí un poema de su Réquiem. Hoy le toca a Tsvetáieva (1892-1941). En parte para compensar, pero también porque, al leerlas juntas en esta antología, la poesía de Marina me ha parecido… ¿Superior? No, no sé lo que es eso. Me ha dolido y consolado más. Me ha dicho cosas que me hubiera dicho a mí misma si hubiera sabido cómo se decían.

No voy a reseñar cómo vivió y murió esta poeta. Ni las pérdidas que sufrió. Ni el amor que fue capaz de sentir y hacer sentir a otros poetas enormes, pero quizá no tan grandes como ella, en palabras de J. Brodsky, “la mayor poeta del siglo XX”. Nada de esto es necesario, es información disponible con un clic o poco más. Prefiero transcribiros algunos de sus poemas mientras intento recordar para siempre y murmurar con ella estos cuatro versos extraordinarios de su Poema del fin:

“Ulula, brama,
aúlla como un perro con rabia.
(La vida se te agolpa
cuando mueres)”.


A ALIA

1
No sé dónde estás, dónde estoy yo.
Las mismas canciones, las mismas labores.
Tan amigas, tú y yo.
Tan huérfanas, tú y yo.

Estamos tan bien juntas,
sin hogar, sin reposo, sin nadie…
Dos pajarillas: al despertar, cantamos,
dos peregrinas: nos alimentamos del mundo.

2
Vamos de una iglesia a otra,
las grandes y las pequeñas, parroquiales.
Y de una casa a otra,
las humildes y las ricas, señoriales.

Un día me dijiste: ¡cómpralas!
Brillaban en tus ojos torres del Kremlin.
El Kremlin es tuyo desde la cuna.
Duerme, mi primogénita, radiante y terrible.

3
Y como hierba que bajo tierra
se enlaza a minerales férrreos,
nada se escapa a los dos claros
abismos que tiene el cielo.

Sibila, ¿por qué sobre mi niña
pesa ese destino?
Una suerte rusa la llama…
Y sin fin: Rusia, amargo serbal.

(24 de agosto de 1918).



¡Dos manos tiernamente puestas
en la cabeza de una niña!
Me habían sido regaladas
-para cada mano, una- dos cabecitas.

Pero apretándolas con ambas,
con furia –cómo pude-
a la mayor arrebaté de las tinieblas,
y a la menor no logré salvar.

Dos manos –acarician y alisan
tiernas cabezas, sedosos cabellos.
Dos manos –y una, en una noche,
resultó superflua.

Rubia –cuellecito fino-,
diente de león en su tallo.
Aún no he llegado a comprender
Que mi niña yace en la tierra”.

(Primera mitad de abril de 1920).



JARDÍN

Por ese infierno,
por ese absurdo,
dame un jardín
para mi vejez.

Para mi vejez,
para mi miseria:
días de trabajo,
días de sudor...

Para mi vejez,
mis días de perro,
mis años ardientes,
un fresco jardín.

Para quien huye,
dame un jardín,
sin cara,
sin alma.

Jardín sin pasos.
Jardín sin unos ojos.
Jardín sin risas.
Jardín sin ruido.

Dame un jardín
sin un silbido
sin un grito
sin un alma.

Dime: -No sufras ya, toma
ese jardín, solo como tú.
(Pero tú no entres en él.)
Toma ese jardín, solo como yo.

Para mi vejez ese jardín.
¿Ese jardín o quizá el más allá?
Dámelo para la vejez,
para que mi alma quede absuelta.

(1 de octubre de 1934).



Si pudiera, te llevaría
a las entrañas de una cueva:
a la cueva de un dragón,
a las entrañas de una pantera.
A las garras de una pantera
te llevaría, si pudiera.

Al seno de la naturaleza, al lecho de la naturaleza.
Si pudiera, mi propia piel de pantera
me quitaría…
Entregaría mis entrañas a la ciencia.
En la maleza, en los arbustos, en los arroyos, en la hiedra,

allí, donde en penumbra, en ensueño y oscuridad,
se entretejen las ramas para bodas eternas…

Allí, donde en el granito, en la leche y en el líber del tilo
se entrelazan por siglos de siglos
como ramas, y ríos.

Ni en la blanca luz, ni en el pan negro.
En la rosada, en las hojas –como amistades íntimas…

Para que no se golpeen las puertas,
para que no se grite,
para que no siga todo igual
hasta el fin de los tiempos.

Pero es poco, cueva,
es poco, entraña.
Si pudiera, te llevaría
a las entrañas de una cueva.

Si pudiera,
te llevaría.

(Poemas al huérfano, 3. 27 de agosto de 1936)



Ya es hora. Para este fuego
ya soy vieja.
El amor es más viejo que yo.
Tiene cincuenta eneros
la montaña.
Más viejo es el amor:
viejo como un fósil, viejo como una sierpe,
más viejo que el ámbar de Livonia,
más que los barcos fantasmas,
más viejo que las piedras, más viejo que los mares…
Pero el dolor que hay en mi pecho,
más viejo, más viejo es que el amor.

(23 de enero de 1940).

jueves, 7 de junio de 2018

Mayormente nublado

Foto: Pixabay

Por J. Teresa Padilla

No se lo he preguntado nunca, pero mi móvil, a lo largo de la mañana, tiene a bien notificarme dónde estoy, qué temperatura hace y cómo está el cielo. En lo sucesivo me fijaré más, porque no sé si lo hace varias veces al día o todos los días a la misma hora. Cuando esto escribo, o sea, hoy, me ha facilitado la información a las 13 horas 30 minutos. Un inciso: lo de este “hoy”, escrito para ser leído cuando ya no sea, este “hoy” sólo por hoy, tan preciso en este momento como erróneo en cuestión de pocas horas, me fascina hasta el punto de tentarme a cambiar de tema y seguirle a ver a dónde me lleva. Pero, ¡eh! (halt!, me doy a mí misma el alto como la más temible guardiana prusiana del orden), ¡a centrarse!: Deja ese camino para otro momento.

¿Por dónde iba? Ah, sí, que el teléfono, tan inteligente él, me ha facilitado hoy el parte meteorológico a la una y media de la tarde. Una información no sólo no solicitada, y en este inocente sentido impertinente, sino innecesaria, es decir, ofrecida a una hora absurda en la que ya deberíamos habernos hecho una idea del frío o calor que hace e incluso, sin levantar siquiera la cabeza hacia el cielo, ser capaces de adivinar por la luz que deja pasar hasta nosotros su estado.

“Trece grados y mayormente nublado”, me informa hoy. Me parecen pocos los grados, pero no pienso discutirlos: en esta ideología de la posverdad y la “liquidez” que al parecer nos domina, los números son los únicos puntos de apoyo. Hay que elegir las batallas, y ésta, pese a que me seduce cual canto de sirena, es absolutamente inútil: imposible arrancar de las manos de un devoto matemático el objeto de su culto, su fetiche. Y, además, para qué. ¿Para sacarlos de un error? Si son felices en él y no hacen daño a nadie (algo que escribo con los ojos cerrados porque, a poco que lo piense, me va a resultar más que dudoso), ¿qué me importa a mí en qué creen o dejan de creer? Debería decir que nada, aunque no es verdad. Me importa, aunque está mal visto, es estúpido y te arriesga a la soledad más absoluta. Hay que aceptar, al parecer, a los otros como son, sin intentar aguijonearles para que salgan de su burbuja. Sin esperar de ellos que me obliguen a salir de la mía. Debemos actuar como puercoespines, procurando no herir ni ser heridos por los demás: seres tan bien diseñados para defenderse de las agresiones externas que no pueden, al parecer, acercarse demasiado, intimar en exceso, sin provocar o provocarse dolor. Éste es el precio a pagar por no estar solo. O no del todo.

Somos mónadas sin ventanas, que decía Leibniz, mismidades solitarias (solus ipse). Pero ahora, superada “históricamente” su forma de pensamiento metafísico y la teoría del conocimiento que se seguía de ella, su solipsismo ontológico y epistemológico se ha convertido en otro más cotidiano, vital, casi de supervivencia. No me atrevo a decir ético: no sé qué ha sido de la ética ni a qué ha quedado reducida hoy. Ando muy desactualizada, lo reconozco. Pero que conste el reconocimiento para los dos leviatanes filosóficos a los que debemos en gran medida esta volátil y líquida realidad: Hegel y Heidegger. De uno de ellos, a saber cuál, pues lo abrevió en una simple hache y sus palabras se ajustan como un guante a cualquiera de los dos, escribió Kertész: “Magno vidente, filósofo y bufón de todos los Führers, cancilleres y demás usurpadores de títulos”. Nada que añadir, por mi parte, salvo confesar, de nuevo, mi rendida admiración por el escritor húngaro.

La nuestra es una época extraña en la que, por un lado, prolifera el exhibicionismo en las redes sociales y, por otro, la soledad se ha convertido en una plaga. Una sociedad en la que sólo las personas de más edad parecemos todavía capaces de entablar conversaciones banales con desconocidos. Si salimos a la calle, claro.

Acabo de declararme una persona “de edad” y me asalta el recuerdo de mi única tía paterna, ya fallecida, mientras siento haber traicionado su “legado”, ser indigna de sus genes. Aquella mujer, alta como una modelo y rubia como una actriz de cine negro clásico, era unos años mayor que mi padre (así lo atestiguaban las escasas fotos de su infancia que conservábamos), pero su D.N.I. decía que había nacido exactamente diez años después. Ni en la intimidad fuimos capaces de que nos confesara su auténtica edad, que mi padre guardó en secreto hasta que ella murió. La verdad es que la falta de precisión en cuanto a fechas sí la he heredado, junto con la altura (no así el color de pelo). Será porque también se sufre en la rama materna, en la que mi abuela estaba segura de haber nacido un 29 de febrero (y orgullosa de cumplir años cada cuatro), pero su D.N.I. decía que no, que el año de su nacimiento no era bisiesto. No sé qué decía respecto al día porque a quién le importa el día si no está de acuerdo siquiera con el año, ese dato desvergonzado que osa contradecir quién eres (pues eso son las certezas de la memoria, los ladrillos de los que una está hecha). En este punto, y para no dar pie a la sospecha de la existencia de algún tipo de demencia familiar, por lo menos en cuanto a este tema de las fechas, he de decir que la falta de confianza de mi abuela en lo que dijeran los papeles y las trampas de mi tía, una mujer, por lo demás, de escrupuloso orden, tenían un mismo origen: la negligencia de las autoridades. Y aquí es donde descubro a dónde quería ir yo a parar cuando empecé este texto inspirado en el mensaje automático de un móvil. Porque sí, a veces escribo de esta forma, sin tener muy claro sobre qué y dejándome llevar.

