viernes, 24 de febrero de 2017

¡Que vienen los rusos!

Por J. Teresa Padilla

Lo exclamo sin pánico y en un tono que pretendo humorístico, pero no creáis que sin un íntimo, secreto y vergonzante recelo, sospecha e incluso desasosiego.

Al parecer, piratas informáticos rusos hicieron lo que suelen hacer (los piratas internaúticos, no los rusos) y se metieron en las intimidades virtuales de organismos estatales y personalidades de relevancia política de la superpotencia occidental (o sea, EEUU). Al parecer, con el propósito de hacer pública todo tipo de información malintencionada sobre la entonces candidata demócrata a la presidencia estadounidense y favorecer así al inminente nuevo presidente yanqui (el “loco del miércoles”, como hoy mismo acaba de referirse a él la señora que cuida de mi suegra, colombiana ella. El título me ha gustado tanto que estoy por apropiármelo y cambiarle el nombre al blog: Las locas de los miércoles. Si no lo hago es porque lo suyo sería publicar entonces los miércoles y ni mis socias ni yo tenemos edad ya para tanto compromiso).

Pero, bueno, hablaba yo de la piratería de origen ruso. Obama se enfadó, claro (aunque a buenas horas), y expulsó hacia la gélida madre Rusia a un buen grupo de diplomáticos. Putin, tan hierático y bajito como acostumbra, decidió no mover, de momento, ficha: para qué se iba a molestar con un presidente al que le quedaba telediario y medio. Ya hablaría él con el nuevo boss, que, de paso, se erigió en defensa de la presunción de inocencia rusa y sugirió otros posibles culpables, orientales pero no eslavos, o sea, chinos (con todos los que son, raro sería que no hubiera alguno implicado) o norcoreanos (no son tantos pero a siniestros les ganan pocos). En suma, que en medio del escándalo, Putin dejó a Trump liado con el Twitter (qué peligro) y se fue a misa de Pascua. Así, sin más, como si nunca hubiera sido un jefazo de la KGB ideológicamente impecable (o sea, ateo) o necesitara precisamente él ayudas divinas; vamos, como un señor.

Bueno esto era un resumen de lo que pasó a finales del año pasado, por si había algún despistado que no se hubiera enterado en su momento de la noticia. Un resumen a cuento de qué, os preguntaréis (con toda la razón). Pues a cuento de este blog que tenéis la gentileza de visitar en este preciso instante. Ya en enero Diarios de resistencia fue poco menos que invadido por los rusos. No sé, como doscientas visitas en un solo día. Lo mismo los blogs como Dios manda tienen de forma habitual visitas de este orden. Diarios, desgraciadamente, no. Ni cuando escriben Marisa o Esperanza, que suelen, como vulgarmente se diría, dejar mis posts en bragas.

Pantallazo de las fuentes de tráfico del blog
No puedo negar que ver semejante cantidad aumentar el contador de visitas provocó un considerable subidón en mi autoestima. Aunque breve, claro, porque estalló como la burbuja que era cuando empecé a hacerme preguntas tales como: ¿Qué hacen tantos rusos (es que había días que eran tantos que asustaban) pasándose por aquí? ¿Cómo han llegado? ¿Qué están leyendo? ¿Pueden siquiera leer (castellano, digo)? Poca cosa averigué y eso que manejo a nivel usuario el Google Analytics. Sólo sé que estuvieron. Un buen puñado de días. Desde diferentes lugares de Rusia. Y que leyeron (supuestamente) un poco de todo, preferentemente entradas antiguas.

Tan abruptamente como llegaron, se fueron (no fidelicé ni a uno, mierda). Se fueron hasta hace unos días, en que de repente entraron de nuevo en tromba (trescientos y pico de una vez). Esta vez no he hecho mayores indagaciones. Para qué. Fue sólo un día. Pero me tienen perpleja. Supongo que serán “robots” que reaccionan a alguna palabra del blog y que al poco se marchan “decepcionados”, pero yo prefiero imaginarme a personas reales, estudiantes de español, hijos o nietos de los niños de la guerra buscando sus orígenes… Mi fantasía no se sostiene porque no tiene sentido que esta gente se ponga de acuerdo para visitarnos a la vez, pero… En fin, venga, no perdamos la esperanza ahora justamente que la NASA ha descubierto un nuevo sistema solar con posibilidades de albergar vida. Si estáis ahí, sois humanos y venís en son de paz, comunicaros con nosotras: no tenemos muchos secretos, y escandalosos menos, pero somos mujeres de paz, no tanto por falta de genio, sino por hartura de guerras.

Firmado: Las locas de quién sabe qué día.

jueves, 16 de febrero de 2017

Judas

Judas. Amos Oz.

Siruela: Madrid, 2015. 304 pp. 19,95 euros.



“Y Judas, ante cuyos ojos conmocionados acababan de derrumbarse el sentido y la finalidad de su vida, Judas, que comprendió que había causado con sus propias manos la muerte del hombre al que amaba y admiraba, se marchó de allí y se ahorcó. Así, escribió Shmuel en su cuaderno, así murió el primer cristiano. El último cristiano. El único cristiano”.


 Por J. Teresa Padilla

“Esta es una historia del invierno de finales del año cincuenta y nueve y principios del sesenta. En esta historia hay error y pasión, hay amor no correspondido y cierta cuestión religiosa que queda aquí sin resolver”. Así empieza Judas, como un cuento de los que dan ganas de leer en voz alta, de los que, si no te oye nadie, te lees efectivamente a ti mismo aunque sea en un murmullo. Yo encuentro verdadero consuelo en hacerlo, consigo acallar todo el ruido que se me acumula a veces en la cabeza y en el corazón y los embota. Seguramente es un consuelo muy parecido al que encuentran los que balbucean sus plegarias en sus respectivos lugares santos. No pasa con todos los libros, y resulta en realidad superfluo añadir que aquellos que lo consiguen pasan a engrosar, sin más requisitos, mi lista de predilectos, esa larga lista cuyos miembros más recientes son Brodsky y Métter. Bueno, y a partir de ahora Amos Oz.

Todo empieza como un cuento, pura ficción, pero el narrador está tan concentrado en ver sólo por los ojos de Shmuel y narrárnoslo que no nos vuelve a interpelar más y, claro, se nos olvida. Nos olvidamos de nosotros mismos (bendita catarsis) y seguimos (gracias a que el autor abandona momentáneamente la perspectiva de Shmuel para describírnoslo a él mismo) los torpes y característicos andares de Shmuel Ash por Jerusalén como si los estuviéramos viendo; pero sobre todo seguimos sus pensamientos y sentimientos. Sólo a ellos tenemos acceso y sólo a través de ellos, y de lo que expresamente llegan a contarle a Shmuel, conocemos a los otros dos protagonistas: Atalia Abravanel y Gershom Wald, nuera y suegro que viven en una misma casa, aunque a la sombra de los ausentes (el padre de Atalia y el hijo de Gershom) y del silencio que impone el dolor (o la ira) de su ausencia.

Shmuel, un joven universitario que se oculta tras un pelo indomable y una barba de neandertal, no tiene donde ir. Su aspecto, su cómica forma de andar, su incapacidad para escuchar y a la vez su inclinación al monólogo interminable, su manera repentina de pasar de la actividad más frenética a una pasividad casi letárgica, su tendencia a llorar de emoción a la mínima, todo estos rasgos hacen que la sucesión de desgracias que le han llevado a la situación en la que nos lo encontramos en ese invierno del cincuenta y nueve, nos resulten menos patéticas de lo que realmente son. Porque Shmuel se ha quedado solo: su novia se ha casado con otro novio anterior a él y la escisión en el grupúsculo socialista de 6 miembros del que formaba parte le ha dejado en el sector minoritario (y encima “entre los cuatro disidentes estaban las dos chicas del grupo, sin las cuales aquello no tenía sentido”). También sus padres se han arruinado y ya no pueden pagarle los estudios, aunque no es esto en realidad lo que le lleva a abandonarlos (su hermana se las apaña), sino que está atascado en el trabajo que le iba a abrir las puertas de la gloria académica: Jesús a ojos de los judíos. Sin idea de lo que hacer ni adónde ir, encuentra una peculiar oferta de trabajo: conversar con un anciano durante las tardes a cambio de techo y un modesto salario. Allí se esconde del mundo, traiciona las esperanzas de sus padres, y hasta sus propios sueños.

De la traición y su íntima santidad trata sobre todo esta novela que tiene por título el nombre propio del traidor por antonomasia. Se traiciona, como Judas, por amor, por una fe que va más allá de la que su objeto tiene en sí mismo. Se traiciona al propio pueblo, como Shaltiel Abravanel, el padre de Atalia, cuando se insiste en la posibilidad de un sueño en el que no cree la mayoría. Se traiciona a un hijo cuando se le empuja a una presunta muerte justa desde niño. Y luego está Atalia, incapaz de creer en nada, de soñar, de amar a nadie (“Es imposible amar a los hombres. Lleváis miles de años teniendo el mundo entero en vuestras manos y lo habéis convertido en una monstruosidad. En un matadero”). Si rompe “corazones ingenuos a su paso”, a causa sobre todo de ese olor suyo a violetas y al surco tan marcado que unía su nariz y el centro de su labio superior, no está nada claro que se pueda hablar de traición. Porque la traición implica fidelidad a lo que se traiciona y nada ni nadie merece la suya. Es la guardiana de los muertos, de los que guardan silencio (su padre, su marido) y de ese otro “muerto charlatán que no para de hablar” (su suegro). Los guarda, pero no por sentido del deber ni por amor, sino porque no parece haber para ella otro lugar en el mundo que no sea un mausoleo.

