martes, 29 de septiembre de 2015

Una novela rusa

Una novela rusa. Emmanuel Carrère.

Anagrama: Barcelona, 2008. 296 pp. 17 euros.


Por J. Teresa Padilla

Aunque me sonaba su nombre, nada sabía de Carrère ni, por supuesto, lo había leído nunca. Pero acaba de publicarse en España su última obra, El reino, y me llegaron noticias de lectores y críticos entusiasmados. Lo cierto es que me quedé sólo con la idea del entusiasmo, que no busqué ni leí en aquel momento las críticas como tales. Ignoro si esta positiva acogida es general, porque estoy hablando de un par o tres de ellos que, además, se mueven en el mismo círculo, de modo que es presumible que compartan inclinaciones y gustos. Pero, bueno, me lo anoté mentalmente como un autor potencialmente interesante que valdría la pena leer cuando se presentara la ocasión.

Como, a diferencia de otras muchas personas más cabales y organizadas que yo, carezco de lista de libros pendientes y, en general, de cualquier tipo de lista (incluida la tan recomendada por la OCU lista de la compra), y deambulo por la biblioteca como por el supermercado (a saber, intentando recordar lo que necesito o quiero unas veces y, otras, la mayoría, buscando inspiración para decidir lo que necesito o quiero), las ocasiones se terminan por presentar. Así  que cuando llegué a la C de Carrère y lo vi, pues me dije: ¡anda!, el de El reino, ¿por qué no? Y entre los dos o tres títulos disponibles, que obviamente no incluían ni incluirán hasta dentro, me temo, de bastante tiempo El reino en cuestión, estaba éste: Una novela rusa. Con ese título no podía hacer otra cosa que elegirlo, que me inicié como lectora con las novelas rusas y siento debilidad por ellas. Teniendo en cuenta mi caótica forma de seleccionar lecturas, tengo que reconocer que, pese a lo que me parece a veces, soy una chica con suerte.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Sobre el Libro del desasosiego

"No hay desolación (...) para la que no exista el remedio irónico de decirla. Aun cuando la literatura no tuviera otra utilidad, tendría ésta. (...)
He asistido, de incógnito, al desfallecimiento gradual de mi vida, al zozobrar lento de todo cuanto quise ser. Puedo decir, con aquella verdad que no precisa de flores para que sepamos que está muerta, que no hay cosa que yo haya querido, o en la que yo haya puesto, aunque por un momento sólo, el sueño nada más de ese momento, que no se me haya deshecho bajo las ventanas como polvo con apariencia de piedra caído de un tiesto del piso de arriba. Parece incluso que el Destino ha procurado siempre hacerme amar primero aquello que él mismo había dispuesto para que al día siguiente yo viera que ni lo tenía ni había de tenerlo.

Espectador irónico de mí mismo, nunca, sin embargo, perdí las ganas de acudir a la vida. Y, puesto que hoy sé, en la anticipación de cada ligera esperanza, que ha de acabar en desilusión, sufro el goce especial de gozar ya la desilusión junto con la esperanza, como algo amargo con dulce que vuelve lo dulce dulce contra lo amargo. Soy un estratega sombrío que, habiendo perdido todas las batallas, traza ya, sobre el papel de sus planes, disfrutando con su esquema, los pormenores de su retirada fatal, en la víspera de cada nueva batalla" (Fernando Pessoa, Libro del desasosiego, 140, 193. Trad. Perfecto E. Cuadrado).


Por J. Teresa Padilla

Hay libros que puedes sacar de una biblioteca, leer y devolver tras haber tomado, en el mejor de los casos, unas cuantas notas. Pero también hay libros que, nada más empezarlos, sabes que debes tener a tu lado siempre. Para leerlos poco a poco, para releerlos muchas veces; para buscar consuelo, para aprender a escribir, para buscar quién eres o para olvidarte por un momento de ti mismo. Éste es uno de ellos, aunque obviamente no para todo el mundo. Y, aunque en otras ocasiones esta distancia con mis semejantes me resulte dolorosa, en ésta es una bendición. Por fin lo tengo, en la edición tan cuidada, por dentro y por fuera, de Acantilado. De segunda mano, claro, y con una mancha como de café en su corte delantero, pero, por lo demás, intacto, con todo el aspecto de no haber sido leído por el inepto de su dueño original.

Lo abres y ya en el epígrafe 1 lees cosas como éstas: "Pertenezco, sin embargo, a aquel género de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no viendo sólo la multitud de la que son parte, sino también los grandes espacios que hay al lado"; "el corazón, si pudiera pensar, se pararía"; "considero la vida como una venta donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé adónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta venta una prisión, porque estoy obligado a esperar en ella; podría considerarla un lugar social, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. (...) Me siento a la puerta y embebo mis ojos y oídos en los colores y los sonidos del paisaje, y canto lento, sólo para mí, vagos cantos que compongo mientras espero. Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Gozo de la brisa que me dan y del alma que me dieron para gozarla, y no pregunto más ni busco. Si lo que dejé escrito en el libro de los viajantes puede, releído un día por otros, entretenerlos también en el tránsito, estará bien. Si no lo leen, ni se entretienen, estará bien también".

Y así sigues, sin parar, leyendo frases que te gustaría ser capaz un día de escribir, que te recuerdan lo importante que es aprender a saber decir las cosas. Otras en las que tienes que detenerte y coger aliento, porque te arrastran a abismos que percibes como erróneos, como callejones sin salida de los que, a veces, el propio autor, Pessoa-Soares, sale desdiciéndose más adelante.

Esto no es una reseña. Éste es un libro que quiero ir bebiendo a pequeños sorbos, avanzando pero también retrocediendo. Un libro que espero no terminar de leer nunca. Un libro del que no podré evitar compartir otros fragmentos porque me temo que encontraré en él muchas cosas que me gustaría escribir a mí, si supiera, claro, decirlas.

En fin, una maravilla de la que alguien, por suerte para mí, se desprendió por un par de euros. Podría ser triste, pero ya leímos en Alfanhuí que los verdaderos tesoros son los que no valen nada; así que llevemos, con Soares, "la conciencia de la derrota como un pendón de la victoria".

lunes, 21 de septiembre de 2015

Tworki (El manicomio)

Tworki (El manicomio). Marek Bienczyk.

Acantilado: Barcelona, 2010, 224 pp. 19 euros.


Querido Jurek:

Trata bien a Janka y no pienses mal de mí. Te he tomado mucho cariño. Eres un chico fantástico. ¡Qué extraño es el destino! ¡Será que así estaba escrito! Dales recuerdos a todos los que por ti conocí y aprecio, y sobre todo a tu madre. Dale otro beso de mi parte a aquel que lo fue todo para mí. Para ti, un fuerte apretón de manos.


