viernes, 30 de enero de 2015

País de todo a 100

País de todo a 100. Pablo Llorca. España, 2014. 89'

Cineteca Madrid (Matadero Madrid, Plaza de Legazpi, 8)

A partir del viernes día 30, a las 20 horas. Consulta aquí sala y resto pases. Precio entrada: 3,50 euros. 

 



Por José María Ruiz del Álamo

Conciencia de resistencia regala Pablo Llorca en su primer documental, un retrato del hoy, pues está ubicado en el otoño-invierno de 2013 de esta España a la que han dicho que ha vivido por encima de sus posibilidades, cuando la cámara-ojo que expone País de todo a 100 dinamita tamaña afirmación. Pablo Llorca, desde su independencia, la independencia que ofrece ser su propio productor, lanza una mirada profusa.

Pocos son los ojos que pueden denominarse “inocentes” a estas alturas del cuento (a estas alturas de la crisis). Escarmentados estamos, y Pablo Llorca, sin inocencia, propone una inocente fábula en País de todo a 100: seguir el camino de baldosas amarillas. Oz transmutada en España, y Dorothy demudada en un finlandés treintañero que estuvo en estos parajes cuando tenía ocho años. A este finlandés no le acompaña un hombre de paja, sino un inmigrante español que partió hace cinco años (al inicio de la crisis). Juntos aterrizan en Barajas.

La construcción faraónica (kilométrica) de la T4 recibe a esta aventurera pareja que descubrirá Madrid en autobús y metro, y viajará por España en auto-stop y autobús, siempre mirando por la ventanilla, siempre oteando. Una voz en off, sustentada en el ojo de la cámara que es prolongación de Llorca, explica a Dorothy en qué se ha convertido la tierra de Oz, en qué han convertido a España.

Fotograma del documental
La cultura del ladrillo y de la privatización nos asalta, lo mismo Madrid Río que Terra Mítica, lo mismo la construcción de un circuito de fórmula 1 que de un aeropuerto sin tráfico, lo mismo estaciones del AVE a kilómetros de una ciudad que colosales edificaciones para dudosos proyectos, y todo ello sembrado de esqueléticas urbanizaciones con fantasmales campos de golf, amén de sueños surrealistas como los de Monegros o Eurovegas…

Sueños de grandeza, que hoy continúan con la operación Campamento. Sueños de grandeza, pesadillas de realidad. España se vende y Pablo Llorca lo testifica: se vende todo a 100. Si las calles y plazas no son productivas, se quitan bancos y se da paso a las terrazas que pagan impuestos al ayuntamiento; siempre es posible el cambio de diseño, ¿cuántas reformas ha tenido la Puerta del Sol de Madrid? La cámara, el ojo de Pablo Llorca, recoge la suciedad de la calle, el servicio público dado a contratas privadas; no oculta el hambre del país en las colas de los comedores sociales.

El viaje, el análisis, es desolador, es realista. Llorca toma conciencia de cine y emula, con las facilidades y abaratamiento que supone rodar con las cámaras digitales frente al celuloide, ese cine-ojo mudo de Dziga Vertov o Berlín, sinfonía de una gran ciudad (1928) de Walter Ruttmann, así como del espíritu combativo de Jean-Luc Godard en aquel mayo del 68: la cámara a la calle.

Y Pablo Llorca saca la cámara a la calle y ve; no aparta la mirada, su sinceridad solivianta, ¿o ya no? Curtidos estamos, mas he aquí un presente que no cabe olvidar, un reflejo que no cabe difuminar. Cine de conciencia.

¿Dónde están las hadas en este mundo de Oz? ¿Dónde ésta el mago de Oz? No aparece el hombre de hojalata, ya no hay corazón; no aparece el león, ya se ha perdido el miedo. La magia de Oz se ha vendido, ya lo sabes, todo a 100. El camino de baldosas amarillas ya no es tal, es...

miércoles, 28 de enero de 2015

De pérdidas y elegías

Por Marisa Díez

Un amigo perdió hace unos días a su padre y ahora se encuentra en esa etapa a la que los estudiosos del duelo denominan “de la aceptación”. Siempre me ha resultado curioso esto de clasificar tu dolor. Dan por hecho que, ante un acontecimiento de esta envergadura, todas las personas van a llorar en un momento puntual; van a rebelarse después contra una situación que les desborda y consideran injusta y, por último, van a aceptarlo, en mayor o menor medida, y convivir con ello sin más.

Y sí, puedo entender que los sentimientos y actitudes a la hora de eso que llaman “elaborar el duelo” sean similares en la mayoría de los casos. Pero lo que tengo claro es que cada persona se enfrenta a ello como buenamente puede, porque nadie te ha enseñado nunca cómo debes hacer para continuar sin esa persona a la que consideras fundamental y única en tu vida.

Jamás me atrevo a dar consejos en estas situaciones. Sólo se me ocurre escucharles y dejarles llorar, que intenten expulsar ese dolor que en un primer momento te atenaza y no te deja continuar. Esa desolación que nunca sentiste, que es física pero también un poco irracional. Y a veces hasta jurarías que los males del alma existen y los puedes palpar. Ese momento de faltarte un poco el aire para respirar. La angustia de la pérdida la manifiestas de forma tangible y te asusta. Y sólo puedes llorar.

Mi amigo está triste y no sabe bien cómo luchar contra su pena. Hace unos años decidió dar un golpe de timón a su vida y se enfrentó a esos viejos fantasmas que le habían acompañado desde siempre. Alejó de su lado todo aquello que le resultaba tóxico y le impedía avanzar. Se apoyó en su familia y en sus amigos, ésos que siempre habían estado ahí aunque en ocasiones los hubiera dado por perdidos. Recuperó toda su vitalidad, su empuje, su alegría, ayudado por su entorno más cercano y por la estabilidad que le produjo el haberse liberado del lastre que había arrastrado durante demasiados años.

Hace un tiempo que mi amigo ha recuperado su vida y su dignidad. Pero el otro día me preguntaba cuánto tardaría en aceptar su pérdida. Cuándo podría alejar de su cabeza esas imágenes que le vienen cada mañana, cada tarde y cada noche. Los últimos gestos, las últimas palabras… Esa película que repites en tu mente una y otra vez, que te martillea como una pesadilla, y contra la que no tienes fuerzas para luchar. Sólo resignarte a sufrirla sabiendo que pasará.

Me preguntaba todo eso y no supe contestar porque cada persona se enfrenta a sus miedos sin que exista un guion escrito para seguir. Sólo pude escucharle y esperar que este tiempo pase pronto.



Mi amigo ahora, como siempre, se aferra a su música, y se lanza a escuchar aquellas canciones que le explican lo que él no acierta a expresar. Y siente como suyos los versos de Miguel Hernández en la voz de Serrat: “… que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.

lunes, 26 de enero de 2015

El hombre de mi vida

Foto: J. Teresa Padilla

Por J. Teresa Padilla

Soy consciente de que semejante denominación es completamente estúpida, es decir, que ni existe ni debe existir nadie con este título. Ni siquiera cuando era joven y la ingenuidad podía adornarme con un rasgo simpático y encantador, creía que existiera tal cosa (mejor dicho, persona del sexo masculino) y que, por tanto, tuviera que desear encontrarla o hacer el menor intento de búsqueda. La vida es, en principio, larga (al menos mientras no has vivido una gran trecho de la misma, entonces te parece que ha durado un suspiro) y lo suyo sería que en ella hubiera cuantas más personas mejor. Porque el mundo está lleno de ellas y muchas más de las que imaginas son verdaderamente sorprendentes y dignas de un espacio más o menos amplio en ese apartamento minúsculo y atiborrado de cachivaches que es a veces tu vida.

En realidad, éste no era el razonamiento que me hacía cuando era joven para considerar indigno de mi talla intelectual el anhelo de encontrar algún día al “hombre de mi vida”. Cuando yo era joven era indudablemente más mona que ahora, pero mucho más coñazo. Una cosa por la otra, yo creo que al final puede considerarse que he mejorado. Yo, por lo menos, me caigo mejor ahora (aunque sin exagerar), aunque también es cierto que el resto de la humanidad (específicamente la masculina) estaba entonces más dispuesto que en la actualidad a pasar por alto este y otros defectillos (por la monería, supongo). En este momento no me pasan ni una, y eso que para mí resulta evidente que si bien yo he ido ganando sentido del humor y perdiendo el del ridículo con el paso del tiempo, la mayoría de ellos han llevado, en todo caso, una evolución de signo contrario.

El caso es que de joven no creía en el “hombre de mi vida” sobre todo porque me imaginaba que un día alcanzaría los medios que me permitieran ser dueña y señora absoluta de la misma y no tenía intención de compartir semejante señorío con nadie. Claro que también tenía mis momentos ñoños. Entonces sí que deseaba a veces alguien dispuesto a venir y a cargar un rato sobre sus hombros el peso de mi vida y permitirme ocasionales vacaciones de mí misma. Con semejante baturrillo mental no me extraña que la cosa no terminara de acabar bien y supongo que a nadie puedo echar la culpa salvo a mí misma.

Ahora, como os contaba, me he hecho mayor y ya no albergo esperanzas de tener auténtico control sobre mi vida. Así que no me importaría tanto renunciar ocasionalmente a mi independencia intelectual y afectiva (las únicas que todavía conservo) a cambio de sentirme protegida y querida. Sí, aunque insista en que ya no soy tan coñazo (debo hacerlo porque son muchos los que estarían dispuestos a declarar bajo juramento y públicamente que esto no es cierto), debo reconocer, sin embargo, que sigo siendo algo ñoña, lo que me lleva a suspirar por una ración de mimos de vez en cuando. Se ve que no debo ser lo suficientemente explícita (aunque ahí está la gracia, en que te den lo que quieres sin necesidad de revindicarlo en una pancarta), porque no suelo recibirlos.