El ateo Shmuel nos presenta a un Jesús de Nazaret, más que desde los ojos de un judío, desde sus ojos, llenos de amor por el hombre y sus palabras. Y a Judas como el más fiel a los sueños del nazareno: el primer, único y último cristiano auténtico. Traidor tanto para el judaísmo como para el cristianismo oficiales. Porque estaba solo en su fe sin límites, porque no pudo soportar el dolor de un sueño roto ni la culpa.

Amos Oz (2005). Foto: Michiel Hendryckx

Los soñadores: ésa es la verdadera estirpe de los acusados de traición. Es a la realidad tozuda, bárbara y desesperante a la que desafían. Y pierden siempre. Esos son los traidores. Los otros, los que vencen, ya no sueñan. No tienen necesidad, poseen todas las respuestas. Y el poder.

“Tú eres un valiente soldado del ejército de los que quieren arreglar el mundo y yo sólo soy parte del miasma del mundo [dice Gershom]. Cuando prevalezca el nuevo mundo, cuando todas las personas sean honestas, sencillas, productivas, fuertes, iguales y rectas, se derogará por ley el derecho a existir de seres deformes como yo, que comen y no hacen nada y encima lo afean todo con sus ocurrencias y chanzas sin fin. Incluso ella, Atalia, será prescindible en el mundo que surja tras la revolución, un mundo que no tendrá ningún interés en viudas solitarias que no se movilizan para arreglar el mundo sino que deambulan por ahí haciendo cosas buenas y cosas malas, rompiendo corazones ingenuos a su paso. (…) Ni siquiera de ti, querido, tendrán necesidad (…) Ellos mismos son la respuesta a todas las preguntas”

Atreveos a conocer a este muchacho conmovedor, tan parecido a los perros callejeros que le reconocen y siguen por las calles de Jerusalén. Él también sueña, pero, gracias a Gershom, a ese feísimo anciano parlanchín al que no puede evitar terminar amando, sabe que sueña. “En nuestras conversaciones nocturnas he aprendido de usted a dudar un poco. Tal vez por eso yo ya no seré jamás un revolucionario de verdad”, confiesa Shmuel. Sí, él parecía que tenía las respuestas, como los revolucionarios del póster que dejó para siempre en su habitación en la buhardilla de la casa, como esos redentores del mundo que terminan provocando ríos de sangre. Y cuando se marcha, como al principio, sin saber qué hacer o adónde ir, sólo tiene preguntas. No parece nada, pero es un gran botín: un bastón con cabeza de zorro y el "se preguntó" que pone fin a la novela.

jueves, 9 de febrero de 2017

Némesis

Némesis. Philip Roth.

Mondadori: Barcelona, 2011. 224 pp. 21,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

Me ha costado y me cuesta esta reseña. Philip Roth no es como mis otros Roth: Joseph, el europeo sin hogar capaz de escribir prodigios aun con los ojos nublados por el alcohol, las lágrimas, o ambas cosas a la vez, y Henry, el tránsfuga de la literatura, el fracasado que, a diferencia de Joseph, encontró en la huida, la soledad y la desaparición, primero supongo que sólo un poco de paz y consuelo, y después amor. La razón por la que todavía no existe en este blog una reseña de su Llámalo sueño, ese libro que, durante un tiempo, regalé y presté a todos los que me importaban (hasta que me cansé de sus tibias o inexistentes reacciones) es mi penosa memoria y mi manía de tener lo que comento íntegro en mi cabeza. Queda tanto por leer, tantas maravillas por descubrir, que me resulta casi enfermizo releer por enésima vez esta novela. Sin embargo, lo haré, qué narices, aunque me temo que tendré que controlarme mucho para no terminar escribiendo, cuando llegue el caso, más sobre mí misma, sobre mi infancia, que sobre la que para mí es la gran novela de la infancia.

Durante un tiempo mis libros viajan por mi casa, más allá del movimiento obvio de seguir mis pasos mientras los leo. En cuanto llegan van a la pila. La pila es a veces ridícula por lo escuálida (dos o tres volúmenes), otras no tanto, y entonces pierdo mucho tiempo contemplándola y decidiendo el lugar de los libros en la misma según el probable orden de lectura. Para nada, porque no hago más que cambiarlo, yo creo que más por el placer de andarlos toqueteando que por auténtica indecisión. Además, normalmente, algo pasa en el último momento (que llega otro libro, nuevo o prestado) que relega al primero de la lista, bien sea por la necesidad de leer antes lo que tienes que devolver (pocas cosas peores encuentro en las personas que obligarte a pedirles los libros que les prestaste), bien porque la novedad se te antoje irresistible. El caso es que mi pila actual incluye dos Philip Roth más aparte de Némesis, que ya está leído y la ha abandonado para ocupar la segunda residencia temporal de mis libros (mi “despacho”, a saber: el rincón de la cocina donde escribo estas joyas de la digresión). He ido relegando estos dos a causa precisamente de Némesis. Quería leerla a ella primero por ser la última novela de Philip Roth y empezar así por el final (un placer infantil que me concedo de vez en cuando). La última para siempre, pues con ella declaró que se jubilaba, que lo dejaba, que se acabó. No soy quien para ponerlo en duda, y a un hombre de 83 años no se le puede exigir nada, ni siquiera que siga vivo mucho tiempo, aunque tampoco me imagino a Roth mano sobre mano viendo la tele o contemplando la evolución de las zanjas de su querido Newark. O puede que los ancianos estadounidenses no sean como los nuestros…

Pero, volviendo al tema: al igual que sus hermanos andan atascados en la pila por su culpa (he descubierto que necesito un descanso de dos o tres lecturas distintas entre un Philip Roth y otro), Némesis se quedó atascada más de lo habitual en la segunda base, o sea, mi mesita de la cocina. Por encima de ella habéis visto pasar a Ozick y Brodsky, y hasta podría hacerlo el Judas de Oz, que terminé ayer mismo y sobre el que estoy deseando escribir, si no fuera porque tengo que enfrentarme ya al desafío personal que desde su tapa amarilla chillona (qué libro mas feo) me plantea Némesis. ¿Cuál? La de una novela a la que no puedo reprochar nada, ni en la elección del tema ni en su desarrollo formal, que es impecable. Pero que me ha costado leer, y la culpa no la tiene esta vez el traductor, invisible como debe ser.

Némesis es el nombre de la diosa griega del castigo y la venganza “justos” que debían aplicarse a aquellos que sobrepasaran los límites impuestos por su condición: los hijos que desobedecieran a sus padres o los hombres que desafiaran a los dioses usurpando sus funciones o queriendo ser como ellos. Esta trasgresión es la hibris, lo más parecido que los griegos tenían al concepto de pecado.

Al principio a mí me resultó extraño que un autor judío titulara así una novela en la que se narra cómo, en plena guerra mundial, una epidemia de polio se ceba especialmente en los niños del barrio judío de la ciudad de Newark. Porque resulta una réplica a una diminuta escala doméstica de la plaga que estaba aniquilando a todos los judíos, incluyendo a los niños, en Europa, y muchos lectores, al menos yo, creo que esperaban mientras recorrían su primera parte que la novela optara por desarrollar esta analogía evidente. Sin embargo, a pesar de que a veces casi parece que va a suceder (“aquella era también una guerra de verdad, una guerra de matanza, ruina, desolación y perdición, una guerra con los estragos de la guerra: una guerra contra los niños de Newark”), al final tenemos que reconocer que no, que no se trata, como en La peste de Camus, tanto de las formas posibles de resistencia al mal como de algo mucho más concreto: de la manera en que su protagonista, Bucky Cantor, termina por interpretar la epidemia y su papel en ella.

Bucky es monitor en un campamento municipal de verano. Aunque al principio Bucky parece destinado a ser el héroe que impide que, junto al virus de la polomielitis, se extienda también entre sus niños el de la ira y el miedo (que “castra” y “degrada”), resulta ser sólo “un buen chico”; judío, sí, pero cien por cien norteamericano: seguro de su vida y de su derecho a ella, la suya y la de los demás; un muchacho que, por otra parte, ha asimilado completamente ese ideal tan americano (y protestante) del ciudadano ejemplar, siempre dispuesto al sacrificio heroico en nombre del deber. Por si no resultaba suficientemente vergonzoso que el ejército le hubiera rechazado por su deficiente visión, teniendo así que permanecer en la seguridad del hogar mientras sus amigos de la infancia morían en Europa, cuando se le presenta la oportunidad de luchar en esta otra guerra desatada en su mismo barrio por la enfermedad, decide irreflexivamente aceptar la propuesta de su novia y marcharse a trabajar con ella a un campamento infantil en plena naturaleza, lejos de la epidemia.

Se marcha porque es la opción más apetecible, como el melocotón que se está comiendo en ese momento, la objetivamente más sensata. En realidad no hay ninguna guerra en Newark ni nada especialmente heroico que él pueda hacer. Ésa es la verdad, metáforas aparte. Y él tampoco se va por miedo a la enfermedad, sino, en todo caso, al sufrimiento, por lo absurdo que le parece en ese momento tener que asistir impotente al dolor ajeno y compartirlo. Claro está que este buen chico americano de inteligencia media no se ha planteado nada de esto. Lo hizo, sin más. Y cuando la enfermedad termina alcanzando también aquel supuesto refugio natural, matando a un niño y lisiándole a él mismo, se considera responsable y la culpa le corroe hasta decidir castigarse de por vida.

