viernes, 27 de enero de 2017

27 de enero

“En un ataque de locura, Celan se abalanzó sobre su vecino en París, convencido de que éste había hecho daño a su hijo. Cuando lo llevaron a la policía, gritaba “¡Soy francés! ¡Soy francés!”. Pero sólo era un judío. Aun así, no le hicieron nada. Lo ingresaron en una clínica psiquiátrica.

¿Cómo es posible que hasta ahora no me haya vuelto loco? ¿O estoy loco?” (I. Kertész. La última posada).


En la plataforma de llegada a Birkenau. Foto: Yad Vashem


Por J. Teresa Padilla

Hoy es el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto (creo que oficialmente el nombre es más largo). Lo es porque fue un 27 de enero de 1945 cuando los rusos llegaron a Auschwitz y lo “liberaron”. En realidad lo liberaron de su abandono, pues allí sólo quedaban menos de tres mil personas que, por su debilidad extrema, no pudieron engrosar las “marchas de la muerte” que sus captores organizaron en su huida. Los nazis dejaron sólo a los que dieron por muertos y a unos pocos que optaron, en ese juego de ruleta rusa que era cualquier elección allí, por burlarles y quedarse. Aquellos judíos eran suyos. Ellos, los nazis, y nadie más eran los dueños de sus destinos. Tal es el mensaje que dejaron bien claro para la posteridad cuando decidieron, al margen del más evidente sentido común, llevarse a todos aquellos que no habían tenido tiempo de asesinar. Perderían la guerra, pero habían conseguido suplantar al Dios de los judíos, que no es otro que el de los cristianos y, por tanto, el de Occidente hasta ese momento. Todavía no está claro a día de hoy si se salieron con la suya. De ahí el esfuerzo por recordar, comprender y conseguir reconducir la civilización que hizo posible aquel horror.

En ese esfuerzo se encuentran escritores, poetas, intelectuales o simples testigos que sobrevivieron. También están los que, como Itsjok Katzenelson o Zalmen Gradowski, por ejemplo, fueron capaces de legarnos su testimonio aunque ellos mismos desaparecieran convertidos en cenizas y humo. Los hay que sobrevivieron hasta el fin natural de sus días (Imre Kertész, Elie Wiesel…) y también los hay, muchos, demasiados, que terminaron sucumbiendo más o menos años después (Primo Levi, Paul Celan, Jean Améry o Tadeusz Borowski). Y, por supuesto, hay mujeres (Seweryna Szmagklewska, Odette Elina, Charlotte Delbo, Liana Milu...).

“Tras examinar a los 2819 internos de Auschwitz que fueron salvados por la llegada del Ejército Rojo, la Comisión de medicina legal estableció que 2189 de ellos, es decir, el 91%, padecían de severa inanición. Por añadidura, 223 de ellos estaba enfermos de tuberculosis. Los peritos pudieron establecer también que los alemanes sometían a tormentos a los prisioneros, lo que resultaba en la presencia de numerosas fracturas de costillas, huesos de las extremidades, vértebras, huesos maxilofaciales y diversas heridas, ulceraciones y miembros gangrenosos entre las personas examinadas por los miembros de la Comisión. Muchas de las personas liberadas padecen también de severas enfermedades nerviosas y psicológicas.

La Comisión de medicina legal practicó autopsias a 526 cadáveres de prisioneros encontrados en diversos puntos de los campos. Las autopsias permitieron establecer que 474 de las muertes (el 88,3%) se produjeron por inanición” (Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg. El libro negro, p. 1079).

Como en este fragmento de El libro negro, esa monumental recopilación de documentos y testimonios realizada en plena guerra por dos hombres tan distintos como Ehrenburg y Grossman, también la frialdad, tan dolorosa, de los números y porcentajes, intenta dar testimonio, aunque lejos de explicar o hacernos comprender nada, pueda cegarnos aún más. Por si acaso, este “informe” fue vetado por Stalin y no se publicó hasta 1980 en Israel. Otro libro con su propia y triste historia, como tantos escritos en la antigua Unión Soviética.

No iba a subir nada esta semana, que ha sido complicada y rara. Pero el periódico me ha recordado la fecha de hoy y necesitaba contribuir a mi manera en la lucha contra el olvido. Y se me han ocurrido dos cosas. La primera compartir una lista de libros de mi biblioteca que, bien narrando, reflexionando e incluso fabulando, luchan sin cuartel por no dar “victorias póstumas a Hitler” (como decía Fackenheim). No os los recomiendo de oídas. Con mejor o peor calidad literaria, todos son imprescindibles. Todos enseñan algo. Habrá muchos más, y puede que mejores. Estos son los que conozco de primera mano.

Pero antes de ese listado, un poema. No sé dónde lo escribió, pero recuerdo que Kertész lo llamó el poema perfecto sobre el holocausto. O puede que perfecto, sin más. Yo no entiendo mucho de poesía, pero le creo. Es la traducción de José Luis Reina Palazón de Todesfuge y un audio del propio Paul Celan recitándolo que no hace falta saber alemán para disfrutar.


Fuga de la muerte

Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba ante él a sus judíos hace cavar una fosas en la tierra
nos ordena tocad a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires allí no se yace allí estrecho

Grita hincad los unos más hondo en la tierra los otros cantad y tocad
agarra el hierro del cinto lo blande son sus ojos azules
hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit juega con las serpientes

Grita que suene más dulce la muerte la muerte es un Maestro Alemán
grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire
así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un Maestro Alemán
te bebemos de tarde y mañana bebemos y bebemos
la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul
él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú

vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
azuza sus mastines a nosotros nos regala una fosa en el aire
juega con serpientes y sueña la muerte es un Maestro Alemán

tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit

(Paul Celan. Obras completas –ed. Bilingüe-. Trotta, Madrid, 2007)



Listado (sin orden alguno):

-Imre Kertész al completo (o casi), aunque Sin destino es el principio de todo.
-Primo Levi: Si esto es un hombre, Los hundidos y los salvados, La tregua.
-Stanislaw Lem: Provocación (un ensayo literario, que se presenta casi como un juego, pero que resulta clarificador como pocos).
-Zalmen Gradowski: En el corazón del infierno (el testimonio milagrosamente conservado de un prisionero destinado a trabajar en las cámaras de gas de Auschwitz. Él no sobrevivió).
-Itsjok Katzenelson: El canto el pueblo judío asesinado (este poeta yiddish tampoco sobrevivió. Sí sus poemas, que evocan el camino de destrucción desde la invasión de Polonia hasta los campos).
-Elie Wiesel: Trilogía de la noche (La noche, El alba, El día).
-Tadeusz Borowski: Nuestro hogar es Auschwitz (“No puedes imaginar qué feliz soy”. Una narración epistolar maravillosa y única).
-Seweryna Szmaglewska: Una mujer en Birkenau (uno de los primeros testimonios de supervivientes publicados).
-Odette Elina: Sin flores ni coronas (un conjunto de anotaciones breves, sencillas y dolorosamente expresivas).
-Charlotte Delbo: Auschwitz y después (trilogía que incluye Ninguno de nosotros volverá, Un conocimiento inútil y La medida de nuestros días).
-Liliana Millu: El humo de Birkenau (testimonio contemporáneo del de Primo Levi e igual de recomendable).
-Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación (en esta obra “se describe cómo se sufre la violencia, eso es todo”. Y es mucho).
-Robert Antelme: La especie humana (un testimonio novelado que se esfuerza por seguir viendo al verdugo como un hombre).
-Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg: El libro negro.

Alguno me dejo incluso de mi modesta biblioteca. Seguro que conocéis otros muchos. Os agradecería que los compartierais conmigo. Ayudadme a ampliar esta lista.

miércoles, 18 de enero de 2017

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos

Metáfora y memoria. Ensayos reunidos. Cynthia Ozick.

Mardulce: s.l., 2016. 423 pp. 22 euros.


“Hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra labor. El resto es la locura del arte”, dijo [Henry James]. ¿Qué lector, al encontrarse con estas palabras reverberantes, ya sea por primera, por décima o por centésima vez, no se las tomaría a pecho?".

Por J. Teresa Padilla

Cuesta abajo me ha parecido que terminaban yendo los ensayos recogidos aquí. Quizá porque no son tantas las ideas originales de Ozick ni tan variadas las formas en que las sostiene. No son muchas, pero son claras para la autora y objeto de una defensa en ocasiones numantina. Ahora las veremos. Yo suscribiría al cien por ciento muchas de ellas y, a lo mejor por eso mismo, se me ha hecho más cuesta arriba asistir a esa cuesta abajo, al decaimiento del interés de los últimos ensayos (últimos del libro y más recientes en el tiempo).

Por si fuera poco, en la traducción de Ernesto Montequín hay errores gramaticales (un dequeísmo en la página 400 o un “concurso de cuyo premio” que espanta en la 391) y otras opciones estilísticas probablemente legítimas (me dio pereza anotarlas), pero que complican sin necesidad la lectura de unos textos escritos con una encomiable sencillez. Vaya, que había frases muy raras. Que se use “retardado” por “retrasado” o “impiadosa” por “impía”… Bueno, me incomoda, pero ése es mi problema: un pecado inconfesable que me ha alejado de mucha y seguramente muy buena literatura hispanoamericana.