Aquí está la clave: en el absurdo burocrático y en su ineptitud. En lo que respecta a mis antepasadas, hay que aclarar que todos los habitantes de aquel pueblo minero andaluz tuvieron que reconstruir sus fechas de nacimiento, en su mayoría a través de las partidas de bautismo (y es que la Iglesia, con todas sus cosas, en cuestión de genealogías y archivos no tiene competencia), porque el Registro Civil, que estaba en otra población cercana más grande, no sólo no era de fiar (mi abuelo Manuel, por ejemplo, dejaba tanto tiempo la gestión de inscribir en él a sus hijos que en alguna ocasión el viaje le sirvió para dos y a saber las fechas que daba entonces con tanta prole y su carácter descuidado), sino que además sufrió un incendio, circunstancia ésta que me imagino fue aprovechada por mi tía para conseguir aquel imaginativo D.N.I. que mi padre conservó, supongo, como prueba del ingenio y la rebeldía de nuestro apellido. Me enorgullezco de estas dos mujeres que, como Coleman Silk en La mancha humana, se hicieron a sí mismas y sostuvieron hasta el final de sus días lo que ellas querían y creían ser (que, al fin y al cabo, puede que sea lo mismo) contra viento y papeles: quince años más joven y nacida en año bisiesto, con un par.

Después de una semana y pico peleándome con informes y más informes, Reales Decretos y otros “fundamentos de derecho” para reclamar por resoluciones oficiales sobre mi persona en las que no me reconozco y, en realidad, principalmente por este motivo (porque no me reconozco), he caído en la cuenta de que nos sentimos solos, todavía más de lo habitual, ante esta monstruosa mole (creada, y constituida en parte, por hombres) de leyes y organismos. Un gigante concebido, paradójicamente, para lo contrario, para estructurar la convivencia en una sociedad, ordenarla, dirimir disputas, hacerla más eficaz (solidaria). Es como esa Historia que concibió con precisión el primer H. (Hegel) y cuyo nihilismo desveló y acató el segundo (Heidegger), ésa contra la que me habéis leído despotricar (a mí y a mis autores de cabecera) múltiples veces en este blog. Al final es ella y una de sus concreciones (el Estado y sus apéndices) la que se arroga el derecho a decir quién eres, si tus recuerdos o tus deseos son o no reales, si sufres y en qué medida, si estás vivo, lo que viene a equivaler en ocasiones a pagar tus facturas puntualmente, como la pobre mujer de El Canbanyal, o no, cuando por fin se toman la molestia de desahuciarte y descubrirte muerto, como a Agustín. Vale que nos falte el coraje de vencer el pudor y el miedo a abrirnos a los demás. Vale que pidamos antes de hacerlo, aunque sea en parte, que nos enseñen la patita por debajo de la puerta. De esta soledad somos cada uno responsables. Pero que un aparato estúpido (como mi móvil, que me informará de que llueve cuando me esté mojando), una “cosa”, un sótano repleto de papeles y de robots de aspecto humano, pero rutinarios como sólo las máquinas pueden ser, se convierta en tu interlocutor con el resto de tus iguales, el referente intersubjetivo que avala o contradice tus creencias sobre ti mismo, es una completa aberración y un insulto. Cómo va a sentirse una cuando se enfrenta a este Moloch. Pues eso, sola y mayormente nublada.

jueves, 31 de mayo de 2018

Mejor que nunca

Por Marisa Díez


Aún falta casi un mes para que comience de manera oficial el verano y, sin embargo, yo tengo más calor que nunca. En plena noche o a la luz del día, sin aviso previo, me ataca el sofoco. Entonces me pongo a buscar como una loca cualquier chisme que sirva para abanicarme. Bueno, confieso que esto sólo lo hago cuando estoy en casa o en un lugar en el que no me observe nadie que no sea de mi absoluta confianza. Pero si me ocurre, por ejemplo, mientras disfruto de una cervecita en una terraza o en un bareto del barrio, disimulo como puedo, miro hacia otro lado y salgo disparada hacia la calle o el cuarto de baño. Cualquier cosa menos manifestar en público que estoy en esa edad en la que mi temperatura corporal va por libre y el calor que yo siento es independiente de los grados centígrados que marque el termómetro. A mí me ha dado la sofoquina en plena noche helada del mes de enero. Es lo que hay. Ya me he acostumbrado. Con todo, esto no es lo peor.

También lloro a todas horas, y también, por supuesto, cuando nadie me ve. Puede ocurrir un instante después de un ataque de risa. Tampoco es raro que la lágrima se me escape sin control ante cualquier estupidez que contemple en la tele o si alguien me lleva la contraria sin demasiados argumentos. Soy capaz de alterarme o gritar como una posesa ante un suceso imprevisto al que no encuentro explicación. Luego se me pasa y me arrepiento de no haber contado hasta diez, pero ni se me ocurre pedir perdón. Bastante tengo con lo mío.

Además, me duelen los huesos. Me levanto del sofá como mi madre, casi a rastras, y si he pasado demasiado tiempo sentada necesito engrasar mis articulaciones. Entonces echo en falta esa especie de tres en uno que se aplica a la puerta que chirría o la persiana que se atasca. La presbicia me está respetando más que a la media de mi generación, supongo que gracias a la miopía que he sufrido durante años. Pero tampoco veo bien, eso es evidente. De la boca no hablamos; he decidido posponer indefinidamente mi visita al dentista. Hasta la dentadura postiza, nada de nada.

Por lo demás estoy bien. Es una edad, digamos, diferente. Te pasan cosas que no te han ocurrido nunca. Disfrutas de alergias que antes jamás habías sufrido. Si sales una noche de juerga, necesitas aproximadamente una semana para la recuperación total. Te encuentras con gente a la que hace años que no ves y no los reconoces, porque hay que ver lo mal que se conservan los demás, no como tú, que estás como una rosa. Con achaques, pero como siempre. Bueno, ahora también te tiñes y hasta te tienes que depilar esos pelillos que te salen en la barbilla porque, si te descuidas, ahora, aparte de bigote, también tienes barba.

Pero ya digo, sin contar esas pequeñas cosas, me encuentro bien. Las manchas de la cara parecen expandirse sin control y la piel necesita una dosis extra de crema hidratante para no parecer algo similar a la lija. Son sólo eso, pequeñas cosas. Nada importante.

Así que es cierto, estoy en la menopausia, pero no pienso esconderlo ni silenciarlo como si fuera un tabú. Más bien me parece la edad perfecta para realizar los sueños que desde siempre se nos quedaron en el limbo. Para llamar a las cosas por su nombre y dejar de callarse ante las injusticias. Llegados a este punto nos da lo mismo ocho que ochenta, lo cual es una ventaja, lo mires por donde lo mires. Estás en ese momento de tu vida en el que no aguantas más allá de lo imprescindible a todas aquellas personas que no te aportan nada y desarrollas una capacidad especial para mandar a paseo a quien perturba tu tranquilidad y equilibrio. De acuerdo, convivimos con achaques, pero son únicamente físicos. Nuestra mente está despejada, y abierta a experiencias nuevas que cubran nuestra cuota imprescindible de emoción y sorpresa. Soy mayor depende de para qué, según se mire. Me siento querida, a más de una le gustaría estar en mi lugar y hasta es posible que alguno me haya convertido en su objeto de deseo. Ya sé que esto último puede sonar fatal e incluso algo pretencioso; seguro que sólo es una fantasía, pero, qué más da. Ya os he dicho que estoy en la menopausia y me da igual lo que piensen y lo que hablen, porque yo me quiero más que nunca. Qué le voy a hacer, si estoy estupenda…


jueves, 24 de mayo de 2018

La mancha humana

La mancha humana. Philip Roth.

Alfaguara: Madrid, 2007. 414 pp. (Actualmente sólo disponible de primera mano la edición de Debolsillo, 432 pp., 9,95 euros).


“Nada dura, y sin embargo nada pasa tampoco. Y nada pasa precisamente porque nada dura”.

Por J. Teresa Padilla

Ya casi he olvidado la trama de historias de esta novela: eso que permite contar a otros lo que pasa en ella. He ido posponiendo su “presentación” (en eso quedé con vosotros que iban a ser mis reseñas) porque me resultaba más fácil o me urgían más otros temas o lecturas. El tiempo ha pasado y con mi memoria de pez ya no recuerdo muchos detalles del argumento. No sé; lo suyo quizá sería omitirla, pero cuesta. O me cuesta. Porque este Philip Roth es muy grande. Descarado, arriesgado. A menudo brutal y sucio, como alegan con desagrado, por ejemplo, el pudoroso de Aramburu y otros varones más próximos a quienes recomendé esta novela que dejaron a medias. Además, lo que pasa es siempre lo de menos. Lo importante es lo que queda, si queda algo, que no será precisamente lo que pasa. Y, en este caso, queda, vaya si queda.

Curiosamente, hombres inmunes a la grosería del porno, encuentran violentas las alusiones explícitas de Roth a los problemas de próstata y todos esos detalles íntimos que convierten la sexualidad masculina en una tragicomedia. Hay un pudor típicamente masculino, no recogido siquiera por el diccionario de María Moliner, que conduce al silencio, a una jactancia ridícula o al humor descarnado (que va desde el chiste verde a la mofa cruel) sobre su intimidad sexual. Roth desafía siempre este pudor. Habla (bueno, escribe) con un lenguaje directo, sin adornos ni disfraces. Ni hedonismo, porque, en realidad, ésta no es una cuestión de placer, o no en el fondo. Es una posible respuesta a la pregunta sobre quiénes somos en realidad, que es la que se plantea, por encima (en mi modesta opinión) de otras cuestiones fascinantes y puede que hasta de abrumadora actualidad, en La mancha humana.
“En cuanto un hombre empieza a hablarte de sexo, te está diciendo algo acerca de él y de ti. En el noventa por ciento de las veces eso no sucede, y probablemente es mejor que así sea, aunque si no alcanzas cierto nivel de franqueza acerca del sexo y prefieres comportarte como si jamás pensaras en eso, la amistad masculina es incompleta”.
Una amistad lo suficientemente completa como para que con ella irrumpiera “toda la malevolencia del mundo” y “el embrollo de la vida” une al protagonista, el exdecano y profesor de lenguas clásicas Coleman Silk, con el alter ego narrativo de Roth, Nathan Zuckermann. A su modo frío y distante y, con todo, compasivo, nos relata, más que la propia historia de Silk, lo que el proyecto de escribirla ha puesto en su conocimiento. Al final, no se sabe bien si se nos ofrece este relato “oral” o es la novela de Zuckerman esporádicamente interrumpida por sus comentarios. Desde luego que todos, autor y personajes, estén en el mismo plano de realidad es, por lo que sé, marca de la casa.