Lo que parecía iba a ser una reflexión sobre la naturaleza humana y su capacidad para lo mejor y para lo peor en las situaciones críticas, termina siendo la descripción del infantilismo religioso de Bucky, que, incapaz de aceptar la tragedia como lo que es, un sinsentido, tiene que buscar un culpable. Primero Dios y luego él o, mejor dicho, los dos a la vez. “No era más que un estúpido orgullo desmedido”, nos dice el narrador (uno de los primeros niños afectados), el que le llevó a condenarse para siempre a la soledad. He aquí la hibris y su correspondiente némesis. Conceptos paganos, pues lo de Bucky tiene que ver menos con la religión o la fe que con el puro racionalismo de las causas eficientes.

Visto así, es una suerte que no se plantee una analogía entre la epidemia y la shoá. Resultaría escandaloso que se nos invitara a verla, no tanto como lo hace Bucky, sino el razonable y laico narrador: una contingencia inevitable.

Al fin puede ocupar Némesis su lugar más o menos definitivo: en la estantería, en el lugar alfabéticamente destinado a los Roth. Allí, junto a Joseph y Henry, a los que tan poco se parece. Bueno, cada uno es como es. Philip, tan realista, tan sobrio, tan correcto (literariamente hablando) es, de momento, mi particular patito feo. Veremos si me sorprende en los otros dos “Roths”. Veremos.

jueves, 2 de febrero de 2017

Del dolor y la razón

Del dolor y la razón. Joseph Brodsky.

Destino: Barcelona, 2000. 465 pp. 21,25 euros.


“Y mirando estas postales me prometí que, si alguna vez conseguía salir de mi país natal, iría a Venecia en invierno, alquilaría una habitación en una planta baja, junto al agua, me sentaría allí, escribiría dos o tres elegías, apagaría mis cigarrillos en el suelo húmedo para oír su leve siseo, y, cuando estuviera a punto de quedarme sin dinero, no compraría un billete de vuelta sino una pistola barata, y, acto seguido, me volaría los sesos. Una fantasía decadente, por supuesto... pero si a los veinte años uno no es decadente, ¿cuándo va a serlo?".


Por J. Teresa Padilla

Joseph Brodsky murió en 1996. Ni se pegó un tiro (¿demasiado viejo?, ¿demasiado cuerdo?) ni fue en Venecia donde le falló ese corazón enfermo que tanto tiempo le llevaba amenazando con pararse. Sucedió en Nueva York, la capital oficiosa del país en que se había exiliado hacía más de veinte años. Sin embargo, sus cenizas no descansan allí, ni en su ciudad natal (San Petersburgo), sino en la Venecia invernal a la que se prometió viajar cuando todo viaje era imposible. Aunque fuera sólo para morir o, como en realidad sucedió, para yacer después de muerto.

Tumba de J. Brodsky en Venecia
Nos gustan los círculos que se cierran. “Te ha quedado redondo”, se dice de un trabajo bien hecho. Será que nos consuela ese encuentro de los principios y los finales que nos permite engañarnos sobre la sabiduría de la naturaleza o el equilibrio del universo. Dan la impresión de que en el fondo hay una ley que rige todo este caos, aunque en realidad no creemos en la ley. Ni siquiera en el azar. Sabemos que esos círculos nos los imaginamos, los soñamos. Qué más da. “En definitiva, comparado con la muerte, el sueño es realidad”. Yo encontré un círculo así cuando, después de leer los ensayos recogidos en Del dolor y la razón, me enteré navegando por la red de que Brodsky estaba enterrado allí donde fabuló de joven, todavía en la Unión Soviética, quitarse la vida como un poeta maldito. Al igual que todos estos círculos cerrados, también éste es sólo una visión subjetiva, mía en este caso. La que necesitaba para enfocar la reseña de un libro (ya os lo adelanto por si no necesitáis saber más ni seguir leyendo) extraordinario que no tiene ningún desperdicio. ¡Qué queréis que os diga! Sin este tipo de muletas, sin estas ideas típicas de mentes dispersas como la mía, terminaría escribiendo resúmenes escolares. Venecia (convertida para Brodsky en el contenido concreto del abstracto Occidente) y la muerte, la muerte en Venecia, la soñada y la real o cómo la soñada, la literaria, se termina imponiendo a la real. He aquí el principio. A ver si en torno suyo soy capaz de ordenar en poco más de mil palabras las mil y más maravillas de este libro.

“De un hombre que nos va a decir algo sobre nuestra vida no nos importa en qué época vivió”. Pues nada de referencias biográficas, faltaría más. Porque Brodsky es uno de esos hombres. Enseñarnos algo nuevo sobre nosotros y nuestro mundo es la condición mínima que ha de cumplir un libro para ser leído, hoy o dentro de cien años, por miles de lectores o por uno, porque la literatura “es un diccionario de la lengua en que la vida le habla al ser humano. Su función consiste en evitar que otro hombre, un recién llegado, caiga en una vieja trampa, o en ayudarle a darse cuenta, si de todas formas ha caído en ella, de que ha tropezado con una redundancia. De este modo se sentirá menos afectado y, en cualquier caso, más libre. Porque entender el significado de las expresiones que utiliza la vida, de lo que nos sucede, resulta liberador”. Vale, es cierto, hay libros que se leen masivamente y no enseñan nada, libros que no se dirigen a nosotros, a cada uno de nosotros, sino a un más o menos determinado público. Es verdad, pero nosotros hablábamos de literatura.

La literatura, como el arte, “despierta en el ser humano, consciente o inconscientemente, un sentido de unicidad, de individualidad, de separación, que lo convierte, de animal social, en un “yo” independiente”. E insiste: “Una novela o un poema no constituyen un monólogo, sino una conversación entre el escritor y el lector, una conversación, repito, íntima, al margen de los demás: por así decirlo, mutuamente misantrópica. (…) Una novela o un poema son el fruto de una doble soledad: la del escritor, la del lector”. Brodsky fue un escritor exiliado y esto no es un mero accidente biográfico: su exilio y la necesidad del mismo le revelaron la esencia de la literatura y le brindaron la posibilidad de una libertad que va más allá de la liberación evidente de pasar de una tiranía a una democracia (“ese punto medio entre la pesadilla y la utopía”). El escritor y el lector están inevitablemente solos, al menos cuando escriben o leen. Y esa soledad es un valor, un preciado tesoro. Debemos luchar por alcanzar la condición de nómadas. Esto repite Brodsky de diferentes y simpáticas formas en muchos ensayos de este libro, sobre todo en los diversos discursos de graduación que incluye y que son una auténtica gozada.

Ser un nómada (al menos mental) es no pertenecer a ningún club, grupo, célula. Ni, por extensión, país o nación. Es negarse (cuántas veces hemos hablado de esto mismo aquí) a dar credibilidad a la Historia o a “los heraldos de su inevitabilidad”. No significa sin más ser libre (esto es un duro trabajo), pero sí estar liberado de lo que nos lo impediría. Ser un nómada es ser un rostro humano, aunque no siempre sea hermoso ni bueno, y no un átomo de la masa.

Muy en relación con esta posible libertad y más que real liberación está la literatura y su abominación de la repetición, el cliché y las obviedades:

“El discurso poético es continuo, y evita el cliché y la repetición. La ausencia de estos rasgos hace avanzar el arte y lo distingue de la vida, cuyos principales recursos estilísticos, por así decirlo, son precisamente el cliché y la repetición. (…) Es nuestro objetivo antropológico, genético, nuestro faro lingüístico, evolucionista”. “Lo malo de los discursos sobre obviedades es que corrompen la conciencia por la facilidad y la rapidez con que nos proporcionan la tranquilidad moral de hallarnos en lo cierto”.

A la rutina segura e inmovilista de la frase hecha, el cliché y lo obvio se oponen la duda, la incertidumbre y el riesgo de la literatura, sobre todo de la poesía, al dejarse el poeta poseer por la lengua (en un sentido más erótico del que imaginamos) y su necesidad de evolucionar y crecer: “Quien escribe un poema lo escribe porque la lengua le inspira –cuando no le dicta- el siguiente verso. (…) Hay ocasiones en que, mediante una simple palabra, una simple rima, el que escribe un poema se ve llevado allí donde no ha estado nadie antes que él, quizá incluso más lejos de lo que él mismo deseaba. Quien escribe un poema lo escribe sobre todo porque la escritura de versos es un extraordinario acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la comprensión del universo. Una vez experimentada tal aceleración, ya no se puede renunciar a repetir la experiencia. (…) A quien establece esta especie de dependencia con la lengua es, supongo, a quien llamamos poeta”.

Eso fue Brodsky por encima de todo, un poeta, y para los que, como yo, no sabemos leer poesía, los ensayos en que él nos lee y desnuda los poemas de Rilke (“Noventa años después”), Thomas Hardy (“Cortejar lo inanimado”) o el espectacular e hipnótico análisis del “Home Burial” de Robert Frost (“Del dolor y la razón”) son, simplemente, milagrosos: hacen ver al ciego, a la ciega en este caso. Y la enamoran, de lo que el maestro les enseña y del propio maestro.

A pesar de su individualismo irrenunciable, Brodsky ponía el poema por encima del poeta, convirtiendo a éste en un simple médium en la historia de amor en que consiste la relación entre la lengua y la realidad. Creo que exagera. Por amor, claro; por amor a su lengua y a todas las lenguas, un amor que se le transparenta en estos ensayos a la menor ocasión. Y el amor ciega y deslumbra, pero, ¿qué seríamos sin él?

“Había leído casi toda mi obra. (…) Cuando conozco a gente como él, me siento como un impostor, porque lo que creen que soy no existe (desde el momento en que acabé de escribir lo que acababan de leer). Lo que existe es un lunático perseguido por sus recuerdos, que se esfuerza por no herir a nadie, pues lo más importante no es la literatura sino la habilidad de no causar daño a nadie. Pero en vez de confesarlo sin rodeos, balbuceo algo sobre Kantemir, Derzhavin, etcétera, mientras él me escucha con la boca abierta, como si en el mundo hubiera algo más que la desesperación, la neurosis y el miedo de convertirse en humo en cualquier momento”.