S.
P.S. ¡Sé feliz!
S.


Por J. Teresa Padilla

 Lo primero que se lee de esta novela si, como suele ser tan habitual como a veces poco recomendable, se empieza el libro por el final (por el final del libro-objeto, no del libro-obra), vamos, si comenzamos con el texto de la contraportada, es una cita casi íntegra de una “Nota del autor” que en el libro (ahora sí, el libro-obra) va en realidad al final de la novela. Y con toda la razón, porque entonces resulta evidente el cambio radical de tono entre el cuerpo del texto como tal y esta nota. Un contraste tan grande como el que existe entre aquello de lo que uno y otra hablan: las historias personales que se reconstruyen a partir de una carta de despedida y la Historia que las enmarca, respectivamente. La seriedad de la nota aparece entonces teñida de decepción o, quizá más exactamente, de hastío. El de tener que dar respuesta a la pura curiosidad extraliteraria por la “realidad” de lo que se nos acaba de contar. O, peor aún, el de verse obligado a justificar la existencia y el valor de la ficción sobre los “hechos reales”. Con excepción de la propia carta, tan esencial como irrelevante históricamente (en lo que a los grandes hechos respecta), todo aquello cuya realidad se nos confirma en esta nota es sobradamente conocido de antemano. Para eso no hacía falta leer la obra que la antecede. De ahí que no pueda dejar de verla como un corolario final, en forma de resignada protesta contra la generalización y opacidad de la Historia, a lo que en la novela es una invocación, gozosa hasta en los peores momentos, para que todos dejemos en ella nuestros nombres y acusemos recibo del de los demás, para que nos resistamos al anonimato que impone de la única manera posible: escuchando o leyendo las palabras de los otros; diciendo o escribiendo las nuestras; manteniendo viva esa comunicación secreta y subterránea de la que nada dice el relato histórico y en la que únicamente se encuentra, aunque sólo a veces, cierto sentido a la vida.

Menos mal que este relato no es el único; que la imaginación, la ficción y la poesía pueden contar lo que hay detrás y oculta el escueto hecho histórico de que “hubo una guerra, millones de personas perecieron, otras sobrevivieron”. Y eso que cuentan es mucho más real que este hecho por la sencilla razón de que le da un significado más allá de la verdad de Perogrullo que por sí mismo es únicamente capaz de expresar.
Y así, el ritmo cansado y monótono de la nota deviene en la novela un juego de palabras e imágenes lleno de ternura, humor y esperanza. Una celebración de la vida, tan frágil como pertinaz, que transcurre incluso en medio de las mayores catástrofes. Una celebración y una invitación.

Marek Bienczyk (2012). Foto: Marie
Érase, pues, una vez un jovencísimo aprendiz de poeta miope llamado Jurek, futuro destinatario de una carta, también conocido como Jurek Listillo (Salchichón Pepino Ovillo o Capitán de los Grillos, según los casos), Jurek Tarambana Príncipe Rana y un largo etcétera. Un poeta, contador y, afortunadamente, también contable, lo que le convierte en un miembro lo suficientemente útil a la sociedad como para que ésta le permita ganarse su sustento. En su caso en un hospital psiquiátrico a las afueras de Varsovia, en Tworki. Érase una vez, habría que añadir aquí también, un manicomio que, contra todo pronóstico, a pesar del color y la suciedad del uniforme de los residentes, del exiguo rancho y de la nacionalidad del cuerpo directivo, termina convirtiéndose en un oasis, un paraíso en medio de la atronadora furia de la Historia. Allí, nuestro trovador, contador y contable conoce a Sonia, futura firmante de la carta, de la que, como no podía ser menos dada su condición de poeta casi adolescente, se enamora al instante. La bella Sonia, por su parte, se enamora, como también cabía esperar, de otro: Olek, miembro destacado de los Magníficos (el círculo de amigos de la infancia de Jurek) y legendario delantero del Varsovia Fútbol Club. El desengaño, sin embargo, no da lugar a interminables elegías. En primer lugar, porque era del todo comprensible que una pierna tan fuerte y hábil como la de Olek, coronada por una cabeza no menos hábil y rubia sobre cuya nariz no necesitaban reposar unas gafas, todo ello conformando una silueta indudablemente del tipo “americano”, eclipsara su indiscutiblemente mayor talento rapsódico. Y, en segundo y principal lugar, porque, como poeta, Jurek amaba a Sonia como amaba todo lo que ponía en verso y rima: los árboles, el cielo, el río, Olek mismo y, en suma, toda “esa extraña pero a veces también hermosa, aunque a veces la llamemos simplemente un largo sueño, o sencillamente c’est la vie”. Es decir, que amaba por el puro placer (y la necesidad) de hacerlo, sin pretensiones de exclusividad ni tan siquiera de estricta reciprocidad. Y cuando se ama así, de verdad, al final también se es amado y no hay lugar para la tristeza o la lamentación.

Érase también una madre adivina (¡vaya novedad!), un loco que nos recuerda el camino de la lucidez, y otros muchos seres que siguen siendo humanos a pesar de las circunstancias y de su nacionalidad. Y otros que adivinamos que no, aunque para qué hablar de ellos: no aparecen porque no importan, en su caso sí puede que sea cierto que los hechos de la Historia digan todo lo necesario.

Muchos seres humanos pasan por Tworki. Muchos perecen y otros sobreviven (de momento). Pero esto no es, ni mucho menos, lo esencial. Lo esencial es la carta, “lo mejor que se ha hecho por nosotros, lo mejor que se ha pensado de esta vida, de este lado, y el mejor de los caminos que se nos han señalado”, así que “confirmad, acusad el recibo, firmad alguna vez el recibí, adjuntad todos vosotros, hoy llamados, vuestro propio post scriptum”.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Sin acento

Por José María Ruiz del Álamo

Vio las cosas como eran y fue un instante para darse al pensamiento, solo era menester ubicar en orden las palabras. Pues estas comunican nuestras reflexiones, mas si formulamos mal los vocablos viene a surgir el desencuentro. Y todo suma en el guion de nuestra vida…

Así se manifiesta la escritura hoy, donde lo que ayer estaba bien, hoy se dibuja mal. En estos días estoy leyendo la tercera edición de ¡Si tú supieras!..., de José María Carretero, copyright de 1942, Ediciones E.C.A. Una novela de la biblioteca del abuelo. En ese mágico armario empotrado se hallaba, y es leer “fué, sin duda, el fruto del ambiente de confusión”, “y se dió a él, como la que da una limosna” o “sólo le estaba impuesto guardar silencio” para decirme: “ya no llevan acento”. ¿El ayer estaba mal? ¿El ayer estaba confundido?

La Real Academia Española de la Lengua (RAE) es la garante del buen uso (hablado y escrito) del español, por ello es la institución encargada de dictar las reglas ortográficas, pero sus últimas decisiones han venido a levantar polvareda, ya que, en lugar de enriquecer el idioma, lo han devaluado en opinión de algunos. Han querido hacer una escritura fácil quitando los acentos, algo sumamente útil para no cometer faltas ortográficas. Sin embargo sí puede llevar al equívoco. Ya no hace falta pensar si nos encontramos ante un adverbio o un pronombre demostrativo. Ya da igual: se quita el acento y todo está bien.