No suelo recibirlos, pero los recibo. Al final tengo que reconocer que en mi vida hay todo un hombre y no me había dado cuenta. Por un lado me llena de orgullo. Por otro me avergüenza un poco, porque ése no debería ser su papel. Una vez leí cómo un escritor francés (creo que era Romain Gary*) contaba que, cuando uno había tenido, como él, una madre que le había querido tanto, resultaba muy difícil encontrar luego a una compañera capaz de hacerle a uno sentirse amado en una medida siquiera similar. Yo quería ser ese tipo de madre, a pesar de este riesgo y otros igual de evidentes. Sin embargo, para mi vergüenza, resulta que tengo la sensación de recibir más de lo que doy. Por otro lado, sin embargo, que así sea me llena de orgullo. No sé de dónde ha salido ni por qué es como es, pero él sí sabe abrazarme cuando necesito que me abracen y consolarme cuando necesito que me consuelen. Y, de pronto, un día te decides a hacerle caso y cortarle por fin el pelo (ese que tú quieres dejarle largo, para ver bien sus reflejos dorados y seguir reconociendo al niño que llevabas en el carrito y todo el mundo en el mercado tomaba por una niña), y descubres que hay todo un hombrecito debajo de esa melena. Un hombrecito que un día sabrá hacer igual de feliz que me hace a mí a alguna chica (o a muchas). Vamos, todo un hombre, el que cualquiera quisiera tener en su vida. A ver si no es para sentirse orgullosa.

*Actualización 2/12/2015: Se trataba, efectivamente, de Romain Gary. He aquí la cita, perteneciente a su obra La promesa del alba: "No es bueno que a uno le quieran tanto, tan joven, tan temprano. Te acostumbras mal. Creemos haber triunfado. Creemos que existe en otra parte, que lo podemos encontrar. Contamos con ello. Miramos, confiamos, esperamos. Con el amor materno, la vida te hace al alba una promesa que jamás cumple. Después nos vemos obligados a comer frío hasta el final de nuestros días".

viernes, 23 de enero de 2015

Fiasco

Fiasco. Imre Kertész.

El acantilado. Barcelona, 2003. 376 pp. 21 euros (hay edición de bolsillo por 10 euros).


 Por J. Teresa Padilla

Los sagaces críticos que echaron de menos en la primera parte de la trilogía (Sin destino) algo más de emoción y tensión narrativa siguen, los pobres, sin estar de suerte. Desgraciadamente para ellos y afortunadamente para mí (y muchos otros, espero), Kertész no se parece en nada a Spielberg: nada más lejos de sus intenciones que provocarnos emociones fáciles que nos reconcilien con nosotros mismos y, por extensión, con el resto del mundo. Eso sí, recuerdo que también se quejaban de la linealidad y monotonía impuestas al relato por su antipático narrador adolescente, y estas oraciones sí que han sido escuchadas esta vez. Mucho me temo que lo van a terminar lamentando.

Bienvenidos a un juego de espejos en que los tiempos y los personajes se multiplican, mezclan y confunden. Fiasco, la segunda parte de la trilogía dedicada a la ausencia de destino, comienza. En la página 1, como cualquier novela y, de nuevo, pero otra (o quizás no) en la 121.

Pasamos del narrador en primera persona de Sin destino a la tercera persona. O eso parece (no os fiéis de las apariencias). En la primera parte, hasta la página 120, este narrador nos presenta a un “viejo”, que ni siquiera propiamente es viejo (al menos en términos de edad), encerrado en su diminuto apartamento, sentado ante su secreter y en su “hora de pensar” (o de hacer que piensa). El “viejo” es escritor (a falta de una profesión mejor). Nuestro narrador revela cierto cansancio ante la pobreza del personaje que le ha tocado en suerte, con el que parece tener una familiaridad que viene de lejos y que le conduce a amargas reflexiones sobre su carácter y su (in)capacidad que no se reprime en compartir con nosotros. El “viejo” es escritor (por decir algo, insiste nuestro impertinente narrador) y, como tal, busca ideas para escribir una novela (que es lo que hacen los escritores). Mientras lo hace relee viejos papeles en busca de inspiración, entre ellos los que escribió hace tiempo sobre el proceso de escritura de su primera novela, Sin destino, y lo que su conclusión le supuso (por ejemplo, convertirle en algo que no está seguro de ser o haber querido nunca ser: escritor). O sea, que resulta que el “viejo” es nuestro György.

Esta lectura en principio no parece llevarle a ninguna parte, pero en otra carpeta encuentra otro apunte que considera sí puede servirle para iniciar la nueva novela: unas líneas sobre un tal Köves al que le niegan tres veces el pasaporte que sólo ha solicitado en dos ocasiones, enigmático hecho que le decide a iniciar un viaje. Una vez bien colocados los tapones que le aislan de su ruidoso vecino de arriba y de las llamadas de su desengañada (con respecto a él, básicamente) madre, inicia la escritura de su nueva novela: Fiasco.

Esta novela sigue escrita en tercera persona, pero el narrador es ahora el “viejo”, claro, un escritor profesional que no se va a permitir interrumpir su curso con comentarios mordaces sobre su personaje, en este caso Köves. Köves parte de Budapest y llega a un extraño aeropuerto. Mientras espera que revisen sus papeles (que dados los antecedentes que conocemos no deberían estar muy en orden), nos enteramos de la motivación última de su viaje: cambiar de vida o darle un vuelco, un giro. Porque Köves no tiene más remedio que reconocer que su vida es un error, un fracaso. Un fracaso que venía de lejos, le había llevado a vivir como un extraño su propia vida y que, por un momento (diez años), creyó poder corregir escribiendo una novela. Pero esta no ha hecho sino poner de manifiesto la enorme magnitud del error: acabada la novela, que fue rechazada, nuestro protagonista se encuentra “objetivado” en un oficio, el de escritor, en el que no se reconoce y que le pone en un callejón sin salida. Lejos de recuperar su vida con la novela, la novela le impone otra que no puede reconocer como suya.

Ni que decir tiene que Köves, Grygöry y el “viejo” (ahora el narrador) son una misma persona (todo lo idéntica a sí misma que puede ser una persona en tiempos tan distantes de su vida y encima obligada por sí misma a devenir continuamente en una entidad de ficción).

El caso es que finalmente Köves recibe de las autoridades aeroportuarias el beneplácito para empezar su “nueva vida” en “casa”. Y aunque sorprende que consideren que ha llegado a casa cuando él cree haber salido precisamente de ella, lo cierto es que todos los lugares le resultan a nuestro protagonista extrañamente familiares. Duerme en la calle junto a un pianista cuyo mayor temor es que cuando vayan a buscarle le saquen de la cama; es despedido de un empleo que nunca ha tenido; hace amistades que le proponen escribir una comedia (justo lo que hacía antes de verse convertido en escritor de novelas); trabaja en una fábrica; conoce a un alter ego que termina perdiendo la razón; experimenta el sexo como forma de redención corporal e incluso termina viéndose desempeñando el papel de verdugo.

Al final, tiene la oportunidad de huir, pero no puede. ¿Adivináis por qué? Tiene que escribir una novela. ¿Qué novela? Pues ella, la misma de siempre, la única posible para él. La que le llevó y llevará al fracaso, sí. Y a la libertad, a la vida humana.

miércoles, 21 de enero de 2015

La vida en su tinta

Por J. Teresa Padilla

Vamos a empezar por la crónica. Sí, yo creo que es lo que toca hoy. Tengo otras cosas en mente, es cierto: unas medio empezadas (que no sé si llegarán a ver la luz alguna vez), otras más informes dando vueltas por mi cabeza y chocando, como no podía ser menos, unas con otras, molestándose mutuamente y sin llegar a ninguna parte. Tengo otras cosas en mente, sí, pero, entre la falta de espacio que allí reina ahora mismo y las secuelas intelectuales de la gripe que acabo de pasar, empiezo a dudar incluso de ser capaz de escribir siquiera la crónica, que suele ser algo que redacto con mucha facilidad y desparpajo. Sólo espero que el daño cerebral no sea permanente…

Antes, cuando no tenía este blog, solía escribir a mis compañeros del curso de redacción-corrección un resumen más o menos tonto y divertido de nuestros encuentros mensuales (esta es la periodicidad que de momento nos hemos impuesto), de forma que los ausentes estuvieran informados (y se animaran a siguientes convocatorias) y los presentes tuvieran documentos escritos que pudieran atestiguar su evolución profesional, personal o en la ingestión de zumo de cebada o de uva (existen dos bandos agriamente enfrentados a este respecto). Una crónica que les mandaba por e-mail. Como estoy empezando a cansarme de que me digan cosas como: ¡qué buena pinta tiene el blog!, ¡a ver si tengo tiempo de leerlo!, pues a partir de ahora las crónicas de las quedadas aparecerán aquí y así pueden matar dos pájaros de un tiro. O no pegar ni el tiro, que será lo más probable, porque con lectores como éstos no hay quién cree un blog de éxito.

La “quedada” de redactores-correctores correspondiente al mes de enero que se celebró el viernes pasado tenía, no obstante, un propósito más concreto que ediciones anteriores (y ya vamos por la ¿quinta?, ¿sexta?). A pesar de lo guapas que somos nosotras y lo atractivos que son ellos; a pesar de lo bien que podemos llegar a "maquearnos" unas y otros en caso de que nos entren dudas sobre esto último; a pesar de las bellísimas personas que somos así, en general, tanto maqueadas como al natural, y ya se trate de distancias cortas, medias o largas; a pesar, y esto ni haría falta mencionarlo, de lo requetebien que redactamos y corregimos. A pesar de todas estas cosas (y algunas más que con seguridad olvido), resulta que, incomprensiblemente, seguimos esperando que alguien se interese mínimamente por nosotros laboralmente hablando. Y, aunque optimistas y pacientes, empezamos a sospechar que la espera va para largo, de forma que nos decidimos (empujados por Juana) a explorar otras posibilidades. En concreto la opción de autoemplearnos, es decir, de emprender, como se dice ahora, o buscarnos la vida por nuestra cuenta, como se ha dicho siempre. Lo de la emigración la verdad es que ni nos lo hemos planteado, que quien no tiene hijos, tiene padres, o mascotas, o parejas a las que ha cogido cierto cariño… Sinceramente, yo sí me la planteé en algún momento, pero no estaba pensando precisamente en mi futuro laboral...