Foto: Julia Schmalz
Sí, aquí estamos, hablando de literatura, que ni siquiera es lo más importante, como si no fuéramos a morir en cualquier momento, como si la literatura fuera algo más que una ficción caprichosa o la realidad otra cosa que la que nos ofrece la física. Éste fue Joseph Brodsky, no sé si os lo he presentado bien (gran parte del trabajo se lo he dejado a él, a sus palabras). Doy gracias a quien o a lo que corresponda por haberle conocido.

viernes, 27 de enero de 2017

27 de enero

“En un ataque de locura, Celan se abalanzó sobre su vecino en París, convencido de que éste había hecho daño a su hijo. Cuando lo llevaron a la policía, gritaba “¡Soy francés! ¡Soy francés!”. Pero sólo era un judío. Aun así, no le hicieron nada. Lo ingresaron en una clínica psiquiátrica.

¿Cómo es posible que hasta ahora no me haya vuelto loco? ¿O estoy loco?” (I. Kertész. La última posada).


En la plataforma de llegada a Birkenau. Foto: Yad Vashem


Por J. Teresa Padilla

Hoy es el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto (creo que oficialmente el nombre es más largo). Lo es porque fue un 27 de enero de 1945 cuando los rusos llegaron a Auschwitz y lo “liberaron”. En realidad lo liberaron de su abandono, pues allí sólo quedaban menos de tres mil personas que, por su debilidad extrema, no pudieron engrosar las “marchas de la muerte” que sus captores organizaron en su huida. Los nazis dejaron sólo a los que dieron por muertos y a unos pocos que optaron, en ese juego de ruleta rusa que era cualquier elección allí, por burlarles y quedarse. Aquellos judíos eran suyos. Ellos, los nazis, y nadie más eran los dueños de sus destinos. Tal es el mensaje que dejaron bien claro para la posteridad cuando decidieron, al margen del más evidente sentido común, llevarse a todos aquellos que no habían tenido tiempo de asesinar. Perderían la guerra, pero habían conseguido suplantar al Dios de los judíos, que no es otro que el de los cristianos y, por tanto, el de Occidente hasta ese momento. Todavía no está claro a día de hoy si se salieron con la suya. De ahí el esfuerzo por recordar, comprender y conseguir reconducir la civilización que hizo posible aquel horror.

En ese esfuerzo se encuentran escritores, poetas, intelectuales o simples testigos que sobrevivieron. También están los que, como Itsjok Katzenelson o Zalmen Gradowski, por ejemplo, fueron capaces de legarnos su testimonio aunque ellos mismos desaparecieran convertidos en cenizas y humo. Los hay que sobrevivieron hasta el fin natural de sus días (Imre Kertész, Elie Wiesel…) y también los hay, muchos, demasiados, que terminaron sucumbiendo más o menos años después (Primo Levi, Paul Celan, Jean Améry o Tadeusz Borowski). Y, por supuesto, hay mujeres (Seweryna Szmagklewska, Odette Elina, Charlotte Delbo, Liana Milu...).

“Tras examinar a los 2819 internos de Auschwitz que fueron salvados por la llegada del Ejército Rojo, la Comisión de medicina legal estableció que 2189 de ellos, es decir, el 91%, padecían de severa inanición. Por añadidura, 223 de ellos estaba enfermos de tuberculosis. Los peritos pudieron establecer también que los alemanes sometían a tormentos a los prisioneros, lo que resultaba en la presencia de numerosas fracturas de costillas, huesos de las extremidades, vértebras, huesos maxilofaciales y diversas heridas, ulceraciones y miembros gangrenosos entre las personas examinadas por los miembros de la Comisión. Muchas de las personas liberadas padecen también de severas enfermedades nerviosas y psicológicas.

La Comisión de medicina legal practicó autopsias a 526 cadáveres de prisioneros encontrados en diversos puntos de los campos. Las autopsias permitieron establecer que 474 de las muertes (el 88,3%) se produjeron por inanición” (Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg. El libro negro, p. 1079).

Como en este fragmento de El libro negro, esa monumental recopilación de documentos y testimonios realizada en plena guerra por dos hombres tan distintos como Ehrenburg y Grossman, también la frialdad, tan dolorosa, de los números y porcentajes, intenta dar testimonio, aunque lejos de explicar o hacernos comprender nada, pueda cegarnos aún más. Por si acaso, este “informe” fue vetado por Stalin y no se publicó hasta 1980 en Israel. Otro libro con su propia y triste historia, como tantos escritos en la antigua Unión Soviética.

No iba a subir nada esta semana, que ha sido complicada y rara. Pero el periódico me ha recordado la fecha de hoy y necesitaba contribuir a mi manera en la lucha contra el olvido. Y se me han ocurrido dos cosas. La primera compartir una lista de libros de mi biblioteca que, bien narrando, reflexionando e incluso fabulando, luchan sin cuartel por no dar “victorias póstumas a Hitler” (como decía Fackenheim). No os los recomiendo de oídas. Con mejor o peor calidad literaria, todos son imprescindibles. Todos enseñan algo. Habrá muchos más, y puede que mejores. Estos son los que conozco de primera mano.

Pero antes de ese listado, un poema. No sé dónde lo escribió, pero recuerdo que Kertész lo llamó el poema perfecto sobre el holocausto. O puede que perfecto, sin más. Yo no entiendo mucho de poesía, pero le creo. Es la traducción de José Luis Reina Palazón de Todesfuge y un audio del propio Paul Celan recitándolo que no hace falta saber alemán para disfrutar.


Fuga de la muerte

Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba ante él a sus judíos hace cavar una fosas en la tierra
nos ordena tocad a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires allí no se yace allí estrecho

Grita hincad los unos más hondo en la tierra los otros cantad y tocad
agarra el hierro del cinto lo blande son sus ojos azules
hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit juega con las serpientes

Grita que suene más dulce la muerte la muerte es un Maestro Alemán
grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire
así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro Alemán
te bebemos de tarde y mañana bebemos y bebemos
la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul
él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú

vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
azuza sus mastines a nosotros nos regala una fosa en el aire
juega con serpientes y sueña la muerte es un Maestro Alemán

tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit

(Paul Celan. Obras completas –ed. Bilingüe-. Trotta, Madrid, 2007)



Listado (sin orden alguno):

-Imre Kertész al completo (o casi), aunque Sin destino es el principio de todo.
-Primo Levi: Si esto es un hombre, Los hundidos y los salvados, La tregua.
-Stanislaw Lem: Provocación (un ensayo literario, que se presenta casi como un juego, pero que resulta clarificador como pocos).
-Zalmen Gradowski: En el corazón del infierno (el testimonio milagrosamente conservado de un prisionero destinado a trabajar en las cámaras de gas de Auschwitz. Él no sobrevivió).
-Itsjok Katzenelson: El canto el pueblo judío asesinado (este poeta yiddish tampoco sobrevivió. Sí sus poemas, que evocan el camino de destrucción desde la invasión de Polonia hasta los campos).
-Elie Wiesel: Trilogía de la noche (La noche, El alba, El día).
-Tadeusz Borowski: Nuestro hogar es Auschwitz (“No puedes imaginar qué feliz soy”. Una narración epistolar maravillosa y única).
-Seweryna Szmaglewska: Una mujer en Birkenau (uno de los primeros testimonios de supervivientes publicados).
-Odette Elina: Sin flores ni coronas (un conjunto de anotaciones breves, sencillas y dolorosamente expresivas).
-Charlotte Delbo: Auschwitz y después (trilogía que incluye Ninguno de nosotros volverá, Un conocimiento inútil y La medida de nuestros días).
-Liliana Millu: El humo de Birkenau (testimonio contemporáneo del de Primo Levi e igual de recomendable).
-Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación (en esta obra “se describe cómo se sufre la violencia, eso es todo”. Y es mucho).
-Robert Antelme: La especie humana (un testimonio novelado que se esfuerza por seguir viendo al verdugo como un hombre).
-Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg: El libro negro.

Alguno me dejo incluso de mi modesta biblioteca. Seguro que conocéis otros muchos. Os agradecería que los compartierais conmigo. Ayudadme a ampliar esta lista.

miércoles, 18 de enero de 2017

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Cynthia Ozick.

Mardulce: s.l., 2016. 423 pp. 22 euros.


“Hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra labor. El resto es la locura del arte”, dijo [Henry James]. ¿Qué lector, al encontrarse con estas palabras reverberantes, ya sea por primera, por décima o por centésima vez, no se las tomaría a pecho?".

Por J. Teresa Padilla

Cuesta abajo me ha parecido que terminaban yendo los ensayos recogidos aquí. Quizá porque no son tantas las ideas originales de Ozick ni tan variadas las formas en que las sostiene. No son muchas, pero son claras para la autora y objeto de una defensa en ocasiones numantina. Ahora las veremos. Yo suscribiría al cien por ciento muchas de ellas y, a lo mejor por eso mismo, se me ha hecho más cuesta arriba asistir a esa cuesta abajo, al decaimiento del interés de los últimos ensayos (últimos del libro y más recientes en el tiempo).

Por si fuera poco, en la traducción de Ernesto Montequín hay errores gramaticales (un dequeísmo en la página 400 o un “concurso de cuyo premio” que espanta en la 391) y otras opciones estilísticas probablemente legítimas (me dio pereza anotarlas), pero que complican sin necesidad la lectura de unos textos escritos con una encomiable sencillez. Vaya, que había frases muy raras. Que se use “retardado” por “retrasado” o “impiadosa” por “impía”… Bueno, me incomoda, pero ése es mi problema: un pecado inconfesable que me ha alejado de mucha y seguramente muy buena literatura hispanoamericana.