Claro que muchos escritores se han rebelado y siguen incluyendo en sus escritos las tildes. Buen ejemplo de ello tenemos en esta página de Diarios de Resistencia, pues J. Teresa Padilla no acepta ni acata la norma. No le quites los acentos a sus “sólos”, que se enfada y nos riñe. Ella no quiere desaprender. Su hecho cognitivo es lo que acentúa su personalidad. Personalidad tal que viene a acentuarnos a estos colaboradores que firmamos en su blog.
Y en verdad algo de razón tiene: hay que acentuar. Desde aquí ponemos el acento en la memoria, desde aquí vengo a demandar el valor del recuerdo, ya que sin él no seríamos quienes somos. Sobre esta página (que intentamos que no sea una página en blanco) palpitan los acentos sobre la literatura, la cinematografía, los sentimientos y las reflexiones varias. Un acento para mostrarnos tal cual vemos (y nos vemos), pues nuestra mirada es la que nos lleva a determinar el interés por subrayar los acentos que vamos acumulando en nuestra vida.


Sin acento veo hoy el fútbol, con acento busco esa calle de tierra donde jugueteaba en mi niñez; sin acento contemplo los programas televisivos del corazón, con acento me sumerjo en la biblioteca heredada de mi abuelo; sin acento me muestro ante las grandes superficies de ropa, con acento valoro la amistad; sin acento pervivo en la telefonía móvil, con acento siento los besos de amor; sin acento vivo el día de la lotería de Navidad, con acento rememoro los cines de barrio de sesión continua; sin acento miro los automóviles sin distinguir una marca de otra, con acento redacto los artículos que firmo; sin acento, una taladradora; con acento, una máquina de escribir; sin acento, un puñal; con acento, un bolígrafo.

El acento que pongo en la biblioteca heredada de mi abuelo bien puede ser el mismo que  J. Teresa Padilla hace recaer en su cuidada selección literaria. Sin embargo, si mi acento repercute sobre Pedro Mata o Harry Stephen Keeler su tilde sobrevuela a Danilo Kis o Fedor Dostoievski. Y cuando nuestra puntuación coincide sobre Georges Simenon, ella se decanta por su literatura magna y uno irrumpe con Maigret…, mas libros, no, más libros, más novelas. Y ellos con su acento.

Mala regla es la que viene a prohibirnos acentuar: “solo quiero ir solo”, “solo solo quiero ir”, “ir solo, solo quiero”, “quiero ir solo, solo”…

La existencia es toda una serie de innumerables acentos, esos acentos que vienen a diferenciarnos. Escribirlos sobre las palabras justas será el libro de nuestra vida. Sólo faltaba que nos quitaran el derecho de acentuar: ésta es nuestra rebelión, nuestra resistencia diaria.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Volver a empezar

Foto: Teresa Padilla
"(Ojo conmigo) Desconfíen siempre de un autor de ‘pecios’. Aun sin quererlo, le es fácil estafar, porque los textos de una sola frase son los que más se prestan a ese fraude de la ‘profundidad’, fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con palabras de charol. Lo ‘profundo’ lo inventa la necesidad de refugiarse en algo indiscutible, y nada hay tan discutible como el dicho enigmático, que se autoexime de tener que dar razón de sí. La indiscutibilidad es como un carisma que sacraliza la palabra, canjeando por la magia de la literalidad toda posible capacidad significante”. (R. Sánchez Ferlosio, Campo de retamas).

Por J. Teresa Padilla

Volver a empezar, iniciar una nueva vida… Dicen que es posible. La red está llena de atractivas y estimulantes frases, por lo general ilustradas con imágenes tan supuestamente hermosas como ellas, que te lo recuerdan; como te recuerdan y te dicen muchas otras cosas, pero especialmente las que gusta en general que te recuerden y te digan. En algún momento habría que pensar qué dice de nosotros el indudable éxito de esta forma de pensamiento aforístico y amable, sobre todo amable, aunque no hace falta una profunda y detenida reflexión para concluir que estamos dispuestos a todo con tal de sentirnos mejor. A todo, especialmente a engañarnos a nosotros mismos (y, preferentemente, con el menor esfuerzo posible, o sea, vía sentencia breve). Eso de “la verdad, aunque duela” (lo que, por otra parte, suele ser el caso -¡menuda zorra está hecha!-) no va con nosotros. Y si encima nos exige pararnos a pensar… En el fondo, se trata de vivir o sobrevivir encantados de habernos conocido para poder, como algún jugador de fútbol ha hecho, cifrar la fidelidad a nosotros mismos en no tener que arrepentirnos de nada y proclamar a los cuatro vientos que haríamos todo exactamente igual una y mil veces. Y, si no, si tenemos la desgracia de no ser lo suficientemente tontos para creérnoslo, pues a empezar de nuevo, desde cero. Lo que no deja de ser una tontería igual, o mayor aún, que por lo menos la primera es mucho más cómoda.

Sí, una tontería. Porque volver a empezar es, se mire por donde se mire (aunque siempre y cuando se mire por algún lado), imposible. Desde cualquier punto de vista (biográfico, biológico, lógico, histórico, ético…). Exactamente tan imposible como cambiar o borrar nuestro pasado y, con él, nuestros errores y todo ese mal que hemos cometido de palabra u obra. Tan imposible como viajar en el tiempo (y no me habléis de su curvatura, de Einstein ni de física cuántica, porque no tengo ni idea de a qué se refieren, pero sí sé que eso de lo que hablan nada tiene que ver ni con mi tiempo ni con mi vida). Eso no quita que haya quien de verdad lo intente y aun crea que lo consigue. Que las personas somos capaces de ponernos en marcha con los fines más absurdos y de creernos las cosas más inverosímiles está demostrado de sobra (puedo dar fe en primera persona) y el hecho en sí demuestra, a su vez, que nuestra designación como animales racionales es, básicamente, un desideratum.
Las personas que un buen día deciden empezar una nueva vida son tan tontas o más que aquellas tan autocomplacientes que no cambiarían nada de la suya, pero mucho más valientes, dónde va parar. Y eso aunque en realidad no estén empezando nada, sino huyendo de sí mismos, de su vida anterior. Sí, esa extraña mezcla de valentía y cobardía de los suicidas. Y como el propio suicidio, muchas veces una tentación fascinante, en este caso la de convertirnos en otro o, cuando menos (porque visto así su absurdo resulta muy obvio), fingirlo con todas nuestras fuerzas con la esperanza de engañar a los demás y, quién sabe, hasta a nosotros mismos.

Vale, puede que no sea esto lo que se quiere decir generalmente con “volver a empezar”, que sólo se hable de un “cambio de rumbo”, más o menos radical, de la vida. Lo sé, soy muy literal, aunque nunca entenderé por qué cuando se pretende decir algo no se dice justamente ese algo en lugar de otra cosa (cansada estoy de decírselo a otro redactor de este blog al que dedico especialmente la cita que encabeza esta entrada). De todas maneras, la expresión tampoco es muy afortunada, que la vida tiene un rumbo o una dirección muy precisa que conduce directamente a su finalización y es imposible de cambiar. Al final, con esas sentencias aparentemente tan profundas, pero tan absurdas (véase: “siempre hay tiempo para volver a empezar”), se dice simplemente algo tan prosaico como que, si no te mueres antes (no siempre hay tiempo, no te dejes engañar), puedes intentar hacer algo diferente a lo que has hecho hasta ahora. Yo qué sé: mudar de profesión, emprender un nuevo negocio, cambiar radicalmente de aires, de religión, de peinado o de pareja. Esto sí que se puede (¡yuju!), en teoría al menos, que lo del cambio de profesión no he encontrado responsable de recursos humanos que lo crea (¡mierda!). Otra cosa es que sea realmente el cambio que buscas. O que eso que buscas sea un cambio y no otra cosa… ¡Menudo lío! Al final vamos a tener que envidiar al tonto autocomplaciente... No, eso sí que no.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Alfanhuí

Alfanhuí. Rafael Sánchez Ferlosio.

