miércoles, 24 de mayo de 2017

De astenias, un vestido de novia y otros males primaverales

Por Esperanza Goiri

La primavera en su esplendor

Los cambios de estación siempre me han sentado mal, pero de todos ellos el que más acuso es el paso del invierno a la primavera. Sé que ésta es una época muy bien recibida y con buena prensa en general: reverdecen los árboles, las abejas se lo montan con todo tipo de flores entre alegres zumbidos, la sangre de los mamíferos, incluida la humana, se altera. Brotan por las calles niños disfrazados de almirante y mini novias de diez años; los jardines y parques se llenan de gente ansiosa de absorber el más mínimo rayo de sol; las terrazas y chiringuitos reciben la temporada rezumando claras y sangría, y en los supermercados nos incitan tentadoras las primeras sandías y cerezas. ¿Qué hay de malo en todo ello? A priori, nada.

Sin embargo, pertenezco al grupo de seres que sufren la denominada astenia primaveral. La desgana y la apatía unidas a bruscos e imprevisibles cambios de humor nos invaden y cualquier labor, por rutinaria o nimia que sea, nos parece digna de Los trabajos de Hércules. Padecemos alteraciones del sueño que nos hacen vagar por las calles como acelgas lacias a la espera de tiempos mejores (en mi caso el ansiado otoño). Sí, me salto el verano, que merece texto aparte por sus agobiantes y maquiavélicos ritos y hábitos.

El caso es que al cumplir con ese quehacer, odioso por demás, del cambio de ropa por temporada, llené dos bolsas con prendas en buen estado, pero prescindibles, y me encaminé a un establecimiento donde les dan salida y un porcentaje de su venta se destina a fines sociales. Estaba en la tarea de meter los sacos en el contenedor, preparado al efecto para la recogida, cuando lo vi en uno de los escaparates.

Vestido nupcial

Luciendo en solitario, sin ningún tipo de artificio o elemento decorativo, el maniquí, sin rasgos ni tocado, estaba ataviado con un traje de novia. El vestido no era ni bonito ni feo, ni sobrio ni pomposo, ni clásico ni moderno… no sabría como describirlo. Mi astenia y yo, nos quedamos embobadas mirándolo a través del cristal. Supongo que por la sorpresa y el halo de desamparo y tristeza que emanaba de él. Miles de conjeturas y suposiciones pasaron por mi mente a toda velocidad. ¿Quién se habría desprendido de él? ¿Una novia despechada o burlada a pie de altar? ¿Quizá una chica harta de que le hubieran impuesto ese modelo nupcial? Podría tratarse de una mujer que lo habría guardado con mimo durante años, esperando la ocasión para vestirlo que finalmente nunca se presentó. Claro que nada impedía que fuese una donación de esas que hacen los parientes, cuando vacían la vivienda para su venta, de un familiar fallecido. Pero más intrigante era imaginar quién lo compraría. Un vestido de novia es una prenda muy personal e íntima y ese marco en el que se exponía era tan desangelado y poco glamuroso que era difícil suponer que atrajera a posibles compradoras. Tal vez alguien sin posibilidades, resignada a su ajustado presupuesto, dejando de lado romanticismos y tópicos. O algún figurinista para una obra de teatro de aficionados. A lo mejor, simplemente, una chica para quien la boda es un mero trámite y no está dispuesta a invertir tiempo y esfuerzos en buscar el “traje soñado”.

Seguía fabulando pegada al cristal, ajena a todo, cuando advertí la presencia de otra mujer que también miraba el vestido y exclamó para sí misma más que para mí: “Mira qué bien, mañana mismo traigo el mío; no me había atrevido por mis hijas, pero para la vida que me ha dado el “cerdo” con el que lo estrené hace ya treinta años, deseando estoy perderlo de vista”. La señora siguió su camino con decisión. Mi astenia y yo, un poco más mustias si cabe, nos fuimos a la farmacia a comprar melatonina y antihistamínicos. No hay nada mejor para ponerte en tu sitio que un golpe de realidad.



miércoles, 17 de mayo de 2017

Primavera en Madrid

Por Marisa Díez

Quien me conoce un poco sabe de mi desastroso sentido de la orientación. Me viene de familia, pero en mí se ha convertido en una especie de patología para la que no existe un tratamiento adecuado. Me pierdo continuamente. Si me decido a ir andando a un sitio concreto, existe alguna posibilidad de que llegue a mi destino sin sobresaltos importantes, más allá de alguna vuelta extra a la manzana. Pero si, por el contrario, necesito coger el coche, lo único que se me ocurre es encomendarme a todo el santoral en busca de una ayuda extra que me permita alcanzar la meta sin antes morir en el intento. Así que, jamás me desplazo por la ciudad en otro medio que no sea el transporte público. Yo, sin el metro, es que no soy nada.

Dehesa de la Villa
Por eso y porque la mejor manera de conocer Madrid, como cualquier ciudad, es paseando, a menudo me entrego al placer de caminar por sus calles. De esta manera he conseguido hacerme con un puñadito de rincones que considero poco menos que de mi propiedad. Al fin y al cabo, llevo medio siglo luchando por sobrevivir en esta loca urbe, la misma que muchas veces es capaz de dejarme exhausta para, al minuto siguiente, convertirse en un remanso de paz en cualquier recóndita esquina.

Cuando la meteorología me regala los primeros días de primavera en Madrid, me calzo las deportivas y me dirijo sin dudar a la Dehesa de la Villa, el parque de mi infancia. Ya sé que no se trata del más conocido, y que carece del pedigrí y el clasicismo del que disfruta, por ejemplo, el parque del Retiro, pero a mí me gusta infinitamente más. En cuanto puedo me escapo a pasear por cualquiera de sus sendas, ahora señalizadas, y sin ningún esfuerzo me traslado de repente a otra época, unas cuantas décadas atrás, cuando caminaba de la mano de mi padre o soltaba deprisa la de mi madre para subirme en el columpio que, justo en ese momento, se acaba de quedar libre. Cierro los ojos y escucho a la chicharra cantar, me lanzo a recoger piñones y distingo con claridad el olor de los pimientos y la tortilla en la tartera, a la vez que escucho, a lo lejos, una voz inconfundible que grita sin cesar: “¡Hay bombón helado!”.

Plaza de la Villa. Manuelgme
Hacia Moncloa casi podría llegar a juntarse con el Parque del Oeste, el segundo en la lista de mis preferidos. Estoy segura de que debido a mi comentada incapacidad para orientarme, hoy me resultaría imposible encontrar, entre sus recovecos, su conocida Fuente de la Salud sin un buen plano o gps en mi mochila. Recuerdo algo parecido a un pequeño caño, surgido de una roca, del que manaba la mejor agua de Madrid que he probado nunca. Jamás he olvidado ese sabor, que no acertaría a definir, mezcla de manantial o minerales. El agua sabía, no sé, ¿quizás a agua…?

Sí, de niña solía frecuentar los parques, también el de mi barrio, el parque de los Pinos, hoy convertido en un lugar casi desconocido, perfectamente delimitado y dividido por sucesivas reformas que le han dejado desprovisto de ese encanto natural y un poco salvaje que le convertía en un espacio único.

De mi ciudad me gustan muchos lugares, pero detesto otros. Jamás me he sentido cómoda paseando por la Gran Vía y aledaños. La plaza de Callao me ha parecido siempre un horror, y el eje comercial de Preciados y el Carmen, agobiante hasta la extenuación. A la Puerta del Sol, como lugar de encuentro inevitable, le reconozco un cierto sabor provinciano que descoloca al visitante que la pisa por primera vez. Prefiero avanzar unos metros y perderme por el barrio de los Austrias. Me llevé un disgusto cuando Gallardón decidió llevarse la sede del Ayuntamiento a Cibeles, porque la plaza de la Villa tiene para mí un encanto especial, como de cuento. Por la noche, a la luz de las farolas, incluso jurarías haberte tropezado con un caballero envuelto en una capa que se acerca a ti con aspecto inequívoco del siglo XIX. Atravesar la plaza, por la calle del Cordón, dejando a un lado la torre de los Lujanes, hasta desembocar en la calle Segovia, es uno de mis paseos preferidos por el centro de la ciudad.

Plaza del Dos de Mayo
La sede del Ayuntamiento, ahora en Cibeles, resulta espectacular, aunque tiene sus detractores. Para los madrileños, el edificio que lo alberga siempre será “Correos”, aunque ahora lo denominen Palacio de Telecomunicaciones, que suena mucho más fino. Nuestra fuente es emblemática, casi tanto como el oso y el madroño, desde mucho antes de que el Real Madrid se la apropiara para festejar sus éxitos deportivos. Un poco más abajo, en pleno paseo del Prado se levanta la fuente de Neptuno, templo de los atléticos y también espléndida, aunque, a su pesar, nunca llegó a alcanzar la gloria de la diosa.

Otra caminata por el barrio de Las Letras y su calle Huertas, hasta la plaza de Santa Ana, puede resultar de lo más gratificante, a pesar de la marabunta de turistas que cada fin de semana inundan sus terrazas y restaurantes. O, en otro extremo, caminar por el castizo barrio de Chamberí, admirando las fachadas de los antiguos palacetes que se alzaban en su zona más noble y que en la actualidad, perfectamente rehabilitados, se han convertido en la sede de cualquier empresa de renombre.

Pero mi paseo por Madrid nunca terminará sin visitar el barrio de Malasaña. Podría darme una vuelta hacia la calle Bailén, dejar atrás el Palacio Real y desembocar en el Viaducto, para adentrarme después poco a poco en el sin par barrio de la Latina. Pero si me dan a elegir, no cambio mi cervecita bien fría en cualquier terraza de la Plaza del Dos de Mayo, donde el tiempo parece haberse detenido en algún momento de los añorados ochenta, mientras desde algún local cercano, la voz del más famoso cronista musical de la villa me recuerda que la primavera sabe que la espero en Madrid.



miércoles, 10 de mayo de 2017

El libro contra la muerte

El libro contra la muerte. Elías Canetti.

Galaxia Gutenberg: Barcelona, 2017. 400 pp. 23,50 euros


“Más allá de cualquier moral albergo un sentimiento indeciblemente fuerte, omnipotente, del carácter sagrado de cada vida, sí, de todas y cada una de ellas. (…) No hay en mí ningún otro sentimiento tan intenso e inamovible. No reconozco ninguna muerte. Y, así, los que han muerto siguen vivos para mí, no porque me exijan nada, ni porque les tema, ni porque pudiera pensar que algo de ellos perdura, sino porque no deberían haber muerto”.