El libro comienza con un ensayo a ratos deslumbrante (“Ella: retrato del ensayo como cuerpo tibio”) en el que describe el movimiento reflexivo típico del ensayo, que a veces es puramente racional y otras sentimental y casi siempre memorístico, oponiéndolo a la urgencia frívola y superficial del artículo. Oponiéndolo y defendiéndolo de ella. El ensayo se mueve en territorios íntimos y su deambular nunca es callejero. Considerémoslo femenino, llamémosle “ella” en lugar de “él” para dar la razón al estereotipo, aunque deberíamos saber que es falso. Porque ésta es otra de las ideas que, sin constituir nunca un tema principal, aparece en varias ocasiones y diferentes ensayos. Ozick defiende el feminismo ilustrado, el de la igualdad. El mismo, por ejemplo, que yo aprendí en la Universidad, a finales de los ochenta, de la mano de Celia Amorós. El que dice que hay cosas hechas por mujeres (muchas más de las que una historia escrita por ellos nos ha mostrado), pero no una forma específicamente femenina (ni masculina) de hacer las cosas. El feminismo clásico (así lo llama Ozick, ilustrado o moderno lo llamábamos nosotras) defiende la individualidad y mayoría de edad de cada una de las mujeres. Nada que ver con la hermandad (“sororidad” la denominan hoy para dejar bien claro el género de la fraternidad, aunque, puesto que el diccionario incluye el adjetivo “sororal”, debería decirse “sororalidad”) y el activismo epatante tan en boga. Me temo que nos faltaban lemas y consignas ofensivos. Nunca se nos ocurrió usar nuestros pechos desnudos como armas reivindicativas. No veíamos mal piropear a nuestros compañeros de vez en cuando para reírnos de su sonrojo tan poco “masculino”. Pero no porque quisiéramos ser como ellos. Ni como ellos ni como ellas. El enemigo era justo ése: el modelo impuesto. El que se nos imponía a nosotras era más opresor, pero tampoco el masculino era liberador, así que podíamos y debíamos ir juntos en esto. Queríamos ser nosotras mismas, descubrir lo que éramos. Y, en realidad, pedíamos lo mismo para nuestros compañeros. Ahora te asomas a las redes sociales y todo parece reducido a un partido de fútbol entre dos equipos igual de poco atractivos que sólo interesa a hooligans.

Cynthia Ozick (1986). Foto: Ricki Rosen
Un excurso un poco largo que simplemente da testimonio de lo que me ha alegrado reencontrarme con este feminismo de mi juventud en varios momentos de esta obra. Aunque sus temas principales sean otros, literarios, claro está. Con ironía se desentrañan, por ejemplo, las diferencias entre los escritores-chamanes y los escritores-ciudadanos (“Sobre el permiso para escribir”). Con dureza se crítica el arte y la literatura narcisistas, autorreferenciales y amorales: la vida y la literatura, la realidad y la ficción, guardan una relación muy compleja, pero no son nada realmente fuera de la misma. En “Metáfora y memoria” se nos describe de un modo pedagógicamente impecable el contraste entre el modelo griego y el judío de metáfora, así como la superioridad del segundo, que se apoya en la memoria y es, en el fondo, el que más y mejor se ha practicado.

En la segunda parte, en la que los ensayos giran en torno a diversos autores, los textos se vuelven más irregulares y reiterativos. Es dura la crítica a Susan Sontang como la ensayista que favoreció el todo vale postmoderno que tanto repele a la autora (con razón, añadiría si mi opinión importara). Lo que dice en este texto (“De la discordia y el deseo”) sobre Patti Smith y la nivelación entre “baja” y “alta” cultura ha sido refrendado este mismo año que acaba de concluir por los académicos suecos, así que la victoria sobre Sontag que Ozick
reclama (según ella, El amante del volcán constituye una rectificación en toda regla) resulta algo pírrica.

Mucho más cruel es el artículo dedicado a Truman Capote (narcisismo de principio a fin), que le sirve también para distinguir, de paso, el periodismo de la literatura sin separar la literatura de la vida. A Emmanuel Carrère (y a la legión de escritores que lo intentan emular en España) lo pondría fino.

Desmitificadora y reivindicativa a la vez es Ozick cuando habla de Sylvia Plath: el misterio estaría en su vida (sus diarios), no en su muerte (en la leyenda popular que su suicidio creó), pero el verdadero fuego que convierte todo lo demás en insignificante humo reside sólo en su poesía, la que la leyenda amenaza con ocultar.

Me niego a resumir la relación, hilarante en ocasiones, de amor-odio entre Ozick y Henry James. Porque es muy personal y está muy alejada de la mía con el señor James, que para resumir podríamos calificar de sencillamente inexistente. Por su parte, el texto dedicado a Virginia Woolf es decepcionante, seguramente por ser casi una crítica de la biografía de su sobrino, Quentin Bell. Sólo al final brilla algo ella y su contribución literaria.

Algo parecido sucede en el primero de los ensayos dedicados a Kafka, que constituye en realidad una presentación de los primeros tomos de la monumental biografía de Reiner Stach que, casualmente, hace nada ha publicado íntegra entre nosotros Acantilado. La crítica es buena, por si hay alguien interesado en enfrentarse a ella. El segundo artículo (“La imposibilidad de ser Kafka”) aborda una de las muchas posibles acepciones de esta expresión. En este caso la dificultad de traducir bien y la imposibilidad de no traducir (a Kafka y a cualquier otro).

Qué más… Ah, también encontramos a Tolstói y Dostoyevski. De lo más flojito en mi opinión. O a lo mejor no. Puede que sea yo, que les tengo especial querencia y todo lo que se diga me parece poco o muy superficial.

En resumen: ensayos muy amenos sobre la pasión por la literatura y su íntima conexión con la vida. Guerra al esteticismo, al arte por el arte, al narcisismo, a la metaliteratura, a la filosofía débil del "gusto"… Esta simpática mujer es más antigua que yo, ya os lo advierto. Tengo que hacerme con alguna de sus novelas. Tengo que verla en acción.

martes, 10 de enero de 2017

Esther, su mundo y el mío

Por Marisa Díez

Mi amiga invisible me ha regalado este año un libro que estoy leyendo con ansia de chiquilla. Cualquier tipo de lectura que caiga en mis manos es capaz de aportarme algo positivo. En este caso me ha trasladado a mi mundo mágico de la adolescencia y he retrocedido sin ningún esfuerzo a mis catorce o quince años, edad en la que me empapaba de las aventuras de Esther y su mundo. Una amiga se ha reído de mí sin ningún recato y yo la he espetado, con toda la mala inquina de la que soy capaz, “qué culpa tengo yo de que tú no hayas tenido infancia…”. Porque me da mucha pena que no disfrutara nunca de las aventuras de mi heroína preferida. De pequeña devoraba sus historias, que se publicaban por entregas, semana a semana, en una especie de tebeo que se llamaba Lily. Más tarde, Esther adquirió la importancia suficiente como para ser merecedora de un cómic enterito para ella sola, que salía a la venta aproximadamente una vez al mes, creo recordar. Aún tengo guardados en casa de mi madre, como uno de mis tesoros más preciados, toda la colección de fascículos que logré reunir. Confieso que de vez en cuando todavía los releo, aunque me los sé poco menos que de memoria, porque es de todos conocido el hecho de que cuanto mayores nos hacemos, conseguimos retener los recuerdos lejanos de forma mucho más precisa que los cercanos en el tiempo. Así que soy prácticamente incapaz de esbozar más allá de una idea general del último libro que ha caído en mis manos y he terminado, pongamos por caso, hace quince días. Y sin embargo, podría relatar las historias de Esther como si ayer mismo hubiese acabado de leerlas. Definitivamente, sí. Me estoy haciendo mayor.

Por eso no me da la gana renegar de nada ni nadie que haya sido importante en mi pasado. Total, es lo que me viene a la mente con más claridad. Nunca he entendido a esas personas que quieren olvidar a toda costa de dónde vienen si eso no les aporta un plus de glamour añadido a su aburrida vida actual. Esa gente que,  por decirlo de algún modo, creyendo haber triunfado en la vida, se olvidan de que se criaron, un suponer, en el barrio de la Ventilla, en Vallecas o en Vicálvaro. Me da verdadera lástima escucharles renegar de lo que han sido sus orígenes, sólo porque su casa es ahora mucho más grande o el barrio que habitan es infinitamente más chic que aquel del que provienen y en el que pasaron, sin ninguna duda, los mejores años de su vida. Esos mismos años que hoy se empeñan en olvidar y de los que abominan sin ningún recato. Pobrecillos.

Y por eso confieso mi nula vergüenza al admitir que leo a Esther hoy con la misma avidez con la que lo hacía a mis catorce años. Salvando las distancias y admitiendo que no es un modelo de literatura para recomendar, pongamos por caso, a los alumnos de cuarto de la ESO, no veo qué hay de malo en compaginarlo con, por ejemplo, Patria, de Fernando Aramburu, el siguiente ejemplar que tengo en lista de espera para cuando termine con Esther. Me reconforta dedicar horas a un tipo de lectura extremadamente simple, pero que me deja tan satisfecha como si me estuviese leyendo el mismísimo Quijote. Ya sé que algunos considerarán esta comparación poco menos que ofensiva, cuando no una auténtica aberración, entre ellas mi amiga, que no concibe cómo es posible que una mente más o menos equilibrada, como supone que es la mía, pueda ser capaz de admitir que a los quince años se volvía loca con las canciones de Camilo Sesto y, lo que es peor, aún siga escuchándolas de vez en cuando, sin sentir ningún tipo de vergüenza al reconocerlo. Hombre, al Mola mazo ya no llegué, pero no me digas que Amor amar o Algo de mí no han sobrevivido con mucha dignidad al paso del tiempo. Quizá no despierte, será por el bien de los dos, mataré este momento en silencio romperé unos años de amooooor. ¿Quieeeeén, quieeeeén, quieeeén me robó tu alma de entre mis manos? ¡Esta sí que era una de mis favoritas! Este Camilo era un genio del desgarro y del dolor.