Destino: Barcelona, 2001, 250 pp. 18 euros; Austral: Barcelona, 2004, 208 pp. 6,95 euros. 

 



*Por J. Teresa Padilla y José María Ruiz del Álamo

Como en su dedicatoria se indica, ésta es una “historia castellana llena de mentiras verdaderas”, un sembrado de “locuras” que, como las del Quijote, encuentran en estas tierras “buen asiento”. Así no es de extrañar que empiecen a dibujarse las palabras con la tinta nutrida del polvillo obtenido a partir de un gallo de veleta. Una tinta resultado de la industria de un niño que experimenta con los materiales, liberados de su apariencia inerte, y, sobre todo, con los colores: todo un mundo de matices infinitos, perecederos y cambiantes. Como la vida. Un niño que escribe con un material y un alfabeto propios, que se resiste a ser expulsado del Paraíso, que se demora en la despedida (¿necesaria?) de la infancia. Un mal ejemplo, por ello, en la escuela, que obliga por norma a escribir “como los demás”. Suerte que los auténticos maestros, los que dan con el nombre que guarda "un eco cierto de aquel otro nombre que nadie puede decir" y dice quiénes somos, suelan encontrarse fuera. Alfanhuí, el sonido con el que los alcaravanes se llaman entre sí, será el nombre más verdadero de este niño de ojos amarillos, como ellos. El que tuviera antes no importa, como no importa si la novela es una alegoría autobiográfica sobre la propia infancia. No hay otra forma de narrar la niñez que contar la propia, pero lo más propio es siempre, aunque especialmente cuando se trata de la infancia, a la vez lo más común. Lo personal, lo más singular, es lo único verdaderamente universal.

Sánchez Ferlosio se desnuda en un ejercicio de temprana madurez literaria que, sin embargo, suena a despedida. Como si la magia de este relato, más verdadera que el más fiel realismo, constituyera un indebido refugio lírico en la España de los cincuenta. Eso sugiere Benet en el prólogo a la edición de Salvat, pero que la apuesta narrativa de Alfanhuí no tenga continuidad puede no tener nada que ver con esto. Ser fiel a uno mismo a veces exige la infidelidad a la propia obra, más cuando se es un niño industrioso y dado a los experimentos.

Alfanhuí mira “de corazón” y, por eso, ve lo que de otra forma sería invisible e incluso recuerda más allá de la memoria y del tiempo. Su mirada es libre, abierta, lúcida. Sólo la ira y la culpa le llegan a cegar; sólo el dolor por los que ama amenaza su vitalidad, ésa que contagia a todo lo que le rodea. Porque en su mundo todo está vivo, hasta la muerte, hasta el mal, ese odio que nace del miedo y la ignorancia y habita el fuego perverso de las inquisitoriales antorchas, tan castellanas también, que todo lo arrasan. Todo está vivo y habla, eso sí, mientras se lo mire realmente: “dejaba de mirar, y ya no oía”. Y así, mientras el fuego del mundo grita, ciega y mata, enmudeciendo al hombre, el del hogar alberga el eco de las voces, que sólo él logró hacer hablar, y mantiene vivas sus historias, defendiéndolas del azote del inclemente viento exterior.

Expulsado de continuo (por su singularidad, por el odio, por la culpa o la curiosidad), Alfanhuí recorre el mundo en busca de esos hogares que ya sabe siempre provisionales. Tal es el conocimiento que este camino, en cuyo transcurso no sólo cambian las estaciones y los paisajes, sino él mismo, condenado a crecer, cambiar de calzado y despedirse de una niñez a la que se aferra como a la vida, le depara. Cómo no iba a reconocerse en el gigante desterrado que sabe que el tesoro más valioso es el que no vale nada, el que no puede ser vendido ni comprar la propia vida, el que nos sobrevive.

Y así pasa en sus andanzas Alfanhuí de la rica soledad de la primera niñez, impenetrable para los adultos y sólo aliviada por una naturaleza animada hasta en lo inorgánico, al encuentro con su maestro, que amplía ese mundo absolutamente propio de la infancia y lo enriquece con lo humano. Y entonces la muerte irrumpe, y lo cambia todo, desengañándole de la esperanza de que el mundo adulto y el infantil no fueran absolutamente ajenos, de la ilusión de la continuidad. El camino conduce entonces a la ciudad, a un Madrid donde tanto lo que queda de natural como lo humano están degradados y enfermos. Si en su hogar y en la Guadalajara de su maestro convivían cocodrilos con gallos de veleta algo crueles, los árboles podían adquirir extravagantes y diversos colores y Alfanhuí calzaba alpargatas, en la ciudad sólo las cucarachas prosperan: el río de aguas negras no fecunda tierra alguna, el ciudadano de éxito es un Pinocho sin corazón (“no creí que don Zana tuviera sangre”) y la vida queda reducida a los patios interiores y los baños, en los que languidecen pálidas coles y cautivas cabras. Alfanhuí, por su parte, ha de encarcelar sus pies con calcetines blancos y zapatos de charol. Y de nuevo la muerte, sorprendentemente humana pese a todo, del ciudadano de madera marca el hiato y libera sus pies, que acabarán encontrando asilo en las botas del abuelo, hacia otras tierras y otras gentes, en una huida que busca el reencuentro con el pasado y la reparación. Una huida y un asilo a los que también otra muerte, en este caso nada sorprendentemente humana, la de un animal de labor, pone fin señalando la dirección inexorable de la vida y, a la vez, la posibilidad de recordar en ella ese nombre más propio de nuestra infancia: Alfanhuí.


 * Esta reseña es un experimento, porque también nosotros, como Alfanhuí, somos seres curiosos, y qué mejor elección que esta obra para comprobar el resultado de dos lecturas simultáneas y la mezcla de dos escrituras. Pero en este blog somos poco científicos y la elección de la obra y el propio experimento han sido producto del azar. En realidad se trata más bien de un ejercicio de nostalgia y de una celebración. Los dos autores de esta reseña descubrimos que poseíamos el mismo antiguo y barato ejemplar de esta novela. Nuestras bibliotecas (y preferencias literarias) son tan dispares que las coincidencias nos asombran y no pueden dejar de aparcérsenos como acontecimientos dignos de festejarse. Porque, últimamente (conforme vamos envejeciendo), cualquier cosa nos parece extraordinaria. Es raro. Para Alfanhuí lo más extraordinario y mágico es normal y para nosotros lo más normal, extraordinario y mágico: por un camino u otro nos encontramos. La vida debe ser realmente un círculo que tiende a cerrarse, porque al final vivimos en una realidad muy parecida a la de la infancia; una realidad que, en la parte media del viaje, se había perdido o casi olvidado. Bien vale la pena recordarla, y Alfanhuí nos lo ha recordado, vaya si lo ha hecho.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Scaramouche

Scaramouche. Rafael Sabatini.

El País: 2004, 405 pp.