Por J. Teresa Padilla

El libro contra la muerte es El libro de los muertos reeditado y completado con otros apuntes de Canetti, la mayoría inéditos, que terminan doblando prácticamente su extensión. Como yo no conocía El libro de los muertos, ni me he planteado si valdría o no la pena esta edición que se pretende definitiva de los escritos de Canetti sobre un tema que él mismo no duda en calificar de obsesión (aunque me da que sí, porque no le sobra una página). Una obsesión que a veces le tortura, pero de la que no se avergüenza jamás salvo cuando está tentado de rendirse. Y para entonces ya nos había advertido que no se lo tuviésemos en cuenta. En esos momentos el autor se revuelve contra sí mismo y se insulta como páginas antes y después escupirá y maldecirá a la Bestia. Porque no nos encontramos ante una serena y sensata meditatio mortis. Esto es una guerra. Literalmente: las armas que se pretende atraviesen como lanzas el corazón de la muerte son las palabras (“tengo que agarrarla donde pueda y clavarle aquí y allá las primeras frases que encuentre a mano”) y la escritura, incesante e inconclusa, la propia lucha (“¿Puedes dejar de escribir por fin? ¿Por ejemplo cuando hayas terminado este libro? / No, no puedo. No podré jamás. / Entonces nunca podrás hacer las paces con la muerte. Nunca”).

Es por ello que el libro como tal no existió ni pudo hacerlo en vida de su autor, quien, aunque a lo largo de sus páginas planea a veces cómo debería o podría ser, se rinde finalmente a la evidencia de que no será otra cosa que lo que tenemos hoy: un conjunto de textos fragmentario y póstumo que comenzó a escribirse en 1942 y al que sólo puso el punto y final la propia muerte de su autor en 1994.
Sepultura de Canetti (cementerio de Fluntem, Zurich). Foto: Lars Haefner

¿La guerra entonces, como era previsible –nos decimos los razonables barberos y bachilleres-, se perdió? Sorprendentemente, no. Lo que decide la derrota o la victoria aquí no es la propia muerte ni mucho menos la muerte propia. Esto era desde el principio una guerra frente a la autoridad, el poder, la naturalidad o la dignidad que atribuimos a la muerte. Todas esas mentiras con la que nos engañan o engañamos para resignarnos y morir o, lo que es peor, para matar.

Apostaría fuerte por que Canetti nunca leyó a Unamuno, y yo, que sí lo he hecho, no puedo dejar de reconocer la superioridad del bilbaíno en su rechazo quijotesco y cristológico de la muerte y en la apuesta (credo quia absurdum) por la inmortalidad. Que no se me alegue en contra la religiosidad de uno frente al ateísmo declarado del otro (“aquel al que más odio, el inventor y custodio de la muerte: Dios”), pues éste mismo declara expresamente que sus convicciones contra la muerte “constituyen propiamente una religión”, “una nueva religión que no reconoce la muerte”, pues “religión es el sentimiento de unión con los muertos”.

Hay, sin embargo, una enseñanza, para mí cuando menos, original y muy poderosa en este libro que, obligado por su objeto de estudio, por la oscuridad que rodea sin solución al enigma que llamamos “muerte”, anda tanteando y busca orientarse a ciegas recogiendo las leyendas y ritos funerarios de otras culturas, indagando en las “soluciones” (o “disoluciones”) religiosas y filosóficas al problema, analizando y confesando la tiranía íntima de nuestros muertos (unas veces) y nuestra cobardía al dejarles morir (otras). Canetti, ensayista ecléctico donde los haya, prueba diferentes ideas y frases en su acecho y caza de la muerte, pues en la guerra vale todo: la reflexión, el razonamiento, pero también la superstición y el mito. Y encuentra algunas muy potentes, pero ninguna que se pueda comparar a la de la injusticia y toxicidad de la muerte:

“Nadie hubiera debido morir jamás. El peor delito no merecía la muerte, y sin el reconocimiento de la muerte nunca hubieran existido los peores delitos”.

El hombre (todo lo vivo, pero sólo el hombre es consciente de ello) está condenado a muerte. La muerte es justo eso, una condena, no algo natural ni digno. Y para colmo una condena impuesta injustamente, porque lo está desde el principio de nuestros días, por un supuesto pecado original de los padres del género humano (de todos los posibles relatos “míticos” que la legitiman, Canetti no puede evitar situarse en el bíblico). Pero en lugar de rebelarse contra esta injusticia (salvo en determinadas formas de duelo), el hombre se entrega a ella. Se resigna. A morir un día, sí, pero sobre todo a que los demás mueran, incluso a sus manos, con tal de retrasar ese día todo lo posible. Rendirse a la muerte supone convertirse en un asesino. La muerte es un veneno que todo lo emponzoña, una “úlcera cancerosa que lo contagia todo”. Aceptar su irremediabilidad es aceptar la posible bondad del asesinato. La injusticia de la muerte legitima nuestra propia injusticia:

“A cada uno de nosotros, incluso los peores, nos queda la disculpa de que nada de lo que hacemos se acerca a la perversidad de esta condena decretada de antemano. Tenemos que ser malos porque sabemos que hemos de morir. Seríamos aún más malos si desde el principio supiéramos cuándo”.

Ésta es la idea que da fuerza y sentido a la aparentemente inútil lucha contra la muerte: luchamos, más que por nuestra vida, por nuestra humanidad, por nuestra posibilidad de bondad y de una vida que merezca ser vivida. Esta idea es la que convierte una obsesión difícilmente explicable en un proyecto moral dotado de esa belleza que tienen las victorias imposibles. Esta idea es la maravillosa aportación al tema de este apasionado e incontinente escritor sefardí.

La guerra contra la muerte se convierte entonces en una lucha religiosa (“No aceptarás morir” es el complemento oculto y necesario del primer mandamiento: “No matarás”). Una lucha por el sentido y el bien, porque la muerte es absurda e injusta. La muerte es el arma del Poder, un poder que siempre, por naturaleza, es violento, porque aspira al Todo y niega (asume y supera, como dice la fenomenología hegeliana de la historia, ese “horror”, afirma Canetti, con el que “no hay nada que hacer, nada de nada”) al individuo único e irrepetible que es siempre el que muere. Porque son ellos, cada uno de ellos, los que mueren incluso cuando “se muere en masa”, expresión inexacta donde las haya. “Un muerto y uno más no son dos muertos”. He aquí otra de esas frases potencialmente letales para la propia muerte en esta guerra interminable.

“Cada ser humano vale por ; por su –no por la- historia. Cada cual es incomparable. A cada cual hay que verlo como si no hubiera habido nunca nadie más en el mundo”.

Elías Canetti (autor y fecha desconocidos)






Otro antihegeliano (ya van unos cuantos en este blog, ¡alabados sean todos y cada uno de estos justos!), que ve claramente que esa Idea hegeliana que todo lo asume y justifica no es la Razón (una razón siempre diferida y que se coloca por encima y más allá de la razón práctica, de la moral o la ética, más allá de todo lo que no sea ella). Despojada de su vestimenta, esa brillante circularidad y rotundidad teóricas, muestra su verdadera faz, que es la de la Nada, el infierno de la nada, el nihilismo, la muerte. Es Hegel quien mató a Dios al identificarlo con ese Absoluto para el que todo, incluido el Mal, está justificado; Nietzsche sólo lo hizo público. Y es este Dios, la peor y más pervertida versión de Yahvé, contra el que Canetti, no sé hasta que punto consciente de ello, blasfema con saña y razón en este libro.

“Sigo sin creerme que tengo que morir, pero lo sé”, y es que saber que se va a morir no es lo mismo que sentirse condenado a muerte. Lo primero supone la aceptación de la muerte como algo natural, dado por supuesto, inevitable. Algo que está ahí, aunque separado de la vida como un mundo aparte, pero mundo al fin y al cabo. Todas esas cosas que dicen los aliados de la muerte, vivos y sanos, esa masa ingente de cobardes que se esconden en la religión o en la ciencia (la religión de los descreídos) y renunciaron a luchar o nunca han sentido la necesidad de hacerlo. Hasta que los soldados de vanguardia en esta guerra (Canetti, Unamuno…) o las enfermedades lentas y mortales nos despiertan. No se trata entonces, no nos confundamos, de luchar por la supervivencia: Darwin es, como Freud, Nietzsche o Heidegger, otro de los que “convierten en sabiduría lo que es capitulación”. La lucha por seguir viviendo muy probablemente nos convierte en cómplices de la muerte. ¿O no hay algo en el fondo perverso en el deseo de pertenecer a ese 15% de los que sobreviven a una enfermedad? ¿No se desea a la vez que sea el otro el que engorde el 85% restante? ¿No sería la victoria que deseamos un triunfo sobre una montaña de inocentes derrotados? "Se empieza contando a los muertos" y se termina no sabiendo cómo desear tu bien sin desear el mal de nadie. Se termina no distinguiendo la vida de la supervivencia.

“Sólo se cumplen los deseos mezquinos, superfluos, desvergonzados. Los grandes, los dignos de un ser humano, no llegan a realizarse. Ninguno volverá, ninguno vuelve nunca; podridos están aquellos a los que odiaste, podridos están aquellos a los que amaste”. Y, sin embargo, hay que albergar deseos grandes, quizás imposibles, porque es lo justo, lo que de verdad queremos y lo que además debemos y nos debemos: el fin de la muerte, el dolor, la enfermedad, la guerra, el asesinato, "legal" (siempre falsamente tal) o no. “Es inútil, no tiene sentido, incluso es despreciable dar por perdida a la humanidad. Hay una sola posibilidad de esperar hasta el último resuello una escapatoria que aún no conocemos. Da lo mismo cómo llamemos a esa esperanza, con tal de que exista” y “esperanza es que también otros se defiendan”.

Muy pocas veces en estas notas se refiere a sí mismo Canetti en primera persona. Lo hace alguna vez en segunda, pero casi siempre en tercera. Se distancia de sí mismo, más que para verse mejor, para encontrar el sentido a una obsesión que nos confiesa ha vertebrado toda su vida y su obra y que bien podría ser para muchos una enfermedad mental. Lo encontró, vaya si lo encontró, y rindió el culto debido a la posibilidad de la inocencia, de la humanidad y del milagro. Pues "¿qué es el asesino más grande y terrible comparado con un hombre que, mediante un conjuro, pueda devolver la vida a un solo muerto?". Lo que los asesinos, los poderosos o anhelantes de poder han sido en el fondo siempre: nada. Absolutamente nada.

jueves, 27 de abril de 2017

De literatura, aforismos y soledad

Marc Chagall. Soledad (1933)





“Con qué tenacidad nos aferramos a la vida de los otros; con la misma tenacidad que a la nuestra, no existe diferencia alguna” (Elías Canetti, El libro contra la muerte, p. 65).