Para los que no tengan el placer de conocerla, Juana es una mujer hiperactiva que apenas se sienta para beber una cerveza (ella es del bando de la cebada) o ver una película (sola o con Jose). Y aunque sus piernas paran de vez en cuando casi solo en estos casos, su cerebro yo creo que no deja de funcionar a pleno rendimiento ni cuando duerme. Este año 2015, en concreto, todavía no ha parado. En fin, el caso es que, puestos a fracasar (posibilidad que siempre ha de ser contemplada como la más probable) o, mejor dicho, a esforzarnos al menos en fracasar dignamente, hemos decidido hacerlo juntos, que tenemos experiencia a la hora de consolarnos mutuamente y, sobre todo, de reírnos de nuestras respectivas meteduras de pata con bastante cariño.

¿El proyecto elegido? Ofrecernos como “escribidores” al resto del mundo vía Internet: de la vida del abuelo, de historias de amor que regalar a la amada o el amado, de aventuras para los amigos… Tenemos que convencer a los posibles clientes de que todas las vidas merecen ser contadas, que todas encierran historias que regalar a los demás o a uno mismo, y que nosotros podemos hacerlo. Y para demostrar esto último hemos decidido empezar a escribir una, así, sin más: una vida lo más “normal” posible (a saber qué significa esto) narrada entre todos. Estoy impaciente de que me llegue el turno. No sé si servirá para que los demás confíen a nuestra escritura sus secretos, pero lo mismo estamos ante el nacimiento de la novela popular de autor colectivo, qué sé yo. De momento, hay blog en construcción: La vida en su tinta.

Allí estaba Íñigo, dispuesto a aparcar temporalmente, en pos del bien común, las intrigas de los backstages del mundo de la moda en las que andaba últimamente inmerso y por las que ya se había interesado algún que otro editor. Esperanza, con su copa de vino en la mano (ella es de ese bando, el de las elegantes), se presentó voluntaria a empezar ella misma, sin ir más lejos, y esta mañana nos ha informado de que ya está en ello, que marcha (no sabe muy bien hacia dónde ni si para bien), pero que lo está disfrutando. ¡Bien por Esperanza! Lydia llegó como una exhalación, sin teléfono, después de dejar el coche en los suburbios, desesperada por encontrar un enchufe o, en su defecto, un ordenador dispuesto a donar energía a su pobre dispositivo de forma que su familia pudiera tener noticias de ella (al parecer llevaba desaparecida todo el día). Obviamente tuvo que volver a salir como una exhalación para llegar a su coche antes del amanecer y a su hogar antes de que dieran parte oficial de su desaparición, pero no sin antes dejar claro que contáramos con ella, faltaba más, y que mi blog tenía buena pinta, pero no había tenido tiempo de… Ahí Marisa, Jose, Juana y yo (el resto de los asistentes) saltamos cual resortes y la preguntamos sobre la espectacular y trabajada felicitación navideña que le habíamos mandado los cuatro y de la que todavía no habíamos recibido respuesta por su parte. Aún no la había visto… Un día de estos su sonrisa angelical no le va a servir de nada.

Una vez conseguimos conectar la tableta de Juana al wifi del local, Marisa ayudó a Juana con el diseño del blog (de este no, aunque también le haga buena falta, sino del blog del proyecto "emprendedores"). Jose actuó de secretario y tomó las notas básicas que fuimos acordando sobre la protagonista de nuestra historia (esperando estamos todavía la puesta en limpio y la correspondiente recepción). Yo no hice mucho de provecho, que la gripe me tiene como me tiene y la cerveza (yo soy claramente de este bando) tiende a despistarme. Ricardo no pudo acercarse, pero prometió echarnos una o dos manos en lo que necesitáramos (sabe un "güevo" de redes sociales y de diseño, así que está claro que vamos a necesitar sus manos y probablemente hasta algún pie). Silvia tampoco estuvo físicamente, pero sí vía whatsapp animándonos. Recordamos a Isabel, a la que imaginamos liada con sus propios proyectos; a David, a Pedro... Nos preocupamos un poco por ellos, así que esperemos saber pronto que siguen ahí con fuerzas para luchar. Nosotros estamos en ello. ¡Hasta la próxima!

lunes, 19 de enero de 2015

Patatas viudas "al punto"

A Silvia, por su sonrisa y sus chistes

Ingredientes:

500 gramos de patatas.

Cebolla y pimiento tricolor al gusto.

Un tomate.

Ajo, perejil, pimentón, pimienta, sal y una pastilla de caldo de carne.

400 ml de vino blanco.

400 ml de agua.


Por José María Ruiz del Álamo

Llegado el frío, este frío enero de 2015, bien llama el cuerpo a entrar en calor. Un plato de cuchara sencillo es siempre una buena solución, y al punto vino a mi mente el plato estrella en mi quehacer culinario.

Recordando unas sibilinas palabras (“¿por qué no escribes una receta?”) decidí “arguiñanear”, brujuleando con las palabras y los condimentos, unas deliciosas patatas viudas.

No es necesario apuntar el manjar principal, mas del todo punto es preciso que se lleve la viudedad con la mayor alegría posible, de ahí que los añadidos (pues los añado a las patatas) hayan de posarse sobre la mesa de la cocina para su posterior rumbo a la cazuela. Todo este crisol de elementos me lleva a ir de compras.

Así de La Sirena tomo la base: una bolsa de 600 gramos de cebolla picada, lo cual viene muy bien porque me evita pelarla y trocearla, amén de que me parece demasiado (siempre para mi gusto) toda una cebolla para un plato que van a comer dos personas, así que se saca la cantidad precisa (al gusto de cada cual), y lo que me sobra sigue perviviendo en el congelador (ya me servirá para un sabroso arroz blanco); y una bolsa de 450 gramos de pimiento tricolor cortado en tiras (un 15 por ciento más barato me ha salido por tener la tarjeta de dicha cadena de congelados).

Completo la base con un tomate que trocearé en daditos pequeños. Como hoy es “supersábado” en el Lidl está de oferta el kilo de esta solanácea (todos los días la tomamos en ensalada con aceitunitas y pepinillos, pero es tan consistente la receta a la que nos estamos refiriendo que me saltaré el entrante habitual). Ya en esta circunscripción alemana cabe agenciarse también un cartón de vino blanco (Gredos atempera bien, mas no soy sibarita y no hay que serlo en este menester).

En casa tengo: ajo, perejil, pimentón, pimienta, sal y una pastilla de Starlux. Así que sólo me falta el protagonista: las patatas. Voy a una tienda de barrio en Lope de Haro, ya que a 50 pasos se encuentra la pollería donde compro una docena de huevos gordos (algunos días morenos y otros blancos), porque hoy sábado me voy a hacer un revuelto de anguriñas (las patatas viudas siempre las dejo para el domingo, que me lleva mucho tiempo su preparación y ese día como que lo tengo de asueto de otros menesteres). Es muy fulastre entrar en la frutería y comprar solo tres patatas, así que he venido a comprar seis (el domingo que viene repito comida). En el buscar las patatas me entretengo: que si las cojo rojas llevan mayor dureza y el tiempo de cocción se alarga; que si son limpias, pues parece que han pasado por la esteticien; y las terrosas... Su textura salvaje y desaliñamiento en tamaño me atraen. Bien vengo a calibrarlas y determinar su peso a ojo para emparejar un trío de tubérculos con unos 500 gramos más-menos. Mira por dónde a la derecha se encuentran unas brevas y unas paraguayas que tienen buena pinta, que no falte el postre.

Todo guardado en la ubicación adecuada, solo cabe esperar la llegada del domingo. Así, nada más levantarme en el Día del Señor (a las 09.00 horas a lo sumo), echo sobre un plato llano la cantidad de cebolla y pimiento tricolor que desee, el cual descansará dentro de la nevera para que, poco a poco, se vaya descongelando.

El reloj tañe las 12.45 horas y es el momento justo para el vermut del fin de semana. A la par un chorrito de aceite cae sobre la cazuela, a la cual aplico un mínimo fuego. Un hielo para la bebida alcohólica porque mejor es tomarla fresquita. La cebolla al aceite, donde conjugará en el crepitar. Algo de Casera para bajar fuerza al martini (que así también se llama al vermut). A los dos minutos se unen el pimiento tricolor y el tomate al baño que se está dando la cebolla en el aceite (remuévase con cuchara de palo).

Mullidita la base, que a rojo derivó, acomodo las patatas (que previamente habré pelado, tronchado y lavado), y con diligencia suministro el pimentón. Súmese ajo en polvo y perejil picado (tarritos Carmencita), media pastilla Starlux rallada, granos de pimienta molida y todo ello al punto de sal (no cabe olvidarse remover con la cuchara de palo cada dos elementos echados). Se deja en comunión unos cuatro minutos, que no se fría (así que habrá que remover de continuo y con cariño: un ratito de parón, dos ratitos de removimiento). Lluvia de unos 400 ml de vino blanco. En tamaña ventura se habrá degustado algún que otro traguito de vermut. Cinco minutos absorbiendo las patatas los efluvios alcohólicos del vino con la tapadera sobre la cazuela. Otros 400 ml de agua (que estén cubiertas las patatas) darán fin a la condimentación.