Por José María Ruiz del Álamo

A duelo me la juego, y tiro de palabra para blandir la espada, pues me afrenta que me tachen de vago cuando haraganeo pensando junto al viento. Que si mi escritura no es dada a reseñas literarias hoy le hago una cinta para traer a colación la lectura que me ha acompañado estos días de verano. Una obra para lanzarse a la aventura buscando un halo de aquella niñez perdida.

Niñez que se encuentra en el primer párrafo de la obra de Rafael Sabatini: “Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco. Y ese era todo su patrimonio”. La ventana a la lectura se ha abierto de manera superlativa, un inicio que te llena de un plumazo para continuar los avatares, mas a la vez es un inicio a enmarcar, bien se puede comparar con las primeras palabras de Cien años de soledad, Moby Dick, La colmena y, por qué no, Don Quijote de la Mancha… Sí, la brillantez es tal que uno se siente embarcado en esa estela de libertad que conlleva la lectura y la imaginación, amén de teletransportar al adulto a su espíritu juvenil (“En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” San Mateo, XVIII, 3).

Mi encuentro con Scaramouche devino de la versión cinematográfica interpretada por Stewart Granger, y uno quedó fascinado por el ritmo y por el increíble duelo espadachín en el teatro (mejor envite no se ha llegado a rodar). Posteriormente, en la biblioteca de mi abuelo, vine a encontrar una obra de Sabatini titulada Scaramouche, creador de reyes (editorial Molino, colección Famosas Novelas), y a la lectura me di, pero vine a ver que poco (nada) concordaba con la película y por ello sentí desilusión; algo crío era en su lectura, claro que ahora, teniéndolo en mis manos, leo la primera línea (“se sospechaba de él que no tenía corazón”) y como que me entra el gusanillo de releerlo. Quizá caiga en la tentación (uno es mucho de caer en estas cosas), más cuando veo que es la continuación de este Scaramouche que venimos aquí a reseñar.

Prosiguieron nuevos visionados de la película y, finalmente, llegó el genuino libro a mis ojos. Una edición del año 2004 llevada a cabo por El País (colección Aventuras) y que vine a encontrar en una librería de segunda mano. Apenas un euro fue su coste y por ventura que he recibido favores más allá de esa moneda.

Porque su lectura fue apetitosa, no por ser devorada, sino por la dosis vitamínica de libertad que me aportó y el ejercicio de placer de leer en felicidad (¿se puede acuñar este término?). Ese ser feliz leyendo que no de tontos es, sino que irrumpe en una mirada inocente, aunque no exenta de crítica, ya que si su prosa es ligera y simple, buena razón es para buscar esa inocencia ligera y simple que hemos dejado por el camino. Mas a la par concuerda con el Victor Hugo de Los miserables al marcar/enmarcar a los personajes ante el hecho histórico.

La configuración del Tercer Estado como eje de la Revolución Francesa, así como las relaciones de la aristocracia (cohorte real) con el pueblo, la creación de la Asamblea Nacional, la aparición de personajes históricos (Danton), la huida de los reyes, el ataque de las Tullerías… Es en este periodo convulso de la historia donde transcurre nuestra lectura. Una clase de historia en pos de la justicia desde el alma de la amistad.

Y por pedir justicia ante el asesinato será declarado sedicioso nuestro protagonista, viéndose en el extremo de encarnar a Scaramouche en la comedia del arte junto a Colombina y Arlequín (el teatro de la legua). Pues a todos nos toca interpretar nuestro papel en esta escritura del mundo, y hay quienes llevan mejor la máscara, sin embargo la máscara bajo la que se esconde Scaramouche facilita la mordacidad y la intriga, pues viviendo en la irrealidad de la farsa bien se ve la farsa de la realidad. Porque nuestro héroe, cuyo nombre es André-Louis Moreau, se nos presenta como el hombre cínico que se mantiene al margen de los acontecimientos para acabar mostrando una vena egoísta donde sólo ve su profundo interés. Ni nuestro héroe es tan blanco ni tan negro, su ser va configurando transformación.

Novela de aventuras que se precie bien debe tener su antagonista, y el señor de La Tour d´Azyr es el contrapunto: un aristócrata no tan noble, pues pendenciero resulta, y se vale de su poder y de su arte con la espada para aniquilar aquello que puede desestabilizar su estatus. No concibe la igualdad del ser humano. Todo él es altivez. Aniquilador de la inocencia: ya de Philippe de Vilmorin, ya de Aline. Cercenando la voz del primero, un abate idealista que busca la reparación de la injusticia; queriendo contraer un matrimonio de conveniencia con la segunda.

Novela y película se desmarcan en su transcurrir y en su conclusión, pues mientras la película eclosiona hacia el sentido del humor y la espectacularidad del genial duelo; la novela viene a dormirse en una especie de culebrón conservador. Pese a ello, grandes son los momentos de narrativa que Sabatini plasma, véase el diálogo de la sinceridad de Philippe rebatido por la procaz lengua de André-Louis, la vertiente feminista de Aline en un momento dado, la creación de tensión en la huida del protagonista o la manifestación ambiental del clima revolucionario, así como ese viaje a ninguna parte de los cómicos.

¿”Scaramouche” tiene un sitio en la actualidad? “Es lamentable que me haya despojado definitivamente del ropaje de Scaramouche, puesto que no hay otro más adecuado para mí. Todo parece indicar que mi papel es provocar siempre la conflagración y luego escapar antes de que me alcance el fuego (…). No me consuela haber sido escogido para un papel tan despreciable que casi siempre consiste en el arte de escurrir el bulto”. Quizá sí, porque en la novela se dibuja una buena capa de grises, mientras que en la película es casi todo brillantez. Quizá sí, porque se nos muestra sutil y peligroso, a la par que consigue sus propósitos tortuosamente.

La lectura nos desafía al mundo de la contradicción. Nuestro héroe puede resultar no tan nítido.

Scaramouche es una lectura a la que te has de acercar en grado de felicidad; no menospreciemos la prosa de Sabatini.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Desde mi toalla

Por Marisa Díez

Si hay algo que me ha quedado claro durante mis días de asueto en la playa es lo que pueden cambiar el carácter de las personas unas simples jornadas de vacaciones. Acostumbrados al ajetreo y al malvivir de la ciudad, llegamos a nuestro destino estival dispuestos a dejar atrás los malos hábitos acumulados durante el año. De esta manera, es fácil observar cómo determinados comportamientos, impensables durante tu vida diaria en Madrid, se convierten en habituales cuando nos encontramos cerquita del litoral. Será por el influjo de las olas, o de las mareas,  o qué sé yo.

Por ejemplo, esa costumbre, tan incomprensible para mí por aquellos lares, de intentar conseguir el mejor sitio en primera línea de playa. Hordas de jubilados, parapetados tras sus enseres playeros, esperan pacientemente la orden de los policías locales para poder pisar la arena a primera hora de la mañana y conseguir el mejor sitio donde plantar su sombrilla. Hacen su cola educadamente y sin rechistar y son capaces de esperar con infinita paciencia sin que se les pueda escuchar la más mínima queja ni palabra malsonante. En una situación parecida me los imaginaba yo, mientras los observaba desde la ventana del apartamento, en una parada de autobús en Madrid si éste se retrasara, digamos, unos cinco minutos: la cantidad de improperios que serían capaces de soltar por sus bocas. Sin contar con la cantidad de adjetivos desagradables que regalarían al pobre conductor de turno que tuviera la mala fortuna de cruzarse en ese momento en su camino.

lunes, 31 de agosto de 2015

El viaje vertical

El viaje vertical. Enrique Vila-Matas.