Por J. Teresa Padilla

Como me prometí a mí misma y compartí con vosotros, ando absorta en la lectura del ensayo de Canetti del que he extraído la cita que encabeza este texto. Según mi experiencia, la escritura funciona un poco así: coges un hilo de un texto ajeno y tiras de él hasta arrancarlo de su urdimbre original. Luego jugueteas, lo enrollas y desenrollas entre tus dedos hasta que, de tanto manosearlo, pierde su textura y tono original, se deshace y rompe o, por el contrario, te parece ver un destello en alguno de sus nudos. Entonces empiezas a coser con una bobina de hilo más o menos nueva y propia, pero que has elegido, al margen de su posible, pero no imprescindible, semejanza, con aquella hebra que robaste a un escritor en mente. Cuanto menos original es el que escribe (véase una misma), más necesita de estos robos, pero ni el más genial e innovador puede prescindir de ellos, pues no hay adanismo posible (ni en el fondo deseable) en literatura. No hay autismo en la escritura, que, como el habla, es una forma de comunicación, aunque, a diferencia de ella, pretende superar los límites de la contemporaneidad. El escritor busca comunicarse con el lector, que a su vez puede escribir o intentarlo; pero también consigo mismo, que se desdobla en el texto y se pone ante sí como en un espejo. O puede que sea la propia literatura, la lengua, la que se comunica con los que la mantienen viva y a los que ella, a cambio, contribuye a liberar de los grilletes de la ignorancia, la ceguera y la fealdad. Incluso hubo en mis tiempos mozos filósofos que, empeñados en negar a los sujetos involucrados en cualquier proceso, sólo reconocían esa comunicación entre los propios textos: nos dejaron la metaliteratura (que en discretas dosis puede ser enriquecedora), bastante hastío y la evidencia cada vez más clara de su próxima esterilidad, asunto que no se les ocultaba y hasta celebraban. No en vano eran los filósofos del después de todos los fines (de la modernidad, la Historia, la metafísica…).

Los aforismos, tan abundantes en la obra que estoy leyendo, son la forma literaria más fácil de robar con estos fines creativos. Reconozco que su ambigüedad, en algunos casos, y la omisión del razonamiento que ha conducido a su formulación en casi todos los demás, me saca un poco de quicio. Querría saber más, estar segura de entenderlos, antes de ponerme a elucubrar por mi cuenta, que es la invitación más clara e irresistible de los aforismos. Pero no puede ser, porque si se presentaran como la conclusión de una serie de inferencias no podrían ser lo que son: propuestas o ensayos que te interpelan, precisamente, aguijoneándote a reconstruir el camino que llevó o pudo llevar a ellos y a seguirlo en tu propia dirección. Invitan desde siempre a esto y, últimamente, también a escribirlos sin atención a la ortografía sobre un fondo atractivo y subirlos a la nube, todo hay que decirlo. Es raro. Para algunos, entre los que me cuento, el aforismo da mucho trabajo; más que una novela o un ensayo largo. Para otros resume toda la sabiduría que necesitan. En cómodas píldoras. Los cómos y porqués les son indiferentes. Así, una termina por desconfiar de los escritores aforísticos que no tienen detrás una obra más extensa en la que puedan enraizar sus sentencias breves. Hay muchos vagos, aspirantes a cómico e iluminados entre ellos.

Por supuesto que no es el caso de Canetti. Sé, por lo que he leído antes de llegar a este aforismo, de qué está hablando: de la muerte, por supuesto, cuya escandalosa realidad vivimos en la del otro. Pero también, aunque no lo mencione tanto y hasta parezca un detalle menor, de la soledad.

Yo no soy escritora. Soy una lectora a la que le gusta escribir sus impresiones sobre lo que ha leído para no olvidarlo al poco tiempo. También escribo sobre otras cosas, porque me interesan, me han dolido o, simplemente para evadirme y reírme un rato. Llevo así en este blog una especie de diario personal en el que, paradójicamente, prefiero escribir sobre otras cosas antes que sobre mí. O, sí, hablo de mí misma, pero por intermediación de otros (los autores y las obras que reseño). Al final, creo que hago lo mismo que los escritores de verdad (reflejarse en lo que escriben, autorretratarse), aunque a mi modestísima manera. Puede que no haya otra forma que ésta, indirecta, de ser veraz y honesta sobre una misma, y, ya que no brillantez, lo mínimo que debo exigirme es esa sinceridad. Y conjugar ésta con el pudor de no quedar expuesta públicamente. No mentir, pero no decirlo todo. Porque en términos absolutos no es posible (la última palabra sobre uno mismo nunca la dice uno) ni deseable: eso que te guardas para ti como el, quizá ilusorio, tesoro de tu identidad única, a la luz del día y a la vista de cualquiera suele aparecer como una nimiedad que te despoja de lo que creías propio y te muestra ante todos y, sobre todo ante ti misma, como una más, indistinta de la masa amorfa en la que necesariamente se convierten los demás cuando se pierde la creencia en la propia singularidad. No somos palabras y ellas no nos agotan, y por eso ese diálogo que es la literatura puede alargarse indefinidamente y podemos volver una y otra vez sobre esta o aquella frase, que ahora no dice sólo ni lo mismo que ayer o mañana. Pretender decirlo todo no sólo es mentir: es matar la que puede ser la más hermosa de las posibilidades.

Nos aferramos a la vida de los demás, dice Canetti (así me lo dice, en presente), con la misma tenacidad que a la nuestra. Es más: es exactamente la misma cosa, el mismo sentimiento, el mismo ansia. Porque tememos la soledad, sugiero tímidamente a Elías, pero una que no podemos llegar a vivir ni imaginar. Nos duele la soledad inconmensurable en la que nos parece que quedan los que mueren, cuyos rostros se transforman ante nuestros ojos para dejar de ser los que eran. Nos duele siempre la soledad de los que amamos, pero también la de todos los demás, mientras no nos hayamos acostumbrado a ella, a la muerte, mientras, como diría Canetti, no nos hayamos rendido, no le volvamos la cara. La soledad del muerto nos duele más, mucho más, que la soledad relativa en que quedamos los vivos, los supervivientes, y resulta comprensible que ese dolor pueda llegar a hacernos desear morir con los que más amamos, o morir, sin más, para no sufrir más muertes, ese dolor que nos hace sentir culpables. Pues más que sentir que son ellos los que nos dejan, nos parece que somos nosotros los que les hemos dejado ir. Y de pronto comprendemos que el “Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?” del Hijo del Hombre, también está dirigido a cada uno de nosotros. Tal es la impotencia a la que somete la muerte a los otros, y tal su injusticia, que necesitamos un culpable, y ése sólo puede ser el superviviente o el inmortal.

Hay veces que, de hecho, nos aferramos con más fuerza a la vida de los demás que a la nuestra, o que nos aferramos a la nuestra exclusivamente para poder seguir junto a los que amamos, por no dejarlos solos, más que por no enfrentarnos a la soledad que nos promete la muerte y sólo el vivo podría ya sufrir por nosotros.

No quieres dejarlos, pero aún menos sobrevivirlos, porque ésa, la del último superviviente, sería una soledad todavía más aterradora que la que se cierne sobre la frialdad y la palidez cérea del difunto. Así que, por mucho que a veces la hayas invocado y deseado, terminas por mendigarle, como la más servil de las pordioseras, un poco más de tiempo, tiempo para vivir algo más de sus vidas. Porque son ellas las que en el fondo quieres vivir. Porque son ellas, las vidas de los que amas, la que nutren y mantienen con vida la tuya.

De todo esto he hablado con Canetti hoy. Y lo que nos queda (¡con él y con tantos otros!).
“Dios mío, un dolor espantoso que ataca / repentinamente la parte baja / del vientre, mi niña - / si yo supiera que también a-allí, /cuando llegaste, / cuando dejaste de / agonizar - / te recibieron unas manos / llenas de amor y una toalla /calentita, y arómatica…” (David Grossman, Más allá del tiempo).

jueves, 20 de abril de 2017

¡Marchando una de listas!



Por Esperanza Goiri

Odio las listas, pero mal que me pese vivimos rodeados de ellas. ¿Quién, papel y lápiz en ristre, no las ha hecho alguna vez en su vida? Su apariencia es inofensiva e inocente. Al fin y al cabo no son más que una enumeración en forma de columna de personas, cosas o cantidades elaborada con un propósito determinado.

Las hay de todo tipo y condición. Está la de la compra, que se supone debe redactar un consumidor responsable, antes de salir de casa, para no caer en adquisiciones inútiles y superfluas. Siempre me han fascinado e inquietado, a partes iguales, esos compradores que desembarcan en el supermercado y con disciplina germánica van metiendo en su carro o cesta los productos pertinentes mientras los tachan con determinación en su listado. No dudan, no se dejan tentar ni seducir. Los ves en la caja repasando su nota, comprobando que no hay nada más ni nada menos que lo previsto. Tengo que confesar que a mí nunca me ha valido de mucho. A veces, porque llegado el momento no la encuentro, bien por habérmela dejado pegada en la nevera con un imán, o por no aparecer en la maraña de objetos que llevo en el bolso; o incluso porque, al haberla redactado con prisa, no entiendo mi propia letra. Otra modalidad, digamos culinaria, es el listado semanal de menús. Hay gente que sabe de antemano lo que va a comer cada día. Nunca lo he comprendido. Imagínate que te toca fabada pero lo que de verdad te apetece es un buen par de huevos fritos, o te has olvidado de poner las alubias en remojo la noche anterior, o resulta que te llama una amiga para comer fuera. Pues eso.

La variedad de listas utilitarias es casi interminable: para decidir lo que llevar en la maleta, de tareas a ejecutar, de llamadas o correos por responder, del material escolar que necesita tu hijo, de ingredientes para una receta… Suelen ser las que más frecuentemente se elaboran. Es cierto que sientes satisfacción cuando vas marcando lo ya realizado, pero siempre hay algún elemento pendiente que rodeas con un círculo y brilla con luz propia, burlándose de ti, lanzando un mensaje subliminal: “Aquí estoy, no has sido capaz de cumplir; ¡floja!, ¡vaga!”. No sé cómo reaccionáis vosotros en estos casos, yo tiro la lista a la papelera mientras, parafraseando a Escarlata O`Hara, digo en voz alta: “Ya pensaré en eso mañana”.