El libro comienza con un ensayo a ratos deslumbrante (“Ella: retrato del ensayo como cuerpo tibio”) en el que describe el movimiento reflexivo típico del ensayo, que a veces es puramente racional y otras sentimental y casi siempre memorístico, oponiéndolo a la urgencia frívola y superficial del artículo. Oponiéndolo y defendiéndolo de ella. El ensayo se mueve en territorios íntimos y su deambular nunca es callejero. Considerémoslo femenino, llamémosle “ella” en lugar de “él” para dar la razón al estereotipo, aunque deberíamos saber que es falso. Porque ésta es otra de las ideas que, sin constituir nunca un tema principal, aparece en varias ocasiones y diferentes ensayos. Ozick defiende el feminismo ilustrado, el de la igualdad. El mismo, por ejemplo, que yo aprendí en la Universidad, a finales de los ochenta, de la mano de Celia Amorós. El que dice que hay cosas hechas por mujeres (muchas más de las que una historia escrita por ellos nos ha mostrado), pero no una forma específicamente femenina (ni masculina) de hacer las cosas. El feminismo clásico (así lo llama Ozick, ilustrado o moderno lo llamábamos nosotras) defiende la individualidad y mayoría de edad de cada una de las mujeres. Nada que ver con la hermandad (“sororidad” la denominan hoy para dejar bien claro el género de la fraternidad, aunque, puesto que el diccionario incluye el adjetivo “sororal”, debería decirse “sororalidad”) y el activismo epatante tan en boga. Me temo que nos faltaban lemas y consignas ofensivos. Nunca se nos ocurrió usar nuestros pechos desnudos como armas reivindicativas. No veíamos mal piropear a nuestros compañeros de vez en cuando para reírnos de su sonrojo tan poco “masculino”. Pero no porque quisiéramos ser como ellos. Ni como ellos ni como ellas. El enemigo era justo ése: el modelo impuesto. El que se nos imponía a nosotras era más opresor, pero tampoco el masculino era liberador, así que podíamos y debíamos ir juntos en esto. Queríamos ser nosotras mismas, descubrir lo que éramos. Y, en realidad, pedíamos lo mismo para nuestros compañeros. Ahora te asomas a las redes sociales y todo parece reducido a un partido de fútbol entre dos equipos igual de poco atractivos que sólo interesa a hooligans.

Cynthia Ozick (1986). Foto: Ricki Rosen
Un excurso un poco largo que simplemente da testimonio de lo que me ha alegrado reencontrarme con este feminismo de mi juventud en varios momentos de esta obra. Aunque sus temas principales sean otros, literarios, claro está. Con ironía se desentrañan, por ejemplo, las diferencias entre los escritores-chamanes y los escritores-ciudadanos (“Sobre el permiso para escribir”). Con dureza se crítica el arte y la literatura narcisistas, autorreferenciales y amorales: la vida y la literatura, la realidad y la ficción, guardan una relación muy compleja, pero no son nada realmente fuera de la misma. En “Metáfora y memoria” se nos describe de un modo pedagógicamente impecable el contraste entre el modelo griego y el judío de metáfora, así como la superioridad del segundo, que se apoya en la memoria y es, en el fondo, el que más y mejor se ha practicado.

En la segunda parte, en la que los ensayos giran en torno a diversos autores, los textos se vuelven más irregulares y reiterativos. Es dura la crítica a Susan Sontang como la ensayista que favoreció el todo vale postmoderno que tanto repele a la autora (con razón, añadiría si mi opinión importara). Lo que dice en este texto (“De la discordia y el deseo”) sobre Patti Smith y la nivelación entre “baja” y “alta” cultura ha sido refrendado este mismo año que acaba de concluir por los académicos suecos, así que la victoria sobre Sontag que Ozick
reclama (según ella, El amante del volcán constituye una rectificación en toda regla) resulta algo pírrica.

Mucho más cruel es el artículo dedicado a Truman Capote (narcisismo de principio a fin), que le sirve también para distinguir, de paso, el periodismo de la literatura sin separar la literatura de la vida. A Emmanuel Carrère (y a la legión de escritores que lo intentan emular en España) lo pondría fino.

Desmitificadora y reivindicativa a la vez es Ozick cuando habla de Sylvia Plath: el misterio estaría en su vida (sus diarios), no en su muerte (en la leyenda popular que su suicidio creó), pero el verdadero fuego que convierte todo lo demás en insignificante humo reside sólo en su poesía, la que la leyenda amenaza con ocultar.

Me niego a resumir la relación, hilarante en ocasiones, de amor-odio entre Ozick y Henry James. Porque es muy personal y está muy alejada de la mía con el señor James, que para resumir podríamos calificar de sencillamente inexistente. Por su parte, el texto dedicado a Virginia Woolf es decepcionante, seguramente por ser casi una crítica de la biografía de su sobrino, Quentin Bell. Sólo al final brilla algo ella y su contribución literaria.

Algo parecido sucede en el primero de los ensayos dedicados a Kafka, que constituye en realidad una presentación de los primeros tomos de la monumental biografía de Reiner Stach que, casualmente, hace nada ha publicado íntegra entre nosotros Acantilado. La crítica es buena, por si hay alguien interesado en enfrentarse a ella. El segundo artículo (“La imposibilidad de ser Kafka”) aborda una de las muchas posibles acepciones de esta expresión. En este caso la dificultad de traducir bien y la imposibilidad de no traducir (a Kafka y a cualquier otro).

Qué más… Ah, también encontramos a Tolstói y Dostoyevski. De lo más flojito en mi opinión. O a lo mejor no. Puede que sea yo, que les tengo especial querencia y todo lo que se diga me parece poco o muy superficial.

En resumen: ensayos muy amenos sobre la pasión por la literatura y su íntima conexión con la vida. Guerra al esteticismo, al arte por el arte, al narcisismo, a la metaliteratura, a la filosofía débil del "gusto"… Esta simpática mujer es más antigua que yo, ya os lo advierto. Tengo que hacerme con alguna de sus novelas. Tengo que verla en acción.

martes, 10 de enero de 2017

Esther, su mundo y el mío

Por Marisa Díez

Mi amiga invisible me ha regalado este año un libro que estoy leyendo con ansia de chiquilla. Cualquier tipo de lectura que caiga en mis manos es capaz de aportarme algo positivo. En este caso me ha trasladado a mi mundo mágico de la adolescencia y he retrocedido sin ningún esfuerzo a mis catorce o quince años, edad en la que me empapaba de las aventuras de Esther y su mundo. Una amiga se ha reído de mí sin ningún recato y yo la he espetado, con toda la mala inquina de la que soy capaz, “qué culpa tengo yo de que tú no hayas tenido infancia…”. Porque me da mucha pena que no disfrutara nunca de las aventuras de mi heroína preferida. De pequeña devoraba sus historias, que se publicaban por entregas, semana a semana, en una especie de tebeo que se llamaba Lily. Más tarde, Esther adquirió la importancia suficiente como para ser merecedora de un cómic enterito para ella sola, que salía a la venta aproximadamente una vez al mes, creo recordar. Aún tengo guardados en casa de mi madre, como uno de mis tesoros más preciados, toda la colección de fascículos que logré reunir. Confieso que de vez en cuando todavía los releo, aunque me los sé poco menos que de memoria, porque es de todos conocido el hecho de que cuanto mayores nos hacemos, conseguimos retener los recuerdos lejanos de forma mucho más precisa que los cercanos en el tiempo. Así que soy prácticamente incapaz de esbozar más allá de una idea general del último libro que ha caído en mis manos y he terminado, pongamos por caso, hace quince días. Y sin embargo, podría relatar las historias de Esther como si ayer mismo hubiese acabado de leerlas. Definitivamente, sí. Me estoy haciendo mayor.

Por eso no me da la gana renegar de nada ni nadie que haya sido importante en mi pasado. Total, es lo que me viene a la mente con más claridad. Nunca he entendido a esas personas que quieren olvidar a toda costa de dónde vienen si eso no les aporta un plus de glamour añadido a su aburrida vida actual. Esa gente que,  por decirlo de algún modo, creyendo haber triunfado en la vida, se olvidan de que se criaron, un suponer, en el barrio de la Ventilla, en Vallecas o en Vicálvaro. Me da verdadera lástima escucharles renegar de lo que han sido sus orígenes, sólo porque su casa es ahora mucho más grande o el barrio que habitan es infinitamente más chic que aquel del que provienen y en el que pasaron, sin ninguna duda, los mejores años de su vida. Esos mismos años que hoy se empeñan en olvidar y de los que abominan sin ningún recato. Pobrecillos.

Y por eso confieso mi nula vergüenza al admitir que leo a Esther hoy con la misma avidez con la que lo hacía a mis catorce años. Salvando las distancias y admitiendo que no es un modelo de literatura para recomendar, pongamos por caso, a los alumnos de cuarto de la ESO, no veo qué hay de malo en compaginarlo con, por ejemplo, Patria, de Fernando Aramburu, el siguiente ejemplar que tengo en lista de espera para cuando termine con Esther. Me reconforta dedicar horas a un tipo de lectura extremadamente simple, pero que me deja tan satisfecha como si me estuviese leyendo el mismísimo Quijote. Ya sé que algunos considerarán esta comparación poco menos que ofensiva, cuando no una auténtica aberración, entre ellas mi amiga, que no concibe cómo es posible que una mente más o menos equilibrada, como supone que es la mía, pueda ser capaz de admitir que a los quince años se volvía loca con las canciones de Camilo Sesto y, lo que es peor, aún siga escuchándolas de vez en cuando, sin sentir ningún tipo de vergüenza al reconocerlo. Hombre, al Mola mazo ya no llegué, pero no me digas que Amor amar o Algo de mí no han sobrevivido con mucha dignidad al paso del tiempo. Quizá no despierte, será por el bien de los dos, mataré este momento en silencio romperé unos años de amooooor. ¿Quieeeeén, quieeeeén, quieeeén me robó tu alma de entre mis manos? ¡Esta sí que era una de mis favoritas! Este Camilo era un genio del desgarro y del dolor.

Bueno, quizá estoy empezando a desbarrar. Voy a continuar con la lectura del capítulo que he dejado a medias esta mañana al salir del metro. Ya no puedo aguantar más con la intriga de saber si, por fin, Juanito se dará cuenta de que Esther es el amor de su vida y de que su mundo era ciego hasta encontrar su luz. ¿O esto lo decía Camilo? Yo qué sé, lo mismo me estoy volviendo loca y al final mi amiga tenía razón…



jueves, 29 de diciembre de 2016

La quinta esquina

La quinta esquina. Izraíl Métter.

Libros del Asteroide: Barcelona, 2014. 208 pp. 17,95 euros.