Bueno, quizá estoy empezando a desbarrar. Voy a continuar con la lectura del capítulo que he dejado a medias esta mañana al salir del metro. Ya no puedo aguantar más con la intriga de saber si, por fin, Juanito se dará cuenta de que Esther es el amor de su vida y de que su mundo era ciego hasta encontrar su luz. ¿O esto lo decía Camilo? Yo qué sé, lo mismo me estoy volviendo loca y al final mi amiga tenía razón…



jueves, 29 de diciembre de 2016

La quinta esquina

La quinta esquina. Izraíl Métter.

Libros del Asteroide: Barcelona, 2014. 208 pp. 17,95 euros.


“De todas formas lo firmarás, perra. A ver, muchachos, mostradle a esta puta dónde está la quinta esquina en nuestra habitación"

Por J. Teresa Padilla

Hay quien necesita mil páginas para contar una historia que ha oído por ahí o se ha inventado, eso sí, sin la fe necesaria en el poder vivificador de la ficción; una historia que, por ello, no es de extrañar que resulte en el fondo incomprensible por inverosímil. Pero hay también quien en doscientas crea una realidad inédita, inédita y profundamente familiar a la vez. Y la crea (o recrea), aunque esa realidad no sea inventada.
Hay quien es capaz de narrarnos en doscientas páginas su historia, la de un hombre sin documentos fiables, totalmente prescindible, pero que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido. Física y sobre todo humanamente. Un hombre insignificante, pero que resulta tener el valor suficiente para saldar cuentas consigo mismo. Para avergonzarse, sí, pero también para reivindicarse en su trivialidad reconociendo y proclamando en voz alta lo que pese a todo le ha salvado: su madre, su infancia, su fe en el hombre y en el bien, su amor sin esperanza a Katia... Y a la vez que nos narra su vida, nos muestra en su crueldad, cotidiana y sinsentido, la historia de su país. Es, pues, una biografía (ficticia o no), una crítica del totalitarismo y una historia de amor. O dos. La del narrador por Katia y la de Zinaída Borísovna (la desconocida corresponsal que despierta el pasado y pone en marcha el mecanismo del recuerdo) por Sasha Beliavski, el desaparecido y casi olvidado compañero de juventud.

Como Vida y destino, esta novela se escribió contra la Historia. Primero, porque en la negación de su capacidad para explicar la vida del hombre se encuentra el único argumento verdaderamente eficaz contra el totalitarismo. Pero también porque se escribieron para un futuro que podía muy bien no haber llegado nunca. Grossman no llegó a ver publicada la suya; Métter tuvo que esperar más de veinte años. Las escribieron sin esperanza razonable alguna de que llegaran al lector y, sin embargo, pocas novelas como éstas claman tanto por tenerlo. Son un desahogo de sinceridad, un alarde de generosidad creativa, una contribución, sin duda sentida como un deber, a la victoria del bien sobre la tiranía de la historia.

Izraíl Métter (Jarkob, 1909-San Petersburgo, 1996)
Contemplo la foto del autor que aparece en esta edición y veo un hombre ya mayor y frágil, pero que mira a la cámara sin miedo, sin desconfianza. El miedo y la desconfianza, esos venenos que impregnaron todo. Es frágil, pero quizá no tanto como aparenta. O puede que la verdadera fortaleza no pueda prescindir de la fragilidad y hagamos mal en considerarlas antónimos. No lo sé, pero ésta es una de esas novelas que te llevan a buscar el rostro de quien la escribió y mirarle a los ojos. Eso para mí significa que son verdaderas. No sólo verdadera literatura, sino verdades sin más.

No voy a decir más de ella porque habla por sí misma mejor de lo que yo pueda hacerlo. Pero leedla, no os privéis de ese placer. Encontraréis a un hombre que vuelve sobre su pasado y se interrumpe para asaltar al joven que fue o discutir con el bribón que sigue siendo. O para escribirse con una desconocida tan ridículamente frágil y admirable como todos los que eludieron convertirse en verdugos. Supervivientes o desaparecidos; como ellos, como Sasha, como Katia… Supervivientes que vagan “entre tumbas imposibles de encontrar”.

Mi texto comenzaba con una cita terrible que aclara el título de la novela, unas frases que torturan a un protagonista que no pudo oírlas, pero que sabe que se dijeron. Se dijeron y él siguió respirando durante su pronunciación y mucho tiempo después. Esa es su culpa de superviviente. Mi texto comenzaba así, pero, como la propia novela, no puede dejar que el verdugo tenga la última palabra ni mucho menos la esencial. Nunca, pero menos cuando se trata de Katia y del gran, absurdo y hasta humillante amor que supo despertar. Los verdugos dicen “puta”, los hombres dicen maravillas como ésta:

“He olvidado el color de sus ojos y de sus cabellos. En mi memoria no se ha conservado ni siquiera un retrato oral. Si me describieran los rasgos de su rostro, yo no los reconocería. Para mí, ella era indivisible. Toda, tal como era. Tal, que yo estaba dispuesto a huir de ella al fin del mundo. Tal, que estaba dispuesto a arrastrarme detrás de ella hasta el fin del mundo”.

Feliz año nuevo a todos.

martes, 20 de diciembre de 2016

Tan poca vida

Tan poca vida. Hanya Yanagihara

Lumen: Barcelona, 2016, 1005 pp. 24,90 euros


Por J. Teresa Padilla

Ayer acabé esta novela y, aunque no ha planteado especial dificultad recorrer sus mil páginas, lo estaba deseando. Dicho así, no es una novedad: casi siempre estoy deseando acabar la novela que tengo entre manos (para poder leer otra, para rumiarla entera dentro de mi cabeza unos días….). Normalmente, es cierto, estoy deseando acabar, y a la vez me da pena que se termine. No ha sido éste el caso de Tan poca vida. La he leído hasta el final porque, a pesar de la pésima y vergonzante traducción y edición (¿es que los grandes grupos editoriales como el que incluye a Lumen no se pueden permitir correctores? ¿Es que críticos y blogueros controlan tanto inglés que no han leído la versión española? Es imposible hacerlo sin escandalizarse siquiera un poco), a pesar de que carezca de un argumento que realmente avance, a pesar de que lo que único que avanza sea lo inevitable, el tiempo, y no veas en él realmente crecer o envejecer a nadie, sino en todo caso prosperar económicamente… A pesar de todo, de lo que pesa la jodida, y de lo harta que acaba una de la vida pijo-artística neoyorquina, de sus cenas y de esa gente que salvo excepciones (J.B.) o es buenísima o malísima, a pesar de todo esto y de otras razones que olvido, la novela es tan lineal como una teleserie (de las de toda la vida) y te arrastra. Como avergonzada reconozco que me sucedía con aquellos culebrones, una no sólo la lee hasta el final sino que incluso derrama unas lágrimas, no sabe ya si por lo que se le cuenta o por la vida (demasiada sin lugar a dudas) que ha perdido en hacerlo.

Sí, vale. Me lo compré, me gasté mis buenos euros y mi castigo ha sido justo. A ver si puedo revenderlo a algún incauto que no vaya a leer esta reseña o reciclarlo como regalo navideño para alguien que no aprecie mucho. Lo malo del asunto es que lo veía venir y le manifesté mis dudas a mi librera, pero al parecer a los libreros les encanta. No sé si por lo que vende, porque da para mucho debate cafetero… Lo siento: he perdido la fe en ella. Pero empecemos, no sé si por el principio, por donde sea, que estoy deseando acabar.

Con la traductora (Aurora Echevarría) no quiero hacer demasiada sangre porque me da la impresión de que le lanzaron el tocho en inglés y le pusieron un plazo imposible de cumplir con dignidad. Después de las loas del New York Times, The Washington Post, y toda la retahíla de revistas y periódicos que se enumeran en la faja, supongo que les entraría el pánico de que saliera demasiado pronto la nueva mejor novela del año, lo que no es de extrañar. Tanta unanimidad huele a tongo. Una editorial seria se hubiera gastado unas perrillas en un corrector barato, pero de fiar, como una servidora sin ir más lejos, pero las editoriales serias no suelen tener para pagar los derechos de estos bestsellers y, afortunadamente, publican otras cosas.

Hay muchos detalles (adjetivación profusa y redundante; frases interminables) que hacen sospechar que el original no es para tirar cohetes. Algo me ha llegado sobre que las críticas americanas no han sido tan unánimemente favorables como la faja da a entender, pero no he logrado dar con el o los disidentes. Con todo hay otras cosas que sí son responsabilidad del traductor se miren por donde se miren: las pataletas me da a mí que se tienen, no se hacen (p. 18); las comas no son casi nunca potestativas en español y aquí faltan y sobran por doquier; por otro lado tenemos una amplia libertad para omitir pronombres y da miedo, del de verdad, leer cosas como ésta: “Uno de ellos se acercó a él y le dijo algo que él no alcanzó a oírlo debido al ruido y al pánico que se había apoderado de él” (p. 593). Es uno de los casos más llamativos, pero para nada desgraciadamente el único. En otros lugares se nota que la traductora ha cambiado su primera versión y olvidado repasar todo lo que dependía de lo modificado, de modo que resultan incongruencias del tipo: “Bajé las escaleras, sintiendo la rabia que produce descubrir que eres atrozmente inepto y estás convencido de que has actuado fatal” (p. 506), que digo yo que será más bien “la rabia que produce descubrir y estar convencido…”, porque no logro encontrar el sentido a “descubrir que se está convencido”.