Hasta aquí la introducción. En la contraportada se habla, como asunto a destacar en la novela, de “la fiebre de lo políticamente correcto”, lo que señalo aquí, primero, porque es verdad; segundo, porque es un tema de actualidad y puede animar a acercarse a ella a los lectores sedientos de trending topics, y, en tercer lugar, porque es una pesadez que tengo la intención de pasar completamente por alto. Eso sí, para los que piensen que vivimos un momento de un puritanismo inaudito (provocado por esas chillonas feministas de ahora, porque ya se sabe, desde Eva, quién está en el origen de todos los males), atención a la frase que ubica temporalmente la novela: “Si no habéis vivido en 1998, no sabéis lo que es la gazmoñería. (…) Fue el verano en que el pene de un presidente estuvo en la mente de todo el mundo”. Hoy el pene de Trump, mucho menos de pueblo que el de Clinton y a todas luces más cosmopolita y aventurero, da, como mucho, para un chiste, no un impeachment.

A mí me parece que el tema en cuestión (lo políticamente correcto, el alcance y cobardía de la censura social, etc.) es, como dicen los cinéfilos, un Macguffin, y que la cuestión central es otra, pero a saber si me equivoco: yo siempre leo a este Roth, Philip, a mi manera.

Todo empieza con un equívoco y una omisión. Por no confesar lo que se supone que era y tenía que definirle sobre cualquier otra cosa. Todo comenzó por dejar que pensaran que era blanco, blanco y judío, como su entrenador de boxeo. Bueno, para ser exactos, a esto se añadió el derrumbe de un muro de contención: su padre.
“Debido a que alguien, tardíamente, le había insultado llamándole negrazo a la cara, Coleman reconocía por fin la enorme barrera contra la gran amenaza americana que su padre había sido para él”.
Un padre que le protegió de ese mundo hostil intentando mantenerle en otro distinto, el de sus iguales. Un destino limitado, pero seguro y cómodo. Y falaz, radicalmente ilusorio: ese nosotros ya previamente dado, obvio, es producto del miedo y la negación de la singularidad irrepetible de cada ser humano. Los padres buscan protegernos y a menudo nos encierran, nos privan de horizontes. Casi todos tenemos una historia al respecto. Yo, al menos, sí. Recuerdo que mi padre me disuadió de inscribirme en la asociación de antiguos alumnos del prestigioso, privado y caro centro en que había realizado becada los estudios de COU: ése no era mi mundo, fue el mensaje. Para cuando otra persona con “autoridad” le dijo, a él y a mí, que podría hacer lo que quisiera, ya era tarde. Me faltó el valor de Coleman Silk, “el más grande de los grandes pioneros del yo”, al rebelarse y determinar crearse una personalidad a la medida de su ambición (que no era la de ser blanco ni negro, sino libre):
“De la noche a la mañana el puro yo formó parte de un nosotros [negro, y negro de Howard] con la solidez altanera del nosotros, y Coleman no quería tener nada que ver con eso ni tampoco con el siguiente nosotros opresor que se presentara. (…) No puedes permitir que los grandes te impongan su intolerancia, del mismo modo que no puedes permitir que los pequeños se conviertan en un nosotros y te impongan su ética. No aceptaría la tiranía del nosotros, la cháchara del nosotros y todo lo que el nosotros quiere volcarte encima. (…) El conocimiento de sí mismo: ése era el puñetazo en la boca del estómago. La singularidad. La lucha apasionada por la singularidad. (…) Conocimiento de sí mismo, pero oculto. ¿Qué es más potente que eso?”
Valor y poder para enfrentarse al mundo, a la presión del fuerte y del débil (tan opresor como el primero) que tiene un precio altísimo: negar tus orígenes, renegar de tus padres, asesinar a la mujer de la que sólo así puedes liberarte y guardar siempre como un avaro esta culpa y el secreto sobre uno mismo.
“La estaba matando. No tienes que matar a tu padre, pues el mundo lo hará por ti. Hay muchas fuerzas dispuestas a acabar con tu padre. El mundo se encargará de él, como se encargó del señor Silk. Quien está ahí para que la asesines es la madre, y eso es lo que Coleman vio que le estaba haciendo, el muchacho al que aquella mujer había amado con locura. ¡Asesinarla impulsado por su emocionante idea de la libertad! Habría sido mucho más fácil sin ella, pero sólo mediante esta prueba puede él ser el hombre que ha decidido ser, separado inalterablemente de lo que recibió al nacer, libre para luchar por ser libre”.
El sueño americano del self-made man llevado a su versión más íntima: la creación ex nihilo de sí mismo. Un sueño convertido en una pesadilla de autodestrucción de la que sólo parece ser capaz de salvar a este titán, luchador y rebelde hasta el final, “la niña que no sabe leer”. De ella, en su mutua y franca entrega sexual (entrega de la furia que segregan sus respectivas heridas incurables), aprende que no hay otra manera de estar en el mundo que dejando una mancha, la mancha humana de la impureza, la crueldad y el abuso. Aceptar esta realidad y el posible castigo inminente es la lección por aprender. La que Faunia conoce mejor que nadie, viviendo la pesadilla que es la vida sin aferrarse a ella ni aborrecerla, suspendida en el vacío, mirando los ojos de los pájaros migratorios, preparada siempre para partir.
“Ella suelta su risa fácil. Y baila. ¡Sin el idealismo, sin la idealización, sin la utopía de la dulce juventud, a pesar de cuanto sabe que es la realidad, a pesar de la irreversible futilidad que es su vida, a pesar del caos y la insensibilidad, baila! Y habla como si nunca hubiera hablado antes con un hombre. Las mujeres que joden como ella no tienen que hablar así…, por lo menos eso es lo que les gusta pensar a los hombres que no joden con mujeres como ella. Eso es lo que les gusta pensar incluso a las mujeres que no joden como ella. Eso es lo que le gusta pensar a todo el mundo…, estúpida Faunia. Bueno, que lo piensen. A ella la tiene sin cuidado”.
Esto y mucho más, pero me tienen prohibido extenderme y los días están raros y son dignos de observar, aunque sea desde la ventana. Que pierdo el hilo, mil perdones: Roth en estado de gracia. No apto para todos los públicos. Por suerte.


Post scriptum

Ayer murió Philip Roth. De mis Roth (él, Joseph y Henry), el menos… Iba a decir estimado, pero no es eso. ¿Menos cercano? Dice el tópico que los “amores reñidos son los más queridos”: tampoco es verdad, pero se acerca un poco más a lo que había (hay) entre él y yo. A ninguno de mis otros adorados Roth he mencionado, aunque más de broma que de veras, tantas veces como a Philip, mi patito feo. Murió mientras yo escribía estas notas sobre La mancha humana y su muerte convierte la publicación en algo ridículamente oportunista. Como si este blog viviera de “likes” y no, literalmente, del aire (del que desplazamos con nuestros cuerpos Marisa, Esperanza y yo -últimamente, dado lo hermosa que me estoy poniendo, sobre todo yo-). Hasta el final todo va ser culpa de Roth, Philip Roth.

Para dialogar con un escritor importa poco que viva o haya muerto, pero cuando muere, cuando da ese enigmático e incomprensible paso hacia la oscuridad y el silencio absolutos, se merece, más que nadie, unas palabras, no de despedida, sino de reconocimiento. Justo por no dejarnos a los demás en su silencio y oscuridad. Por haber conseguido burlar al asesino (el Tiempo, la Historia, el silencioso Todo). Las mías serán una versión de las que él mismo escribió para el protagonista de esta novela.

Fue un hombre. Esto es: luchó por ser él mismo, por imponer su destino al que la historia le había preparado. Fracasó porque la historia es una trampa que siempre quiere decir con la muerte la última palabra y cumplir así su objetivo: mostrarnos su omnipotencia sobreviviéndonos y aplastándonos como a estúpidas hormigas. Aun consciente de cuál sería el desenlace, hizo lo único correcto al rebelarse contra ella, pues, como decía Kertész en Diario de la galera, “la victoria, al madurar, se ennoblece y se convierte en derrota”. En sus novelas nos enseñó lo que, desde El Quijote, enseñan todas las buenas novelas, el camino de la única salvación pensable: darnos un nombre propio fracasando.
“Eso era lo que faltaba. Habían quitado todos los frenos. Sonó Mahler.

En fin, uno a veces no puede escuchar a Mahler. Cuando te agarra para zarandearte, no para. Al final de la melodía, todos llorábamos.

En cuanto a mí, creo que nada podría haberme conmovido así excepto escuchar la versión de Steena Palson de El hombre al que quiero, tal como la cantó al pie de la cama de Coleman en la calle Sullivan, en 1948”.
Obviamente no puede ser ésta, pero va por ti, Roth, o Zuckermann, o quien tú quieras que hayas sido.


jueves, 17 de mayo de 2018

Un peripatético en mi vida

 
Foto: Alvaro Trincado (Flickr)


Por Esperanza Goiri

No os dejéis engañar por el título de la entrada. De hablar de filosofía se encarga en este blog mi querida anfitriona, Netucha. Yo me limito a citarla de refilón.

El término peripatético lo he desempolvado de mi memoria, donde estaba guardado desde que estudiaba Filosofía en segundo de BUP. Ahí había quedado durmiendo el sueño de los justos hasta que, hace un par de meses, una estupenda serie de televisión sobre un profesor de filosofía de un instituto barcelonés, llamado Merlí, me ha obligado a rescatarlo y a darme cuenta de que, sin ser consciente hasta ahora, tengo un peripatético en mi vida.