“De todas formas lo firmarás, perra. A ver, muchachos, mostradle a esta puta dónde está la quinta esquina en nuestra habitación"

Por J. Teresa Padilla

Hay quien necesita mil páginas para contar una historia que ha oído por ahí o se ha inventado, eso sí, sin la fe necesaria en el poder vivificador de la ficción; una historia que, por ello, no es de extrañar que resulte en el fondo incomprensible por inverosímil. Pero hay también quien en doscientas crea una realidad inédita, inédita y profundamente familiar a la vez. Y la crea (o recrea), aunque esa realidad no sea inventada.
Hay quien es capaz de narrarnos en doscientas páginas su historia, la de un hombre sin documentos fiables, totalmente prescindible, pero que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido. Física y sobre todo humanamente. Un hombre insignificante, pero que resulta tener el valor suficiente para saldar cuentas consigo mismo. Para avergonzarse, sí, pero también para reivindicarse en su trivialidad reconociendo y proclamando en voz alta lo que pese a todo le ha salvado: su madre, su infancia, su fe en el hombre y en el bien, su amor sin esperanza a Katia... Y a la vez que nos narra su vida, nos muestra en su crueldad, cotidiana y sinsentido, la historia de su país. Es, pues, una biografía (ficticia o no), una crítica del totalitarismo y una historia de amor. O dos. La del narrador por Katia y la de Zinaída Borísovna (la desconocida corresponsal que despierta el pasado y pone en marcha el mecanismo del recuerdo) por Sasha Beliavski, el desaparecido y casi olvidado compañero de juventud.

Como Vida y destino, esta novela se escribió contra la Historia. Primero, porque en la negación de su capacidad para explicar la vida del hombre se encuentra el único argumento verdaderamente eficaz contra el totalitarismo. Pero también porque se escribieron para un futuro que podía muy bien no haber llegado nunca. Grossman no llegó a ver publicada la suya; Métter tuvo que esperar más de veinte años. Las escribieron sin esperanza razonable alguna de que llegaran al lector y, sin embargo, pocas novelas como éstas claman tanto por tenerlo. Son un desahogo de sinceridad, un alarde de generosidad creativa, una contribución, sin duda sentida como un deber, a la victoria del bien sobre la tiranía de la historia.

Izraíl Métter (Jarkob, 1909-San Petersburgo, 1996)
Contemplo la foto del autor que aparece en esta edición y veo un hombre ya mayor y frágil, pero que mira a la cámara sin miedo, sin desconfianza. El miedo y la desconfianza, esos venenos que impregnaron todo. Es frágil, pero quizá no tanto como aparenta. O puede que la verdadera fortaleza no pueda prescindir de la fragilidad y hagamos mal en considerarlas antónimos. No lo sé, pero ésta es una de esas novelas que te llevan a buscar el rostro de quien la escribió y mirarle a los ojos. Eso para mí significa que son verdaderas. No sólo verdadera literatura, sino verdades sin más.

No voy a decir más de ella porque habla por sí misma mejor de lo que yo pueda hacerlo. Pero leedla, no os privéis de ese placer. Encontraréis a un hombre que vuelve sobre su pasado y se interrumpe para asaltar al joven que fue o discutir con el bribón que sigue siendo. O para escribirse con una desconocida tan ridículamente frágil y admirable como todos los que eludieron convertirse en verdugos. Supervivientes o desaparecidos; como ellos, como Sasha, como Katia… Supervivientes que vagan “entre tumbas imposibles de encontrar”.

Mi texto comenzaba con una cita terrible que aclara el título de la novela, unas frases que torturan a un protagonista que no pudo oírlas, pero que sabe que se dijeron. Se dijeron y él siguió respirando durante su pronunciación y mucho tiempo después. Esa es su culpa de superviviente. Mi texto comenzaba así, pero, como la propia novela, no puede dejar que el verdugo tenga la última palabra ni mucho menos la esencial. Nunca, pero menos cuando se trata de Katia y del gran, absurdo y hasta humillante amor que supo despertar. Los verdugos dicen “puta”, los hombres dicen maravillas como ésta:

“He olvidado el color de sus ojos y de sus cabellos. En mi memoria no se ha conservado ni siquiera un retrato oral. Si me describieran los rasgos de su rostro, yo no los reconocería. Para mí, ella era indivisible. Toda, tal como era. Tal, que yo estaba dispuesto a huir de ella al fin del mundo. Tal, que estaba dispuesto a arrastrarme detrás de ella hasta el fin del mundo”.

Feliz año nuevo a todos.

martes, 20 de diciembre de 2016

Tan poca vida

Tan poca vida. Hanya Yanagihara

Lumen: Barcelona, 2016, 1005 pp. 24,90 euros


Por J. Teresa Padilla

Ayer acabé esta novela y, aunque no ha planteado especial dificultad recorrer sus mil páginas, lo estaba deseando. Dicho así, no es una novedad: casi siempre estoy deseando acabar la novela que tengo entre manos (para poder leer otra, para rumiarla entera dentro de mi cabeza unos días….). Normalmente, es cierto, estoy deseando acabar, y a la vez me da pena que se termine. No ha sido éste el caso de Tan poca vida. La he leído hasta el final porque, a pesar de la pésima y vergonzante traducción y edición (¿es que los grandes grupos editoriales como el que incluye a Lumen no se pueden permitir correctores? ¿Es que críticos y blogueros controlan tanto inglés que no han leído la versión española? Es imposible hacerlo sin escandalizarse siquiera un poco), a pesar de que carezca de un argumento que realmente avance, a pesar de que lo que único que avanza sea lo inevitable, el tiempo, y no veas en él realmente crecer o envejecer a nadie, sino en todo caso prosperar económicamente… A pesar de todo, de lo que pesa la jodida, y de lo harta que acaba una de la vida pijo-artística neoyorquina, de sus cenas y de esa gente que salvo excepciones (J.B.) o es buenísima o malísima, a pesar de todo esto y de otras razones que olvido, la novela es tan lineal como una teleserie (de las de toda la vida) y te arrastra. Como avergonzada reconozco que me sucedía con aquellos culebrones, una no sólo la lee hasta el final sino que incluso derrama unas lágrimas, no sabe ya si por lo que se le cuenta o por la vida (demasiada sin lugar a dudas) que ha perdido en hacerlo.

Sí, vale. Me lo compré, me gasté mis buenos euros y mi castigo ha sido justo. A ver si puedo revenderlo a algún incauto que no vaya a leer esta reseña o reciclarlo como regalo navideño para alguien que no aprecie mucho. Lo malo del asunto es que lo veía venir y le manifesté mis dudas a mi librera, pero al parecer a los libreros les encanta. No sé si por lo que vende, porque da para mucho debate cafetero… Lo siento: he perdido la fe en ella. Pero empecemos, no sé si por el principio, por donde sea, que estoy deseando acabar.

Con la traductora (Aurora Echevarría) no quiero hacer demasiada sangre porque me da la impresión de que le lanzaron el tocho en inglés y le pusieron un plazo imposible de cumplir con dignidad. Después de las loas del New York Times, The Washington Post, y toda la retahíla de revistas y periódicos que se enumeran en la faja, supongo que les entraría el pánico de que saliera demasiado pronto la nueva mejor novela del año, lo que no es de extrañar. Tanta unanimidad huele a tongo. Una editorial seria se hubiera gastado unas perrillas en un corrector barato, pero de fiar, como una servidora sin ir más lejos, pero las editoriales serias no suelen tener para pagar los derechos de estos bestsellers y, afortunadamente, publican otras cosas.

Hay muchos detalles (adjetivación profusa y redundante; frases interminables) que hacen sospechar que el original no es para tirar cohetes. Algo me ha llegado sobre que las críticas americanas no han sido tan unánimemente favorables como la faja da a entender, pero no he logrado dar con el o los disidentes. Con todo hay otras cosas que sí son responsabilidad del traductor se miren por donde se miren: las pataletas me da a mí que se tienen, no se hacen (p. 18); las comas no son casi nunca potestativas en español y aquí faltan y sobran por doquier; por otro lado tenemos una amplia libertad para omitir pronombres y da miedo, del de verdad, leer cosas como ésta: “Uno de ellos se acercó a él y le dijo algo que él no alcanzó a oírlo debido al ruido y al pánico que se había apoderado de él” (p. 593). Es uno de los casos más llamativos, pero para nada desgraciadamente el único. En otros lugares se nota que la traductora ha cambiado su primera versión y olvidado repasar todo lo que dependía de lo modificado, de modo que resultan incongruencias del tipo: “Bajé las escaleras, sintiendo la rabia que produce descubrir que eres atrozmente inepto y estás convencido de que has actuado fatal” (p. 506), que digo yo que será más bien “la rabia que produce descubrir y estar convencido…”, porque no logro encontrar el sentido a “descubrir que se está convencido”.

Otras frases entre misteriosas a la par que graciosas son: “Está seguro de que son más frecuentes de lo que se teme” (p. 353) (en referencia a unas conversaciones entre dos personajes). Lo que se teme se sospecha o cree, no se sabe seguro; si está seguro no se teme (o cree) nada. O: “Los dos guardan un minuto de silencio [¡!] pensando en J.B. y preguntándose qué tal le va, sabiendo sin saber por qué no ha respondido a las llamadas telefónicas” (p. 365). Creo que todos imaginamos lo que se ha querido decir con ese sabiendo sin saber (que no sabían cómo, pero conocían la razón de que no contestara al teléfono), lo que no significa que sea lo que se lee, o sea, una tontería.