Otras frases entre misteriosas a la par que graciosas son: “Está seguro de que son más frecuentes de lo que se teme” (p. 353) (en referencia a unas conversaciones entre dos personajes). Lo que se teme se sospecha o cree, no se sabe seguro; si está seguro no se teme (o cree) nada. O: “Los dos guardan un minuto de silencio [¡!] pensando en J.B. y preguntándose qué tal le va, sabiendo sin saber por qué no ha respondido a las llamadas telefónicas” (p. 365). Creo que todos imaginamos lo que se ha querido decir con ese sabiendo sin saber (que no sabían cómo, pero conocían la razón de que no contestara al teléfono), lo que no significa que sea lo que se lee, o sea, una tontería.

Y, por último, yo creo que la apoteosis, primero de la indecisión (qué parte de la oración hacemos adversativa, cuál dejamos como principal) y luego de atentado a la estética y los pulmones: “Aunque él siempre había tomado drogas –quién no lo hacía-, en la universidad, con veintitantos años, pero pensaba en ellas como en los postres, que también le encantaban, algo que le prohibían de niño y que ahora tenía a su alcance gratis”. Me limito a señalar ese aunque y ese pero difícilmente compatibles porque no me siento con fuerzas, la verdad, para pensar a fondo hasta dónde alcanza la comparación de drogas y postres, y el asunto de la gratuidad. Aunque la cosa sigue y empeora. “Drogarse, como tomar después de comer una ración de cereales de un dulce tan irritante para la garganta que el resto de leche en el cuenco que se bebía después como si fuera jugo de caña de azúcar, era un privilegio de la edad adulta del que disfrutaba intensamente” (p. 374). En cualquier idioma el párrafo es bastante ridículo, pero qué fácil hubiera sido pasar la comparación al final para no hacerlo tan vergonzante (eso y alguna modificacioncilla sin “importancia”): “Drogarse era un privilegio de la edad adulta del que disfrutaba intensamente. Como tomar después de comer una ración de cereales tan irritantemente dulce para la garganta que la leche que quedaba en el cuenco al final se bebía como si fuera jugo de caña de azúcar”. La mejora no es espectacular pero permite cruzar los dedos y esperar que la frase pase inadvertida.

Esto sobre el cómo. Ahora falta el qué. Y entonces paso de la faja a la contraportada, no sin antes despedirme del hombre en pleno orgasmo de la portada, foto a la que la novela creo que debe un porcentaje considerable de su éxito. Por qué. Me da la impresión de que si el dolor físico y mental del protagonista no tuviera que ver, en su origen y en sus consecuencias, con el sexo, esta novela no interesaría a tanta gente. Así de morbosos somos. Más apropiado me parece a mí que hubiera sido poner el rostro de un hombre autolesionándose, pues de ahí extrae nuestro protagonista el poco placer físico del que es capaz, siempre mezclado con el dolor. Pero supongo que esas cosas no se fotografían. No se fotografían aunque Yanagihara no las describe con una minuciosidad absolutamente innecesaria. Deberíamos sentir la angustia y la mezcla de dolor y liberación que llevan al personaje a cortarse una y otra vez, y nos las describe, seamos justos, pero sólo un par de veces: no encuentra más formas alternativas de hacerlo. No le da más de sí. No le ocurre lo mismo con el hecho físico en sí. Éste le fascina, hasta conseguir que nos repugne como la autopsia de un forense entusiasta y parlanchín.

La contraportada nos asegura que en este libro descubriremos, como poco, los secretos de la amistad masculina, el origen y el destino de la culpa, la verdadera importancia del sexo, quién es o no un amigo, y el precio que tiene la vida cuando ya no tiene valor. Después de leerlo no sé mucho más de lo que ya sabía de algunas cosas (lo del precio de la vida sin valor sigo sin tener ni idea de a qué se pueda referir). No sé si me devolverán la pasta por ello. Supongo que no, que dirán, con razón, que soy tonta. Con razón, porque mirad que es simplona la trama, pues ni por esas: hay cantidad de cosas que no entiendo.

La historia, de la que no he dicho nada todavía, es la de cuatro amigos que se conocen cuando comparten habitación en la universidad y siguen en contacto hasta la cincuentena. La novela los sigue en estas décadas retrocediendo puntualmente en el tiempo para desvelarnos el drama secreto oculto en el pasado de uno de ellos, Jude, que tiene unos evidentes problemas físicos que sus amigos, para su alivio, optan por ignorar en lo posible. Ignoran su minusvalía y también su silencio. Hasta aquí todo normal. Ya sabemos todos lo reservadas que pueden ser las amistades entre hombres. Lo sabíamos antes de leer el libro. ¿Por qué son así? No lo sé, podría bien ser el tema para un libro. Pero ese libro no es éste, no os dejéis engañar por la contraportada.

Fuente: rtve
Ese pasado que se nos va desvelando, a los lectores más que a los amigos, no da un respiro. En esa infancia no hay ni un resquicio de luz. Como si la autora tuviera que justificar a Jude así, como si no pudieran entenderse sus problemas psíquicos con una infancia menos negra. Sinceramente, la que me parece que no lo entiende es ella. De la infancia de Jude no queda ni un resto recuperable y eso sólo podría dar lugar a un adulto perverso, o a un zombi, pero no a ese adolescente torturado en busca de amor que en el fondo sigue siendo el protagonista hasta el final. Supongo que para compensar (o porque Yanahigara sólo ve en blanco y negro), los amigos, profesores y jefes de Jude son todos unos santos varones. Incluso J.B., que es el único de carne y hueso, un santo caprichoso, pero santo. Nadie tiene en la vida real esos amigos. Son tan perfectos que uno tiende a olvidarse de la horrible infancia de Jude y verle como un egoísta que no ofrece nada a cambio de lo que de ellos recibe. Qué queréis que os diga. No lo entiendo. Y de repente el amigo te desea. ¿O no? ¿Es el amor fraternal de siempre más el deseo? ¿Es otro amor que el fraternal había ocultado y sale a la luz? No me ha quedado claro. No tengo idea. Lo único que entiendo es que Jude odia su cuerpo, y lo mantiene a raya como un domador, le niega el deseo y lo maltrata si hace falta. Que en cierta forma se ha convertido en su propio pederasta torturador y que no encuentra redención en ninguna parte. Ni siquiera en quien lo ama sin pedir nada. A lo mejor porque nunca la ha querido (la redención), porque se sabe no culpable sin poder dejar de odiarse. Pero estoy elucubrando, poniendo lo que ya sabía, por experiencia propia o cercana, al servicio de una historia que sí, me ha dolido, pero por lo desaprovechada, vulgar y mal escrita que está.

No me hagáis caso. A todo el mundo parece encantarle. ¡Ay, Dios! Qué sola me siento a veces.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Hace dos meses que ya es Navidad

Por Marisa Díez Marín

No podría precisar el momento exacto en que ocurrió. En realidad es posible que sucediese de forma gradual. Todo comenzó cuando mi madre decidió explicarme, ante mi total incapacidad para descubrir el secreto, que los reyes no existían. Los magos, me refiero. Como todos los niños, supongo, sufrí un auténtico trauma, un shock emocional en toda regla, no sólo por la frustración que me supuso asimilar una noticia de tales dimensiones, sino porque admitir lo tonta que había sido al creer durante tantos años semejante patraña, tiene también su lado trágico. He llegado a pensar que, de no habérmelo contado mi madre aquel día que recuerdo como si fuese ayer –durante una comida, todos en la mesa, me lo soltó así, casi sin venir a cuento, como diciendo, ya está bien hija, a ver si te caes del guindo- como decía, si no se le hubiese ocurrido en ese momento sacarme de mi ignorancia, a día de hoy todavía seguiría creyendo que el próximo 5 de enero por la noche, si pusiera los zapatos en la ventana, algún regalo me dejarían Melchor, Gaspar o Baltasar.

Puede que fuera entonces, pero tampoco estoy segura. Quizá aquel año que entre mis regalos no descubrí el estuche de maquillar de la señorita Pepis, que durante tantos meses había deseado. Aquello ya me dejó descolocada. O mucho tiempo después, al escuchar uno de esos horribles villancicos, que antes me encantaban, fuera de tiempo y de lugar, porque ni siquiera había comenzado el mes de diciembre. Y es casi seguro que me rebelé definitivamente cuando descubrí las primeras lucecitas, a mediados del mes de octubre, en una tienda de cualquier centro comercial. Lo de comprar la lotería de navidad en verano ya es un clásico, aunque yo, a día de hoy, puedo asegurar que es un sacrilegio que todavía no he cometido.

Así que no puedo precisar con exactitud en qué momento comencé a odiar la Navidad, así, en general. Reconozco que me gusta exagerar un poco y en estos tiempos que corren, y en vista de que se ha puesto tan de moda renegar de las fechas navideñas, resulta que ya no me hace la misma gracia reivindicarme como una enemiga acérrima de las susodichas fiestas. Intento evadirme cuanto puedo, eso sí, pero me aburre escuchar a todo el mundo explicar lo poco que les gusta tanto follón, que si me quiero dormir el 22 de diciembre y despertarme el 7 de enero, que si es un sinvivir, que si esto, que si lo otro… Así que ya no me siento nada original y decido callarme. Tampoco es para tanto, pienso.