Anagrama: Barcelona, 1999, 248 pp. 15 euros.


Por J. Teresa Padilla

Ésta es, como su título indica, una novela sobre un viaje; sobre él y sobre el relato de este viaje, o sea, sobre ella misma. Su narrador, que comienza interrumpiéndola ocasionalmente “como una serpiente surge de su piel” para advertirnos que, pese a su conocimiento íntimo de la historia, no debe ser considerado omnisciente (ya se sabe que sólo Dios o los razonables autores que creen en la existencia de una estricta frontera entre el mundo real y el de ficción lo son), termina confesando que no es sino un personaje más de la novela, otro ente tan ficticio (o real) como su protagonista. Desde luego, este movimiento reflexivo que introduce en la novela la propia escritura como tema es un motivo recurrente en la obra de Vila-Matas, pero no me parece que obedezca a una predilección u obsesión puramente personal (entiéndase, caprichosa y contingente). Por lo que voy conociéndole, que ya sé que no es todavía mucho, empiezo a sospechar que no tiene más remedio que hacerlo porque forma parte de su “visión del mundo”, que es, más concretamente, una “visión de la vida” y de la “vida del hombre”. Una visión que, como poco, podemos rastrear, pasando por Unamuno, hasta Calderón y el barroco y que desmiente al sensato autor antes mencionado y niega tajantemente la existencia de una diferencia esencial entre la realidad y la ficción (o el sueño). Y, claro, si la vida es sueño (si su realidad es ficcional), la frontera entre la vida y la literatura se borra. No sólo eso: puede que el movimiento de la narración y el de la vida sean esencialmente idénticos y la vida realmente vivida sea la que se relata a sí misma. Y que esto sea cierto aun en el caso de existencias tan ajenas a la literatura como la del protagonista de esta novela cuando, por fin, se deciden (o ven obligados) a vivirlas.

jueves, 27 de agosto de 2015

Mi "página en blanco"

Por J. Teresa Padilla

Hay rachas. Rachas en las que se te atomontonan temas para escribir, en las que se agolpan en tu cabeza frases e incluso párrafos enteros que te esfuerzas por no olvidar antes de tener ocasión de transcribirlos. Y rachas en las que te repugna hasta la idea de sentarte a escribir nada. En que el silencio aparece como la única opción. Y la mejor, la más honesta.

Recuerdo que Kertész decía que sólo debía comenzarse a escribir una novela cuando hubiéramos intentado con todas nuestras fuerzas resistirnos a la idea de escribirla. Pero yo no escribo novelas. Y aunque alguna vez, en plena euforia, me he preguntado si no debería intentarlo, la tentación no ha tenido nunca la fuerza necesaria para dar lugar a una sola línea. Doy por descontado que no sería capaz de mantener la concentración, el ritmo. Que nada bueno podría resultar de esta ocurrencia repentina. Se supone que debería suceder al revés, que, antes del planteamiento de la mera posibilidad de una novela, tendría que surgir la necesidad de contar algo, algo que, además, precisara esta forma literaria y no otra. Sí, reconozco que ha habido veces en que, después de echar un vistazo a algunas novelas de éxito, me he dicho que yo también podría hacer eso, y la tentación me ha asaltado. Lo que pasa es que eso que me creo, con razón o sin ella, capaz de emular me interesa tan poco que me quito inmediatamente esta peregrina idea de la cabeza. Entiendo que mi modesta contribución a la historia de la literatura reside en abstenerme de producir estos engendros.

Lienzo Blanco sobre blanco (de la obra de teatro Art)
Pero yo no escribo novelas, así que no tengo que seguir la sabia recomendación de Kertész. Escribo otras cosas y por necesidad. No la de contar algo, sino la de escribir, lo que sea, sin más. El silencio no me sienta bien, lo sé por experiencia. Así que, cuando llegan esas rachas en las que siento un asco casi físico ante el hecho de sentarme y teclear cualquier palabra, que me resulta en sí misma ya una gran mentira, me tengo que obligar a hacerlo. Dejar de rumiar agráfamente lo que en cada momento me ha sumido en ese estado, enredándolo y haciéndolo aún más poderoso y dañino, y escribir. Sobre esto o sobre lo que sea. No es tan fácil como parece. Cuesta. En realidad, hasta que no creé este blog, en otro momento de euforia inconsciente, por lo general lograba zafarme de esta obligación. Necesitaba hacerla de alguna manera pública para darle un auténtico peso imperativo.

lunes, 24 de agosto de 2015

Página en blanco

Por José María Ruiz del Álamo

El que describe escribe, ya sea con versal o versalita, mas mucho mejor es en caja baja, a no ser que la regla ortográfica demande la caja alta tras un punto. Así escribe el que describe, que llegado el caso corta con un punto y aparte.

Parágrafo nuevo para dibujar sobre el lienzo blanco la purpurina grácil de la tinta de este bolígrafo sujeto en las manos, siendo vehículo directo de los pensamientos, que lo mismo se aturullan en “ese apacible rincón de Madrid donde mis años de mozo pasé”, que vocalizan “con un clavel grana sangrando en la boca”, ya que así es la estrofa de esta prosa. Pensamiento vano que no llega a su comienzo.

Comienzo esta nueva línea con la esperanza de limpiar los recovecos que agitan la nebulosa cabeza, pues sin saber quiere saber cómo iniciar el texto dándole ya un contexto con esto y lo otro, y así llegar a un final determinado por un porqué.

Mas por qué decir página en blanco cuando escribes sobre un cuaderno tamaño Din A4 arrebatado de cuadritos (a líneas azules). ¿Recuerdas aquellos cuadernos Rubio donde repetías las letras? ¿Recuerdas esos cuadernos a dos rayas? Uno poseía la naturaleza del nacimiento, mientras el otro determinaba la normalidad de la altura.

Altura que hoy pasa a ser cuerpo en las artes gráficas, ¡pues toma cuerpo 36 para el número 36!, claro que llevarlo a cabo distorsiona la interlínea, mas línea a línea se escribe el texto sobre la página en blanco del ordenador. ¿Página en blanco en un ordenador? Plasma brillante a lo sumo. No, que no, que el escribir es sobre papel y después ya le daré a las teclas (¡vaya, una viuda!).

Te creas una historia que viene a denominarse relato, y al rato escribes para conformarla con forma y alma.

Así a la página en blanco la miras y remiras, y en viendo su frágil mesura la acaricias con las letras que devienen en palabras conjugándose en frases, mas su arrobo es tal que pone buena cara cuando dibujo un tachón sobre su faz. Ella es dulce, cuando no amarga; es primavera, cuando no otoño; lluvia, cuando no sol, ya que es y no es porque subyace en volatilidad.

Dad a lo escrito un repaso para peinar estos cabellos sueltos que afean su rostro marfileño (que blanco-blanco no es el papel), pues toda tu “fermosura” ha de arrullar al lector.