Luego están las de buenos propósitos y objetivos por conseguir. Se suelen hacer a principios de año, tras fechas señaladas, berrinches y desengaños varios o, al contrario, tras una buena racha que hace que te vengas arriba y te veas capaz de asumir metas y retos ambiciosos. No les voy a dedicar muchas líneas. Todos sabemos que al leerlas, pasados unos meses, provocan ataques compulsivos de risa por su ingenuidad, o amargos llantos tras tomar conciencia de la cruda realidad.

No podemos olvidar las, llamémoslas así, listas sociales. Suelen ser una pesadilla. ¿Quién no ha hecho “encaje de bolillos” para cuadrar una lista de invitados? ¿A quién incluyes o dejas fuera, dónde pones el límite? ¿Tiras la casa por la ventana o reduces sin piedad? Siempre hay damnificados, amigos y familiares que no entienden su exclusión. No digo nada cuando se trata de cumpleaños o eventos infantiles. Los que tienen niños saben de lo que hablo. Las miradas asesinas de los padres despechados te acechan en la puerta del cole. Eso cuando no eres sometida a un chantaje emocional de libro para que Pepito o Lucía sean incluidos a toda costa en el festejo. Y qué me decís de las bodas, esos tiras y aflojas entre las familias de los contrayentes. Ese horror de confeccionar las listas de las mesas teniendo en cuenta la afinidad o antipatía entre los comensales.

Además de estas listas en las que hay cierto grado de voluntariedad e iniciativa propias, hay otro grupo que no dependen de nosotros y son las más inquietantes. Vamos a por ellas. Vuelvo a sudar la gota gorda cada vez que recuerdo la lista de admitidos al centro escolar que queríamos para nuestro hijo. Tras pagar tres años una escuela infantil privada (no había plaza en ningún centro público ni concertado) y muchos nervios y gestiones, por fin conseguimos la ansiada plaza en un colegio subvencionado.

¿Hay algo más desesperante que engrosar la lista de espera para una intervención médica importante? ¿Y los listados de víctimas y supervivientes de un accidente o un atentado? Salvando las distancias, todavía me acuerdo de la tensión que recorría mi clase cuando la señorita Lola iba leyendo con lenta cadencia nuestros nombres hasta que se paraba en uno al que preguntar la lección o sacar a la pizarra. Los soldados, presos y alumnos son controlados por el sencillo método de “pasar lista”. Pero las más misteriosas son las denominadas “listas negras” en las que se inscriben los nombres de personas o entidades que se consideran peligrosas. Según quién las elabore, a veces es un orgullo formar parte de ellas.

Hay las de admitidos y excluidos de una oposición, una beca, una vivienda social… Las frívolas, como las de las más guapas o elegantes entre las famosas, o esas que proliferan tanto en redes: los diez restaurantes o ciudades que no puedes dejar de visitar, listas de éxitos literarios o discográficos, los cinco complementos que debes llevar esta primavera para no estar out. Así podríamos llegar hasta el infinito y el más allá, donde, aunque nadie lo ha podido confirmar, no me sorprendería que San Pedro nos preguntara cómo nos llamamos y, tras consultar una lista interminable, nos dejara franquear las puertas del cielo o, con cara de circunstancias, nos remitiera a los dominios de Pedro Botero.

En fin, que me voy pitando a tachar de mi relación de tareas una: escribir entrada para Diarios.

martes, 11 de abril de 2017

Llámalo sueño

Llámalo sueño. Henry Roth.

Alfaguara: Madrid, 1992. 552 pp. 24,80 euros.


“Pero si no consigues conservar tu reino
Y, como tu padre antes que tú, llegas
A donde el pensamiento acusa y se burla el sentimiento,
Cree en tu dolor” (W. H. Auden, El mar y el espejo).


Por J. Teresa Padilla

Normalmente ilustro mis reseñas con la edición de la obra que se puede adquirir más fácilmente y con cuyos datos encabezo mi texto. Hoy he preferido saltarme esta regla y poner una imagen de mi ejemplar, que no está disponible hoy. Es la edición que Círculo de Lectores hizo reproduciendo para sus socios la de venta libre, que es la que Miguel Sáenz tradujo para Alfaguara y todavía se reedita. ¿Por qué? Pues supongo que para subrayar que mi relación con esta obra es muy personal e íntima y ha acabado extendiéndose a su soporte físico, el libro. Mi libro.

En Llámalo sueño se narra la infancia de un niño judío llegado del este de Europa a Nueva York a principios del siglo pasado, con apenas dos años edad. Transcurre durante otro par de años, más o menos, de los cinco a los siete de David Schearl, su protagonista. Primero en Brownsville, a las afueras, y luego en el East Side. No esperéis, sin embargo, ningún culebrón lacrimógeno, epopeya o en general una historia fácilmente adaptable al cine. No esperéis nada. Entregaos a ella, corred ese riesgo, pues, aunque todo lo que a modo de sinopsis he dicho es verdad, lo que la hace tan valiosa para mí es sólo que yo (y conmigo, supongo, todos esos lectores que amaron y aman esta novela) reconocí en la infancia de Davy la mía. No compartimos nada más, ninguno de esos rasgos que deberían definirnos (sexo, religión, nacionalidad, lengua, marco espacio-temporal…). Nuestros padres son imperfectos, sí, pero cada uno a su manera. Nada en común. Sólo la infancia: su peculiar forma de ver, oír, sentir. Su rara felicidad, pero sobre todo el miedo: la vulnerabilidad radical del niño y los terrores tan difícilmente justificables y apenas descriptibles que le rodean. Esa infancia tan íntima y propia que, paradójicamente, una niña de barrio madrileña de los setenta puede compartir con un niño askenazí en el Nueva York de 1911.

Hasta que leí esta novela de Henry Roth que elegí en 1992 en la revista bimestral de Círculo de Lectores, más por eliminación de Stephen Kings, Grishams y demás autores de género que por otras referencias, yo pensaba que estaba sola, que era un caso raro, que debía, como tantas veces hace David, callar, ocultarme y mentir: “¡No dejes que lo vean! ¡No dejes que lo sepan!”. Pero nada sirve de nada y menos aún esas mentiras absurdas y de patas diminutas que sólo provocan lo contrario de lo que pretenden: poner el foco sobre uno cuando lo que uno quería con ellas era escapar de sí mismo haciéndose otro: “Yo soy otro. Yo soy otro… otro. ¡OTRO!”. Hasta que Roth me contó esta infancia universal de David, me había creído los relatos de los demás, orales o novelados, en los que la infancia se perfila como un edén de ingenuidad, despreocupación y felicidad. Estaban estas infancias y luego las rodeadas de desgracias objetivas, evidentes para todos; esas infancias truncadas con las que te avergonzaba comparar la tuya, tan “afortunada”. Pero lo cierto es que sólo desde fuera es innegable esta separación. Desde dentro, desde la infancia misma, que es como pretende estar escrita esta novela, la infancia no es ni feliz ni infeliz. Es sólo infancia. Como el resto, quizá, de nuestra vida (la íntima, no la que sacamos a la calle), aunque más concentrada e intensa. Por eso deja huella. Una huella imborrable pese a los esfuerzos de los demás por que crezcamos de una vez y los nuestros por olvidar aquel dolor tan característico que producían, por ejemplo, las cosas viejas que nos empeñábamos en atesorar: “Nunca se las veía desgastarse, sólo se sabía que estaban desgastadas, y dolía oscuramente”. El dolor del tiempo, ese tiempo que sólo se deja apresar cuando ya ha transcurrido, como las hojas arrancadas del calendario que David recoge y atesora con inútil avaricia. Porque el presente es casi siempre el de un dolor que viene y va en oleadas, pero la felicidad es inconsciencia y más que vivirse, sólo se recuerda: “Un dolor vago y difuso le llenaba el pecho. Una y otra vez suspiró, con suspiros incontrolables, temblorosos, furtivos. De repente comprendió que no había sabido lo feliz que era… sólo un poco antes, inexplicablemente libre y feliz”. Y puede que, como la felicidad, la infancia sea algo así también: un tiempo que se vive mientras se lo siente pasar y desaparecer, y se le llora a la vez que se desea que pase pronto para no tener miedo nunca más. De ahí esa angustia tan peculiar del niño, esa búsqueda de la luz, de la salvación. Esa religiosidad íntima y supersticiosa.

Creo que el valor imperecedero de esta novela, seguramente imperfecta en otros aspectos, radica en su capacidad para describirnos todo esto: la realidad mágica, confusa y a la vez clarividente en que vive la infancia. Un mundo construido sobre sentimientos e intuiciones en el cual el niño pasa sin transición de la vigilia más atenta a la ensoñación que precede a la completa inconsciencia del sueño, y no puede establecer fronteras claras entre lo visto, oído o tocado y lo imaginado. Todo es nuevo: muchas veces fascinante y divertido, pero siempre sobre un fondo oscuro y amenazador.

David habla yiddish en casa e inglés en la calle, y el texto intenta reproducir además los múltiples acentos de esa ciudad, Nueva York, en la que se mezclan (y a la vez se mantienen a prudente distancia) emigrantes muy recientes de origen italiano, irlandés o judío. Grupos en los que integrarse y ser uno más o en los que ser señalado. Cobijos que se convierten muy a menudo en trampas. Para David y para el traductor, Miguel Sáenz, que merece ser reconocido y felicitado por su valentía al enfrentarse a toda esta complejidad.

En la infancia hay sótanos, pero también azoteas. Hay crueldad y egoísmo, pero también un amor que difícilmente podrá volver a encontrarse, si es que se llega realmente a tener: “No volvería a ver a su madre hasta mañana, y ese mañana, habiéndose ido su madre, se había vuelto remoto e incierto”; “la suave presión de los labios de ella contra sus sienes parecía hundirse hacia adentro, hacia abajo, irradiando una calma y una dulzura que sólo su cuerpo podía comprender”. Y es que no podía acabar esta reseña sin recordar a Genya, la madre de David, y toda la fortaleza que se oculta en su sumisión.