A fuego medio, tapada la cazuela y removiendo de tiempo en tiempo. Uno ya puede beber tranquilamente. Para que el maridaje rebulla, lo mejor es crear una ambientación musical jazzística: véase una Diana Krall o el tierno Chet Baker; no es conveniente la “big band” en tono “swing” por sus cambios rítmicos, o el jazz latino, por su velocidad sincopada, y si se busca compostura risueña se hace sitio a Compay Segundo. Si el cocinero busca el relax, siéntese en un sofá y lea un buen libro (si es malo tampoco importa, el caso es leer). Leer y beber. Uno, por estas casualidades de la vida, está leyendo El cocinero del diablo, de Ellery Queen.


Cabe bajar el fuego a los 12 minutos para darle tralla los últimos 300 segundos (por no repetir minutos) de cocción. El vermut se va terminando, que han pasado tres cuartos de hora (por no calcularlo en segundos), que así todo estará al punto. Lo retiro del fuego y emplato (que éste no sea llano porque el caldo se derramará por la mesa). Un proceso que nos habrá llevado como una vigesimocuarta parte del día. Sopla antes de comer porque estará caliente. Buen provecho.

miércoles, 14 de enero de 2015

Una estrella nada fugaz

Por Marisa Díez

Llegó a este mundo sin ninguna gana de abandonar el vientre materno. Hubo que sacarla a la fuerza, con un extraño artilugio que llaman fórceps, lo que le produjo una pequeña señal en la frente que se mantuvo durante meses. Nada impidió que se convirtiera en una preciosa niña rubia, con grandes ojos azules de inequívoca herencia materna. Y con un marcado carácter, de ideas claras e irrefutables, porque lo que ella decía no admitía discusión. Era así y punto.

Quizá por ello, a la hora de elegir su futuro, tuvo pocas dudas. Siempre fue una buena estudiante. Desde muy joven decidió que sería bióloga y se dedicaría a la investigación. Pasado un tiempo descubrimos que, en su elección, tuvo bastante que ver la enfermedad que sufrió una de las personas más importantes de su vida, su abuelo, al que ella adoraba y admiraba a partes iguales. La dedicatoria, años después, de su tesis doctoral, no dejó lugar a dudas: “A mi estrella”.

Pero tuvo que marcharse. Primero de forma temporal, durante tres meses, aprovechando una beca conseguida gracias a su esfuerzo y a la experiencia que le dio trabajar durante unos años en la Universidad Autónoma de Madrid. Luego llegaron los recortes, se quedó sin empleo y decidió beneficiarse de las posibilidades que le ofrecían al otro lado del charco. Y por allí anda, por tierras neoyorquinas, encantada de su experiencia y sacándole provecho a la vida.

A nosotros nos ha dejado un poco huérfanos y enganchados de forma permanente al Whatsapp, al Facebook y al Skype. Sólo ella ha conseguido que su madre, por fin, se decidiera a dar uso a las redes sociales y a manejar el ordenador como una verdadera experta en Internet.

Y aunque todo está lejos de ser un cuento de hadas, no hay duda de que tendrá un final feliz. No sabemos cuándo, ni de qué manera, pero volverá. Y, al igual que ella, todos los que obligatoriamente tuvieron que marcharse. No tan jóvenes como son ahora, pero seguro que sobradamente preparados.

A todos, lo sabemos, les guía su estrella.


(A mi sobrina Raquel y a todos los que, en los últimos años, han tenido que marcharse lejos en busca de sus sueños. Porque "el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla").

El rostro de las letras

Entierro de Galdós en Madrid. Foto: Salazar


Por J. Teresa Padilla

Primero fue Unamuno y luego Pío Baroja. Resultaba muy agradable esperar la llegada del metro ante ellos. A veces, incluso, junto a ellos. Hablo en pasado porque supongo que ya no encontraré a ninguno de los dos. Seguramente habrán sido sustituidos por la publicidad de una película, las rebajas de unos grandes almacenes o los cursos de alguna academia.

Después de meses en su compañía me dan ganas de proponer al Consorcio de Transportes que decore los andenes de las estaciones con fotografías de escritores, citas de grandes clásicos, reproducciones de cuadros o esculturas, escenas míticas de cine… Pero entonces me acuerdo de lo que siempre te repiten en Telemadrid cuando suben el precio del transporte público: que el servicio es deficitario. Es decir, que todavía tendrían que subirlo más (ni se te ocurra quejarte) y que huelga decir que los ingresos publicitarios son imprescindibles. Lo que no tengo tan claro es quién paga esas horrendas televisiones que casi nadie mira. Ni quién ni por qué.

El caso es que Unamuno y Pío Baroja también hacían publicidad, y sus cálidas y enormes fotografías en blanco y negro no estaban allí para dar al metropolitano un aire más culto y refinado. Al parecer, con el que le dan los pasajeros que aprovechan sus trayectos para leer (que no son pocos) es suficiente para el Consorcio. Unamuno y Baroja nos invitaban a una exposición de fotografía: El rostro de las letras. Apuntado tenía en mi agenda (mental, pues, aunque debería, no la tengo física) que debía sacar un rato para visitarla. Apuntado lo tenía desde que se inauguró, allá a finales de septiembre, pero, como suele pasarme, no la visité hasta el viernes, dos días antes de su clausura.

Aunque ya no viene al caso que os recomiende o no visitarla, os hablo de ella sobre todo porque, después las aglomeraciones, tensiones y prisas de última hora que he soportado estas Navidades, lo que sí puedo recomendaros es que, si necesitáis recuperar vuestro equilibrio mental habitual (fuera éste el que fuera) y no podéis permitiros otras alternativas más costosas, visitéis alguna exposición, a poder ser “menor”, como era ésta. Y si es un día laborable por la mañana, ya ni os cuento. Además de aislaros más o menos tiempo de la tan a menudo ruidosa, acelerada y frustrante realidad, siempre podéis descubrir curiosidades sobre las que bromear o incluso reflexionar.

A mí, en concreto, me llamó la atención la costumbre de los fotógrafos de finales del XIX y principios del XX de retratar a los grandes escritores en su lecho de muerte. Y hablo literalmente, porque no es que los retrataran de cuerpo presente, adecentados en su ataúd, sino que los retrataban en la cama, con su pijama y tal cual hubieran quedado tras exhalar su último suspiro. Ahora mismo no recuerdo quiénes eran los finados (lo sé, debería haber tomado notas, pero sin agenda…), aunque eran más de uno y de dos.

Otra cosa sorprendente en relación con las exequias de los escritores era lo multitudinarias y ostentosas que podían llegar a ser. Aunque tampoco (claro) tomé nota, recuerdo las de Pérez Galdós y Vicente Blasco Ibáñez. En el primer caso el ataúd iba en una carroza digna de un rey y las calles de Madrid estaban completamente abarrotadas. En el segundo caso no había carroza (al menos en la foto), pero la aglomeración de personas reunidas era similar y se nos mostraba, además, el “ataúd masónico” que diseñó para él el mismísimo Mariano Benlliure (tuvo tiempo, ya que el cortejo fúnebre valenciano, que era el fotografiado, tuvo lugar cinco años después de la muerte, en tierras francesas, del escritor).

La afición popular a las capillas ardientes de los personajes más o menos célebres sigue intacta entre nosotros (y, aunque pueda ser un tema digno de una reflexión más detenida, reconozco que de momento no me interesan sus motivaciones profundas). Lo que ya no me puedo imaginar es que hoy en día se salga en masa a la calle para acompañar el féretro de un escritor.

Claro que puede que la explicación se encuentre en otro hallazgo que me resultó igualmente chocante: los escritores eran los protagonistas de los reportajes de las revistas ilustradas de la época. Supongo que no serían los únicos, pero lo eran, y los reportajes en cuestión (estoy pensando en uno de Pío Baroja que despertó especialmente mi interés) seguían exactamente el mismo patrón de los que podemos encontrar hoy en Hola. Aparecía el escritor en su lugar de trabajo en pleno proceso de creación de su nueva novela, paseando en busca de inspiración, visitando la imprenta y corrigiendo las galeradas… El hecho me dejó sorprendida (tanto que la perplejidad me llevó a apoyarme en la vitrina en que estaba expuesto, con la consiguiente amonestación, algo impertinente, del vigilante) y me ha llevado a dos conclusiones: primera, lo poco que ha evolucionado en el fondo el reportaje gráfico; segunda, lo que ha bajado el listón de las celebridades dignas de tales despliegues.

Valle Inclán. Foto: Vicente Moreno
Una sonrisa algo malintencionada me despertó también el brazo de Valle Inclán o, más exactamente, su ausencia. La fotografía en cuestión mostraba al dramaturgo sentado de perfil y precisamente del lado del brazo ausente, que, por lo que parece, fue considerado, no sé si por el escritor o por el fotógrafo o por ambos, el “lado bueno” o fotogénico del autor gallego. El origen de mi sonrisa estaba en el recuerdo de la que era la entrada más visitada del blog, entre literario y papirofléxico, de un conocido lejano. Dicha entrada consistía en la reproducción y transcripción del certificado médico que acreditaba la extirpación de dicho miembro y la causa de la misma, posibilitando así su inhumación. Sé que encontrar regocijo en la desgracia ajena está mal, pero no lo pude remediar, porque ya es triste que lo más visto de tu blog sea, en realidad, lo menos tuyo, es decir, la reproducción de un certificado médico. Claro que también pensé que lo mismo existía alguna controversia en torno a esto que, ignorante de mí, desconocía. Qué se yo, como, por ejemplo, que se hubiera puesto en duda que a Valle le faltara realmente un brazo o cuándo exactamente le fue amputado. Sin embargo, me olvidé del tema. La cuestión es que, al encontrarme la foto en la exposición y leer junto a ella la alusión a un “lance” con Manuel Bueno, me determiné a indagar por fin. En parte por el recuerdo del mencionado certificado, en parte porque la palabra usada (“lance”) me pareció preciosa y llena de promesas. Al final el lance quedó reducido a una riña en un café con un amigo (pues resulta que el tal Bueno era y siguió siendo amigo) que le provocó una herida que terminó gangrenándose. Aunque desilusionada por que no hubiera nada más emocionante detrás, me puedo consolar al menos con la confirmación de que la exitosa entrada bloguera sigue sin tener demasiado sentido y su recuerdo puede seguir despertando mi sonrisa (malintencionada, es cierto).