Los asiduos a este blog sabéis de sobra quiénes eran los peripatéticos. Pero para los despistados u olvidadizos, como yo, os lo recuerdo: los discípulos de Aristóteles que recibían las lecciones del maestro e intercambiaban impresiones y pensamientos mientras paseaban.

Busto de Aristóteles (Museo de Historia del Arte de Viena)
Foto: Tûba (Flickr)
El peripatético en cuestión es mi adolescente. Os cuento. Como todo teenager que se precie, el mío permanece largos intervalos de tiempo en el silencio más impenetrable. Es inútil preguntar o presionarle. Entiendo y respeto que no quiera contarme ciertas cosas. De hecho, creo que una madre nunca debería saber algunos aspectos concretos de la vida de su hijo. Aunque ya queda lejos, una también ha sido joven y me hubiera dejado cortar una oreja antes que comentar temas íntimos con mis padres, aun llevándome fenomenal con ellos. Sin embargo, para ejercer una maternidad responsable es necesario saber en qué anda metido tu hijo, qué pasa en su vida, aunque sea a grosso modo.

El caso es que venía observando que cuando estamos de viaje, fuera de nuestro entorno habitual, al igual que los mejillones abren sus conchas al cocinarlos al vapor, mi adolescente florece, se vuelve más comunicativo y permite que hablemos con naturalidad y fluidez de temas que en casa no es tan fácil tratar. Otra peculiaridad es que esas conversaciones siempre se producen mientras paseamos. Entonces, podemos hablar de tonterías y banalidades, de asuntos personales o de los grandes enigmas de la vida. Eso sí, no hay maestra ni alumno. Simplemente, conversamos.

Al principio, estas situaciones fueron surgiendo solas, espontáneamente. Pero he de confesar que disfruto mucho de esos paseos, y ahora con premeditación y alevosía procuro que “surjan” las oportunidades. Claro está que cuanto más exótico y apetecible es el entorno, más placentero e inspirador resulta el intercambio de impresiones. Ante la imposibilidad de viajar continuamente, me las he ingeniado para buscar espacios sugerentes en nuestra ciudad, y hasta ahora no he tenido quejas. En el caso de quedarme sin itinerarios, se me ha pasado por la cabeza una idea muy loca: proponerle disfrazarnos de turistas, subirnos al City Tour de Madrid y callejear entre los guiris como si estuviésemos de viaje de verdad. ¿Creéis que colaría? No hace falta que contestéis, es una pregunta retórica y sé de sobra la respuesta. De momento, ya tengo prevista mi próxima ruta y, si nada se tuerce, mi peripatético y yo disfrutaremos del sol primaveral madrileño en transitoria e itinerante armonía.



jueves, 10 de mayo de 2018

Pudor

Foto: Omeralnahi (Pixabay)
“Después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio se me han podrido más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querría que se me malograse".
“Aunque pusieron silencio a las lenguas, no lo pudieron poner a las plumas, las cuales con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado” (M. Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Parte I, Cap. XXI y XXIV, respect.)

Por J. Teresa Padilla

Para el diccionario de la RAE, “pudor” viene a significar lo mismo que honestidad, modestia o recato, así que para qué molestarse en dar una definición en condiciones. Será cosa mía, pero cuando busco algo en el diccionario, sobre todo una palabra en principio de uso común como ésta, es porque tengo una idea algo vaga de lo que significa que quiero hacer más exacta. La RAE me ofrece sinónimos que no me ayudan, más bien lo contrario, pues estos tres términos (con seguridad los dos primeros) tienen diversas acepciones que se me ocurren inmediatamente, sin consultar, y que, lejos de concretar el significado de pudor, me lo hacen aún más confuso. Por qué a los jueces de la corrección lingüística les ha parecido útil usar para definir una palabra relativamente unívoca, como es “pudor”, otras mucho más amplias semánticamente es un misterio. Busco “recato”, la que me parece a priori menos ambigua, a ver si doy con la pista definitiva, pero no. Dos acepciones me ofrece la Academia a mí, vulgo ignorante: "cautela, reserva", dice la primera; y me quedo pensativa, sin haber perdido todavía la esperanza ni la paciencia, reflexionando sobre el significado de estos términos y sobre la conveniencia o no de consultarlos a ellos mismos. Pero, ¡atención!, tiene otra: "honestidad, modestia". Sólo le ha faltado al diccionario añadir “pudor” para cerrar un círculo perfecto. ¿Es pudor todo esto que “recato” puede significar? ¿Es una u otra acepción de su supuesto sinónimo? Y esta otra, la segunda, ¿qué es realmente? ¿Debo consultar también los artículos de “honestidad” y “modestia” para buscar el común denominador? ¿O más bien renunciar a su significado intersubjetivo, ponerme en modo “posmo”, y darle yo el sentido que me dé la gana?

Cuando el diccionario entra en estos bucles, lo que a mí me entra es la desesperación o la risa, según mi cambiante humor. Entonces, y a la vieja usanza (pues no está por muy lícitas razones digitalizado), consulto el diccionario de María Moliner, esa mujer recolectora, según ella “perezosa”, de palabras, acepciones e incluso dudas gramaticales frecuentes. Miro a ver qué escribió esta solitaria coleccionista, sin permiso de la autoridad, rechazada por la misma (fue candidata en 1972, pero no fue hasta 1979, dos años antes de su muerte y cuando la enfermedad la había ya privado de lo que tanto amaba, que entró la primera mujer en esta institución, Carmen Conde), cuando llegó a la palabra “pudor”.



Cuatro acepciones, cuatro descripciones emparentadas íntimamente, pero cada una con su matiz, y en cuya definición, con excepción de un caso en el que la autora ha respetado el misterio de la causa del tipo de pudor que define hablando sólo de un “sentimiento”, aparece siempre la misma palabra clave: vergüenza.

El pudor es, en su primera acepción, una determinada clase de vergüenza: la que se siente al quedar nuestro cuerpo desnudo expuesto a la mirada de otros (lúbrica o no), o al saberse objeto de un interés sexual. Esta forma de pudor puede afectar incluso al simple discurso sobre este tema.

También puede ser la vergüenza a que se hagan públicas y notorias nuestras miserias, de la clase que sean (defectos, enfermedades, errores o faltas), o (y qué maravilla la de los matices de esta deslumbrante investigadora) aquélla que aparece al contemplar, o simplemente mencionar, las de los demás.

Luego está el pudor de la modestia, la vergüenza de ser alabado por otro, y, por último, el desconocido “sentimiento” que impide a alguien compartir su intimidad, que le lleva a encerrar y ocultar en sí mismo todo lo que pueda delatarlo.

No hace mucho, aunque se me hace una eternidad el tiempo que transcurre entre cita y cita, que defendía ante mis compañeras de fatigas redactoras la necesidad de renunciar al pudor para escribir textos interesantes. Me refería al miedo a exponerse a la mirada, potencialmente cruel, de los demás. Miedo, más que vergüenza (aunque de todo haya un poco), porque tal me parece que es ese “sentimiento” al que aludía María Moliner y que nos mantiene en silencio sobre nosotros mismos. Argumentaba yo que, si no se vencía este pudor, los textos resultantes sólo podían ser mediocres y falsos, generales e imprecisos, siempre hablando de otros, inventados o reales, de los que corríamos el peligro de distanciarnos con afectada aversión. Textos insinceros, vaya. Sólo quedaría entonces la pura fantasía o el periodismo; no habría otra opción que elegir entre la evasión más irresponsable y caprichosa o la exposición minuciosa y exacta de los hechos (externos, claro).

Para mí la literatura (y en ella quiero buscar un modesto rincón desde el que poder levantar de vez en cuando el dedo como lectora activa y, con suerte, añadir alguna frase) está en otro lugar: el que confunde la realidad con la ficción, el sueño y la vigilia, porque sólo así accede a la raíz de una realidad como la nuestra, la humana, confusa ella misma y muy a menudo cruel como la peor pesadilla. Nada que ver con la distracción o el entretenimiento, pero tampoco con una declaración judicial.

Supongo que me expliqué como suelo, fatal, y entenderían que les pedía relatos biográficos con todo tipo de detalles íntimos y escabrosos, porque todas se manifestaron en completo desacuerdo conmigo y se aferraron al pudor como a una posesión preciosa, una virtud. Pero, ¿puede serlo un sentimiento que, cuando no es vergüenza, se parece mucho al miedo? Ciertamente hay una acepción virtuosa de vergüenza, la de la estimación de la dignidad propia. La que echamos en falta en algunas de nuestras acciones o pensamientos (vergonzosos, por ello, en otro sentido) o en los otros cuando sentimos por ellos la vergüenza que ellos no sienten y llamamos, por eso, ajena.

Pero recapitulemos con la ayuda del diccionario para ver si encontramos el pudor virtuoso. Dejamos de un lado la última acepción, la que claramente identificamos con la modestia y se refiere al rubor que provoca en muchas personas recibir alabanzas de otros. No sé si es una virtud o algo más relacionado con el carácter (la timidez o inseguridad), pero lo contrario, la vanagloria o el orgullo ante las loas ajenas, está entre el vicio y la ridiculez. En cualquier caso, no se trata del pudor que yo quería vencer ni tampoco aquel al que se aferraban mis tertulianas.

Sería muy fácil concluir que unas y otras pensábamos en la más imprecisa de las acepciones de pudor, ésa que nos impide “exhibir cualquier cosa íntima”. Pero, aparte de que ni en la literatura ni en la vida puede considerarse deseable semejante autismo, unas y otras estaríamos ocultando, pudorosamente, el carácter de las intimidades que nos cuesta compartir y, en mi opinión, mintiendo o, al menos, difuminando deliberadamente la verdad.

Si nos centramos, pues, en las dos acepciones que nos quedan, comprobamos que tienen que ver con nuestros cuerpos, por un lado, y, por otro, con nuestros fracasos, errores o pecados, si todavía se puede usar esta palabra sin provocar una sonrisa sarcástica (hace unos días fui objeto de mofa por hablar de “conciencia individual”, así que no descarto esta impropiedad). Nos abochorna mostrar nuestro cuerpo desnudo a otros. Pero no en cualquier circunstancia, y sin que eso suponga impudor alguno: ni la mirada del amante ni la de la persona que cuida, lava o alivia el dolor avergüenzan.