“Comparado con la muerte, el sueño es realidad”, decía Brodsky en su “Carta a Horacio”. La vida adulta es una forma de muerte si no mantiene viva la infancia, ese tiempo que podemos llamar sueño, aunque nada encontremos fuera de ese sueño con más realidad que él. Y la muerte, quién sabe si no es un sueño “de años eternos”, una vuelta, como decía Tolstói, a aquel lugar del que venimos, a la fuerza maravilloso porque de él vienen los niños.

“«¿Tienes sueño, amor?»
«Sí, mamá».
Hubiera podido también llamarlo sueño. Sólo yendo hacia el sueño cada pestañeo de sus párpados podría provocar una chispa en la nebulosa yesca de la oscuridad, encender en las esquinas sombrías de la alcoba tal miríada y tales vívidos chorros de imágenes. (…) Sólo hacia el sueño tenían fuerza los oídos para recoger de nuevo y reunir el alarido estridente, la voz ronca, el grito de miedo, las campanas, el pesado aliento, el rugido de las multitudes y todos los sonidos que yacían fermentándose en las tinas del silencio y del pasado. Sólo hacia el sueño sabía uno que seguía estando echado en los guijarros (…) y sentirlos todos y sentir, no dolor, ni terror, sino el triunfo más extraño, la más extraña aquiescencia. Se hubiera podido también llamarlo sueño”.

Tras publicar esta novela con escaso éxito en 1934, Henry Roth dejó Nueva York y la literatura y se marchó a Nuevo México para vivir modestamente de sus manos en una caravana. Saberlo me acercó más a él. Escribir algo tan intenso y no recibir respuesta de los que te rodean me imagino que le sumiría en la misma soledad infantil que tan bien nos describió. Como David a su madre, él tuvo a Muriel. Oscuridad y luz. Como la infancia. Como la vida.


jueves, 30 de marzo de 2017

Cambio de planes (o La culpa es de Roth, Philip Roth)


Por J. Teresa Padilla

No me negaréis que el título promete. ¿Qué? Giros vitales, portazos, aventuras, novedades… Frenad. No se trata de estas cosas. Quitároslo de la cabeza si no queréis experimentar una decepción mayor de la que os suelo causar habitualmente. No sólo soy, yo sí, un “ama de casa que escribe”, como se autodenominaba Vila-Matas con la boca chica. Soy un “ama de casa que escribe desde su casa” mientras, por ejemplo, se cuece la coliflor, como ahora mismo, aprovechando lo que queda de mañana después de las faenas de aliño del hogar y antes de que vuelvan los críos del cole. Hay días que cero minutos. Las tardes intento dedicarlas a leer (si no leo, poco escribo o a saber sobre qué se me ocurre escribir, como hoy sin ir más lejos). Sólo lo intento: la voz chillona de mi hija irrumpe periódicamente para que le resuelva dudas sobre temas que conoce mejor que yo o para quejarse de que su hermano la quiere matar y otros dramas trágicos en los que considero más prudente no inmiscuirme; y mi hijo… De momento, sus problemas suelen ser sólo matemáticos y sabe que para eso no puede contar conmigo, lo que no quita que en ocasiones su silencio se haga tan denso que me despierte de la somnolencia o la concentración trabajosa en alguna lectura, obligándome a llamarle a voces para romper el hechizo y asegurarme de que sigue entre nosotros. Suele estarlo, aunque sólo a medias, y normalmente metido en asuntos que no corresponderían, como la lectura de comics. Vaya, que si por las mañanas soy un ama de casa que escribe, por las tardes soy un guardia jurado lector.

Nada que ver con el día a día de mi estimado Trapiello, contado por él mismo, que leí hace nada en algún sitio que no recuerdo: mañanas creativas –de poemas y prosas-, leve siestecita, escritos alimenticios -columnas y eso- y, para finalizar, series malas de televisión en el sofá del salón con su esposa. Lo leí y lo primero que se me pasó por la mente fue quién pasaba la mopa, fregaba los baños y hacía la comida en esa casa. Él está claro que no y su pareja tampoco (no le veo casado con alguien tan vulgar y fracasado como yo, que no he conseguido los ingresos suficientes para delegar estas tareas, indignas de un diario, en otros). Me pareció fatal. No el hecho mismo (bien por él si puede vivir tan ricamente de su trabajo), sino que lo contara con esa ligereza chispeante tan suya que soy incapaz de apreciar. Como si viviera en otro mundo donde no proceden los anuncios de limpiahogares o la ropa sale mágicamente planchada de los armarios. Alguna vez, digo yo, habrá de entrar la empleada del hogar, ignorada en el relato como espero que no igual en la vida, a limpiar su despacho de pelusas. Supongo que la pobre tendrá que aprovechar sus cabezadas de la siesta. O puede que sea tan fino que ni las genere. En fin, así luego le salen las novelas que le salen: de otro planeta, literalmente. También leí que, después de ser candidato por UPyD, ahora apoya la creación de un nuevo partido en la misma línea ideológica. Aunque seguro que no podemos responsabilizarle personalmente de la debacle, no sé quién habrá sido el incauto que se lo ha pedido. El partido en cuestión no tenía mala pinta, pero con semejante publicista…

Pura envidia y resentimiento. Mientras me convierto en lo que siempre he deseado aunque nunca me he atrevido a confesar, una “trapiella”, una burguesa de la literatura como Dios manda que ignora por completo cómo llegan los alimentos a su mesa y las ropas a su armario o por qué los cristales y los muebles resplandecen ni dónde está el aceite de oferta, sigo con mi trepidante horario, tan poco literario, y el pluriempleo. ¿Qué planes he cambiado entonces? Pues cuáles van a ser, almas de cántaro, los de lectura y escritura.

Tampoco vayáis a creer que había un plan muy sofisticado, sólo el de seguir el orden de la pila de libros pendientes, seis para ser exactos: Franzen con Libertad estaba en el último lugar porque es un libro voluminoso que no estoy segura de poder leer con la velocidad adecuada (porque la hay: imposible demorarse gozosamente en la lectura de los libros extensos sin arriesgarse a abandonarlos; lo que procede es marcar los pasajes y gozarlos después). Aunque algo menos voluminoso, le sigue Americana de DeLillo. Desde que los coloqué en la pila uno encima del otro intuía que no estaba bien. Mucho americano desconocido y vehementemente recomendado junto. Un peligro al que me iba a costar enfrentarme. Yo creo que por eso hay un Roth (Philip) encima, para hacerme aún más difícil llegar a ellos, pero, a ver, no sé muy bien cómo se me acumularon los “roths” (todos Philip) y ya dije cuando reseñé el primero de ellos (Némesis) que necesitaba tres lecturas como poco entre uno y otro. Precisamente ahora le había tocado el turno al segundo Roth (La mancha humana), el culpable de que me esté replanteando cambiar el plan. Entre La mancha humana y el tercer y último Roth (La humillación), ése que contiene cual dique a Franzen y DeLillo, estaba un alemán (Sigfried Lenz) por partida doble (Lección de alemán y El teatro de la vida –un regalo de una amiga-) y, atención, Patria, los tres de rigor. Pero este orden dictado por los Roth se ha roto. Y todo por culpa del segundo Roth.

Esperanzada inicié su lectura porque me habían jurado y perjurado que la novela era de las buenas, de las mejores de Roth. Y sí, me enganchó todo lo que me parece que Roth (Philip) puede engancharme. Pero de repente algún niño vendría a interrumpirme y cuando volví al libro mi protagonista había cambiado de raza. Entonces tuve miedo de haber enloquecido y sufrí algo parecido a un ataque de ansiedad. Para ser justos, la ansiedad me la provocaron otros, pero Roth me dio la puntilla y pagó las consecuencias: fue arrojado como una brasa lejos de mi vista. Ahí sigue el pobre esperando que se me pase el disgusto. En su lugar, y gracias en parte a un comentario de un amigo en el “feis”, decidí echar un ojo al Llámalo sueño de Roth (Henry) y hacer la reseña que le debo desde los inicios de este blog. Total, sólo me hacía falta releerlo por encima, lo justo para refrescar el recuerdo (no en vano lo he leído lo menos tres veces). Pues no. Ahí estoy, picando de nuevo y leyéndolo como la primera vez, de principio a fin.

Resignada a abandonarme a este placer y no poder escribir reseña esta semana en el blog, ojeo los periódicos (las secciones de cultura) en busca de inspiración y doy con esto, la presentación de una novedad editorial: El libro contra la muerte de Elías Canetti, en el que al parecer se pueden leer cosas como la que sigue:

"Pascal murió a los 39 años, yo pronto cumpliré los 37. Si mi destino coincidiera con el suyo me quedarían apenas dos años, ¡cuánta prisa! Él nos dejó sus pensamientos desordenados, concebidos para defender el cristianismo. Yo quiero concebir los míos para defender al hombre ante la muerte".

Esto me urge y me interesa. Nada de pensamiento positivo y de aceptación de la desgracia. Rebelión, pura rebelión. Un libro de fragmentos, notas, carnets, como dicen los franceses. Un libro que no llegó a ser y en el que trabajó toda su vida. Un fracaso. Una derrota, literaria y vital, pues la muerte, como estaba previsto, le venció. En fin, una lucha quijotesca que no se puede pasar por alto. Lo siento. Tengo que hacerme con él ya. Así que, cambio de planes: lectura rápida y reseña de ese libro de la infancia al que tanto quiero (Llámalo sueño) y luego a batirse junto a Canetti con ese absurdo que es la muerte. Me temo que la batalla se perderá, pero la vida dedicada a ella promete ser apasionante y con eso de momento me puede bastar. Una lectura que me hará seguro más sabia y que no puedo poner en la lista. Tiene que ser ahora, o puede que ya nunca.


jueves, 23 de marzo de 2017

Ciudad abierta

Ciudad abierta. Teju Cole.

Acantilado: Barcelona, 2012. 296 pp. 22 euros.


Por J. Teresa Padilla

No todos los temas pueden abordarse igual. Cada forma de ser exige una manera de ser mirada y, luego, descrita o contada. De lo contrario resulta invisible en su especificidad, se pierde.

Cualquiera que haya tenido una mínima formación filosófica lo sabe. Los demás puede que no lo sepan, pero lo intuyen, con más o menos claridad de acuerdo con la sensibilidad que este perro mundo les haya permitido conservar. Esta sensibilidad no tiene que ver con cursiladas o sensiblerías. Es esa inteligencia instintiva y “sentiente” que destella ocasionalmente en los niños deslumbrándonos y parece dormida o muerta en nosotros, los adultos, hasta que la despierta o resucita algo. Ese algo normalmente es el dolor. Y sólo mientras no se transforme en ira: la ira ciega (a veces las frases hechas son verdades como puños) y no hay inteligencia que pueda sobrevivirla, mucho menos nacer de ella.