Cerraban la exposición dos fotos muy similares y bellas de Azorín y Pío Baroja paseando, ancianos y solos. Sobre todo, solos. Menos mal que entonces se me ocurrió mirar hacia arriba. En paneles traslúcidos y rodeando todo el espacio dedicado a la exposición pendían todos sus rostros, los de los magos de las letras. No me había dado cuenta hasta entonces de que me habían acompañado y observado durante toda mi visita.

Y así salí de la exposición relajada, feliz y dispuesta a disfrutar del radiante sol invernal que lucía en aquel momento, pero me topé con una manifestación contra la liquidación de lo público. La realidad es así: tozuda e ineludible.

El caballero audaz con Galdós
Pdt.: Ante la noticia de que me disponía a escribir sobre esta exposición, cierto colaborador de este blog me ha expresado su indignación ante el hecho de que faltaran en la misma fotografías de otro “gran” escritor y periodista de la época, José María Carretero (también conocido, por los que lo conocieran o conozcan, como El caballero audaz). Dejo constancia de la misma, aunque debo reconocer que yo, como probablemente quien realizó la selección finalmente expuesta, tampoco le conocía. Así que sirva esta precisión (y la fotografía adjunta) para remediar tan inexcusable ausencia y prevenir disensiones internas.

lunes, 12 de enero de 2015

¡Quiero ser una bruja!

Por Marisa Díez

Las brujas... Esos personajes entrañables y con tan mala prensa. Desde que descubrí la bruja de Blancanieves, soy una apasionada de ellas. Porque, seamos sinceras, ¿a quién no le gustaría más de una vez ofrecer una manzana, aunque fuera sólo un poquito envenenada, a quien crees que está haciendo tu vida más difícil?

Son seres geniales. Utilizan la escoba para viajar y no para limpiar; no tienen que preocuparse por su aspecto físico porque siempre van despeinadas y de cualquier manera. Se ríen a carcajadas en cualquier lugar y nadie se lo reprocha. Y, además, algunas son capaces de hechizarte sólo con la mirada. ¡Y hasta pueden adivinar el futuro! Sí, decididamente, me gustaría ser una bruja.

Hay gente que se piensa que ya lo soy. Pero no es cierto. Ya me gustaría a mí, ya... Una bruja jamás estaría en mi situación. Utilizaría su bola de cristal para encontrar el lugar exacto al que debería dirigirme para, por ejemplo, entregar mi currículum con ciertas posibilidades de que, al menos, sea leído por alguna persona. Inventaría una pócima mágica para alejar de mí las malas vibraciones y los malos augurios al enfrentarme, un suponer, a una entrevista de empleo. En fin, que la manzana se la ofrecería a todos aquellos que intentan engañarnos haciéndonos ver que todo va mejor, que estamos en el camino correcto, cuando tú no ves la salida por ningún lado. Y mucho menos la luz al final del túnel.

A mí me gustan mucho las brujas. Llevo una en mi coche casi desde que me lo compré hace cuatro años y sé que me protege. El único golpecillo que le di, que dejó el lateral destrozado a los quince días de comprármelo, ocurrió cuando todavía no estaba colgada de mi cristal trasero. Mi bruja es una meiga, que ya sé que aún hay gente que piensa que no existen, pero haberlas, haylas.

Donde estén ellas, que se quiten las hadas. Yo nunca pude con ellas. Siempre tan bondadosas, tan perfectas. Utilizan una varita mágica. Bueno, es que sólo el nombre ya da cierta grima. ¿Varita? Mmmm. Y encima mágica, que con un toquecito hace el milagro y lo arregla todo. Vamos, que no hay quién se lo crea. Tan guapas, tan estupendas... Pobres, siempre viviendo en su mundo irreal. ¡Menudo batacazo cuando les fallen sus polvos mágicos y bajen a la tierra! Al menos las brujas utilizan la escoba, utensilio que todo el mundo sabe que existe. Pero una varita mágica, ¿eso qué es?

En fin, que yo me voy con mi bruja, que está vieja, despeinada, fea y con su nariz puntiaguada, como debe ser. Y de vez en cuando me deja su escoba y lo dejo todo limpio a mi alrededor. Aunque en poco tiempo se me vuelve a llenar de pelusas... Y vuelta a empezar.



Ya me lo dijo Sabina hace muchos años. Yo iba para reina, pero un hechicero me dejó convertida en una pobre bruja del montón.

viernes, 9 de enero de 2015

Sin destino

Sin destino . Imre Kertész.

El acantilado. Barcelona, 2001. 264 pp. 15 euros (hay edición de bolsillo por 7 euros).


Por J. Teresa Padilla

Puestos a seguir un hilo en las reseñas de mis lecturas, y dado que los recortes, privados y públicos, hacen complicado que éste sea el de la actualidad, hoy he elegido la novela Sin destino . Porque siempre es bueno tener un hilo: para no perderse, para descubrir, quizás, cierta continuidad y coherencia en tu vida lectora o para coser. Sí, para coser las ideas de un autor y de otro y, con un poco de suerte, conseguir algún grado de esa claridad o lucidez que sólo podemos alcanzar por nosotros mismos. Siempre, claro está, con la ayuda de buenos maestros.

Nacido en Budapest en 1929, Imre Kertész, el autor de la novela que os comento hoy, ganó el premio Nobel de literatura en 2002. Gracias a ello muchos lectores, entre los que me cuento, pudimos conocer su obra. Su obra y su visión de la escritura, la vida y los imperativos de la misma, porque junto con su producción estrictamente literaria, también se publicaron los diferentes discursos y conferencias que la concesión del premio exigieron y que son de una asombrosa inteligencia. Es por este tipo de cosas, supongo, por las que podemos perdonar que un día concedieran este mismo premio a Wiston Churchill.

Escrita mucho antes, Sin destino  no fue publicada en Hungría hasta 1975. A España no llegó hasta 1996 de la mano de Plaza & Janés Editores en una traducción bastante descuidada de Judith Xantús. Jaume Vallcorba, fallecido el verano pasado, adquirió para esa joya editorial que es El Acantilado los derechos en castellano de la obra completa del autor húngaro antes de la concesión del Nobel y reeditó Sin destino  después, eso sí, de que Adan Kovacsics, encargado de la traducción de la obra de Kertész en la editorial, revisara la de Xantús.

El hilo entre la novela Vida y destino , nuestra anterior reseña, y Sin destino  parece obvio, pero va mucho más allá de la coincidencia que observamos en el título (y que bien pudiera ser casual). Temporalmente se desarrollan en el mismo momento histórico: la Segunda Guerra Mundial. También se escribieron ambas por la misma época (finales de los 50) y en países que quedaron tras el telón de acero. Las dos novelas tardaron décadas en publicarse. Sin destino , mucho más breve, forma parte sin embargo de una trilogía que se completa con Fiasco (1988) y Kaddish por el hijo no nacido (1990). Una trilogía sobre el Holocausto abordado desde la perspectiva de la ausencia de destino o su expolio.

Destino tiene aquí un significado menos unívoco que en la novela de Grossman, donde aparecía simplemente opuesto a la vida, al hombre y la libertad e identificado con la Historia o el poder anónimo.

En Kertész, destino y libertad también se oponen, es cierto, pero deben integrarse como únicamente pueden, trágicamente, en la vida del hombre. Más allá de la oposición (que ha hecho del hombre un exiliado del mundo y de la historia), de lo que se trata ahora es de comprender ese destino, “relacionarlo con algo, conectarlo con algo”, apropiárselo, identificarse trágicamente con él. El Holocausto es la “estación final” de la cultura europea: ha puesto fin y vuelto irrecuperables el asombro ante la creación y la confianza en el mundo que la definían. Por este motivo el “destierro existencial”, la derrota y la desorientación, como “después de una noche de pesadillas”, es la actual condición humana. Se trata, pues, de hacer del Holocausto un “valor” capaz de llevar a través de un sufrimiento incomensurable a un saber, a una lucidez, que permitan la catársis. Y, a partir de esa catarsis liberadora y, quizás, creadora de nuevos valores, llegar a un nuevo comienzo, una nueva cultura.

Esta apropiación y este saber que buscan hacer del destino “común” (de la historia como sucesión de hechos y azares en la que todo lo que ocurre termina pareciendo que no le ocurre verdaderamente a nadie) mi historia, mi destino, mi vida es el objetivo de la trilogía de la que Sin destino  constituye la primera parte.

El protagonista, György Köves, cuenta en ella con apenas 15 años y nos narra en primera persona su detención y deportación a diversos campos de concentración una vez superada, eso sí, la selección en su primer destino, Auschwitz, y, por tanto, el exterminio inmediato. Es su condición de judío lo que le depara semejante destino y averiguar qué significa, si significa algo, ser judío en su caso (el del “asimilado”) formará parte del saber, de la comprensión, que se persigue en la trilogía.

El relato comienza con los preparativos de la marcha de su padre a un “campo de trabajo” en Alemania. Durante los mismos reconocemos en él al adolescente que, en mayor o menor medida, hemos sido muchos de nosotros: alguien que busca la forma de comportarse y reaccionar “adecuadamente” en un mundo, el de los adultos, que le resulta ajeno y, muy a menudo y sobre todo, falaz. Si se presta la debida atención a cómo ve el mundo antes de ellas, no es tan sorprendente que asuma su detención y deportación, junto con otros compañeros suyos, y, posteriormente, su vida en los campos, con casi la misma actitud. Esta es quizás la característica más acusada y “criticada” o incomprendida de la obra: ante los ojos de este adolescente, todos los acontecimientos que desembocan en la muerte y degradación masiva de miles de personas de su entorno, conocidas y desconocidas, hechos en los que él mismo está inmerso, aparecen como sucesos ininteligibles, sí, pero dentro de una realidad más amplia que tampoco tenía demasiado sentido antes, o a la que el protagonista no ha tenido tiempo de dotar de sentido. Por esta razón, que constituye el nervio de la novela, a algunos críticos les pareció en su momento que a la misma le faltaba tensión dramática y le sobraba frialdad y monotonía narrativa.