Pubertad (1895). E. Munch

Nuestra desnudez física puede resultarnos impúdica hasta en la intimidad. A veces nuestro cuerpo nos avergüenza a nosotros mismos: cuando cambia y se transforma como por su cuenta (la adolescencia, la vejez…); cuando enferma, nos pesa como una carga, nos enjaula o lo sentimos como un disfraz; o cuando nos han enseñado a despreciarlo, sea por cuestiones religiosas o por la estética imperante. En realidad, en cuanto lo pienso un poco, no puedo evitar que me dé la impresión de que en todo pudor relativo al cuerpo hay esta vergüenza de sí, independiente ya de la mirada de los otros, pero, en muchas ocasiones, provocada por esta mirada: Si no nos avergonzara nuestro cuerpo desnudo, tampoco lo haría mostrárselo a otros, pero puede que en muchos casos sea precisamente el reflejo de nuestro cuerpo en esa mirada ajena, y no él mismo, el que nos avergüence. La no exenta de pudor María Moliner habla entonces de la vergüenza que provoca saberse objeto del interés sexual de otros, reconocerse vista por otro ser humano como medio para la satisfacción de un deseo, nunca como sujeto deseante. La desnudez entonces nos hace vulnerables y atenta contra la dignidad (esa virtud que también se llama vergüenza) porque las cosas, los objetos, no tienen nada parecido. Esas miradas pasan, entonces, a formar parte de un ritual de humillación, de una farsa: la del falso amante. Para conservar la dignidad nos distanciamos de ese cuerpo objetivado, lo negamos como parte de nosotros y nos avergonzamos de él. Pero, a diferencia de aquella otra vergüenza o pudor que nos provoca lo que hacemos mal, aquí descargamos sobre nosotros una ira y un desprecio que deberían dirigirse a otros.

Venciendo esta vergüenza “inocente”, este pudor mal entendido, y con el fin de denunciar, y acompañar en la denuncia a otras mujeres haciendo visible un delito que ese pudor autodestructivo oculta tantas veces, surgió hace nada la iniciativa de contar estas historias en una red social. Historias reales, declaraciones escuetas y fieles a los hechos. Si algún pero tengo que hacer a esta iniciativa, que, fracase o tenga éxito, cuenta con mi aplauso como cualquier iniciativa que nace del amor a una víctima y de la ira contra el mal, es ésta: el apego cuasipolicial a los hechos.

Tampoco era esto lo que yo me exigía al escribir y animaba a buscar a los demás. Se trataba, más bien, de bucear dentro de nosotros y reconstruir (o construir de nuevas) con los materiales de desecho del recuerdo, ya de por sí cuestionables, una historia que pudo ser o no, pero que no nos aleja de la crueldad, el dolor o la fealdad de la realidad (todo eso que por pudor no queremos ver), sino que los transforma de tal modo que nos los hace más fácilmente aceptables. Nos permite vencer ese pudor que nos lleva a evitar, dice María, ver o escudriñar miserias, propias o ajenas; el pudor por el que no queremos ver lo que nos disgusta, entristece, avergüenza.

Me refería, en suma, a la falta de pudor que permitió, por ejemplo, a Henry Roth relatar el modo en que un niño descubre la sexualidad a través de otros (una niña un poco mayor, Annie, en su caso) como un juego perverso, una trampa, una farsa obscena (destinada a escenificarse tras el telón del secreto y el silencio) cuya vileza intuye, por más que no pueda entenderla ni desempeñar en ella papel alguno:
“El mundo entero podía romperse en miles de pequeños fragmentos, todos zumbando, todos gimiendo, sin que nadie los oyera ni nadie los viera, salvo él”.
Quién no ha escuchado de niño, sin comprender del todo, esos chistes y esas frases con dobles y secretos sentidos a los chicos mayores o más precoces. Quién ha tenido quizá la suerte de no sentir, aun en otro contexto completamente diferente, el derrumbamiento, sólo para uno visible, del mundo de la inocencia.

Es la falta de pudor que permite hacer universal lo insignificante y más singular. O la que nos deja describir a un hombre, aún joven, aunque tampoco demasiado, pecoso, rubicundo y de ojos pequeños y claros, o así parecían a través de los cristales de sus gafas de carey. Demasiado elegante, quizá, para ir un día como aquél, en pleno verano, de pie en la plataforma central de aquellos autobuses de antes que no ofrecían otro alivio al calor salvo la ligera brisa que ellos mismos creaban al desplazarse y dejaban entrar por las ventanas abiertas. Quizá ésta era la causa de ese ligero enrojecimiento que presentaba su rostro. Miraba hacia abajo, con una insólita concentración y seriedad, a los ojos de una niña que, a su vez, levantaba tímidamente los suyos hacia él, interrogantes, como intentando comprender o averiguar si, en realidad, no se trataría más bien de una imaginación suya. Mientras, él a duras penas podía disimular el placer que el juego que estaba improvisando le proporcionaba. Como una araña que, con temeridad creciente, teje una tela cada vez mayor, un poco más lejos del centro tupido y seguro, cada vez más ligera y frágil. Así se balanceaba el hombre haciendo cada vez más atrevido y notorio lo que al principio parecía sólo un roce descuidado. Arriesgándose a que, en cualquier momento, la niña despertara del ensueño de su estupor y gritara, llamando a un padre o a una madre, mientras lo señalaba con el dedo. No llegó a pasar. Fue la voz de ese padre o de esa madre, la que despertó a la niña mostrándole la puerta abierta del autobús detenido, sin tiempo ya para otra cosa que escapar a la carrera, dejando atrás un rostro que imaginamos (soñamos) entre decepcionado y triunfante.

Dos mil palabras y temo, de nuevo, no haberme sabido explicar.


jueves, 26 de abril de 2018

Levantar la mano sobre uno mismo

Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria. Jean Améry.

Pre-Textos: Valencia, 2005. 156 pp. 13 euros.



“Pienso, luego existo: se puede dudar del sentido de esta frase. Así lo ha hecho ni más ni menos que Wittgenstein. Muero, luego ya no existiré más: es un hecho incontrovertible, es la base que sustenta nuestra verdad subjetiva que se convierte en objetiva en el mismo momento en que nos quebramos al chocar contra el suelo”.

Por J. Teresa Padilla

Ya he comentado varias veces el aturdimiento que me provocan las cifras, estadísticas y gráficos. Seguro que hay quien piensa que se debe a mi estupidez o a una mala formación, que no se trata sino de hechos, hechos objetivos contra los que no cabe recurso. Ahí están. Lee, escucha y calla. U ofrece otros. Ni se te ocurra sugerir que la realidad en bruto no nos es accesible, que tanto número y diagrama no deja de ser la respuesta a una pregunta, y que más importante que la primera es el camino que ha llevado a la formulación de la segunda y anticipa el único tipo de respuesta que se va a considerar aceptable. Es el viaje y no el destino el que determina el valor de este proceso al que también se denomina coloquialmente “aventura del saber”. Es lo malo de los clichés: por acertados que sean, se dicen o escriben sin pensar, sin conciencia de lo que realmente significan. Y lo que con éste se dice es que, como la vida, el conocimiento en tanto que acción de conocer es un trayecto, y la verdad (el conocimiento, como efecto o resultado de la acción) su objetivo, su finalidad, pero también, como la muerte lo es de la vida, su fin, la que lo detiene y aniquila. Es una paradoja, y hasta quizá un absurdo, con los que sólo se enfrentan algunos temerarios. Desde la literatura, intentando burlar a la verdad con la ficción para, en el movimiento oscilante entre la realidad y la fabulación, la vigilia y el sueño, conseguir mostrarla, aunque sólo sea parcial y fugazmente, evitando a la vez su abrazo mortal. Pienso en Danilo Kiš, porque es a quien ando leyendo estos días, pero son más. Muchos. Los mejores. Unamuno, por ejemplo, aunque él pertenece también al otro frente en esta batalla: el de los ensayistas o pensadores sin escuela ni sistema ni discípulos; los que se permiten el lujo de pensar nada más y nada menos que en primera persona del singular. También se les conoce en los ambientes académicos como intelectuales de segunda fila, ensayistas-literatos o cualquier otro título ninguneante. ¡Ay, esos círculos dispensadores de prestigio o condescendencia, según la dirección en que se gire el grifo! ¡Vaya buenos ratos que nos estáis haciendo pasar últimamente a todos los que os guardamos algún resentimiento!

Jean Améry es uno de esos outsiders filosóficos que reflexionó con algunos medios tomados, en su mayor parte, del existencialismo sartriano, que es lo que más y mejor conocía, pero sólo sobre lo que le interesaba muy personalmente. Y es que hay asuntos que sólo así, entrañándolos como diría Unamuno, pueden salir a la luz. Paradojas.

Célebre, escalofriante, lúcido y refractario a cualquier apelación a la lástima y, por ello, sincero hasta lo implacable es su ensayo descriptivo (fenomenológico) sobre la experiencia de una víctima de la violencia, en su caso del nazismo, aunque, como todo lo verdaderamente singular, es universalizable. La experiencia del superviviente de la violencia, claro, porque el que no lo consigue, que es precisamente (más paradojas) la víctima consumada, más auténtica y verdadera, no puede por razones obvias compartir la que sólo ella ha vivido hasta su límite último: la muerte por la violencia de otro. Más allá de la culpa y la expiación se llama el ensayo, disponible en castellano, y en cuyo prólogo a la reedición de 1976 (la primera fue diez años antes) se puede leer lo que sigue, algo que comprende y supera con mucho lo que he intentado expresar antes sobre la paradoja del saber:

“Iluminación no equivale a clarificación absoluta. No todo me resultaba claro cuando redacté este opúsculo, tampoco hoy me lo parece y espero que jamás me lo parezca. Despejar toda sombra de duda implicaría también liquidar, archivar los hechos para poder incluirlos en las actas de la historia. Precisamente para que esto no ocurra he escrito mi libro. (…) Lo que ha sucedido, ha sucedido. Pero el hecho de que haya sucedido no es fácil de aceptar. Yo me rebelo: contra mi pasado, contra la historia, contra un presente que congela históricamente lo incomprensible y con ello lo falsea del modo más vergonzoso”.