Ya sé que tiendo a la digresión, y que, aunque me incline a ver en ello un rasgo simpático de mi escritura y crea firmemente en el deber para con uno mismo de ser indulgente con este tipo de vicios menores, salvo a los maestros de la misma (Bernhard, Sebald, Walser…) la digresión no suele sentar bien. Sin embargo, aquí no es gratuita. Me creáis o no siempre intento evitar que lo sea, pero en este caso más que nunca, porque Ciudad abierta es justo de lo que estoy hablando: un ejercicio sobre cómo mirar, lograr comprender y describir lo invisible, lo ausente, lo borrado. Es muchas cosas más, todas ellas maravillosas, pero sobre todo es esto.

Foto: tejucole.com
Hace poco yo misma recogía aquí títulos sobre la escasa literatura existente sobre el 11 M. Esta novela nació, según declara su autor en una entrevista que os recomiendo, del 11 S, aunque el lector no se entera de su importancia temática hasta pasadas las primeras cincuenta páginas. Habla del 11 S en su ausencia, señalando los vacíos que ha dejado en la ciudad y los fantasmas que ha generado alrededor de los supervivientes “la limpieza de la línea” creada en torno a él (ese cordón sanitario que tan bien conocemos del “no hay preguntas sin respuesta” o del “pasar página”). Pero no quiero llevar a nadie a engaño: apenas se menciona esta catástrofe, aunque en las idas y venidas del protagonista por Nueva York y Bruselas se entremezcle con otras que emergen de la nebulosa del pasado o se vislumbran “en los espacios de oscuridad entre las estrellas muertas” que también podemos llamar futuro. Algunas de estas fuentes de dolor que tan fácilmente se nos escurren entre las manos son íntimas (la muerte del padre, el silencio helador que marca la relación con la madre, el dolor del que se nos acusa sin que nos podamos hacer responsables de él pero tampoco negar…). Otras, como la Shoáh, son “públicas”, aunque por más intentos que se hagan para reconstruirlas a una escala histórica, siguen teniendo una forma muy íntima de presentarse y hacerse visibles (sensibles): la conmoción. Porque no es verdad, como le dice en Bruselas al protagonista el yihadista en potencia, que la muerte sea sólo muerte, que todas sean iguales y que el sufrimiento que provocan sea siempre el mismo. Porque no es verdad, sencillamente, que entre todos nosotros no haya salvo una diferencia numérica. Eso es lo que dice el terrorista, lo que le permite matar. La historia, la ciencia histórica, se empeñará también por reducir todas estas catástrofes con todas sus diferencias a un concepto común, pero no son los conceptos los que conmocionan o duelen. Casi cualquier cosa es más fácil de manejar que el dolor y el historiador carece de las herramientas para estudiarlo, para aclararlo, para mostrárnoslo. Es ahí donde el escritor intenta aportar su modo único de abordar las cosas con la esperanza de añadir claridad y alguna forma de paz o de consuelo en “un mundo sin santidad”, “azotado por una epidemia de pena”.

Nada de esto es digresión. Ojalá pudiera decir que lo escrito aquí es creación mía. No, es justo de lo que se habla en Ciudad abierta. Una novela escrita como un diario de viaje. De esos modestos viajes que son los paseos sin rumbo en los que el paseante distraído se topa con espacios vacíos que le recuerdan lo evidente, a veces para desecharlo de inmediato. O con exposiciones fotográficas sobre los prolegómenos de un apocalipsis, con la música y su medida del tiempo, con los sonidos y las luces del metro que nos transportan a un pasado que no es el nuestro, con desconocidos que nos reconocen o en los que nos reconocemos... Según su autor es una novela que debe su existencia al 11 S, pero que pretende transmitir la complejidad de su propia trayectoria vital. Sin ser autobiográfica, pues las armas que usa para hacerlo son la experiencia, sí, pero sobre todo la imaginación: la que crea con palabras. Es su vida y una parte importante de la nuestra. Ése es el misterio de la comunicación literaria.

Ciudad abierta porque es, a la vez, ciudad de acogida e invadida, aunque haya consentido en ello. Una ciudad que recibe al extranjero con una estatua de la libertad contra la que, sin embargo, chocan y mueren bandadas enteras de pájaros cuyos cadáveres hay que recoger a diario. En la que el presente teme al futuro y borra el pasado en un intento, en el fondo inútil pero sobre todo cruel y peligroso, de ignorar su propia complejidad, de reconocer la inexistencia de una identidad monolítica, su mestizaje. "Es difícil vivir en un país que ha borrado tu pasado", dice una paciente nativa de Julius, el protagonista, psiquiatra para más señas. "Casi no hay norteamericanos nativos en Nueva York, y muy pocos en todo el nordeste. No está bien que a la gente no le aterrorice esto, porque es algo aterrador que le pasó a una población muy grande. Y no es historia; está aquí, o al menos está conmigo". Porque de esto se trata, de que mientras esté aquí, en nosotros, doliendo y vivo, nada es historia.

La novela tiene dos partes muy dispares en extensión, quizás no del todo necesarias, y con títulos enigmáticos: “La muerte es una perfección del ojo” y “Me he investigado”. La primera hace referencia a la imperfección inherente a la mirada viva (sólo comprendemos del todo lo concluso, lo acabado, lo muerto, lo histórico), ésa que está inmersa en el tiempo. Otro tema tratado con una riqueza insólita en esta novela: el tiempo. Cómo transcurre, se detiene, se rompe en pedazos, vuelve sobre sí. La continuidad en la que creemos vivirlo; su discontinuidad en cuanto nos paramos a mirarlo. El tiempo, hecho de presencias y de ausencias. De las curadas y de las que como fantasmas impiden la curación. El tiempo vivido: no confudir con la historia.

“Me he investigado” y soy sospechoso, añadiría yo al título de la segunda parte. Es, en realidad, la conclusión de una novela que no concluye, porque su protagonista sigue vivo y ha aprendido, entre otras cosas, a no fiarse del todo de sí mismo. Sabe de sus facetas oscuras, opacas. De que en esa oscuridad anida el germen de la locura y la desesperación, pero también la posibilidad de una vida en la verdad. No somos los héroes, los buenos de la película. Asumimos, con temor, que vivimos también en relatos e historias ajenas, que no nos pertenecemos por completo. Salvo quizá en la muerte, cuando todo haya concluido y sea compresible (pero ¿para quién?), o ni siquiera: “De pie allí, sumido en todo tipo de penas, me pareció que estar vivo era ser a la vez original y reflejo, y estar muerto era estar cercenado, ser reflejo y nada más".

Un libro, en suma, bellísimo, del que se aprenden muchas cosas, y en el que se leen, qué se yo, frases tan sencillas y reveladoras como ésta: “Había pensado que si lograba dormirse a lo mejor se moría. Era una idea nueva para él y le había hecho bien. Lo había ayudado a dormir”. Quien no haya sentido alguna vez exactamente esto que levante la mano.

viernes, 17 de marzo de 2017

W. H. Auden

Una tiene sus tácticas de supervivencia. La semana ha sido dura. Lo mejor es que ha pasado. Lo peor, que no todo lo que la ha complicado va a pasar con ella. El remedio: cada uno tendrá el suyo, el mío es éste. Que disfrutéis de ellos tanto como yo lo he hecho, y que la vida nos sea un poco más leve la semana que viene. A todos. Vamos, si puede ser...

Poemas de W. H. Auden



CANCIÓN DE CUNA (1937)

Posa la cabeza dormida, amor mío,
compasiva en mi brazo desleal;
el tiempo y las fiebres consumen
la belleza individual de
los niños considerados, y la tumba
demuestra al niño efímero:
pero en mis brazos hasta el amanecer
deja que descanse la criatura viva,
mortal, culpable, aunque para mí,
totalmente hermosa.

Alma y cuerpo no tienen límites:
los amantes cuando se recuestan sobre
su ladera tolerante y encantada
en su desmayo corriente,
grave la visión que envía Venus
de compasión sobrenatural,
amor y esperanza universales;
mientras una percepción abstracta despierta
entre los glaciares y las rocas
el éxtasis carnal del ermitaño.

Certidumbre, fidelidad
al dar la medianoche pasan
como las vibraciones de una campana
y los locos de moda alzan
su grito pedante y aburrido:
hasta el último penique del precio,
todo lo que predicen las temidas cartas,
será abonado, pero de esta noche
que ni un susurro, ni un pensamiento,
ni un beso o mirada se pierdan.

Belleza, medianoche, muere la visión:
que los vientos del amanecer que soplan
suavemente en torno a tu cabeza ensoñada
muestren tal día de bienvenida
que el ojo y el corazón latiente lo bendigan,
y tengan suficiente con nuestro mundo mortal;
que los mediodías de avidez te encuentren alimentado
por los poderes involuntarios,
las noches de injuria te franqueen el paso
observado por todos los amores humanos.


En Canción de cuna y otros poemas. W. H. Auden. Debolsillo, Barcelona, 2014 (Traducción: Eduardo Iriarte).



EL CIUDADANO DESCONOCIDO (1939)

(A JS/07/M/378, este monumento de mármol ha sido erigido por el Estado)



El Departamento de Estadística descubrió que era
alguien contra quien no existe queja oficial,
y todos los informes sobre su conducta coinciden
en que, en el sentido moderno de una palabra anticuada, era un santo,
pues en todo lo que hizo sirvió a la Gran Comunidad.
Salvo por la Guerra hasta el día de su jubilación
trabajó en una fábrica y nunca fue despedido,
sino que satisfizo a sus patronos, Motores Fudge, S.A.
Y sin embargo no era un esquirol ni tenía opiniones extrañas,
pues su Sindicato informa que cumplió con su deber
(nuestro informe sobre su Sindicato indica que era de fiar)
y nuestros trabajadores de Psicología Social descubrieron
que era estimado entre sus compañeros y le gustaba ir de copas.
La Prensa está convencida de que compraba el periódico todos los días
y sus reacciones a la publicidad eran normales en todos los sentidos.
Las Pólizas hechas a su nombre demuestran que estaba asegurado a todo riesgo,
y su cartilla de Atención Sanitaria indica que ingresó una vez en el hospital pero salió curado.
Tanto Sondeos de Producción como Alto Nivel de Vida declaran
que tenía una actitud sensata ante las ventajas del Pago a Plazos
y que poseía todo lo que necesita el Hombre Moderno,
fonógrafo, radio, coche y frigorífico.
Nuestros investigadores de Opinión Pública están convencidos
de que tenía las opiniones adecuadas según la época del año;
cuando había paz, estaba a favor de la paz; cuando hubo guerra, acudió.
Se casó y aportó a la población cinco hijos,
lo que era el número adecuado para un progenitor de su generación, según nuestro Eugenista,
y nuestros maestros atestiguan que nunca se entrometió en su educación.
¿Era libre? ¿Fue feliz? La pregunta es absurda:
si algo hubiera ido mal, con toda seguridad nos habríamos enterado.