Y, por último, yo creo que la apoteosis, primero de la indecisión (qué parte de la oración hacemos adversativa, cuál dejamos como principal) y luego de atentado a la estética y los pulmones: “Aunque él siempre había tomado drogas –quién no lo hacía-, en la universidad, con veintitantos años, pero pensaba en ellas como en los postres, que también le encantaban, algo que le prohibían de niño y que ahora tenía a su alcance gratis”. Me limito a señalar ese aunque y ese pero difícilmente compatibles porque no me siento con fuerzas, la verdad, para pensar a fondo hasta dónde alcanza la comparación de drogas y postres, y el asunto de la gratuidad. Aunque la cosa sigue y empeora. “Drogarse, como tomar después de comer una ración de cereales de un dulce tan irritante para la garganta que el resto de leche en el cuenco que se bebía después como si fuera jugo de caña de azúcar, era un privilegio de la edad adulta del que disfrutaba intensamente” (p. 374). En cualquier idioma el párrafo es bastante ridículo, pero qué fácil hubiera sido pasar la comparación al final para no hacerlo tan vergonzante (eso y alguna modificacioncilla sin “importancia”): “Drogarse era un privilegio de la edad adulta del que disfrutaba intensamente. Como tomar después de comer una ración de cereales tan irritantemente dulce para la garganta que la leche que quedaba en el cuenco al final se bebía como si fuera jugo de caña de azúcar”. La mejora no es espectacular pero permite cruzar los dedos y esperar que la frase pase inadvertida.

Esto sobre el cómo. Ahora falta el qué. Y entonces paso de la faja a la contraportada, no sin antes despedirme del hombre en pleno orgasmo de la portada, foto a la que la novela creo que debe un porcentaje considerable de su éxito. Por qué. Me da la impresión de que si el dolor físico y mental del protagonista no tuviera que ver, en su origen y en sus consecuencias, con el sexo, esta novela no interesaría a tanta gente. Así de morbosos somos. Más apropiado me parece a mí que hubiera sido poner el rostro de un hombre autolesionándose, pues de ahí extrae nuestro protagonista el poco placer físico del que es capaz, siempre mezclado con el dolor. Pero supongo que esas cosas no se fotografían. No se fotografían aunque Yanagihara no las describe con una minuciosidad absolutamente innecesaria. Deberíamos sentir la angustia y la mezcla de dolor y liberación que llevan al personaje a cortarse una y otra vez, y nos las describe, seamos justos, pero sólo un par de veces: no encuentra más formas alternativas de hacerlo. No le da más de sí. No le ocurre lo mismo con el hecho físico en sí. Éste le fascina, hasta conseguir que nos repugne como la autopsia de un forense entusiasta y parlanchín.

La contraportada nos asegura que en este libro descubriremos, como poco, los secretos de la amistad masculina, el origen y el destino de la culpa, la verdadera importancia del sexo, quién es o no un amigo, y el precio que tiene la vida cuando ya no tiene valor. Después de leerlo no sé mucho más de lo que ya sabía de algunas cosas (lo del precio de la vida sin valor sigo sin tener ni idea de a qué se pueda referir). No sé si me devolverán la pasta por ello. Supongo que no, que dirán, con razón, que soy tonta. Con razón, porque mirad que es simplona la trama, pues ni por esas: hay cantidad de cosas que no entiendo.

La historia, de la que no he dicho nada todavía, es la de cuatro amigos que se conocen cuando comparten habitación en la universidad y siguen en contacto hasta la cincuentena. La novela los sigue en estas décadas retrocediendo puntualmente en el tiempo para desvelarnos el drama secreto oculto en el pasado de uno de ellos, Jude, que tiene unos evidentes problemas físicos que sus amigos, para su alivio, optan por ignorar en lo posible. Ignoran su minusvalía y también su silencio. Hasta aquí todo normal. Ya sabemos todos lo reservadas que pueden ser las amistades entre hombres. Lo sabíamos antes de leer el libro. ¿Por qué son así? No lo sé, podría bien ser el tema para un libro. Pero ese libro no es éste, no os dejéis engañar por la contraportada.

Fuente: rtve
Ese pasado que se nos va desvelando, a los lectores más que a los amigos, no da un respiro. En esa infancia no hay ni un resquicio de luz. Como si la autora tuviera que justificar a Jude así, como si no pudieran entenderse sus problemas psíquicos con una infancia menos negra. Sinceramente, la que me parece que no lo entiende es ella. De la infancia de Jude no queda ni un resto recuperable y eso sólo podría dar lugar a un adulto perverso, o a un zombi, pero no a ese adolescente torturado en busca de amor que en el fondo sigue siendo el protagonista hasta el final. Supongo que para compensar (o porque Yanahigara sólo ve en blanco y negro), los amigos, profesores y jefes de Jude son todos unos santos varones. Incluso J.B., que es el único de carne y hueso, un santo caprichoso, pero santo. Nadie tiene en la vida real esos amigos. Son tan perfectos que uno tiende a olvidarse de la horrible infancia de Jude y verle como un egoísta que no ofrece nada a cambio de lo que de ellos recibe. Qué queréis que os diga. No lo entiendo. Y de repente el amigo te desea. ¿O no? ¿Es el amor fraternal de siempre más el deseo? ¿Es otro amor que el fraternal había ocultado y sale a la luz? No me ha quedado claro. No tengo idea. Lo único que entiendo es que Jude odia su cuerpo, y lo mantiene a raya como un domador, le niega el deseo y lo maltrata si hace falta. Que en cierta forma se ha convertido en su propio pederasta torturador y que no encuentra redención en ninguna parte. Ni siquiera en quien lo ama sin pedir nada. A lo mejor porque nunca la ha querido (la redención), porque se sabe no culpable sin poder dejar de odiarse. Pero estoy elucubrando, poniendo lo que ya sabía, por experiencia propia o cercana, al servicio de una historia que sí, me ha dolido, pero por lo desaprovechada, vulgar y mal escrita que está.

No me hagáis caso. A todo el mundo parece encantarle. ¡Ay, Dios! Qué sola me siento a veces.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Hace dos meses que ya es Navidad

Por Marisa Díez Marín

No podría precisar el momento exacto en que ocurrió. En realidad es posible que sucediese de forma gradual. Todo comenzó cuando mi madre decidió explicarme, ante mi total incapacidad para descubrir el secreto, que los reyes no existían. Los magos, me refiero. Como todos los niños, supongo, sufrí un auténtico trauma, un shock emocional en toda regla, no sólo por la frustración que me supuso asimilar una noticia de tales dimensiones, sino porque admitir lo tonta que había sido al creer durante tantos años semejante patraña, tiene también su lado trágico. He llegado a pensar que, de no habérmelo contado mi madre aquel día que recuerdo como si fuese ayer –durante una comida, todos en la mesa, me lo soltó así, casi sin venir a cuento, como diciendo, ya está bien hija, a ver si te caes del guindo- como decía, si no se le hubiese ocurrido en ese momento sacarme de mi ignorancia, a día de hoy todavía seguiría creyendo que el próximo 5 de enero por la noche, si pusiera los zapatos en la ventana, algún regalo me dejarían Melchor, Gaspar o Baltasar.

Puede que fuera entonces, pero tampoco estoy segura. Quizá aquel año que entre mis regalos no descubrí el estuche de maquillar de la señorita Pepis, que durante tantos meses había deseado. Aquello ya me dejó descolocada. O mucho tiempo después, al escuchar uno de esos horribles villancicos, que antes me encantaban, fuera de tiempo y de lugar, porque ni siquiera había comenzado el mes de diciembre. Y es casi seguro que me rebelé definitivamente cuando descubrí las primeras lucecitas, a mediados del mes de octubre, en una tienda de cualquier centro comercial. Lo de comprar la lotería de navidad en verano ya es un clásico, aunque yo, a día de hoy, puedo asegurar que es un sacrilegio que todavía no he cometido.

Así que no puedo precisar con exactitud en qué momento comencé a odiar la Navidad, así, en general. Reconozco que me gusta exagerar un poco y en estos tiempos que corren, y en vista de que se ha puesto tan de moda renegar de las fechas navideñas, resulta que ya no me hace la misma gracia reivindicarme como una enemiga acérrima de las susodichas fiestas. Intento evadirme cuanto puedo, eso sí, pero me aburre escuchar a todo el mundo explicar lo poco que les gusta tanto follón, que si me quiero dormir el 22 de diciembre y despertarme el 7 de enero, que si es un sinvivir, que si esto, que si lo otro… Así que ya no me siento nada original y decido callarme. Tampoco es para tanto, pienso.

Entonces me resigno y me decido, por ejemplo, a no pisar el centro de Madrid mientras permanezca encendida una sola de esas mareantes bombillitas o quede en pie el último de esos indescriptibles arbolitos de navidad, que en nada se parecen a los abetos de mis recuerdos infantiles, con ramas de verdad y bolas de colores que se rompían una tras otra sin remedio cada año.

Me resigno a salir corriendo del hipermercado cuando por los altavoces me torturan con los mismos villancicos que se entonaban en mi casa a golpe de pandereta, en aquellos tiempos en los que todavía no faltaba nadie en la mesa.  Me parecen tan tristes, con unas letras tan absurdas, y entonados con unas voces tan desagradables al oído, que mi humor cambia sin remedio y huyo, escopetada, en busca de la primera salida de emergencia. No los soporto. Me entran tantas ganas de llorar…

Así que, ya os lo he dicho, me resigno y me marcho. Y salgo a la calle, aunque hace frío, porque en navidad es invierno y yo también odio el frío. No lo aguanto. Me cambia hasta el carácter. Todo el día con los pies y las manos heladas. Es una auténtica confabulación. Y menos mal que en Madrid no suele nevar, porque tampoco me gusta la nieve…

Que si cenamos aquí y comemos allá, que si yo compro esto y tú te encargas de aquello. Los langostinos, las gambas, las gulas, el gambón, el pulpo, los entremeses, la sopa de marisco y los canapés. Para mí, desde luego, no compres carne; no llego seguro, ya estoy empachada sólo de pensarlo, cómo pretendes que encima me coma un chuletón… Lo único el cava, eso sí. Catalán, por supuesto, que yo soy muy clásica para estas cosas. Un par de copitas, o tres, o cuatro, no vienen mal para pasar tanto mal trago.

Porque sigo intentando dilucidar el momento exacto en que empecé a odiar las fechas entrañables y no tengo una idea clara. Mi amiga Sonsoles le decía a su hijo, cuando todavía era un niño: "No hagas caso a Marisa, Carlos, hijo; ella siempre fue el espíritu malo de la Navidad".