Pero es que este joven no está recordando, sino narrando lo que vivió o, más exactamente, su vida, su forma de vivirlo. Y la vida, la existencia, es temporal, se desarrolla “paso a paso”, de forma lineal y monótona. “Lo importante es que todo ha terminado ya”, le dice a su vuelta un bienintencionado periodista. “Antes que nada”, le dice un antiguo vecino, “tienes que olvidar” para empezar “una nueva vida”. Ni uno ni otro entienden lo que para ese niño es obvio: que el sigue viviendo (y esto, junto a la actitud del “señor maestro”, que no conoceremos hasta la tercera parte de la trilogía, es lo verdaderamente incomprensible). Él sigue viviendo y siempre se sigue viviendo la misma vida. La vida no es algo que pasa y queda concluso y terminado en el pasado reiniciándose a cada instante. No es ni puede ser, para ser la vida de alguien, un conjunto de sucesos inconexos.

Después de haber vivido y contado todo con la objetividad y falta de dramatismo propias de su visión de adolescente (huraña, desapegada y egoísta), después de habernos puesto ante los ojos que los campos han demostrado que la violencia y el asesinato pueden ser una forma de vida y que no constituyeron, en realidad, una ruptura abrupta e inexplicable con la vida (y la historia) anterior a ellos, sólo entonces, al final de la novela, le vemos rebelarse y enfrentarse a todos los que, de una u otra forma, pretenden despojarle, por el camino del olvido o de la rememoración de lo ya pasado y acabado, de su vida, su destino.

Pero György y Kertész (supongamos que no son la misma persona) y, en realidad, todos nosotros, que, queramos o no, formamos parte de la misma cultura que alcanzó en Auschwitz su punto crítico, debemos afanarnos, puesto que sorprendentemente seguimos aquí, en seguir viviendo nuestras vidas. Qué tipo de supervivencia sea ésta y cómo es posible, si es que lo es, será lo que nuestro protagonista irá intentando llegar a comprender en Fiasco  y, sobre todo, en Kaddish  (mi preferida). Llegar a comprenderlo mientras vive y viviéndolo, porque Auschwitz sucedió, pero no pasó (terminó).

lunes, 5 de enero de 2015

A Melchor, Gaspar y Baltasar

Por J. Teresa Padilla

 Queridos Reyes Magos:

Me da un poco de vergüenza escribiros después de tanto tiempo. Os pediría, sin embargo, que obviarais este hecho y no os detuvierais a calcular exactamente cuánto ni, por tanto, mi edad. Con seguridad supera la establecida en el perfil de vuestros corresponsales habituales, pero espero que mi solicitud no sea por este motivo automáticamente desestimada. Para eso sois los Reyes Magos y no un cuadriculado responsable de recursos humanos cualquiera, digo yo. Eso sí, reconozco que debo dar preferencia de paso a la impaciente y nerviosa chiquillería que, a pesar de la insistencia machacona de los imperios de la comunicación, sigue confiando en vosotros y no en el nórdico Papá Noel, de cuya existencia dudan muchos de sus integrantes y, en mi opinión, con más que bien fundadas razones. No hay problema a este respecto, porque no pido nada para mañana mismo (aunque no tendría inconveniente alguno en que así fuera): os esperaré todo el año si hace falta.

Supongo que debería comenzar intentando convenceros de lo buenísima que fui el pasado año. No os voy a mentir. A veces he sido buena, es cierto; otras, sin embargo, he necesitado devolver alguna maldad que me han hecho o de la que he creído ser víctima. Puede, incluso, que ocasionalmente haya sido mala sin darme cuenta y hecho daño a quien no lo merecía. Con todo, yo creo que al final, haciendo la nota media, podría considerarse que he obtenido un suficiente alto o un bien. No es una nota de relumbrón, lo sé, pero más o menos holgadamente ha de reconocérseme que he pasado el curso 2014 y alguna cosilla merezco. Os hago, por tanto, relación de mis peticiones. Sus majestades decidirán lo que pueden concederme y lo que no. Como esta decisión dependerá, imagino, no sólo del balance de mis méritos o deméritos pasados, sino también de mis propósitos futuros, les ruego tengan en cuenta que estoy determinada a mejorar mi nota media este año que acaba de comenzar.

Para conseguir tal propósito, sin embargo, necesitaría (y es mi primera petición) que alejarais lo más posible de mí a todos aquellos que parecen empeñados en darme un coscorrón cada vez que consigo levantar cabeza. No son muchos, y estoy segura de que casi siempre lo hacen sin intención, pero ahí están. Y si no podéis alejarlos, os agradecería me trajerais la habilidad para esquivar sus manotazos.

Mi segunda petición es que acercarais lo más posible a todos aquellos que me obligan a levantar cabeza. Quiero que, cuanto más mejor, mis hijos me abracen y besen sin motivo ni razón y se dejen abrazar por mí también sin motivo ni razón (prometo no hacerlo delante de sus amigos). Que mi perra se abalance sobre mí cuando llego a casa como si hubiera estado ausente mil años. Que haya amigos que me llamen o escriban al cabo de meses y hasta años como si nos hubiéramos visto ayer. Que haya otros dispuestos a embarcarse conmigo en travesías algo descabelladas. Para tenerlos ahí necesito poder devolverles parte al menos de lo que ellos me dan, así que quiero hagáis mayor mi capacidad de amar.

A lo mejor, en realidad, sólo os estoy pidiendo que este año me traigáis más amor por la vida. Sí, eso quiero, amor a la vida. Y un poco de suerte (ya imaginaréis para qué).

Lo cierto es que también necesitaría unos zapatos y un bolso, pero creo que esto lo puedo conseguir sola. Aunque sea en las rebajas. Probablemente las segundas rebajas.

Y si, a pesar de todo, me tenéis que traer carbón, por lo menos que sea dulce. Muy dulce.

Gracias, Melchor. Gracias, Gaspar. Y gracias, Baltasar. Espero que volváis a saber de mí el año que viene.

viernes, 2 de enero de 2015

Billy Wilder en Filmoteca Española

Por José María Ruiz del Álamo

Hola, Año Nuevo. Hola, 2015. Y te saludo con esperanza, que esta resistencia me hace mirar con optimismo (gozo, podría decirse) la programación cinematográfica de Filmoteca Española, pues este mes de enero abre sus puertas a la genialidad de BillyWilder. Un ciclo cuya gran novedad es visionar su primera etapa (su cine en blanco y negro) en copias digitales: el DCP (Digital Cinema Package), que ha sido implantado en la proyección de cine comercial y ha aniquilado al celuloide. De ahí que Días sin huella, Perdición y El gran carnaval hayan pasado por un proceso de limpieza, un toque de restauración, para llevar a cabo la conversión de formato.

Un formato que depara, para mal, una excesiva brillantez. Tamaña luminiscencia ha borrado la textura de la fotografía en que fue concebida la obra. Billy Wilder (y todos) rodaban en 35 mm, en celuloide, y el director de fotografía jugaba con ello; el digital ha manipulado ese juego, ha hecho trampas, ha borrado las impurezas, esas impurezas que hacían puro el cinematógrafo y daban sentido a la proyección, al proyeccionista.

Hoy ¿qué queda?, pues meter la carcasa y darle al botón…

Pero no cabe seguir en el ejercicio de la nostalgia; cabe disfrutar, nuevamente, del cine de Billy Wilder. Que en 35 mm se proyectan, con ayuda del proyector y el proyeccionista, El apartamento, Bésame, tonto, Testigo de cargo o Uno, dos, tres; que el cine en blanco y negro de Wilder en DCP se completa con Berlín Occidente, El crepúsculo de los dioses, Sabrina y Stalag 17; que en color y DCP se verá ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?

Avanti, espectadores, disfrutemos de la excelencia del maestro, entremos con el pie derecho en este nuevo año cinematográfico. Entremos Con faldas y a lo loco, que nos lo sirven En bandeja de plata de la mano de Irma, la dulce  y Ariane. Billy Wilder y en pantalla grande, un manjar exquisito.

Solo queda abrir el programa de la Filmoteca y estudiarlo bien. Yo no me resisto a volver a ver su cine, por allí andaré y departiré (en la calle Santa Isabel, 3), que Filmoteca Española es ubicación de resistencia.

POSTDATA: ¿Conoces a alguien que no haya visto el cine de Billy Wilder, que no conozca a Wilder? Puede que a él no, pero seguro que sí alguna, al menos, de sus películas.


¡Qué magnífico regalo de Reyes sería invitarle a Filmoteca Española para que disfrute viendo CINE con mayúsculas!



miércoles, 31 de diciembre de 2014

Lo viejo y lo nuevo

Por J. Teresa Padilla

Andaba yo pensando en un tema sobre el que escribiros esta semana. Algo que yo pudiera redactar y vosotros leer antes o después de la celebración de la Nochevieja (o el Año Nuevo, según se mire). Algo pequeño, ligero y que ayudara a empezar el nuevo año con buen sabor de boca.

Tolstói con su nieta Tániechka, 1908
Andaba yo en estas cosas y recordé una foto que encontré en un libro (unos diarios). No he sido capaz de identificar a su autor, al que me hubiera gustado nombrar en señal de reconocimiento. Porque es una foto llena de vida, de alma. Una foto que supo retratar a la persona que vivió bajo el nombre de un enorme escritor y que, además, me daba a pie a reflexionar sobre los finales y los inicios, que viene a ser lo que celebramos estos días.