En Canción de cuna y otros poemas. W. H. Auden. Debolsillo, Barcelona, 2014 (Traducción: Eduardo Iriarte).




FUNERAL BLUES



Detengan todos los relojes, corten el teléfono,
Impidan al perro ladrar con un suculento hueso,
Silencien los pianos y con apagado tambor
Saquen el féretro, dejen venir a los dolientes.

Dejen a los aviones circular gimiendo en el aire
Garabateando en el cielo el mensaje Él Muerto Está,
Pongan crespones alrededor de los blancos cuellos de las públicas palomas,
Dejen a los agentes de tránsito portar guantes de negro algodón.

Él fue mi Norte, mi Sur, mi Oriente y Occidente,
Mi semana laboral y mi descanso dominical,
Mi mediodía, mi medianoche, mi charla, mi canción;
Pensé que el amor duraría por siempre: Me equivoqué.

Ahora no se desean las estrellas: apáguenlas todas;
Empaquen la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y barran el bosque.
Pues nada ahora puede siquiera llegar a algo bueno.

En Another time. Faber and Faber. Londres, 1940. pp. 91. (Traducción de Ernesto Cisneros Rivera).

sábado, 11 de marzo de 2017

Magerit*

*En la discutida etimología del topónimo Madrid, Magerit se considera su denominación andalusí.



Por Marisa Díez Marín y J. Teresa Padilla

11 de marzo de 2017

Mi querida Marisa:

A veces resulta difícil contar ciertas cosas y no sabemos dar un motivo. Como te pasa a ti estos días: llevo un tiempo animándote a reseñar Patria, el éxito literario de la temporada, y tú… Bueno, llevas casi el mismo dándome largas con excusas vagas. Estoy segura de que hay una buena razón, una verdadera, detrás de toda esa indefinición.

Ya sé que a veces es mejor callar que arriesgarse a hacer daño a otros, y por ahí me parece que pueden ir los tiros (casi siempre van por ahí). A mí, ya sabes como soy, me cuesta callarme. Y tengo mucha fe en las palabras (las de verdad, no ese simulacro de comunicación al que nos acostumbran los medios, las redes, los políticos). Las palabras son peligrosas, pueden llegar a matar, como decía Bernhard, pero son la única esperanza de curación de las heridas, de redimir la soledad en el encuentro con el otro, de conservar la humanidad. Creo en ellas, en su poder (para el bien y para el mal), y no me extraña nada que se identifique a Dios precisamente con ella.

No creo que fuera casual que mientras intentaba sin éxito sonsacarte sobre la incapacidad que sentías para escribir siquiera fuera sobre la propia dificultad de la reseña de Patria, me recordaras que se acercaba el aniversario de los atentados del 11 de marzo. Ni tampoco me parece casual que aceptaras tan inmediatamente mi idea de escribir algo juntas sobre ellos. Existe un evidente vínculo que asocia Patria y el 11-M (el terrorismo), pero también algo que parece hacerte más fácil escribir sobre aquel día en Madrid que sobre Patria o lo que en ella se cuenta. O esa impresión me dio tu reacción. Quizás si, como tú sugeriste que hiciéramos, cuento en una carta a esa extraña que eras entonces para mí cómo viví esos días, consigo explicártelo.

Hace trece años no nos conocíamos, pero sé que nuestras vidas eran muy distintas. Yo no trabajaba. Tenía un niño que no había cumplido los dos años y esperaba ya a la que sería mi hija. Vivía aislada de casi todos, agotada sin necesidad, como suelen estarlo las madres primerizas algo neuróticas, en una casa que no era mía y en la que nunca me sentí a gusto. Había días que sólo hablaba con Fina, la portera de mi edificio, o algún conocido del barrio amante de los perros o de los niños pequeños. Porque ésa era yo, la chica que paseaba mañanas y tardes a un niño rizoso rubio y a una perra rizosa negra. El 11 de marzo de 2004 también.

Di el desayuno al niño, lo cambié y lo vestí. Siempre iba con prisa por las mañanas porque la perra llevaba sin salir desde la noche anterior y me daba pena que tuviera que aguantarse tanto o que la pobre no llegara a la calle. Cuando bajé me encontré, como solía, a Fina. Ella escuchaba la radio continuamente y me contó lo que parecía haber pasado. Siempre le decía algo a Miguel, al que quería como si fuera suyo, pero ese día no. Estaba asustada, hablaba de ETA, sin especial ira. Parecía más bien como si esas siglas dotaran de algo de sentido, de familiaridad, a lo que estaba pasando, aunque bien claro estaba para las dos que no, que no era la misma tediosa, brutal y repugnante sangría a la que ya nos habíamos, por triste que sonara y aún suene, acostumbrado.

Salí a la calle. La perra tiraba de mí. Y conforme nos acercábamos a Conde de Peñalver, el sonido de las ambulancias que se dirigían, una tras otra, al Hospital de La Princesa se hacía más amenazador. Cuando la cercanía con Francisco Silvela hizo que se solaparan con las sirenas de las que bajaban hacía el Gregorio Marañón, el ulular era aterrador. La perra volvía a tirar de mí, pero de vuelta a casa.

Ruido y más ruido. De los noticiarios, los especiales informativos, de los políticos (estaban en la recta final de la campaña electoral), de las protestas por las sospechas de manipulación informativa, de los helicópteros. Y a la vez una cantidad impresionante de ciudadanos en duelo que, al menos en la parte de la manifestación que yo ocupaba con mi carrito y mi niño junto a otros padres con sus carritos y niños, pedían sobre todo silencio. Hasta para hacer callar a los que gritaban contra unos u otros. No, no estábamos allí por ellos, los asesinos habituales, ni por los otros, los nuevos. Estábamos allí porque doscientas personas muy parecidas a nosotros se dieron el madrugón de todos los días para trabajar o estudiar y otras personas decidieron que no debían seguir con sus vidas. Estábamos para demostrar que no nos era indiferente. Y mientras en los informativos los políticos seguían haciendo ruido acusándose mutuamente de mentir, en la cola del supermercado todos esperábamos mudos nuestro turno: nadie parecía impacientarse, ni tener que reclamar un descuento. Sólo se oía el tenue hilo musical y algún tímido buenos días. En Madrid se hizo el silencio y, a la vez, se llenaban de palabras, escritas en papelitos, las estaciones de Atocha, El Pozo, Santa Eugenia, la calle Téllez… Palabras que no rompían el silencio.

Los verdugos resultaron ser otros que los de siempre, aunque igual de humanamente insignificantes. Pero extraños. Tan insignificantes y extraños que apenas sabíamos a quién culpar, contra quién dirigir nuestra ira. ¿Es por esto que te resulta más fácil hablar del 11 M que de Patria? En fin, ya sabes que los ciudadanos fuimos a votar casi como forma de protesta y que nuestros políticos salieron unos a celebrar su victoria con unas sonrisas completamente obscenas y otros a lamentarse con la misma obscenidad por su derrota. A mí, por lo menos, todo aquel espectáculo me resultó obsceno. Y la vida siguió, aunque tardó en recobrar su sonido habitual. Yo no podía evitar pensar que había tenido la niña que alguna víctima no pudo tener. Y algunos familiares, desesperados quizá para siempre por el dolor, siguieron pidiendo más verdad y justicia de la que se les había ofrecido ya muchos años después, en los anocheceres de todos los 11, en la estación de Atocha que yo atravesaba entonces diariamente camino del trabajo. Como si eso fuera posible en este mundo: una verdad y una justicia que pudieran consolarles.

Nos vemos pronto, espero.

Teresa.

Foto: Javier


Querida Teresa:

Como casi siempre, tienes razón. Hay asuntos de los que cuesta tanto hablar… Me sigue recorriendo una sensación de angustia, parecida a un escalofrío, cuando intento escribir acerca de aquel jueves atroz. De hecho, es la primera vez que voy a intentarlo, aunque dudo que consiga relatar unos acontecimientos tan traumáticos con un mínimo de objetividad, o que sea capaz de controlar las emociones que me provoca tan sólo recordarlos.

Mi vida era por entonces muy diferente a la actual. Tenía un empleo estable, con una jornada completa y un salario de lo más digno. A veces me preguntaba si se trataba del puesto de trabajo que había imaginado en mis sueños de grandeza y la respuesta era, la mayoría de las veces, negativa. Pero estaba contenta y me consideraba una persona independiente, lo cual me producía un sentimiento de serenidad del que ahora carezco.

Mi jornada laboral comenzaba a las cuatro de la tarde y terminaba a las doce de la noche. Así que, aquel nefasto 11 de marzo, no madrugué. Esa mañana se me pegaron las sábanas; es casi seguro que la noche anterior me entretendría leyendo algún libro o cotilleando las Crónicas Marcianas de Javier Sardá y me darían las tantas. Como cada día, al ir a prepararme el desayuno, conecté la radio y, en ese momento, la voz de Iñaki Gabilondo me sobresaltó: explosiones, trenes, Atocha, atentado, la estación del Pozo, el Pozo, el Pozo… Aterrada, me dirigí a encender la televisión y las imágenes de los trenes me dejaron por unos instantes en estado de shock. Atocha, Téllez, Santa Eugenia…, las 07:35, el Pozo, el Pozo, el Pozo…

Intenté asimilar la información, pero me quedé petrificada en el sofá por un tiempo que no puedo precisar. Sólo recuerdo que, cuando conseguí marcar el número de teléfono del hotel donde mi hermana y yo trabajábamos, ella en el turno de mañana, un temblor recorría todo mi cuerpo. Mi primo Sergio, que también atendía la recepción y la centralita, descolgó. “Hola, Marisa. Tu hermana está aquí. Está bien. Te la paso”. Esas fueron literalmente sus palabras. La conversación que mantuvimos después no la recuerdo con exactitud, pero sí que cuando colgué el temblor se había convertido ya en un llanto desenfrenado, en un miedo atroz que me había invadido y no podía controlar.