Y desde entonces deambulo por estas fechas como un alma en pena, con ciertas ganas de fastidiar al prójimo y reventarle sus ganas de fiesta. No encuentro ningún motivo extraordinario para celebrar. Si no fuera porque el mismo día 24 mi sobrina Raquel regresa por unos días de su exilio forzoso/voluntario en el recién conquistado territorio Trump, me montaría en mi escoba y me largaría a territorios lejanos, dirección Caribe, por poner un ejemplo. Pero bueno, me quedaré por aquí un año más, qué remedio. A ver si esta vez los reyes me consiguen por fin el estuche de maquillar de la señorita Pepis. Que desde entonces no he podido levantar cabeza.








jueves, 8 de diciembre de 2016

Sobre "Crimen y castigo"

Por J. Teresa Padilla

Peter Lorre como Raskolnikov en Crimen y castigo (1935) de J. von Sternberg
 “En una calurosa tarde de principios de julio, un joven salió del cuchitril que había realquilado en la callejuela de S. y se encaminó lentamente, como indeciso, hacia el puente de X”. Así empezó todo. Bueno, no exactamente. Así empieza la edición de Crimen y castigo, traducida en los ochenta por Augusto Vidal, que poseo actualmente. La que yo leí por primera vez, calculo que muy a finales de los setenta, a los trece o catorce años, era una de esas ediciones que se pretendían de lujo, descuidadas por dentro (papel áspero y amarillento, tipografía vulgar) y ostentosas por fuera, con su simil de piel y los dorados purpurina del lomo. Ni qué decir tiene que por más que lo buscaras no encontrabas ningún nombre en el interior que se responsabilizara de la traducción o te indicara siquiera el idioma del que se había hecho. En fin, era una edición pésima, destinada más a la decoración que a la lectura, que mi padre había encontrado donde suelen encontrarse este tipo de libros: en un saldo.

Mi padre no podía resistirse a los precios miserables de este tipo de libros “clásicos” y los adquiría aunque no tuviera la más mínima intención de leerlos. Pensaba, supongo, que debían estar en casa, que no podían faltar en la “biblioteca familiar”, aunque el único que entonces leía algo era él y ese algo no era, desde luego, literatura extranjera, por clásica que fuera. Lo suyo era la poesía social (que era lo que había intentado escribir en una época), el teatro (fue actor y director de una compañía de aficionados en su tierra natal) y alguna novela (Cela, Ferlosio, Laforet…). Y con eso ya se consideraba un gran lector y, lo que resulta más curioso, puede que lo fuera realmente comparado con su entorno. Mi padre era autodidacta y algo narcisista, una combinación poco recomendable pues detiene antes de tiempo el proceso de autoformación. Ese narcisismo le ponía muy cuesta arriba reconocer según qué cosas. Años después, cuando le adelanté claramente como lectora, y como lectora, sobre todo, de narrativa extranjera, me explicó la razón por la que no leía a extranjeros y, ya de paso, por la que, a pesar de todo, él seguía siendo mejor lector cualitativamente hablando que yo (que conste que adoraba a mi padre y él a mí, pero tenía estas cosas que ahora, más vieja y espero que sabia, me hacen sonreír y me gusta hasta recordar, aunque parezca que no favorecen en nada su retrato).

El argumento era poco más o menos el siguiente. No conocía salvo su propio idioma, como casi todos, y nadie le enseñó, ni a él se le ocurrió pensar, que una traducción pudiera no desmerecer un original y, en cualquier caso, compensar sus desventajas al hacer accesible lo que de otra manera nunca hubiéramos podido leer. Para él el mundo se dividía en dos: los verdaderos escritores y todos los demás. Obviamente un traductor no podía sino cargarse lo que de literario tuviera el texto. Los que leían literatura extranjera eran unos ignorantes a los que sólo les interesaba la trama. Y esto si se hablaba de novela. La poesía traducida era, sin discusión, un completo sinsentido, un sacrilegio, una aberración.

Es, pues, difícil de explicar por qué adquiría, aunque fuera en saldos o, más tarde, en colecciones de quiosco, algunos clásicos de la literatura universal. Me parece que no estaba muy seguro de lo que me contaba. Tampoco sé por qué me dio a mí por abrir y empezar a leer aquel Crimen y castigo encuadernado en un horripilante verde con letras doradas que no invitaba en absoluto a ser abierto por nadie y menos por una niña. La traducción debía ser espantosa, pero me dio igual. Lo único que consiguió fue que la sustituyera a la primera ocasión en la “biblioteca familiar” por la de Augusto Vidal en dos tomos; una edición de quiosco, sí, pero mucho más digna, que supliqué a mi padre que comprara. Y volví a leer la novela. Y la disfruté todavía más que la primera vez. La traducción, desde luego, era mejor, y ayudó mucho, pero supongo que la verdadera razón de que mi fascinación por esta novela aumentara estaba en ese par de años que había cumplido entre una y otra lectura. Y así fui madurando para ella y las relecturas que, cada vez más espaciadas en el tiempo, se repitieron.

A mis amigas y vecinas, incluso a mis hermanos, les gustaban Los cinco, los cómics de Astérix... Qué sé yo. A mi me aburría todo eso. No conseguí leer ni una página y estoy segura de que me perdí algo, pues treinta años después mi hijo sigue disfrutando de estos libros que ha heredado, claro está, de su padre. Hasta que Raskolnikov no salió ante mis ojos de su cuchitril realquilado, la única letra impresa que me había alcanzado con éxito era la de los cuentos y poemas para niños de Gloria Fuertes, a la que, por eso, me moriré adorando. A ella y a Dostoyevski, del que devoré todo lo que pude a continuación, de la misma forma que mis amigas devoraban las novelas de Enid Blyton o mi hijo las de Rick Riordan (o, en realidad, casi todo aquello que se pone en su camino siempre y cuando en las historias no mueran perros).

Luego descubrí a muchos otros que le sustituyeron en mis preferencias e incluso tuve que reconocer que su obra estaba infinitamente por encima de su persona; que era un hombre egoísta, algo mezquino. Un eslavófilo antisemita (qué dolor lo poco que logré leer del Diario de un escritor). Pero nada pudo cambiar que fue él quien escribió la historia de un joven en el que cualquier adolescente rebelde se puede ver reflejado, quien convirtió en tema de una novela el derecho o no a matar en nombre de mundos mejores. O qué nos hace realmente superiores: ejercer sin remordimientos supuestos derechos o humillarnos ante los más humillados. Y luego hizo su versión de El Quijote, en El idiota. Y creó al blasfemo más justo y atormentado que pueda imaginarse en la figura de Iván Karamazov. Y se retrató en El jugador

Dostoyevski despertó mi curiosidad por las historias. Me enseñó que no se trataba de tramas, sino de personajes de carne y hueso (así me parecían y parecen los suyos) que dudaban, cometían los peores pecados, se peleaban con los demás y con ellos mismos y, con suerte, encontraban en lo más humilde y pequeño la redención. Por muy mal traducido que estuviera, el mensaje era demasiado potente.
 
150 años se han cumplido este 2016 de la primera publicación de Crimen y castigo, en 1866. Desde luego no había envejecido la última vez que la leí. Ahora se me ocurre que debería invitar a mi hijo, que tiene la misma edad que yo cuando descubrí esta novela, a leerla, a ver qué le parece. La verdad es que me da un poco de miedo. Miedo a que no vea lo que yo vi. ¿Y qué vi yo? Suena fuerte, lo sé, pero no sé de qué otra forma decirlo: luz, mucha luz.

jueves, 1 de diciembre de 2016

La culpa fue del chachachá



Por Esperanza Goiri


La verdad es que sería injusto achacar toda la responsabilidad a un baile, pero sin duda contribuyó a que odiara mi nombre durante gran parte de mi infancia. Os explico. Tal y como consta en la firma, me llamo Esperanza. A mí de pequeña me parecía un nombre antiguo, de persona mayor, posiblemente porque lo asociaba a mi abuela materna en cuyo honor fui bautizada, con gran orgullo de mi madre. Me comentaba emocionada que, de los cuatro hijos (yo soy la pequeña), fue el único nombre que eligió personalmente. Yo la escuchaba con resignación, sin comprender su entusiasmo, y envidiaba a las Evas, Olgas, Saras y Anas de mi alrededor. ¡Esos sí que eran nombres bonitos, cortos y sonoros! Tampoco me hubiera importado llamarme como alguna de mis heroínas infantiles: Celia, Pauline, Lilith, Esther o con alguno de los exóticos y anglosajones nombres de las protagonistas de Enid Blyton. Todos me parecían preciosos, y ya que en mi caso no podía ser, me desquitaba poniéndoselos a mis muñecas.

El asunto es que uno de los mejores amigos de mi padre, que nos visitaba con frecuencia, en cuanto me veía, antes de darme un beso entonaba repetidas veces con tono zumbón: “Esperanza, Esperanza, solo sabes bailar chachachá” (popular canción del cubano Ramón Cabrera que interpretaron entre otros Antonio Machín y Enrique Montoya en los años sesenta). A mi me daba una rabia espantosa, hasta el punto de esconderme, cuando me enteraba de que el susodicho venía a casa, para evitar el encuentro y su guasón saludo. No sabe, el pobre, lo mucho que le odié, siendo por lo demás un hombre estupendo. Tampoco salió bien parado el citado género musical, y tendrían que pasar bastantes años para que me reconciliase con él gracias a Gabinete Caligari y a su genial La culpa fue del chachachá, a cuyos animados sones asocio uno de mis mejores recuerdos de juventud.