Entonces me resigno y me decido, por ejemplo, a no pisar el centro de Madrid mientras permanezca encendida una sola de esas mareantes bombillitas o quede en pie el último de esos indescriptibles arbolitos de navidad, que en nada se parecen a los abetos de mis recuerdos infantiles, con ramas de verdad y bolas de colores que se rompían una tras otra sin remedio cada año.

Me resigno a salir corriendo del hipermercado cuando por los altavoces me torturan con los mismos villancicos que se entonaban en mi casa a golpe de pandereta, en aquellos tiempos en los que todavía no faltaba nadie en la mesa.  Me parecen tan tristes, con unas letras tan absurdas, y entonados con unas voces tan desagradables al oído, que mi humor cambia sin remedio y huyo, escopetada, en busca de la primera salida de emergencia. No los soporto. Me entran tantas ganas de llorar…

Así que, ya os lo he dicho, me resigno y me marcho. Y salgo a la calle, aunque hace frío, porque en navidad es invierno y yo también odio el frío. No lo aguanto. Me cambia hasta el carácter. Todo el día con los pies y las manos heladas. Es una auténtica confabulación. Y menos mal que en Madrid no suele nevar, porque tampoco me gusta la nieve…

Que si cenamos aquí y comemos allá, que si yo compro esto y tú te encargas de aquello. Los langostinos, las gambas, las gulas, el gambón, el pulpo, los entremeses, la sopa de marisco y los canapés. Para mí, desde luego, no compres carne; no llego seguro, ya estoy empachada sólo de pensarlo, cómo pretendes que encima me coma un chuletón… Lo único el cava, eso sí. Catalán, por supuesto, que yo soy muy clásica para estas cosas. Un par de copitas, o tres, o cuatro, no vienen mal para pasar tanto mal trago.

Porque sigo intentando dilucidar el momento exacto en que empecé a odiar las fechas entrañables y no tengo una idea clara. Mi amiga Sonsoles le decía a su hijo, cuando todavía era un niño: "No hagas caso a Marisa, Carlos, hijo; ella siempre fue el espíritu malo de la Navidad".

Y desde entonces deambulo por estas fechas como un alma en pena, con ciertas ganas de fastidiar al prójimo y reventarle sus ganas de fiesta. No encuentro ningún motivo extraordinario para celebrar. Si no fuera porque el mismo día 24 mi sobrina Raquel regresa por unos días de su exilio forzoso/voluntario en el recién conquistado territorio Trump, me montaría en mi escoba y me largaría a territorios lejanos, dirección Caribe, por poner un ejemplo. Pero bueno, me quedaré por aquí un año más, qué remedio. A ver si esta vez los reyes me consiguen por fin el estuche de maquillar de la señorita Pepis. Que desde entonces no he podido levantar cabeza.








jueves, 8 de diciembre de 2016

Sobre "Crimen y castigo"

Por J. Teresa Padilla

Peter Lorre como Raskolnikov en Crimen y castigo (1935) de J. von Sternberg
 “En una calurosa tarde de principios de julio, un joven salió del cuchitril que había realquilado en la callejuela de S. y se encaminó lentamente, como indeciso, hacia el puente de X”. Así empezó todo. Bueno, no exactamente. Así empieza la edición de Crimen y castigo, traducida en los ochenta por Augusto Vidal, que poseo actualmente. La que yo leí por primera vez, calculo que muy a finales de los setenta, a los trece o catorce años, era una de esas ediciones que se pretendían de lujo, descuidadas por dentro (papel áspero y amarillento, tipografía vulgar) y ostentosas por fuera, con su simil de piel y los dorados purpurina del lomo. Ni qué decir tiene que por más que lo buscaras no encontrabas ningún nombre en el interior que se responsabilizara de la traducción o te indicara siquiera el idioma del que se había hecho. En fin, era una edición pésima, destinada más a la decoración que a la lectura, que mi padre había encontrado donde suelen encontrarse este tipo de libros: en un saldo.

Mi padre no podía resistirse a los precios miserables de este tipo de libros “clásicos” y los adquiría aunque no tuviera la más mínima intención de leerlos. Pensaba, supongo, que debían estar en casa, que no podían faltar en la “biblioteca familiar”, aunque el único que entonces leía algo era él y ese algo no era, desde luego, literatura extranjera, por clásica que fuera. Lo suyo era la poesía social (que era lo que había intentado escribir en una época), el teatro (fue actor y director de una compañía de aficionados en su tierra natal) y alguna novela (Cela, Ferlosio, Laforet…). Y con eso ya se consideraba un gran lector y, lo que resulta más curioso, puede que lo fuera realmente comparado con su entorno. Mi padre era autodidacta y algo narcisista, una combinación poco recomendable pues detiene antes de tiempo el proceso de autoformación. Ese narcisismo le ponía muy cuesta arriba reconocer según qué cosas. Años después, cuando le adelanté claramente como lectora, y como lectora, sobre todo, de narrativa extranjera, me explicó la razón por la que no leía a extranjeros y, ya de paso, por la que, a pesar de todo, él seguía siendo mejor lector cualitativamente hablando que yo (que conste que adoraba a mi padre y él a mí, pero tenía estas cosas que ahora, más vieja y espero que sabia, me hacen sonreír y me gusta hasta recordar, aunque parezca que no favorecen en nada su retrato).

El argumento era poco más o menos el siguiente. No conocía salvo su propio idioma, como casi todos, y nadie le enseñó, ni a él se le ocurrió pensar, que una traducción pudiera no desmerecer un original y, en cualquier caso, compensar sus desventajas al hacer accesible lo que de otra manera nunca hubiéramos podido leer. Para él el mundo se dividía en dos: los verdaderos escritores y todos los demás. Obviamente un traductor no podía sino cargarse lo que de literario tuviera el texto. Los que leían literatura extranjera eran unos ignorantes a los que sólo les interesaba la trama. Y esto si se hablaba de novela. La poesía traducida era, sin discusión, un completo sinsentido, un sacrilegio, una aberración.

Es, pues, difícil de explicar por qué adquiría, aunque fuera en saldos o, más tarde, en colecciones de quiosco, algunos clásicos de la literatura universal. Me parece que no estaba muy seguro de lo que me contaba. Tampoco sé por qué me dio a mí por abrir y empezar a leer aquel Crimen y castigo encuadernado en un horripilante verde con letras doradas que no invitaba en absoluto a ser abierto por nadie y menos por una niña. La traducción debía ser espantosa, pero me dio igual. Lo único que consiguió fue que la sustituyera a la primera ocasión en la “biblioteca familiar” por la de Augusto Vidal en dos tomos; una edición de quiosco, sí, pero mucho más digna, que supliqué a mi padre que comprara. Y volví a leer la novela. Y la disfruté todavía más que la primera vez. La traducción, desde luego, era mejor, y ayudó mucho, pero supongo que la verdadera razón de que mi fascinación por esta novela aumentara estaba en ese par de años que había cumplido entre una y otra lectura. Y así fui madurando para ella y las relecturas que, cada vez más espaciadas en el tiempo, se repitieron.

A mis amigas y vecinas, incluso a mis hermanos, les gustaban Los cinco, los cómics de Astérix... Qué sé yo. A mi me aburría todo eso. No conseguí leer ni una página y estoy segura de que me perdí algo, pues treinta años después mi hijo sigue disfrutando de estos libros que ha heredado, claro está, de su padre. Hasta que Raskolnikov no salió ante mis ojos de su cuchitril realquilado, la única letra impresa que me había alcanzado con éxito era la de los cuentos y poemas para niños de Gloria Fuertes, a la que, por eso, me moriré adorando. A ella y a Dostoyevski, del que devoré todo lo que pude a continuación, de la misma forma que mis amigas devoraban las novelas de Enid Blyton o mi hijo las de Rick Riordan (o, en realidad, casi todo aquello que se pone en su camino siempre y cuando en las historias no mueran perros).

Luego descubrí a muchos otros que le sustituyeron en mis preferencias e incluso tuve que reconocer que su obra estaba infinitamente por encima de su persona; que era un hombre egoísta, algo mezquino. Un eslavófilo antisemita (qué dolor lo poco que logré leer del Diario de un escritor). Pero nada pudo cambiar que fue él quien escribió la historia de un joven en el que cualquier adolescente rebelde se puede ver reflejado, quien convirtió en tema de una novela el derecho o no a matar en nombre de mundos mejores. O qué nos hace realmente superiores: ejercer sin remordimientos supuestos derechos o humillarnos ante los más humillados. Y luego hizo su versión de El Quijote, en El idiota. Y creó al blasfemo más justo y atormentado que pueda imaginarse en la figura de Iván Karamazov. Y se retrató en El jugador

Dostoyevski despertó mi curiosidad por las historias. Me enseñó que no se trataba de tramas, sino de personajes de carne y hueso (así me parecían y parecen los suyos) que dudaban, cometían los peores pecados, se peleaban con los demás y con ellos mismos y, con suerte, encontraban en lo más humilde y pequeño la redención. Por muy mal traducido que estuviera, el mensaje era demasiado potente.
 
150 años se han cumplido este 2016 de la primera publicación de Crimen y castigo, en 1866. Desde luego no había envejecido la última vez que la leí. Ahora se me ocurre que debería invitar a mi hijo, que tiene la misma edad que yo cuando descubrí esta novela, a leerla, a ver qué le parece. La verdad es que me da un poco de miedo. Miedo a que no vea lo que yo vi. ¿Y qué vi yo? Suena fuerte, lo sé, pero no sé de qué otra forma decirlo: luz, mucha luz.