Tórrido camino del papel al ordenador para volver al papel tatuado en tóner, y así llegar a hipnotizar las pupilas de esos ojos verdes (o azules, o negros, o…) que están respirando la vida de este relato de principio a fin.

martes, 18 de agosto de 2015

El cuarto de atrás

El cuarto de atrás. Carmen Martín Gaite.

Destino: Barcelona, 2002 (1978), 182 pp.


Por J. Teresa Padilla

Hay quien cree en la existencia de “libros para el verano”. Éstos deberían ser algo así como los equivalentes a las también llamadas “canciones del verano”: facilones, pegadizos y un poco de usar y tirar. Para no volver a recordar nunca o sólo, con mucha suerte, hasta el verano siguiente, o el otro, y únicamente porque han quedado asociados a aquellos días, que tanto nos complace rememorar, en que nos alejamos de la rutina en un lugar extraño al habitual.

Se supone que el verano es un momento para vivir y no para enfrentarse a retos literarios. Ni musicales, ni cinematográficos (también hay “pelis de verano”). Esta suposición es bastante falaz, pues entiende la vida y su disfrute como algo necesariamente superficial que exige evitar cualquier esfuerzo, reflexión o sentimiento que nos distraiga de un goce puramente inmediato y sensual: el del calor del sol sobre nuestra piel, el olor del mar o el sonido de las olas. En verano nuestro cuerpo tiene derecho a unas vacaciones, parece pensarse. Unas vacaciones de nosotros mismos. Para que luego se dude del poder de las ideas, pues en el origen de esta obligación estival de “quedarnos en blanco” y atontarnos deliberadamente no se encuentra otra cosa que el célebre dualismo antropológico de cuerpo y alma. Éste es el polvo del que vienen esos lodos.

Reconozco el engaño, pero también lo difícil que es sustraerse a él. Yo también he sucumbido muchas veces a la tentación de la evasión, pues es esto, y no la vida y su disfrute, lo que de verdad se nos oferta en estas fechas. Evadirse, fugarse, desentenderse. Huir. ¿A dónde? A ninguna parte, no importa. ¿De qué? De todo: de la realidad cotidiana, de sus problemas, de las prisas y obligaciones, pero también de nosotros mismos, de nuestra vida… y de la literatura.

“La literatura es un desafio (…) no un refugio”, dice el misterioso personaje masculino creado por Carmen Martín Gaite en esta obra (no me atrevo a llamarla novela) para que la ayude a aclararse a sí misma, y de paso a nosotros, su peculiar forma de padecer eso que Vila-Matas llamó “el mal de Montano”. Una forma nada peculiar, de hecho, pues reconocemos los síntomas y las motivaciones del mismo. De esto trata esta novela que es, más bien, una reflexión autobiográfica: de lo que nos lleva, por el camino correcto o por peligrosos desvíos, a la literatura y de los temores que nos pueden tentar a alejarnos de ella.

“Posiblemente mis trabajos posteriores de investigación histórica los considere una traición todavía más grave a la ambigüedad; yo misma, al emprenderlos, notaba que me estaba desviando, desertaba de los sueños para pactar con la historia, me esforzaba en ordenar las coas, en entenderlas una por una, por miedo a naufragar”, nos dice haciendo referencia, sobre todo, a su trabajo, por otra parte excelente, sobre los usos amorosos de la posguerra.

Huir o encontrarse, también así se podría entender el dilema que se plantea. Buscar refugio (en la investigación histórica, en sus datos, en la realidad más compartida y menos íntima) o enfrentarse a la soledad y la extrañeza a las que la literatura nos condena (“Pensé angustiosamente que no era yo. Lo mismo que aquel sitio no era aquel sitio. Y tuve una premonición: ‘Esto es la literatura. Me está habitando la literatura’”). A las que nos condena y de las que, a la vez, nos consuela, porque sólo en ellas podemos encontrar todo lo que hemos ido perdiendo y, especialmente, lo más importante entre lo perdido: a nosotros mismos. La literatura nos devuelve al “cuarto de atrás”, nuestro lugar en el mundo: esa “especie de recinto secreto lleno de trastos borrosos, separado de las antesalas más limpias y ordenadas” donde únicamente llegamos a vivir en primera persona.

A medio camino entre el Augusto Pérez de Niebla y el Tongoy de El mal de Montano, el misterioso Alejandro que visita de noche a Carmen Martín Gaite supuestamente para entrevistarla es un personaje que se enfrenta a la autora y la obliga a ponerse en cuestión. Un alter ego (la conoce demasiado bien), como Tongoy, o un personaje de ficción (su nombre coincide con el de un personaje de una fantasía infantil que ideó con su mejor amiga), como Augusto; en cualquier caso, tipos nada respetuosos, sino bastante críticos y respondones.

Su impertinente visita nos permite conocer nosotros también a Carmen, reconocerla en sus personajes (si estamos familiarizados con su obra), comprender por qué escribe y por qué a veces huye de la escritura, y de otras cosas, aunque sea escribiendo también. La conocemos mientras ella se busca a sí misma en el sentido de lo que hace yendo y viniendo del presente, algo onírico, al pasado, casi más real. Al final puede que el dolor sea la clave de todo. Atreverse a vivirlo o huir de él, ignorarlo, esconderlo bajo las alfombras.

“En los himnos de corte falangista (…), el dolor era una cucaracha despreciable y ridícula, bastaba con tener limpios todos los rincones de la casa para que huyera avergonzada de su banal existencia, no había que dignarse mirar los bultos inquietantes ni las sombras de la noche”.

Mirar esos bultos, enfrentarse a las sombras. Rechazar la negación socialmente impuesta. Vencer el miedo a la cucaracha que habita en nuestra propia cocina. Esto es la literatura, su razón de ser.

Fuente foto: Cúmulos y limbos
Hacía mucho tiempo que no leía a Carmen Martín Gaite, una escritora con la que siempre me he entendido tan bien que soy incapaz de tomar respecto a ella la distancia necesaria para valorar, más o menos objetivamente, su calidad literaria, para ubicarla en el lugar que le correspondería dentro de la narrativa castellana contemporánea. Otros lo harán, supongo. A mí no me hace falta. A pesar de que pertenece a la generación de mis padres y no a la mía, de que muchas de sus historias se desarrollan en su ciudad de provincias natal y yo no he vivido en otra que la capital, siento también como mía esa sensación de opresión y aislamiento social de sus personajes. Casi todos mujeres (que son las que más intesamente estaban condenadas a sentirla), aunque resulta imperdonable aquí no recordar al protagonista masculino de la maravillosa Ritmo lento. La literatura de Martín Gaite es aparentemente sencilla, clara, modesta. Pero no os dejéis engañar: está llena de descubrimientos, pequeños y esenciales; de imágenes deslumbrantes en su cotidianidad; de verdad y de humanidad. Es una literatura que no miente y que nos sonríe, como recuerdo hacía ella a los lectores en la Feria del Libro, como preguntándonos: ¿tú también lo sientes así?

En realidad, estos son los auténticos libros para el verano, para mis veranos. Libros, no para evadirse de nada, sino para reencontrarse con amistades antiguas y hace tiempo desatendidas, aunque no olvidadas del todo; para solventar pérdidas y descuidos.

jueves, 13 de agosto de 2015

Un perro que habla

Para Miguel, al que no terminó de gustar este cuento. Para que un día aprenda (o mejor, se atreva) a reconocer la belleza de las pérdidas.