Como ocurre con los nombres largos, pronto se impuso el diminutivo de rigor. En mi caso, Espe o Espetxu (el txu es una terminación diminutiva vasca de tono cariñoso). Curiosamente, solo una prima chilena de mi padre me llamaba Esperancita. El Espetxu fue degenerando por el uso y se convertía en Chukis, Chukitas o Chukitonas según la intención, más o menos mimosa, de quien lo pronunciara. Cuando me requerían por estas versiones cortas y zalameras sabía que todo iba bien. Por el contrario, cuando se te convocaba en la modalidad larga: “¡Esperanza Inmaculada Goiri Pueyo, ven aquí inmediatamente!” Nada bueno se podía esperar. Acudías remoloneando a la llamada, mientras repasabas mentalmente que fechorías se te podían imputar, dispuesta a negarlo todo; fuera cual fuese la acusación y por muchas pruebas incriminatorias que hubiese en tu contra.

Ya en la etapa de los “ligoteos” y escarceos amorosos era inevitable encontrarte con graciosos y ocurrentes de toda ralea: “Esperanza, por favor, dame esperanzas”, “Si tu primer nombre es Esperanza, seguro que los siguientes son Fe y Caridad”, “Esperanza, no me hagas esperar por favor”. También estaban los cursis: “La Esperanza tiene muchos nombres pero los locos la llamamos amor” (sí, lo sé, sin palabras). La ventaja era que ya en la misma presentación, según la respuesta obtenida, esta te servía para quitarte de encima a pesados y plúmbeos varios.

Fue a partir de los 20 años cuando empecé a sentirme a gusto con mi nombre. Era original y no había muchas chicas con él, por lo menos en Madrid y Vizcaya, que eran los dos principales escenarios de mi vida. Además empezaba a apreciar el hecho de que fuera un nombre familiar: la alegría que se llevó mi abuela, ya que de siete nietas era la única con la que compartía nombre, y la satisfacción de mi madre por haber elegido e impuesto el que había querido. Dejando aparte afectadas y grandilocuentes explicaciones, lo cierto es que es un nombre bonito, asociado a un significado simbólico que evoca un deseo positivo universal. Lo que no es poco, teniendo en cuenta que hoy en día padres desaprensivos, en busca de ser los más originales o por seguir modas absurdas, endilgan a su progenie nombres imposibles y ridículos, con los que estos tendrán que lidiar hasta que tengan el suficiente uso de razón para rebelarse y decidir que se va a llamar así su padre o su madre, pero ellos no.
 

martes, 29 de noviembre de 2016

Epílogo

"Se impone que hablemos (...). Sobre todo por la antigua y quizá hasta ahora infundada creencia de que, si los maestros de este mundo fueran mejor leídos, podría reducirse la incuria y la desdicha que obligan a liar los bártulos a millones de personas. Como no nos queda mucho en qué confiar, y casi todo parece condenado al fracaso, debe insistirse en que la literatura constituye el único seguro moral posible para una sociedad; en que es el antídoto permanente del principio según el cual el hombre es un lobo para el hombre; en que aporta el mejor argumento contra cualquier teoría política que sólo tenga en cuenta a las masas y aplaste al individuo, aunque sólo sea por el hecho de que la diversidad humana constituye el material básico de la literatura y su raison d'être. Se impone que hablemos (....). Si todo ello significa que vamos a hablar tan sólo entre nosotros, tanto mejor (no para nosotros pero quizá sí para la literatura)". De: "La condición a la que llamamos exilio (o levando chanclas)", Del dolor y la razón. Joseph Brodsky.

Por Anna Ajmátova

Anna Ajmatóva. Nathan Altman (1914)
II


Se acerca el aniversario, día del recuerdo.

Os veo, os oigo, os siento:


a la que apenas pudo llegar a la ventana,

a la que no volvió a pisar la tierra en que nació,


a la que moviendo su hermosa cabeza

musitaba: “Ya vengo aquí como si fuera mi casa”.


Querría llamar a cada una por su nombre

pero requisaron la lista y no puedo hacerlo.


Para ellas he tejido este vasto sudario

con las tristes palabras que de ellas oí.


A ellas siempre tendré presentes, y en todo lugar,

no las olvidaré en desgracias futuras.


Y si un día sellaran mi atormentada boca,

la boca con que gritan cien millones de almas,


que ellas piensen en mí, como pienso yo en ellas,

que por mí rueguen cuando llegue mi día.


Y si alguna vez quisiera la ciudad

erigir un monumento en mi memoria,


podría ese honor aceptar complacida,

con tal de que no lo alzaran nunca


ni a la orilla misma del mar donde nací

-mis lazos con ese mar ya los he roto-,


ni junto a mi árbol sagrado, en el jardín de los zares,

donde una sombra yerra y me busca desolada,


sino aquí, donde permanecí de pie trescientas horas

ante rejas que para mí no se abrieron.


Porque temo olvidar, en la paz de la muerte,

las ruedas del siniestro furgón negro,


los golpes de la puerta que hemos odiado tanto

y el aullido de la anciana, como animal herido.


Que desde los yertos párpados de bronce

fluya –y sean ésas sus lágrimas- la nieve derretida,


que arrullen a lo lejos palomas del presidio

y bajen silenciosos los barcos por el Neva.


(1940. Réquiem)


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Jakob von Gunten

Jakob von Gunten. Robert Walser

Siruela: Madrid, 2007, 128 pp. 16 euros. 

“Hablo y pienso a veces muy por encima de mi propio entendimiento” (Robert Walser. Jakob von Hunten).

Por J. Teresa Padilla

Antes no lo hacía, así que no sé si me habré hecho mayor de repente, pero el caso es que ahora tengo que poner todo lo que se me ocurre por escrito en el preciso instante en que se me ocurre, o adiós. A veces ni me da tiempo: de camino al lugar donde está el papel y el lápiz, el móvil o lo que sea que me permita anotarlo, ya se me ha olvidado. No debía de ser muy buena (la idea, digo), me consuelo. Pero jode (¡perdón!, que no soy Pérez-Reverte y seguro que no me lo puedo permitir), porque si sólo pudiera escribir sobre mis ideas cuando fueran buenas estaría lista. Menos mal que las de otros suelen inspirarme alguna propia, más o menos presentable, para hablar de las suyas. Es lo que tienen los buenos escritores: a la mínima te preñan. Poca cosa soy, y casi todo se lo debo a las reseñas, ésa es la verdad. Por eso no puedo hacerlas de lo que me aburre, aunque… Perdón, que se me acaba de ocurrir una cosa y tengo que apuntarla. Pensaréis que lo digo para acabar bien el párrafo, por sentido del ritmo y eso. ¡Qué buenos sois!

¿A qué viene esto? Pues a que ahora tengo un fichero con el nombre “Ideas” (no son muchas todavía, ni muy brillantes, pero me sirven de seguro mental para previsibles periodos en blanco) y exactamente la número 4 procede de esta obra, Jakob von Hunten. A decir verdad, de esta obra y de la historia de una pintora japonesa que conocí por Facebook. Iba sobre la locura: la buena (que te lleva a ser quien realmente eres o quieres ser, tipo don Quijote) y la mala (en la que te pierdes sin remedio). Estas locuras unas veces son distintas y otras, desgraciadamente, fases de la misma. No sé si terminaré desarrollando la idea número 4 porque hay cosas que no se pueden entender desde fuera y, aunque esto no constituye en mi caso inconveniente alguno, no sé si estoy preparada para exponer públicamente mis vergüenzas mentales.

Pero bueno, al grano, que se supone que esto que escribo iba a ser mi lectura del Jakob von Gunten de Robert Walser. Aunque, por otro lado, qué mejor forma de transmitir la “música”, el “aire” de esta obra, que la digresión: “Realmente, el circunloquio es para Walser una cuestión de supervivencia”, escribe W.G. Sebald en una obrita sobre este “paseante solitario” que recomiendo a todos porque se lee en un momento y es iluminadora (y no sólo sobre Walser, quizás mucho más sobre el propio Sebald). Esencial para Walser es el circunloquio y también el paso de una cosa a otra, de la seriedad a la risa, de lo lírico a lo prosaico, de un mundo poblado de sueños (y hasta pesadillas) a otro que pesa tanto que no deja respirar, así que es mejor mantenerse a una distancia prudencial de él. En el Instituto Benjamenta, por ejemplo.

Las biografías de Walser (1878-1956) cuentan que desde joven tuvo un comportamiento errático o, si se quiere evitar dar la impresión de que se interpreta toda su vida desde su última parte y final, errabundo. De una ciudad a otra; de un modesto empleo a otro. La escritura es la única constante incluso cuando una clínica mental pone fin a su nomadismo. Durante un tiempo al menos. Luego llegó la reclusión forzosa y el silencio.

Robert Walser (1890)
Hace un par de días leía en Brodsky algo así (maldita memoria) como que las biografías de escritores no tienen utilidad ni interés para iluminar su obra literaria porque sucede más bien al revés, que es la obra la que nos da a conocer a su autor, es ella la que le sirve de espejo. No porque sea autobiográfica, sino porque constituye un autorretrato del propio autor. Y desde luego que gracias a Jakob von Hunten podemos entender muy bien al casi adolescente Walser y, de paso, lo que nos cuentan las biografías de esa primera etapa de su vida. Supongo que el resto de su obra nos mostrará el resto, con la excepción, claro, de lo que nadie puede llegar a contar (la muerte y, lo que no es muy diferente, la rendición a la locura).

Jakob se va de casa, de una casa en la que es amado y estaría bien situado en la futura carrera por el éxito social, para ingresar voluntariamente en el Instituto Benjamenta, centro en el que espera, precisamente, conseguir lo contrario de lo que se supone habría que desear: “ser un encantador cero a la izquierda”. En el Instituto Benjamenta no se enseñan contenidos (¿de qué me suena esto?), sino formas: las que convienen a un buen muchacho, esto es, paciencia y obediencia. Disciplina. Lo importante, en realidad, no es lo que se enseña en este Instituto. Estoy segura de que en la época de Walser, como en la mía –no pondría ya la mano en el fuego por lo que sucede hoy-, todos los centros escolares enseñaban a obedecer (la paciencia se supone) y, si no te quedaba claro esto, te lo recordaban muy a gusto en casa aunque fuera a zapatillazo limpio. Lo importante es que es lo único que se enseña. El Instituto Benjamenta es una escuela para la vida real, que resulta ser “una vida abominable", de ahí que su enseñanza se reduzca a la de un esencial ejercicio de supervivencia que promete una transformación interior completa.