El turno de mi hermana comenzaba a las ocho de la mañana. Cada día, a la misma hora, hacía el trayecto desde la estación del Pozo a Recoletos en un tren de cercanías igual al que saltó por los aires. A las 07.35- 07:40, su horario habitual. Aquel tren era “su” tren, pero a ella aquel día también se le habían pegado las sábanas y llegaba tarde. Cinco, diez minutos. Tarde. Y ahí estaba. Y seguía viva…

Y después recuerdo nítidamente el silencio. Una capa de silencio envolvía la atmósfera, como si la ciudad se hubiera quedado muda. En el metro, en los autobuses, por la calle; caras de estupefacción, de dolor, rostros de angustia, muecas de incredulidad. Y silencio. Un espeso y aterrador silencio. La ciudad se ralentizó; de repente nadie parecía tener prisa. La gente caminaba cabizbaja por la calle y una ola de solidaridad se esparció por cada esquina. Madrid estaba en duelo y nadie se sentía capaz de alzar la voz.

La manifestación del día siguiente la viví en el hotel, trabajando. Recuerdo a algunos de los clientes que se alojaban aquellos días. Uno de ellos, que se hospedaba habitualmente con nosotros, catalán por más señas, se acercó a la plaza de Colón para hacer parte del recorrido, pero abandonó transcurridos unos minutos. Cuando regresó, abrió la puerta y se sentó en un banco que teníamos frente a la recepción. Con la mirada perdida sólo pudo decirme: “Qué triste, Marisa, qué tristeza en las miradas. No he podido soportarlo. ¿Quién puede ser capaz de ocasionar este horror?”.

De lo que ocurrió los días siguientes, de la utilización abyecta del atentado y de la bajeza moral de algunos de nuestros políticos en aquellas jornadas de dolor, no corresponde aquí escribir ningún relato. Allá ellos con su conciencia. Poco tiempo después, durante unos días de vacaciones en un lugar que no voy a desvelar, alguien se permitió el lujo de contarme una especie de chiste infame acerca de los atentados de Madrid. No le contesté; tan sólo le miré y en mi mirada debió descubrir algo que le hizo agachar la cabeza. Me di la vuelta y me marché. Hacía poco tiempo que había descubierto el verdadero significado del silencio.

Claro que nos veremos. En Madrid, en Magerit.

Marisa.


jueves, 9 de marzo de 2017

Hoy no es el día

El grito. Edvard Munch

Por J. Teresa Padilla

He pasado parte de la mañana buscando literatura sobre el 11 M. El sábado publicaremos algo Marisa y yo juntas en recuerdo de ese día y me pareció buena idea, dado lo inhabitual de hacerlo en fin de semana, subir algo hoy como introducción, aperitivo o más bien anuncio de que esta semana el día “de Diarios" no era hoy, sino el sábado.

Sólo buscaba literatura, no crónicas periodísticas o trabajos de investigación. Ficción, en suma. Algo, la ficción, en cuya capacidad para alumbrar la realidad creo más que en la del periodismo (ahora es cuando Marisa, periodista de formación, me mira mal). Además, la ficción es lo que mejor puede introducir lo que publicaremos el sábado. Mi compañera y yo no nos hemos acercado al tema desde una perspectiva periodística, histórica ni política. Ofrecemos un testimonio absolutamente personal. Subjetivo. No es ficción, por lo menos en cuanto al contenido, pero sí lo más parecido a la ficción literaria de lo que me siento de momento capaz (hablo de mí, que no me atrevo a hablar por Marisa).

Al parecer hay muy poca literatura sobre estos atentados. Algún tonto (y siento hablar así de nadie, pero tonto es el que dice tonterías y, aunque todos las decimos, a éste ya le he oído –leído, más bien- unas cuantas más de las aceptables a su edad) alega que “si no hay novelas sobre el tema es por la manera en la que se cerró aquel caso: tuvimos la sensación de que con la detención de los autores y con la pérdida electoral del PP lo dimos todo por cerrado. No había más preguntas”. Dice esto y le parece bien (no lo dice crítica o irónicamente, como quizá pudiera parecer). Y se supone que es escritor. Para él, el 11 M es un “caso”, un caso cerrado, suponemos que pendiente de archivo. El asesinato en masa e indiscriminado, las vidas segadas en un instante y con premeditación, el dolor de los que sobrevivieron y de los que amaban a los que no sobrevivieron, el horror, la incredulidad y la inmensa tristeza que se cernió, mayormente pero no sólo, sobre los ciudadanos de Madrid (los mismos que estamos de vuelta, por desgracia, de casi todo). Nada de esto genera, al parecer, preguntas a Isaac Rosa. Una vez identificados, muertos o juzgados y encarcelados los culpables, ¿qué más preguntas sin respuesta hay?

Pues muchas; todas; las más importantes. Y no hablo de teorías conspirativas, como insinúa este necio que me ha amargado la mañana con su estupidez. Hablo de entender la maldad, la ausencia, el dolor, la generosidad. Hablo de personas, de sus historias, sus pensamientos, sus miedos. Asuntos de siempre, pero que sucesos como los atentados del 11 M nos ayudan a concretar reflexionando o fabulando en torno a los que los sufrieron. Seguro que hay muchísimas razones por las que no hay demasiada literatura sobre ellos, pero que sea un “caso cerrado” no lo es. Porque ni lo está ni puede estarlo. La herida está y debe seguir abierta para no olvidar a ninguna de esas 193 personas, más las otras dos que murieron en los vientres de sus madres y con ellas, que ese día se esfumaron como si nunca hubieran existido y quién sabe cuántas más que sobrevivieron, pero no pudieron o supieron volver a vivir.

Pero dejémonos de tontos y tonterías, que corremos serio peligro de contagio, y vayamos a las obras que he encontrado. No he leído ninguna, así que lo que digo de ellas no es sino un pálpito o una sospecha nacida de lo que cuentan las fuentes de las que las he obtenido y de alguna que otra lectura transversal de críticas. Las he ordenado cronológicamente, empezando por los que siempre están en la vanguardia de todas las batallas: los poetas (bravo por ellos). 

Madrid, once de marzo: Poemas para el recuerdo. Pre-Textos: Madrid, 2004. 184 pp. 11 euros. Antología realizada a iniciativa de los libreros, a la cabeza la librería Alberti, que al día siguiente del 11 M solicitaron a casi cien poetas textos, en principio para cubrir sus escaparates. Los poemas terminaron reuniéndose en este libro cuyos beneficios se destinaron a la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

11 M: Poemas contra el olvido. Bartleby editores: Madrid, 2004. 200 pp. 12 euros. Otra iniciativa, esta vez de la editorial y Manuel Rico, para que los poetas se sumaran al dolor por los atentados con una pieza inédita. Participaron, entre otros, Luis Eduardo Aute, Félix Grande, Manuel Rivas o Benjamín Prado. Como la anterior, también tuvo fin benéfico.

La piedra en el corazón. Luis Mateo Díez. Galaxia Gutenberg: Barcelona, 2006. 280 pp. 16,50 euros. El dolor de una hija sobre el fondo del dolor del Madrid de marzo de 2004. No parece encontrarse entre lo mejor de este autor, pero seguro que vale la pena comprobarlo de primera mano.

Donde Dios no estuvo. Sonsoles Ónega. Grand Guignol: Barcelona, 2007. 168 pp. Una novela típica de periodista: una crónica “a caballo entre la ficción y la realidad” escrita como un bestseller. No la recomiendo; se me nota, ¿no?



Madrid Blues. Blanca Riestra. Alianza: Madrid, 2008. 240 pp. 23,99 euros. Parece que pasó bastante desapercibida, pero tiene toda la pinta de ser una novela honesta y un intento digno de aproximación. Y el título me gusta mucho.

La vida antes de marzo. Manuel Gutiérrez Aragón. Anagrama: Barcelona, 2009. 288, 18 euros. Ganó el premio Herralde, lo que no sé si es un punto a su favor o en su contra. No parece generar gran entusiasmo, pero tampoco es vista con malos ojos. A mí me hecha un poco para atrás que su autor venga del mundo del cine (no me gustan nada las novelas cinematográficas).


El corrector. Ricardo Menéndez Salmón. Seix Barral: Barcelona, 2009. 144 pp. 17,50 euros. El corrector es el último volumen de una trilogía sobre el horror que se inició con La ofensa (2007), que tenía como fondo la II Guerra Mundial, a la que siguió Derrumbe en el 2008. Me da muy buenas vibraciones, la verdad.


El mapa de la vida. Adolfo García Ortega. Seix Barral: Barcelona, 2009. 544 pp. 20 euros. Una historia de amor entre supervivientes, Madrid, mútiples voces, temas e historias. Demasiado quizá para no perderse.


Saliendo de la estación de Atocha. Ben Lerner. Random House: Barcelona, 2013. 208 pp. 16,90 euros. Al parecer en Estados Unidos fue un éxito y tiene buenos padrinos allí, pero me da la sensación de que el 11 M es un mera circunstancia y de que habla sobre todo de un americano y para otros americanos.


11 M: once días de junio. Víctor Llano. Última línea: Málaga, 2015. 236 pp. 16,95 euros. Es una novela de género, un thriller. No debería estar en esta lista, pero ya que está el americano (que a saber qué ha escrito), y la periodista (Sonsoles Ónega) con su "crónica novelada", pues, venga, también él.


Carne rota” es un cuento sobre el 11 M incluido en el volumen El vigilante del fiordo. Fernando Aramburu. Tusquets: Barcelona, 2011. 192 pp. 16 euros. Es el autor de este año y, por amplia mayoría, con merecimiento. Una garantía.

Cosas que brillan cuando están rotas. Nuria Labari. Círculo de tiza: Barcelona, 2016. 275 pp. 22 euros. Es la novela de una periodista que recurre a la ficción para reconstruir desde las vivencias personales de su protagonista (periodista, también) la tragedia y, de paso, su vida. Estoy segura de que es de esas novelas que entusiasman a un determinado tipo de lector, mayoritariamente femenino. Lo mismo es un prejuicio, pero no me tienta nada.

Puede que no sean muchas obras, pero las hay. Y algunas prometen enseñarnos cosas, que es de lo que se trata en literatura: de enseñarnos cosas sobre nosotros y nuestras vidas.

No os olvidéis: nos vemos (leemos) el sábado.