Escribía Philip Roth en La mancha humana que “nada dura, y sin embargo nada pasa tampoco. Y nada pasa precisamente porque nada dura” y es que la historia es sólo pasado. Tiempo muerto y fosilizado, objetivado, que ni dura ni pasa porque ya pasó (cuando aún era tiempo, cuando aún era, sin más, y pasaba). Améry cita el “todo pasa y al final es como si nada hubiese sucedido” de Karl Kraus, como otra forma de decir lo mismo: que la historia mata y miente y que “Hegel es quizás me­nos grande de lo que se pretende hacernos creer hoy en día con una insistencia casi terrorista”. Quizá me he ido un poco del tema, pero nunca sobra recordar el antihegelianismo de mis héroes literarios.

Os recomiendo este ensayo incluso por encima del que hoy os presento. Presento y no reseño, pues he decidido que mis hasta ahora mal denominadas reseñas son más bien esto: presentaciones, me gustaría imaginarlas, de un amigo a otro.

Al igual que ocurría en Más allá de la culpa y la expiación, también la reflexión de Levantar la mano contra uno mismo tiene un límite infranqueable en la consumación del acto. Por ello no puede hablar por el suicida, sólo, como en su otro ensayo, aproximarse todo lo posible a la que puede ser esta experiencia y, haciendo uso de la empatía y la introspección, intentar aclarar su naturaleza. Lo más próximo al suicida, que ya ha dado el salto y realizado “lo indescriptible”, es la condición “absurda y paradójica” del que está a punto de darlo (el suicidaire), el que tiene un pie en el ser (la vida) y otro en el no-ser (la muerte), el que se dispone a saltar hacia nada (o saltar a la nada; o sea, pasar del “ser” al “no ser”, como si éste pudiera ser algo o la expresión misma tener realmente sentido).

Lo indescriptible y sólo paradójica y metafóricamente accesible. Los límites del lenguaje, que deberían ser, como decía Wittgenstein (citado en este ensayo crítica y laudatoriamente por sus propias y benditas contradicciones), los límites de mi mundo. Lo son y no lo son, porque el mundo es mucho más que esa realidad establecida intersubjetivamente de la que se puede hablar con claridad analítica, de la misma manera que el yo, en absoluto independiente de todas estas circunstancias, que diría Ortega, es irreductible a la colectividad, a la biología o, en general, a la vida y su lógica. Y para mostrarlo, qué mejor ejemplo que esa posibilidad exclusivamente humana de poner fin a la propia existencia. Si Améry tiene un valor filosófico es, para mí, éste: que no elude el matiz ni la contradicción, todo lo contrario, los busca y exacerba aunque el precio a pagar sea la renuncia a una respuesta unívoca. El discurso, al límite siempre de lo que se puede expresar, queda lejos del claro y distinto de la filosofía analítica. No es sino “un discurso desvalido, atacable y que cualquier bobo puede ridiculizar fácilmente. (…) Un discurso circular, repetitivo, que se esfuerza siempre por la precisión, pero sin alcanzarla nunca”.

El objetivo del ensayo es arrojar luz sobre la naturaleza del suicidio o la muerte voluntaria, sobre lo que supone y dice del ser capaz siquiera de planteársela y de su forma de existir o vivir, de ser-en-el-mundo. Pero también encierra una reivindicación de su dignidad frente a las “portadoras institucionalizadas del orden público”, la sociología, la psicología y la psiquiatría, las cuales toman en nuestros tiempos el relevo de la religión y convierten lo que fue el mayor de los pecados en una enfermedad, “sabiendo bien, y estando de acuerdo en ello, que la enfermedad es una vergüenza”. La enfermedad es una vergüenza y la muerte, en general pero especialmente la voluntaria, algo “sucio” que los ritos funerarios están encargados de limpiar. Hay cierta hipérbole, sin duda, en esta visión del duelo, destinada quizá a equilibrar la balanza de la, no tan evidente, mentira social y mostrarla así en toda su crudeza.

Esta reivindicación, y el autor nos lo advierte desde el principio del ensayo, podría malinterpretarse como una apología, pero es importante subrayar que no lo es. Como mucho es una rebelión. Esta vez contra la opresión de las mayorías, la lógica de la vida y esas supuestas ciencias del hombre para las que éste es un objeto y, por ello, se les escapa lo esencial: su subjetividad, yoidad o ipseidad (llamésmola como creamos más oportuno, ni Améry ni ningún otro outsider se va a entretener un instante en las precisiones terminológicas). Una rebelión contra los que se arrogan la autoridad para juzgar y absolver o condenar. No sólo porque el análisis del fenómeno mismo mostrará que, lejos de la “locura” o la enajenación, el hombre experimenta, en esa situación de inminente pérdida de sí, la evidencia de pertenecerse a sí mismo (en una liberación paradójica, como no podía ser de otra manera, de la “mentira” de la vida). No se trata sólo, por tanto, de una cuestión teórica o disciplinal, es que, además, ese juicio y su sentencia constituye una violación, bendecida científica y socialmente, de los derechos de una minoría:

“El depresivo o el melancólico para quien «el pasado es infame, el presente doloroso, el futuro inexistente», tal como describe su estado el profesional, es un enfermo tan poco enfermo como el homosexual. Simple­mente es diferente. La ciencia opina que ha perdido todo sen­tido de la proporción (…) Es la sociedad quien mide las «proporciones». Pero cada uno tiene a mano su propia vara de medir. Mi criterio tiene que ser consi­derado finalmente como válido, siempre y cuando no ponga en duda el conjunto de todas las experiencias. Estoy facultado para decir: el incidente que os parece nimio quizás lo sea pa­ra vosotros, no lo niego, pero para mí representa un acontecimiento vital decisivo, tanto como para que por su causa me dé la muerte. (…) No estoy dispuesto a so­meterme a un veredicto social sobre mi existencia y mis ac­ciones. Determinado, el veredicto, esencialmente por la funcionalidad. El melancólico que realiza su trabajo profesional con desgana y por ello de manera insatisfactoria, hasta que fi­nalmente ya no lo realiza en absoluto y se limita a estar encogido en la cama y dejar que las cosas le sobrevengan, ya no es utilizable por la sociedad, no funciona. La sociedad ha de ocuparse por tanto de que se le «cure», ya sea mediante parloteo psicoterapéutico, mediante electrochoques, o mediante qui­mioterapia, y si todo esto no ayuda, encerrándolo de vez en cuando. (…) No vacilo en decir que aquí la justicia so­cial no sólo comete un error, cosa que aún sería perdonable, sino un delito del cual no puede por menos que ser vagamente consciente. El parloteo, los choques y los preparados sirven en este caso para convertir a alguien que era de por sí diferente en otro que es aún-más-diferente. Un “yo” impuesto a un ser humano (…), producto cuestiona­ble de una intervención externa que le enajena de sus propios intereses”.


Dignidad, naturalidad y hasta una lógica propias. En este análisis no importan las causas, razones o motivos, conceptos con los que la opinión común y la psiquiatría intentan devolver a la normalidad establecida el acto de morir por la propia mano. Es una reflexión descriptiva y no causal que busca el común denominador de la experiencia suicida, lo que comparten los grandes poetas, el analfabeto que sufre un desengaño amoroso, el empresario arruinado o el adolescente suspendido, el enfermo y el sano, los que tienen “buenos” motivos, comprensibles y razonables para la mayoría (acepte o no la decisión misma) y los que, por el contrario, parecen haber perdido sencillamente la cabeza por minucias. No hay, y la conclusión tendría serias implicaciones en los debates sobre la eutanasia (que más que buena muerte, como ya planteé en otra ocasión, puede terminar convertida en una muerte socialmente respetable), suicidios justificados y no justificados, ni muertes, en general, más dignas que otras. La sociedad y la medicina juzgan: para ello tienen una ley, la de la vida. Lo que hace el suicida, en esa terrorífica situación común a todos, la previa al salto, al acto mismo, es negar esa ley: La vida NO es el bien supremo. Es una contradicción, pues no hay otra cosa que la vida. Como es una contradicción librar a un enfermo del sufrimiento procurándole la muerte cuando sólo los vivos pueden ser liberados del dolor. Como vivir para al final morir igualmente puede ser todavía más contradictorio y absurdo. Algunos (muchos más de los que creemos) dicen No a lo que la mayoría dice SÍ, pero tanto la negación como la afirmación resultan igualmente absurdas y paradójicas.

Y mientras Améry intenta pensar descriptivamente, o sea, revivir esa experiencia del que está decidido a morir por su mano, y la recorre de mil formas preguntándose si y en qué sentido es voluntaria o liberadora, o si responde, como la vida, a una ley propia y opuesta a la de ella, aprendemos mucho sobre temas filosóficos capitales. Sobre nuestro cuerpo, “lo propio más extraño”, que no poseemos, sino somos, aunque no del todo. O sobre el otro, a la vez amenaza y referente irrenunciable, pues estamos desesperadamente solos ante la muerte (cualquier clase de muerte), pero hasta en esa soledad miramos en su dirección buscándole. El otro que me juzga, condena y destruye, pero a la vez “es el pecho de la madre y la mano auxiliadora de la enfermera. Más que eso: es el Tú sin el cual yo nunca llegaría a ser un Yo. Lo que hacemos, lo que dejamos de hacer, está siempre referido al Otro, en odio, en pasión, en amistad, incluso en indiferencia. Salimos adelante sin Dios. No lo conseguimos sin el Otro, podemos llamarle sociedad, no es más que una cuestión de terminología convencional. Porque el Otro es nuestro destino, tan bueno o tan malo como nuestro Yo, nos acompaña hasta el final, como el Yo”.

El cuerpo, el otro y el tiempo, la cuestión crucial de cualquier reflexión filosófica que se nutra de la fenomenología y el existencialismo como es ésta. El tiempo sólo ante la inminencia de la muerte se vive auténticamente, es decir, como tiempo originario, vacío de las cosas y hechos que lo llenan y pasan, sí, pero pueden volver a repetirse, como objetos muertos que son, y ocultan su inexorabilidad. El tiempo que se revela, no como esa forma kantiana de la sensibilidad externa, sino como lo que es, “forma en un sentido profundísimo”, la de la conciencia de nosotros mismos, la del yo. Comprimido en un presente absoluto, a punto de ser arrancado de sí mismo y desvanecerse en el no-tiempo, el no ser y la nada de la muerte. Así vive, como en una revelación, el tiempo (un tiempo que siempre ha vivido sin poder percibirlo al constituir su ser mismo) el que está a punto de morir, de dejar de ser: de ser él, de ser tiempo.