No voy a discutir a quienes ven en este aprendizaje de la obediencia y la disciplina el intento de eludir la responsabilidad de existir, de tener que ser alguien en sentido literal, es decir, el intento de llegar a ser nadie o, más brevemente, de conseguir no ser (aun siendo, pues el suicidio es pura rebelión, y además inútil, y queda completamente descartado). No se lo discuto porque tienen razón. También Sebald habla de la obra de Walser como un ejercicio de despersonalización. Desde luego Schopenhauer intervendría de inmediato para recordar que ya nos advirtió él que la única forma de salvarse en y de este pérfido mundo era esta autoaniquilación pasiva que los budistas llaman nirvana y que tanto se parece a lo que se aprende con los hermanos Benjamenta. No lo voy a discutir, repito, pero me parece sólo la mitad de una verdad, y la mitad de una verdad es como la mitad de un billete. Que no sirve para nada.

“Siento cuán poco me concierne aquello que se denomina mundo, y qué grande y fascinante me parece lo que yo, en mi fuero interno, llamo mundo”, nos dice Jakob. En realidad no hay dos mundos, Jakob no es tan ingenuo o tan loco. Está el mundo y la visión que cada uno tiene de él. Y de ahí procede la tensión irresoluble entre ser y ver: la visión, para ser verídica, exige distancia y por tanto salir del mundo, quedarse fuera. Sobre todo porque hablamos de un mundo cruel, duro y feroz que te arrolla como se te ocurra detenerte un momento. Pero no hay otro, no hay un afuera. El instituto Benjamenta no es, por más que Jakob lo presente así, un refugio; aunque continuamente lo contraponga al mundo real, a la vida, forma parte de él. Hasta tal punto está integrado en el mundo "real" que su peculiar enseñanza sirve igual para adaptarse e incluso medrar en su seno que para resistírsele. Y ésta es la disyuntiva última de Jakob, la que se expresa en la relación con su alter ego, su compañero Kraus, el de los ojos “aterradoramente bondadosos” (¡uff!).

Kraus es el alumno perfecto, honrado, fiel, bueno, con principios. Por eso no está destinado al triunfo: son los tontos (no hay tonto fiable ergo tampoco bueno) los que “están hechos para llegar lejos, para escalar, vivir bien y mandar”. No está destinado al triunfo, pero sí a cumplir a la perfección el papel subordinado, modesto pero digno, del hombre corriente. Jakob lo admira y parece decidido a llegar a ser como él, pero no puede: la risa está siempre a punto de escapársele. “En mi interior mora una extraña energía que me impulsa a conocer la vida a fondo, y un deseo indomable de aguijonear a la gente y a las cosas para que se me revelen”. Jakob siente curiosidad, una curiosidad que dibuja una sonrisa condescendiente en Kraus. Su “dejar de ser”, su “aprender a no ser nadie”, lo que le ha llevado al Instituto Benjamenta, es, en realidad, una necesaria preparación para poder saber y sentir de verdad, es una negación que oculta y hace posible una afirmación: “Tampoco siento el menor respeto por mi Yo, me limito a mirarlo y él me deja totalmente frío. ¡Oh, entrar en calor! ¡Qué maravilla! Siempre seré capaz de entrar en calor, pues nada personal ni egoísta me impedirá jamás interesarme, apasionarme o ser partícipe”. No sentir para sentir más y mejor, no distinguirse ni destacar, ser un cero a la izquierda, para pasar inadvertido y poder seguir siendo el observador invisible y libre (“si yo me estrellase y perdiese, ¿qué se rompería y perdería? Un cero”) de eso tan fascinante que se llama hombre: “¡Hombres, sí, nada más que hombres y más hombres! Lo siento intensamente: amo a los seres humanos. Sus locuras y enojos súbitos me son más queridos y preciosos que los más grandes prodigios de la naturaleza".

Me ha encantado seguir el a veces atolondrado, otras risueño, siempre lúcido aunque al filo de la locura, monólogo de Jakob. Creo que cualquier lector sonreirá con él y comprenderá que a veces hay que reírse como él hace de uno mismo para no resultar ridículo. O para no llorar. Y si la obra literaria es, como decía Brodsky, un autorretrato, en ésta puede verse a un joven valiente que se atreve a exponerse al peligro de desaparecer y perderse para siempre en lo “insignificante y pequeño” con tal de poder “permanecer a la escucha de eso que se niega a ser oído”.

En Herisau (1949)
“He estado en las alturas, Jakob; es decir, he sido simplemente joven y muy prometedor, y también en este sentido me he visto desposeído de mi trono y de mi reino. Caí. Y empecé a dudar de mí y de todo. Cuando nos desesperamos y afligimos, mi querido Jakob, nos volvemos penosamente pequeños y las pequeñeces se nos van echando encima en número cada vez mayor, como rápidas y voraces sabandijas que nos devorasen lenta, muy lentamente, y lentamente también supieran asfixiarnos y deshumanizarnos”. Sí, por si no tenía yo bastante, encuentro descrito mi propio fracaso en el de Herr Benjamenta. Lo mismo las obras literarias no son sólo el autorretrato de su autor. Lo mismo también lo son de nosotros, sus lectores. Tengo que buscar lo de Brodsky. Y “basta de escribir por hoy. Me pone demasiado eufórico. Y salvaje”.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Las recetas de Ana

Por J. Teresa Padilla



"No sabía qué decir. Tampoco sé qué decirte ahora".

Ana no sabía qué decirme, ni entonces ni ahora, y por eso se puso a hacer croquetas. A quién se le ocurre, ¿no? Y luego sopa de pescado con unos tropezones en forma de langostinos para matarse del traspié. Un par de días después apareció también con un arroz con leche. Más adelante llegaron unos pimientos asados de acuerdo con la ancestral receta familiar. Y al poco, estando yo presente ya en mi casa, llegó la tortilla de patatas cuyo recuerdo todavía me hace llorar de nostalgia. Nunca antes habían catado mis hijos (huérfanos de abuelas aficionadas a la cocina e hijos de una madre desmotivada para estos quehaceres) semejantes manjares, doy fe. Sentiría lástima por ellos si no los conociera, pero los conozco y son de los que quitan a cualquiera las ganas de cocinar. Mira que te he dicho veces que no se merecían estas delicatesen, Ana: si por algo quieren crecer e irse de casa es para poder alimentarse de por vida a base de pizza y macarrones.

Ana no es una abuela, ni siquiera es cocinera. Es una mujer de mi edad que de lunes a viernes trabaja muchas horas fuera de su casa y dedica gran parte del fin de semana a cocinar. Así se ahorra algo, y los suyos y ella misma pueden alimentarse los días laborables con comida casera, aunque sea, como es su caso, en un triste táper. Acostumbrada a cocinar grandes cantidades, aumentarlas para abastecer a mi familia no le suponía ningún esfuerzo. Eso decía ella, pero yo no lo veo tan claro; no me terminan de salir las cuentas.

Entre los suyos para los que cocina habitualmente se cuenta un niño de la edad del mío, y de ahí viene nuestra relación. Porque Ana y yo no somos familia ni amigas de toda la vida. Hasta hace bien poco carecíamos casi de nombre propio: éramos sobre todo las madres de nuestros respectivos (fenómeno de sobra conocido por cualquier padre o madre que me esté leyendo). Nos caemos bien y nos gusta charlar, a eso se reduce todo entre nosotras, cosa que normalmente sólo hacíamos mientras nuestros hijos “nadaban” (son célebres en el polideportivo municipal por no haber conseguido subir de nivel en un lustro) o entrenaban para hacernos ricas en un futuro con sus goles (esto lo hacen con más ganas aunque no mucho mayor provecho). En eso consiste nuestra amistad. Poca cosa en apariencia, pero resulta que estamos tan cómodas que a veces nos contamos sin querer cosas que se supone deberíamos callarnos o decir con mucha más delicadeza. Eso me pasó a mí un buen día (¿sería un sábado y de ahí lo de las croquetas?) que Ana me llamó para preguntarme qué tal estaba, pregunta que todos sabemos que debe, en primera instancia, contestarse con un “bien” (para abreviar, pues habría que añadir “gracias. ¿Y tú?”).

Aparte de que, a saber por qué, nos tenemos confianza y, por ello, la respuesta al uso no termina de proceder a no ser que la matice una especie de suspiro irónico, la verdad es que creí que ya sabía lo que le estaba contando y por eso me llamaba. Pero no (ésa soy yo: la que se pasa de lista). Así que, tras prácticamente colgarme y mandarme a continuación un mensaje para explicarme su repentino autismo, se puso con las croquetas.

No sé si hacer croquetas le ayuda a pensar o precisamente a no hacerlo. Según ella la relajan. Las croquetas, la sopa de pescado, la tortilla de patata, (¡ay, la tortilla!)… El caso es que un buen día le tuve que decir que ya llevaba un tiempo en casa y nada me impedía cocinar para los desagradecidos, culinariamente hablando, de mis hijos. Vamos, que me sentía una abusona y, con todo el dolor de mi corazón (pocas veces he dicho esto tan de verdad), debía renunciar a su tortilla. Que no lo hacía por mí ni por los niños, sino por ella, me contestó. Que así se sentía mejor y tenía la impresión de que hacía algo. En resumen, era puro egoísmo, según ella. A mí, por el contrario, me parecía que seguía intentando expiar la falta de palabras de aquella conversación telefónica, como si aquel silencio no hubiera sido mucho más elocuente y consolador que cualquier palabra. Para lo inteligente que eres, Ana, mira que puedes llegar a ser tonta.