Normalmente los escritores son fotografiados en su lugar de trabajo, entre un montón de borradores, con su enorme biblioteca detrás. Aquí, sin embargo, aparece retratado el hombre; el hombre que, entre otras muchas cosas que podría haber hecho, escogió (supongamos que se trató de una elección) escribir.

Pero no pretendo hoy reflexionar sobre esto último (aunque no cabe duda de que valdría la pena), porque en la foto no está solo. Aquí están un abuelo y su nieta. Tániechka o Tatiana se llama la niña y Lev el abuelo, aunque sus nombres son lo de menos, porque bien podrían ser cualquier nieta y cualquier abuelo. Una empieza a vivir y otro tiene muy cerca la muerte. Pero, paradójicamente, al contemplarlos no puede pasarse por alto lo próximos que parecen estar uno del otro, su cercanía, su complicidad.

Que hay un misterioso lazo que anuda el principio y el fin de la vida de los hombres, la niñez y la vejez, haciendo de ella casi un círculo, eso lo intuimos todos. Forma parte de la “sabiduría popular”, de lo que se "sabe" aunque no se pueda dar razón de cómo y por qué sucede. Pero también es verdad que, cuando intentamos concretar un poco más de qué se trata, pensamos en la decadencia intelectual que a menudo acompaña a la vejez. Entonces decimos de nuestros mayores que son como niños, y la mayoría de las veces como niños egoístas y caprichosos. Algo de verdad hay en ello, pero no es éste el vínculo íntimo que hay entre los niños y los mayores.

Seguro que a vuestro alrededor abundan los ejemplos, pero yo os propongo éste, el de la foto. Tatiana y Lev se miran y se reconocen. Esto es evidente y debemos agradacer al autor de la fotografía que fuera capaz de mostrárnoslo. Y sabemos que Lev tuvo la suerte de conservar hasta el final de su vida una lucidez que bien quisiera yo tener a la altura en la que me encuentro de la mía. No se trata, pues, de que la decadencia de unos, los ancianos, se encuentre con la falta de crecimiento, de madurez, de los otros, los niños. Puede, incluso, que se trate justo de lo contrario, de que unos y otros están más próximos, aunque de maneras muy distintas, a lo que de verdad es nuestra vida, a lo que somos.

“Quienes más viven una vida verdadera son los niños y los ancianos”. Esto nos dice el abuelo en su diario. Y es verdadera, nos explica, porque, o bien no está sometida aún, o bien está cada vez más liberada de la “ilusión del tiempo”. Una ilusión que nos hace creer a la mayoría de los adultos maduros que nuestra vida se reduce, en realidad, a la sucesión de momentos, de lo que hemos hecho o nos ha sucedido, de lo que haremos o nos sucederá. Es como cuando, por ejemplo, nos vemos obligados a presentarnos ante un grupo de personas y decirles (nada más y nada menos) quiénes somos: cuentas lo que has estudiado, en qué has trabajado y lo que te gustaría o tienes intención de hacer en el futuro. Pero, a poco que lo pienses, nada de esto eres tú ni ésta es tu vida. “Yo, yo, sólo yo existo, y él, Tolstói, es un fantasma, un fantasma asqueroso y ridículo”, esto nos dice de nuevo el abuelo en otro momento del diario. Tu obra, tu nombre, pasados o futuros, fallidos o gloriosos, no son tú.

Tú, yo, el anciano y la niña vivimos, en todo caso, en el presente, en un ahora que no pasa; en uno que hubo un tiempo que no existió y que llegará un día que dejará de ser, que morirá con nosotros, pero que, desde luego, no va entonces a formar parte de la historia, ni de la nuestra ni de ninguna otra, como tampoco lo hacía antes de nuestro nacimiento. Nos sentimos frágiles, solos y suspendidos como funambulistas entre la nada del antes y la del después, pero a la vez llenos de vida, presentes. Como el anciano y la niña de la fotografía. A saber quiénes somos, pero somos; y no nuestro currículo.

Los niños y los ancianos viven mejor que nosotros ese presente en el que se decide cada día todo y vive quien realmente somos. Unos porque aún no viven su tiempo como historia, los otros porque la cercanía de la muerte le ha quitado toda importancia.

“Morir significa volver al lugar de donde uno ha venido. ¿Qué hay allá? Seguramente algo bueno a juzgar por esos seres maravillosos, los niños, que vienen de allí”. No lo sé, aunque es una hermosa forma de verlo, digna, desde luego, de este abuelo. Lo que creo que sé es que lo nuevo y lo viejo se encuentran, como hoy, donde únicamente pueden: en ti, en mí, en nosotros, ahora. Siempre, aunque no por siempre. Tendríamos que celebrarlo (vivirlo) todos los días.

Al final me parece que no he escrito nada ni ligero ni breve. No soy de fiar. Espero al menos que haya sido agradable. Feliz año nuevo a todos.



lunes, 29 de diciembre de 2014

Ya queda menos…

Por J. Teresa Padilla

 Si existe algo capaz de despertar a la bruja que hay en mí (y de lo que pueda hablar abiertamente en este blog) son las vacaciones escolares. No os digo nada si se trata de las navideñas, porque sí, pertenezco a esa muchedumbre de personas (estoy segura de que lo es, aunque, la verdad, no sé dónde se ocultan exactamente), a las que las Navidades, lejos de entusiasmar o, por el contrario, provocar un bajón anímico, incrementan peligrosamente los niveles de… Bueno, de la hormona responsable de la mala leche. Y no es, como les sucede a muchas personas, porque no pueda dejar de añorar las Navidades de mi infancia y viva las presentes como una burda falsificación. No. Las de mi infancia eran tan malas o peores que las de mi vida adulta. Básicamente consistían en que mi madre se pasaba cocinando todo el día, lo que no favorecía que llegara de lo más risueña a la hora de la cena, desplegaba la mesa de forma que ocupaba casi todo el espacio disponible en el salón convirtiendo en una misión imposible salir de allí donde hubieras terminado ubicada, y la llenaba de más platos de los que podía contener, con lo que a duras penas cabían luego tus manos. Además, había tantas cosas para picar que, cuando llegaban los platos principales, apenas se comía. Esto se traducía en que te pasabas luego un tiempo comiendo las sobras recalentadas, lo que, increíblemente, no se traducía en relax materno alguno. Y encima para ver a los que veías todos los días. Aquello era tan incómodo y aburrido que me parece que no era yo la única que deseaba que acabara cuanto antes. Luego se jugaba a algo. Eso no estaba tan mal, aunque se podía haber hecho cualquier otro día, digo yo.

Lo que ya no recuerdo tanto de las Navidades de mi infancia, ni de mis vacaciones escolares en general, es que mis hermanos y yo armáramos un jaleo semejante al de mis hijos. Ni por asomo se me hubiera ocurrido a mí entonces que mis padres tuvieran que prestarme especial y exclusiva atención. Pero, claro, tampoco se me había ocurrido que pudiera denunciarlos si me daban un capón (como me advierten los míos que harán dado el caso) o que detentara la propiedad o cuando menos el usufructo del cuerpo, la mente y el tiempo paternos o/y maternos. Es cosa de la edad, me dicen. Cierto. Dentro de unos cuantos años pasarán al extremo contrario: amenazarte ellos con el capón y exigir una absoluta privacidad y propiedad sobre sus vidas. Es cosa de una mala educación. Pues puede, pero será la mala educación escolar, porque hubo un tiempo de casi tres años en que no estuvieron escolarizados y entonces eran relativamente mucho más independientes, muy capaces de concentrar su atención un buen rato en cualquier cosa medianamente interesante que no fuera la televisión o un videojuego e incluso de entretenerse juntos. Estos idílicos tiempos, sin embargo, pasaron.

Así que, en los pocos instantes que me quedan para la reflexión, no puedo dejar de preguntarme dónde está mi tiempo, dónde está mi espacio. No eran gran cosa, es cierto, pero me costó lo suyo conquistarlos y ahora no los encuentro por ninguna parte. Por aquello de aprender de los errores de los que me precedieron, no me paso ni mucho menos todo el día cocinando. A pesar de que revolotean a mi alrededor amenazando con aniquilarse mutuamente, recordándome cuánto se aburren y mirando por encima de mi hombro, si por milagro logro acceder al teclado del ordenador, lo que estoy haciendo, al final ni siquiera tengo la oportunidad de ejercer de buena madre y hacer algo distinto y más o menos apasionante con ellos, porque siempre se me adelanta algo o alguien menos visto y más entretenido que yo. Eso sí, tengo que permanecer de guardia, disponible ante cualquier eventualidad, so pena de ser acusada de abandono y de indiferencia.

Había conseguido convencerles de que una madre es una entidad autónoma, independiente de ellos, con una vida, unas actividades y unas necesidades propias y personales. Había conseguido convencerles de que no les pertenezco al igual que ellos no me pertenecen. Pero las dichosas Navidades han conseguido dejarlo todo en suspenso. Las Navidades son suyas: la propaganda televisiva y escolar me han hecho, nunca mejor dicho, la pascua. Y en el fondo a ellos, que viven bajo el estrés de elaborar una lista de regalos que no están seguros de desear y de poder contar, cuando vuelvan al colegio, la cantidad de actividades extraordinarias que han realizado.

Y, con todo, ellos son lo mejor de las Navidades. Lo bien que lo podríamos pasar cenando comida basura y bailando hasta las tantas las canciones de la radio. Pero estas benditas fiestas están hechas para pasarlas con los que quieres y te quieren (por lo menos a ellos, que son los “reyes”), es decir, para terminar cenando con tu suegra. He perdido mi espacio, mi tiempo y hasta mi porción de amor. Menos mal que ya falta menos para recuperarlo todo, hasta a mis hijos. ¡Os echo de menos!

viernes, 26 de diciembre de 2014

Vida y destino: la posibilidad de la resistencia

Vida y destino. Vasili Grossman.

Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2007. 1120 pp. 26 euros (también en tapa blanda por 18,50 euros).