Las contradicciones y paradojas no se resuelven. No acudáis a este ensayo en búsqueda de un final luminoso y feliz. No pinta bien para nadie, todos “so­mos dignos de compasión, todos somos conscientes de ello. Lloremos en silencio, con la cabeza gacha y con circunspec­ción a quien nos ha dejado en la libertad”.



jueves, 19 de abril de 2018

Cháchara primaveral

El jardín de Daubigny. Vincent van Gogh (1890)

Por J. Teresa Padilla


La primavera ya está aquí. Me he tenido que contener para no escribir el pareado de rigor: “La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido” (¡buah, ya lo he escrito).

La primavera empezó, según las ciencias involucradas, hace casi casi un mes, pero, como de costumbre, los conceptos científicos poco tienen que ver con las realidades cotidianas que identificamos con ellos. El equinoccio de primavera llegaría el 20 de marzo, no digo yo lo contrario, pero la primavera, no. Quién sabe si ha sido así en todo el hemisferio norte. Pongamos que hablo de Madrid.

Algo me pasa, pues todo lo que escribo me suena a frase ya hecha y repetida, en letra o música. Porque lo es, claro. Eso está mal, muy mal. Tanto despotricar en este blog sobre clichés, mantras y demás para nada. Lo único que me salva es que lo veo. Lo veo y me río. Más me salvaría, para ser de verdad sincera, borrarlo todo y empezar de nuevo, pero la primavera (¿por fin?) ha llegado y con ella la astenia se ha agravado. A la prueba me remito para afirmar que no hay mejor época del año que ésta para la mala poesía y los pareados. Y para la prosa despeinada; véase, en caso de duda, lo que sigue.

El tema es que, como diría un amigo, la primavera ha acaecido (¿otro pareado?): no sabes qué ponerte o quitarte, ni si te sofocas con razón o sin ella. Los niños salen con abrigo y vuelven en manga corta. En el patio al que da mi mesa de trabajo (aunque mesa de recreo sería la denominación adecuada a “la cosa misma”), más exactamente en el patio al que doy la espalda cuando me siento a ella, un gorrión macho (¿el mismo de todos los años?) canturrea, fanfarrón, apoyado en la salida de humos de la cocina de mi vecina de abajo, donde, año tras año, él mismo u otro (heredero o ladrón), construye su nido. Ni a su nidada ni a mi vecina parece molestarles tal hecho. Yo, desde luego, no voy a decir nada sobre las pelusillas y ramitas que este año empiezan a colgar fuera y a delatar al okupa. Espero que la gravedad haga su trabajo y esos escombros de la renovación anual del hogar avícola se desprendan antes de que lo vea mi vecina de arriba, a la que no sé cómo podría afectarle la cuestión, aunque seguro que, de enterarse, encontraría la manera de justificar su queja en la próxima reunión de vecinos, reuniones de las que suelo escaquearme precisamente porque temo que ver mi cara le recuerde todo lo que la molesta una, y desde mí, la del penúltimo, hacia abajo. Que no: no estamos aquí para pagar justos por gorriones.

El gorrión no canta muy bien que digamos, pero confía ciegamente en sus posibilidades, y eso es digno de admiración. Tendría mucho que envidiar al mirlo, por ejemplo, al que también oía a veces, aunque más temprano y no sé exactamente desde dónde, cuando todavía sacaba yo a la perra por la mañana temprano, pero no pierde el tiempo en comparaciones ociosas porque los mirlos a las gorrionas, que son las espectadoras que le interesan, como que les dan igual por muy chulos que se pongan con sus gorjeos y picos naranja fosforito.

El patio de mi casa, que es particular, está luminoso y cantarín en primavera. No puedo decir lo mismo de mi calle. Como en cualquier casa privada, el Ayuntamiento también espera la llegada del buen tiempo para hacer sus reformas y, en consecuencia, tengo a un pobre hombre con un martillo neumático abriendo una zanja a lo largo de la acera de enfrente. De nueve de la mañana a cinco y media de la tarde. Me pondría en plan Marías (Javier) para quejarme de la gran obra maestra que tal estruendo está entorpeciendo o de la falta de respeto y previsión de los responsables políticos, que, si mal no recuerdo, ya mandaron abrir la misma zanja hace un año, pero, para mí, el que de verdad tiene derecho a quejarse es el que maneja ese instrumento del demonio. Apenas avanza (se ve que el subsuelo de mi calle está más duro que mi mollera, será por el cemento nuevo con el que lo rellenaron el año pasado), los cascos quizá sirvan de algo a sus tímpanos, pero al resto de su cuerpo, que se ve vibrar con el dichoso martillo, me da que no. Y encima, el buen hombre se detiene cuando ve que se acerca por la acera alguien con un carrito de niño y espera a que se aleje un poco antes de proseguir. Para hacer un descanso, me corregirá algún listo. Pues no: para echar agua al martillo, que al parecer se calienta por la fricción (caprichos de la física). Lo que, tras mi sobresalto ante una inminente electrocución, me ha enseñado algo nuevo, y es que estos artilugios no van, como decía mi abuela, con la luz (“neumático” era, hasta hoy, un significante adjetivo vacío para mí, una especie de nombre propio). También me ha abierto los ojos a todos los detalles que se pierden los Marías (Javieres) de este mundo, los cuales, centrados en su ombligo, no han visto en acción a estos héroes, sin exagerar, de las infraestructuras. Eso sí que hace imposible lo de la obra maestra. Que le echen la culpa a los ladridos de los perros, a los martillos neumáticos o al resto de la humanidad ruidosa que ha tenido la osadía de existir. ¡Atención a los detalles! ¡Ése es el problema! ¡Que se supone que habéis leído a Proust! (o de eso presumís, ¡fantasmas!).

Acabo. En mi defensa y la de este texto tengo dos hechos que alegar. El primero, aunque menos importante: que de las tres interacciones sociales que he tenido esta semana, al margen, claro está (o no, pero lo aclaro), de aquéllas con quienes convivo y la pobre de mi madre, que, por diferentes motivos, no cuentan, dos me han acusado de no parar de hablar, llegándome a aconsejar una de ellas que lo practicara más en el día a día para reducir luego la acumulación de cháchara inexpresada. Dos de tres, y porque lo que la tercera me contaba era de lo que sólo admite un beso o un abrazo por respuesta. Un porcentaje demoledor. Aunque para darle la murga a mi perra, el único ser con tiempo y buena voluntad que tengo a mano, la escribo y, de paso, practico con vista a la obra maestra y tal.

El segundo hecho es una foto: la de un niño en una maleta. Con la cabeza asomando, viajando como en los transportes públicos los perrillos en sus bolsos. La habréis visto en los periódicos o en las redes. No puedo, por muchas razones, reproducirla aquí. La imagen, dolorosa, me recordó una historia que mi padre me contaba. Una historia nada triste o penosa, todo lo contrario, sobre mí y una maleta. Al parecer, yo también fui una niña en una maleta, pero en un contexto tan distinto que hace de ese “también” una completa aberración. Fui una niña a la que mi padre, primerizo, dio miedo acostar a mi llegada a casa recién nacida en la cuna que tenía preparada, la cual le pareció enorme y fría. Tenía previsto que usara el capazo del coche de paseo que había encargado para mí en El Corte Inglés, pero aún no lo habían recibido, así que improvisó y me preparó una camita dentro de una maleta de esas rígidas de entonces. Había pensado escribir sobre ello (La niña de la maleta, se iba a titular), pero de pronto me sentí culpable o avergonzada por que la tragedia de un niño me hubiera servido para rememorar esta anécdota feliz. En el fondo puede que también yo sea ese personaje gruñón y narcisista del que me he mofado un poco hoy. O peor aún: a diferencia de él, me doy cuenta y lo disimulo. Menos mal que acabo de leer a Jean Améry que nadie puede amarse u odiarse a sí mismo, que no tiene de sí la distancia precisa, que, cuando cree hacerlo, lo “hace siempre de manera indirecta, interiorizando, transitoria y revo­cablemente, la mirada de los otros, percibida a través del len­guaje”. Pues eso. No os he dicho nada, ¿eh?



jueves, 12 de abril de 2018

Contra toda esperanza

Contra toda esperanza. Memorias. Nadiezhda Mandelstam.

Acantilado: Barcelona, 2017. 656 pp. 29 euros.


“Todavía no estás muerto. Todavía no estás solo.
Con tu amiga la mendiga
gozas de la grandeza de las llanuras,
de la niebla, del frío y de la nevada.

Vive tranquilo y consolado
en la pobreza opulenta, en la miseria poderosa.
Son benditos los días y las noches
y es inocente la fatiga dulce y sonora.

Infeliz aquel que, como su sombra,
teme el ladrido y maldice al viento.
Y miserable aquel que, medio muerto,
pide limosna a su propia sombra".

(Ósip Mandelstam, Cuadernos de Voroneth, 15-16 de enero de 1937).


Por J. Teresa Padilla

“De sus ochenta y un años de vida, Nadiezhda Mandelstam pasó diecinueve como la esposa del poeta ruso más grande de su siglo, Ósip Mandelstam, y cuarenta y dos como su viuda. El resto fue niñez y juventud. En los círculos cultos, y en especial entre la clase ilustrada, ser la viuda de un gran hombre bastaba para conferir una identidad. Esto sucedía especialmente en Rusia, donde en los años treinta y cuarenta el régimen creaba viudas de escritores con una eficiencia tal que a mediados de los años sesenta había un número suficiente como para haber organizado un sindicato”.
Así comienza el obituario que Joseph Brodsky, originalmente Josif Brodski u Ossia el joven (como se le llama en este libro), escribió para ella en 1980 y se incluye como prólogo en esta edición de Contra toda esperanza, que también recoge la traducción de otra grandísima mujer, Lydia Kúper, autora, a una edad provecta (como la de Nadiezhda cuando escribió estas memorias), de la probablemente mejor traducción de la monumental Guerra y paz.