Resulta asombroso el bien que pueden llegar a hacerte personas con las que aparentemente no te unen grandes lazos. Ana no es la única, pero las representa muy bien a todas. Espero haber sido capaz de expresar con este texto, repleto de palabras, un agradecimiento que seguramente expresaría mejor un simple beso. Y Ana, sí, necesito que me digas muchas cosas: necesito las recetas, tus recetas. Las recetas de Ana.

martes, 8 de noviembre de 2016

La última posada

La última posada. Imre Kertész.

Acantilado: Barcelona, 2016, 296 pp. 24 euros.

“Leyendo a Kafka uno sólo puede sentir vergüenza de atreverse a escribir” (I. Kertész. La última posada).
“Sin embargo, las manos de uno de los señores estaban ya en su garganta, mientras el otro le clavaba el cuchillo en el corazón, haciéndolo girar allí dos veces. Con ojos que se quebraban, K. vio aún cómo, cerca de su rostro, aquellos señores, mejilla contra mejilla, observaban la decisión. “¡Como un perro!, dijo; fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo” (F. Kafka. El proceso).

Por J. Teresa Padilla

 Venga. Allá voy. A ver si me acuerdo de cómo se hacía (o cómo lo hacía). Lo siento por La última posada, a la que no podré hacer justicia (o al menos la justicia que me gustaría y de la que en otro tiempo hasta me sentí capaz). Podía haber escogido volver con una reseña de un libro que hubiera despertado mi faceta de crítica feroz y sarcástica, que la tengo, conste. Eso es más fácil de escribir, a saber por qué (la bruja que en el fondo o en la superficie eres, que la justicia en estos casos te impota un bledo…), pero hay un problema (en realidad, dos): he decidido no obligarme a leer nada que no me guste (ventajas del amateurismo), y tengo que confesar que soy, siempre he sido, una moralista (no comento lo que no he leído).

Kertész (1944). Fuente: Bz-Berlin
¿Por qué entonces Kertész? ¿Es que no he leído otra cosa interesante durante este medio año de ausencia? Pues no. Ésa es la verdad. Apenas he leído. Apenas he logrado terminar un libro, sería más exacto. Unos eran, o me parecían, malos. Otros, simplemente, no fueron capaces de mantener la atención de una persona que, como yo, siempre ha tenido dificultades para concentrarse y a la que de pronto se le acumularon urgencias sobre las que decidir si había que pensar o más bien ignorar o… Yo qué sé. No, no soy de esas mujeres multitarea perfectas. La metáfora del pollo sin cabeza se creó sin duda pensando en gente como yo. Por supuesto, no llegué a terminar de pensar o ignorar nada hasta el final. Y claro, tampoco a leer casi nada hasta el final. Casi nada, porque La última posada sí; y esto merece una explicación, porque resulta casi un milagro y se supone que tales cosas no existen.

La leí, es verdad, aunque apenas me enteré de nada. Soy de las que se pierden y constantemente tienen que leer de nuevo una frase, un párrafo. Una página entera si me descuido. Una, dos veces; puede que más. Eso en estado normal (lo sé, no soy nada lista, lo que tiene sus ventajas: me exime de la obligación de entender gran parte de lo que sucede a mi alrededor). Cuando me hallo en el estado de gallinácea descabezada antes descrito, el fenómeno adquiere proporciones alarmantes. ¿Y por qué seguir leyendo lo que sabes que no estás entendiendo (o no del todo), lo que sabes que vas a tener que leer desde el principio más adelante?

Yo creía que sólo era por necesidad afectiva. Ya comenté cuando murió, la última vez que escribí aquí, que Kertész era uno de esos autores que, más que leer, siento que me hablan. Alguien que conoces, cuya charla te acompaña aunque no siempre le prestes atención. Te consuela el runrún de su voz. Y cuando no es así cierras el libro. Sin rencor ni dolor. Pero luego, en la segunda lectura, ya en mi casa, ya pasado lo peor (sólo de momento, como casi siempre en la vida), le escucho decirme: “No hay que entender los libros, basta la inspiración que despiertan en nosotros, a menudo por el mero hecho de tenerlos en las manos y leerlos. No importa el libro, sino su lector”. Los libros nos ayudan a pensar, a entendernos a nosotros mismos, incluso a vivir más allá de como también lo hace un vegetal. Eso me dice este texto, que no sé si de verdad he entendido. Y además no importa, porque me siento autorizada por el autor para quedarme con la impresión gozosa (bendita sea mi estupidez) de que me queda mucho por comprender. Casi todo. Así que volveré a leerla y a entender muchas frases por primera vez o a entenderlas de otra forma. De eso se trata. Por eso amo a Kertész. Porque escribe para tontos como yo, pero tontos deseosos de aprender; porque él mismo escribe para saber, y no cualquier cosa, sino lo esencial (“la novela es indagar en el ser con los medios de la novela”); porque, resumiendo, hace de la literatura un ejercicio socrático y conjuga mis dos pasiones: las literatura y la filosofía. No era, pues, sólo la necesidad de compañía, sino de un maestro, un guía, un poco de luz.

“Considero [este libro] la culminación de mi obra”, el “opus magnum ultimum”. Como a otros tampoco me lo pareció a mí la primera vez que lo leí, ni mucho menos. En realidad me sorprendió la afirmación, me chirriaba: un hombre que baraja como título alternativo de esta obra Fin de partida en el club nocturno “El seguro perdedor” no puede cantar este tipo de victorias. A la segunda creo que empecé a encontrarle sentido. Es (o pretende ser) el libro-diario de la muerte y ¿no es ella la culminación de la vida? Aunque ésa es la cuestión: ¿lo es?, ¿qué es la muerte, más allá del camino de decadencia y enfermedad que conduce a ella?

La novela hace metafísica (sic), pregunta por el ser (sic) con sus medios, decía Kertész y citaba yo arriba. Unos medios a la vez precarios (“el escritor, si es honesto, está siempre al margen de la propiedad. Sabe que no tiene nada y que no sabe nada”) y ambiciosos hasta la más vergonzante locura, pues trata de llenar el hueco dejado nada menos que por el dios ausente y recrear su creación, que es la creación del sentido moral que falta. O que a algunos les falta (el científico se ríe de las zozobras del escritor y “ataca el filete”) haciendo de la vida un absurdo, “un error que la muerte tampoco arregla”, un fracaso, una chapuza. Tal indagación puede muy bien ser superflua a día de hoy, seguro que lo es, pero “resulta secundario que la metafísica tenga o no razón de ser (en nuestro pensamiento). El hecho es que “el hombre” ha sido metafísicamente abandonado” (Dios ha muerto); que “tal es ahora su estado de ánimo, y éste es un estado de ánimo peligroso”. ¿Necesitas pruebas? Echa un vistazo a la prensa o a los informativos. Así que habrá que retomar esa creación imperfecta, considerarla sólo un experimento, un camino hacia “la verdadera imagen y semejanza” todavía por recorrer, un proceso en el que el escritor se pregunta si no es su deber participar. Porque en el fondo de esto se trata: o se aferra a esta esperanza ingenua y probablemente falsa o hace por fin acopio del valor para tirarse por la ventana: “Quitarse la vida o seguir viviendo es solamente cuestión de carácter, de temperamento o de oportunidad”.

Fuente: Tumblr
Una locura brutal. Algo que pocos escritores se atreverían a plantear siquiera sin sonrojarse. Pero qué sino esta locura puede hacer pese a todo de la vida “una enorme maravilla en la enorme miseria del mundo”. La escritura como deber ético, como refugio contra “el orden natural del mundo: la maldad”, como esa esperanza insensata que “domina mi vida y la convierte en vida bendecida”, como “justificación de la existencia” -“¿Merece la pena “levantarse de un salto de la cama” por una buena frase, por un pensamiento? Todavía sí. (Y mientras merezca la pena durará mi vida…)”-, como vanidad de vanidades y plenitud de plenitudes, como metabolización del dolor… Todo esto se dice en La última posada. Una locura, sí, pero “mientras me aferre a mi locura seguiré cuerdo… No debo permitir que a mí, un niño de setenta y cinco años, me introduzcan por la fuerza en el mundo de los ‘adultos’”. Agarrarse a la locura de la niñez, ésa que nos permite hablar de los grandes asuntos como ellos exigen: a lo grande, “es decir, con cinismo y con inocencia”. Brutal, grandioso, digna tarea del opus magnum ultimum.

Fuente: El español
De esto habla La última posada. De esto y de la enfermedad (qué casualidad), propia y ajena, de la decadencia no sólo física ("todas las enfermedades son enfermedades del alma o se convierten en enfermedades del alma"), de todo aquello que nos hace perder la ya escasa confianza que tenemos en la vida y en nuestros cuerpos y nos hace conscientes de los huérfanos que hemos sido siempre. Y de la muerte, por supuesto, de la que no sabemos nada, ni siquiera si la deseamos o no. Sólo que duele y entristece, y provoca en el hombre un miedo que “gime y lloriquea a sus pies como un perrito abandonado” (y sólo por esta descripción del miedo inconcreto y constante que dejan las pesadillas y acompaña a la muerte ya vale la pena para mí esta novela en cierto sentido frustrada, quizás necesariamente). También de trivialidades como el Nobel, las idas y venidas de Budapest a Berlín, las fatigas informáticas, las caídas, los insomnios, los dolores… Y de música, de amor, de soledad, de cómo se gestan o frustran las obras literarias, de la inutilidad de la pasión y del pavor a perderla... De lo que hablan, en suma,  los diarios, porque un diario de la muerte no se diferencia mucho de uno de la vida. Al fin y al cabo, lo que parece indudable es que, llegados a la vejez o a cualquier otra enfermedad incurable, la muerte debería ser una mera cuestión práctica que exige sus preparativos y, sin embargo, la mayoría no hacemos ninguna de estas cosas tan razonables incapaces de dominar nuestro “cínico amor por la vida”. ¿Cínico? Sí, de perro, porque nuestra muerte es nuestra sólo mientras nos agarramos, vivos, a ella como “nuestra última tarea”, pero al final nos alcanza como a Joseph K. avergonzándonos y dejándonos en rídículo: “’Como un perro’, citó Sonderberg, como un perro”.