Por J. Teresa Padilla

No lo mencioné, pero éste fue uno de los libros que os comenté adquirí hace unos días en una librería de segunda mano. Con ésta son tres las veces que se ha cruzado en mi vida, la última coincidiendo casi con la creación de este blog. No soy supersticiosa, ni creo en “señales”, pero he de reconocer que el azar ha tenido un bonito detalle con esta bitácora y justo es agradecérselo. Porque ésta es una novela que exhorta a la resistencia como única forma de supervivencia personal, que no meramente biológica.

Como os decía, éste ha sido el tercer encuentro. El primero tuvo lugar en los años 90, cuando la hallé entre los saldos de unos grandes almacenes. Animada por su precio (que no llegaba a las 300 pesetas, o sea, bastante menos de dos euros), la información de la contraportada y la fiabilidad que me merecía la editorial que la publicaba (Seix Barral), la adquirí y leí. Ni el autor ni el título me sonaban de nada. En esa primera lectura ya me pareció una novela excepcional, capaz de emocionar sin sentimentalismos fáciles y a la vez invitar a la reflexión. Me entristeció que un libro semejante hubiera tenido tal destino comercial, tanto como luego, en 2007, me sorprendió encontrarlo entre los más vendidos en la categoría de ficción.

Quizás existan leyes de mercado capaces de explicar por qué una novela escrita a finales de los 50, y publicada por primera vez en España en 1985, pasa completamente inadvertida para, veinte años después, terminar siendo un éxito de ventas. Es cierto que lo que se publicó en los 80 era una versión incompleta, traducida a partir de la edición francesa (secuestrado en la URSS, el original íntegro en ruso no se publicó hasta 1988), y que presentaba más erratas de las deseables; pero nada de esto hacía realmente mucho más difícil su comprensión y valoración. Puede, sí, que haya una razón puramente comercial (y si no la hay, sin duda la habrá, como decía la canción). Yo, sin embargo, prefiero ver su éxito como una prueba de la veracidad de la idea que vertebra esta novela: parece que todo está regido por leyes inexorables que no dependen de nosotros (de cada uno de nosotros) y determinan nuestras vidas, pero resulta que, en el fondo, sólo es una apariencia. En cualquier momento puede que un lector y otro y otro (hasta más de cien mil, que fueron los ejemplares vendidos) decidan que es un libro nada reciente, de un autor desconocido, sin premios que lo adornen ni polémicas que lo hayan devuelto a la actualidad lo que quieren leer en lugar de El código Da Vinci de turno.

A estas leyes que supuestamente dictan el tipo de libros que vamos a leer, de productos que vamos a adquirir o de películas que vamos a ver, y que no son sino parte de otro conjunto de leyes más generales que imponen el tipo de sociedad en que tenemos que vivir y el modo en que únicamente podemos sobrevivir en ella; a esta leyes que, al final, pretenden explicar todo lo que sucede y sucederá es a lo que se denomina “destino” en el título de la novela. Sin embargo, el destino (o la “Historia”) es una apariencia, una ilusión que la vida, la de cada uno de nosotros, puede desenmascarar en cualquier momento. Puede porque, en el fondo, lo hace más veces de las que pensamos, aunque no nos demos cuenta. Y la prueba de fuego de que así es, del carácter ilusorio de la ley del destino, es que ésta no puede imponerse sobre la vida, sobre nosotros, sino con la violencia, como tiranía, como mal.

Esta es la tesis de la novela (porque, entre otras muchas cosas, puede considerarse también una “novela de tesis”) y, por eso, resulta casi un homenaje a ella ver en su éxito de ventas una pequeña, pero significativa, victoria de los individuos sobre la tiranía de la mercadotecnia, que, aunque menos sangrienta que las que aparecen en la obra, no deja por ello de serlo.

Los personajes de la novela, como todos nosotros, viven casi siempre su destino. Se dejan arrastrar por lo que les dictan sin hacerse preguntas. A veces por simple interés, por egoísmo, por el puro afán de medrar. Pero la mayoría de las veces lo hacen por cobardía. Tienen miedo. Miedo a morir, por supuesto, pero también a otras muchas cosas: al ostracismo, a la soledad, a sentirse diferentes, al fracaso… Se someten al destino y su violencia casi siempre, no siempre, porque estos personajes, como todos nosotros, pueden en cualquier momento resistirse a él, ejercer su libertad (una libertad que nada ni nadie, ni siquiera ellos mismos, pueden aniquilar). Y cuando la ejercen conquistan una auténtica vida, la suya, ajena al destino o la Historia.

Y así vemos en la novela enfrentadas constantemente vidas e historias (más o menos coherentes, más o menos heroicas) con la Historia, así, como la escribe el autor, con mayúscula, aquella que se cree regida por la necesidad más estricta y ante la que se supone que no cabe rebelión posible; la Historia, en suma, que “asume y supera toda posible contradicción” y que, por tanto, relativiza y niega todo lo demás. Sobre todo, al hombre como tal hombre y a lo que en la novela no deja de aparecer constantemente exigiendo de él una respuesta (la resistencia, pues la sumisión es justo la no respuesta): el mal o la violencia intrínseca a la Idea, la Historia, el Destino, el Poder (como prefiramos llamarlo) en su relación con el individuo. Una nueva versión de la lucha entre David (el hombre, su vida, su historia o intrahistoria, el bien –aunque sólo en su posibilidad-) y Goliat (el poder, el destino, la Historia, el mal –esta vez no posible, sino necesario-). Y aunque las victorias de David son casi siempre pírricas, también resulta evidente que las victorias de Goliat nunca podrán ser completas. Porque el hombre, el hombre concreto, es libertad.

La libertad no es algo a lo que pueda renunciar, que pueda perder o de la que pueda ser despojado sin a la vez renunciar o perderse a sí mismo, o sencillamente ser aniquilado. Por eso el totalitarismo (fascista, estalinista o, para aplicarnos el cuento, neoliberal) no podrá renunciar nunca a la violencia que ejerce sobre él y, en consecuencia, se engaña (y nos engaña) cuando la presenta como un simple medio para alcanzar un fin distinto y mejor. En la medida en que el hombre puede en cualquier momento decidirse a vivir como tal, a realizar su libertad (lo que se traduce en acciones concretas que suponen la resistencia moral contra todos esos males que le presentan como necesarios), él es, en su insignificancia, su verdadero e invencible enemigo. Insignificante porque nada puede contra las “fuerzas grandiosas e inhumanas” del destino, la Historia, el Estado. Invencible porque sencillamente no puede dejar de ser lo que es (agente moral, libre, responsable).

¿De verdad el hombre es libertad y no puede dejar de serlo? Libertad que, además, es sinónimo de bondad y amor. El intelectualista resabiado que llevamos dentro sonríe con amargura ante tamaña ingenuidad. Para Grossman, sin embargo, es un hecho. Un hecho que ha superado el más horrendo de los experimentos, el horror que ambienta la novela y que el autor conoció como pocos (es coautor de la compilación de los testimonios de los supervivientes en El libro negro): “si ni siquiera ahora lo humano ha sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá”. Resulta difícil imaginar una prueba más radical.

Se trata de una novela monumental que resulta inevitable y tópico comparar con Guerra y paz y que no oculta en absoluto tener en este clásico su modelo, aunque Grossman se cuida mucho de distanciarse de la religiosidad tolstoiana. En ambas, la guerra entre los Estados enmarca, en realidad, la lucha por la supervivencia moral de lo humano, del hombre como tal hombre. La épica está, en ambos casos, supeditada a la ética. Ambientada en la segunda Guerra Mundial, y centrada en el momento de la batalla de Stalingrado, recorre todos sus escenarios: la propia ciudad, la retaguardia, las zonas soviéticas ocupadas por los nazis, los campos de prisioneros, los guetos y hasta los viajes a las cámaras de gas. Como también sucedía en la novela de Tólstoi, aunque es una familia la que sirve de hilo conductor, la lista de personajes es enorme e incluye también las voces de los "otros", en este caso los alemanes. Podemos, incluso, encontrarnos con el propio Stalin. Y es que, en medio de la Historia, las personas y sus vidas son las auténticas protagonistas, incluso cuando estas personas son los verdugos. Vemos a los poderosos inseguros y empequeñecidos porque, en el fondo, saben que su grandeza no les pertenece, que depende de la de sus Estados y ejércitos; vemos a gente sencilla que, se haya o no dejado llevar hasta ese momento, de pronto y sin aspavientos desobedece, se hace preguntas o simplemente actúa con esa bondad cotidiana, impotente, absurda y sin sentido (los adjetivos no son míos, sino del autor), que no es sino el amor natural a la vida y que le lleva a hacer lo que justamente no debería ni podría según las leyes del Destino. Así que si identificamos estas leyes, como la Historia quiere, con las de la razón, no cabe más que concluir que “lo verdaderamente irracional y lo que en verdad no tiene explicación no es el mal, sino lo contrario: el bien”. La cita no es de Grossman, sino de Kertész, que me parece que está pidiendo paso para ser el siguiente “reseñado”.

Lo verdaderamente grande, el misterio, está en lo aparentemente más pequeño. Inadvertido la mayoría de las veces, pero capaz otras de refulgir con luz propia en la noche más cerrada poniendo en cuestión al más intransigente comisario político y recordando a la tiranía donde está su límite. No necesita motivos o razones. No es ninguna idea heroica la que lo mueve, es que no puede hacer otra cosa sin perderse a sí mismo, sin dejar de ser lo que es. El mismo tipo de impulso que probablemente llevó a Grossman a escribir esta novela que no llegó nunca a ver publicada. El impulso que da el descubrimiento de que nada salvo nuestra propia cobardía puede doblegarnos: "¡Yo soy libre!”, dice un personaje, “yo puedo decir: '¡no!'. ¿Qué poder puede prohibírmelo si encuentro dentro de mí la fuerza para no tener miedo a la muerte? ¡Yo diré 'no'!”.