Nadiezdha Mandelstam no fue simplemente la viuda de Ósip Mandelstam. Fue su memoria, la del poeta y la de sus versos, inseparables dada la carga ética, la responsabilidad que ambos atribuyeron a la literatura: “Los poetas no pueden ser indiferentes ante el bien y el mal, y jamás dicen que todo lo existente es racional” (frente a Hegel, ¿cuántas veces van ya en mis textos?, y toda su nefasta progenie). Sin Nadiezdha, lo que Mandelstam fue, lo que escribió, habría terminado, como su propia vida, succionado por la oscura lejanía del gulag.

Foto: tygodnikprzeglad.pl

Resulta complicado decir quién debe a quién ser el que ha terminado siendo. Lo más seguro es que se lo deban mutuamente. Lo que a mí me importa dejar claro es que éstas no son las memorias de una viuda ilustre (apenas habla de sí misma o de su vida previa a la que compartió con el poeta), ni siquiera una recopilación de recuerdos sobre el "gran hombre" y su vida en común. Es una reflexión sobre los orígenes del terror y el totalitarismo, sobre la génesis del poema y la extraña y mágica condición del poeta, sobre la belleza de algunos seres humanos y la mezquindad de otros. Sobre lo fácil que es claudicar y traicionar, entre otros, a uno mismo. Es también un lúcido ejercicio de introspección y empatía. De un amor alejado de cualquier cliché, que nunca se menciona directamente pero sobrevuela todo el texto imponiéndose sobre cualquier otra cosa, como la denuncia de la miseria material y moral de la tiranía soviética o el ajuste de cuentas con personajes concretos. El "gran hombre" está muy lejos de ser un dios o un enviado por los dioses, en este caso de la Palabra, para mediar entre ellos y los hombres. O puede que no, si consideramos posible, como en la historia de Cristo, que esos seres tocados por la divinidad de una u otra forma estén condenados al escarnio, la tortura y la muerte. Lo que es indudable es que Mandelstam aparece como “el hombre al que se le caían los pantalones y que carecía de toda entonación teatral, aquel mismo hombre que era llevado bajo custodia a cualquier hora del día y de la noche” y que “no dudaba, pese a todo, de su derecho a escribir libremente”. Un hombre que enloquecía de terror, pero al que nunca se le olvidó, sobre todo con la poeta Anna Ajmátova (la otra coprotagonista de estas memorias), reír. “Los dos eran difícilmente educables”, dice con orgullo Nadiezdha. Ella, también.

Pero prefiero que leáis a esta mujer increíble que, contra todo pronóstico, consiguió salvar todo un mundo al borde de la desaparición; un mundo cuyo despeñamiento logra contener con la única fuerza de la fragilidad de una edad avanzada, una portentosa lucidez y memoria, y una vida de dolor y privaciones. “El poeta”, dice Nadiezhda, “al tiempo que escribe sus versos, va comprendiendo la realidad, porque en ellos existe un elemento de anticipación del futuro”: no ve bien de cerca, “el presente, pero sí el futuro”. Es el adivino, sí, el bendecido por la gracia de la palabra. El médium entre la lengua y nosotros. El poseído. El enajenado. La prosa viene, como dice Brodsky, tras ella, la poesía. También la de Nadiezhda. Pero viene a salvarla, a conservarla, a ser su conciencia, a volverla en sí, a honrarla, a devolvérsela a los hombres, a cuidarla. El cuidado, esa labor reservada tradicionalmente a la mujer y que está en el origen mismo de la palabra cultura. La supervivencia del testigo y su testimonio es, a fin de cuentas, la prueba del triunfo de la civilización sobre la barbarie, “la mejor demostración de que la victoria definitiva pertenece siempre al bien y no al mal”. Finalmente, Nadiezdha, pese a lo “engañosa e ilusoria” que la considera tantas veces, hace honor a su propio nombre: Esperanza.


Apéndices nada accesorios.

I) Cosas de Nadiezdha sobre:

La poesía y el poeta.
“En 1930 comprendí por primera vez cómo nacen los versos. Antes sólo sabía que se había producido un milagro: había surgido algo que anteriormente no exisitía”.
“Los labios son el arma de producción de un poeta, ya que trabaja con su voz. El murmullo de los labios que trabajan asemeja al flautista y al poeta. (…) El murmullo de los labios «que recuerdan». (…) En el proceso de la creación poética hay como una evocación de algo que jamás había sido dicho aún. (…) Los versos viven su auténtica vida tan sólo en la voz del poeta y la voz del poeta continúa viviendo en ellos para siempre” (extraído del capítulo “Murmullos y susurros”, una maravilla de principio a fin).
“Me gustaría contar lo que significaba la palabra para él, pero hacerlo es superior a mis fuerzas. Pienso, tan sólo, que él sabía cómo era la «forma interna de la palabra» y la diferencia entre la palabra como signo y como símbolo”.

El totalitarismo y el terror:
“Un buen día tuvimos miedo del caos y todos anhelamos de pronto un poder fuerte, una mano poderosa que encauzara los revueltos torrentes humanos. Tal vez el temor sea el más estable de nuestros sentimientos (…) Queríamos rectificar el curso de la historia, acabar con los baches en el camino para que no hubiera nada imprevisto y todo se desarrollase de forma suave y uniforme. Y ese anhelo preparó psicológicamente la aparición de sabios capaces de señalarnos el camino a seguir. Y como había sabios, no nos atrevimos a obrar por nosotros mismos sin directivas y esperamos indicaciones precisas y recetas exactas. Y puesto que ni tú, ni yo, ni él somos capaces de confeccionar una mejor lista de recetas, tenemos que dar las gracias por la que nos suministran desde arriba. (…) Ciegos como éramos, fuimos nosotros mismos los que defendimos la unanimidad de criterios, ya en cada divergencia, en cada opinión particular, veíamos aparecer de nuevo la anarquía y el indescriptible caos. (…) Y así vivíamos, así cultivábamos nuestra inferioridad. (…) Éramos, en efecto, seres inferiores y no se nos pueden exigir responsabilidades. Y sólo nos salvan los milagros”.
“Escogimos todos el camino más fácil: callábamos en la confianza de que no nos matarían a nosotros, sino al vecino. No sabíamos siquiera quién entre nosotros mataba y quién se salvaba, simplemente, gracias a su silencio”.
“Cada ejecución se justificaba diciendo que estaba construyendo un mundo donde no habría violencia y todos los sacrificios eran pocos para esa «nueva sociedad» sin precedentes. Nadie se percató de que el fin comenzaba a justificar los medios y luego, como siempre ocurre en estos casos, había desaparecido gradualmente”.
“Es imprescindible comprender el significado de todo lo ocurrido. El humanismo del siglo XIX sufrió una dura crisis, se derrumbaron todos sus valores éticos porque se basaban únicamente en las necesidades y deseos del ser humano o, simplemente, por su anhelo de ser feliz. El siglo XX, por el contrario, nos demostró con meridiana claridad que el mal posee una inmensa fuerza de autodestrucción. En su devenir aboca irremisiblemente al absurdo y al suicidio. También comprendimos, por desgracia, que el mal al autodestruirse puede acabar con toda la vida en la tierra y eso no lo deberíamos olvidar. Sin embargo, por mucho que la gente proclame a voz en grito verdades tan simples, las oírán solamente aquellos que no quieran el mal. Además, todo eso ya existió y caducó, y volvió a empezar, pero siempre con mayor fuerza y amplitud. Afortunadamente yo no veré ya lo que nos depara el futuro”.

La muerte:
“La muerte del artista no es una casualidad, sino el último acto creador que como un haz de rayos ilumina toda su vida. (…) El final y la muerte son elementos de la estructura de la vida, potentísimos, a los que se subordina todo lo demás. (…) Mandelstam condujo su vida de modo autoritario hacia el final que le acechaba, a la forma de muerte más extendida en nuestro país, «en tropel y en manada»”.
“Nadie lo vio muerto. Nadie lavó su cuerpo. Nadie lo colocó en un ataúd. En su febril delirio los mártires de los campos no saben distinguir el tiempo, no diferencian la realidad de la ficción. (…) Sólo sé una cosa: Mandelstam dejó de sufrir; su vida de mártir acabó en alguna parte. Así termina toda vida. Antes de morir, yacía sobre una tarima y en torno suyo pululaban otros condenados. Probablemente esperaba un paquete. No se lo entregaron o no llegó a tiempo. El paquete fue devuelto. Para nosotros fue la prueba y notificación de su muerte. Para él, que esperaba el paquete, su ausencia significaba la muerte de todos nosotros. (…) El paquete volvió a mis manos y yo, que rezaba para que terminasen sus padecimientos, me tambaleé ante la ventanilla cuando la empleada de correos me comunicó esta última e inevitable buena nueva.

Y después de su muerte -¿no sería antes de ella?- vivió en las leyendas de los campos como un viejo demente de setenta años con una escudilla para comer gachas, que en tiempos había escrito poemas y que por ello se apodaba «el poeta». Y otro viejo -¿no sería el auténtico Mandelstam?- vivía en el campo «Vtoráya Rechka» y estaba incluido en la expedición a Kolyma y muchos consideraban que era Ósip Mandelstam, y yo no sé quién era él”.

II) Hasta aquí una pequeña muestra de la sabiduría y hasta poesía de la prosa de Nadiezdha Mandelstam. Sólo me queda añadir, para cerrar el círculo y esta entrada, otra de lo que gracias a ella sobrevivió. Tan suya, probablemente, como del hombre que amó.

“I

Hacia la tierra vacía, cojeando sin querer,
con desigual y dulce paso
ella camina, adelantándose apenas
a su rápida amiga y al joven que le lleva un año.
La arrastra la libertad oprimida
del defecto que la anima.
Y parece que una clara sospecha
no quiere detenerse a su paso.
Esta temprana primavera
es para nosotros madre
de un cuerpo muerto.
Y todo va a comenzar eternamente.

II

Hay mujeres que nacieron en una húmeda tierra.
Cada uno de sus pasos es un sollozo sonoro,
y su vocación, acompañar a los muertos
y ser las primeras en saludar a los que resucitan.
Pedirles caricias es un crimen
y separarse de ellas, imposible.
Hoy ángel, mañana gusano en la tumba
y pasado mañana sólo un difuso contorno.
Lo que fue un paso se hace inaccesible.
Las flores son inmortales. El cielo, denso,
y el futuro sólo una promesa”.

(Ósip Mandelstam. Cuadernos de Voroneth. 4 de mayo de 1937).