Por Danilo Kiš

“Un perro como yo no tiene ninguna historia emocionante que contar. He tenido una juventud bastante feliz (sin contar, por supuesto, con la separación de mi familia) a pesar de haber vivido en tiempos de guerra. Tal vez precisamente por ello. Se lo explicaré. La guerra se lleva a las personas, les niega la ternura, la guerra les mete el miedo en el cuerpo, les hace desconfiados. En estas condiciones, un perro, un perro fiel como yo, significa mucho. Si no se es un niño y no se es extremadamente sensible, a un perro se le puede querer sin desesperación, sin miedo de volverse loco, de morir de dolor si la guerra se lo lleva; se le puede querer sin hacerse uno ninguna concesión, se le pueden confiar cosas libremente, sin miedo a que desvele nuestros secretos y nuestros deseos escondidos. En tiempos de guerra, un perro sufre sólo hasta que le salen los colmillos. (Por eso perecieron mis hermanas, Dios se apiade de sus almas). Pero para un perro adulto, fuerte, una guerra es un chollo. (…)

lunes, 10 de agosto de 2015

La cuestión es hablar

Vincent van Gogh. Girasoles

Por J.  Teresa Padilla

Hay un artículo titulado “Flor de hablar” en el que Unamuno defiende eso que se llama “hablar por hablar” y asegura que sus mejores escritos son aquellos que empezó sin tener una idea exacta de lo que quería decir en ellos. Porque de la misma forma que hay escritores a la búsqueda de ideas -decía-, también hay ideas (“flotando en el ambiente”) en busca de escritores que las expresen. Claro que, para que estas ideas dejen de flotar por ahí y se posen en uno, no basta con sentarse a esperarlas.

“Si hay escritores que escriben sin pensar, otros que escriben porque han pensado y otros que piensan para escribir, los hay también, y creo contarme entre ellos, que piensan escribiendo”, contaba Unamuno en una carta a Ortega y Gasset.

No sé qué tipo de escritora soy yo (suponiendo que el mero hecho de escribir me autorice a considerarme tal). Reconozco que a veces me permito escribir sin pensar, aunque en mi defensa he de alegar que no es un hábito, sino más bien el resultado de alguna frustración. Escribo sin pensar por las mismas razones por las que también a veces hablo sin pensar. El resultado en ambos casos suele ser el mismo: un desastre del que termino arrepintiéndome. En cambio no recuerdo haber nunca escrito algo pensado previamente de forma precisa y acabada. O, mejor dicho: sí he creído que iba a dar expresión a una idea previa, clara y distinta y, al escribirla, he descubierto que para nada era clara ni distinta. Luego, al final, he terminado repensándola al transcribirla, confirmando aquello, tan unamuniano también, de que la escritura es un monodiálogo. Un diálogo consigo mismo que, como el socrático, te va librando de ideas falsas (por lo menos si es un auténtico diálogo, o sea, si uno no se limita a echarse discursos, sino que de verdad se habla y hasta se interrumpe para discutirse algo; eso sí, por escrito).


Y es que a menudo resulta difícil expresar lo que se piensa. Unas veces porque nos falta destreza lingüística, porque no encontramos las palabras ni la construcción correcta de la frase. Este es el caso menos grave, pues se puede resolver con esfuerzo y paciencia. En realidad, en esto reside la “gracia” de escribir, en dar con la expresión adecuada en cada momento y no conformarse con la primera, normalmente vaga y confusa, que nos viene a la cabeza.

En otras ocasiones, la dificultad proviene de la naturaleza poco inteligible en sí misma de lo que se pretende expresar, que no es en realidad un pensamiento, una idea, sino una sensación, un afecto, un modo de sentirse. El lenguaje, como realidad dada y puesta ahí a nuestra disposición, es un instrumento concebido para comunicar información objetiva. Cualquier otro uso exige convertirlo en un instrumento de creación. De ahí que la expresión escrita de según qué cosas no pueda ser otra que literaria. Superar esta dificultad exige mucho más que destreza o instinto lingüístico. Presupone, por un lado, la profundidad de lo que se quiere expresar (lo que se llama “sensibilidad”) y también ese enigma que denominamos “talento” y que, a lo mejor, no es nada esencialmente diferente a la “sensibilidad”.

Pero también sucede en muchas más ocasiones de las que imaginamos que la dificultad estriba en que no se ha pensado lo suficiente y la idea misma resultante de ese pensamiento defectuoso o incompleto es confusa. Hay ideas que, sencillamente, no resisten el paso a la escritura; que, cuando lo hacen, no pueden evitar dejar al descubierto su estupidez o absurdidad. Esto, desde luego, me pasa muchas, muchas veces.

Gracias a Dios, debería añadir. Porque igual que una golondrina no hace un verano, una o incluso muchas tonterías no hacen un tonto. Tonto no es, como decía Forrest Gump, quien dice (o escribe) tonterías (aviados iríamos), sino el que, una vez las ha dicho, no las reconoce y se queda tan fresco. Y pase que esto ocurra con las volátiles tonterías dichas, que el viento se lleva sin darnos tiempo a escuchárnoslas, pero con las escritas… Las tonterías escritas están ante nuestros ojos, dotadas de la misma realidad que un muro. Y las que uno ha escrito son, en realidad, un muro, un muro que debería impedirnos proseguir nuestro camino y obligarnos a asumir nuestra responsabilidad: su inmediata destrucción.

Hay que escribir, porque escribir nos ayuda y nos obliga a pensar. Pone a prueba nuestras ideas, nos descubre otras que de otra forma quizá nunca se nos hubieran ocurrido y nos empuja a desarrollar esa capacidad que nos hace hombres, la de hablar (o escribir, que en el fondo no es sino hablar por escrito). Pero hay también que saber borrar y arrojar a la basura mucho de lo que escribimos. Tan moral como el de no incrementar el mal en el mundo es el deber de no aumentar la estupidez reinante en él. Ya la filosofía clásica nos advertía que el mal moral tenía mucho que ver con la ignorancia.

Y no es más tonto quien más escritos se ve obligado a descartar. El auténtico tonto es el narcisista, el que coge tanto cariño a sus escritos (por ser obra suya) que no es capaz de renunciar a ellos. De este tipo hay muchos escritores, noveles, sí, pero también más o menos consagrados. Es muy posible que a todos ellos les viniera bien como ejercicio lo de “escribir por escribir”, lo de pensar escribiendo. Sin idea previa, sin nada que les resulte tan querido con anterioridad que luego no puedan desprenderse de él.

Foto: Susanne Nilsson
Así he escrito yo hoy. A saber si alguna idea “flotante” se ha posado aquí. A saber si no es una tontería que mereciera ser arrojada a la basura. Aunque, en realidad, cuando se "escribe por escribir" no se pretende decir nada, se termine o no haciéndolo, y, por eso, poco importa si el eventual mensaje tiene algún valor o es una majadería. La verdadera finalidad de este escribir aparentemente sin objeto es la misma que busca el que lanza un mensaje en una botella al mar: sentir la posibilidad de no estar del todo solo y de llegar a irrumpir en la soledad de otro y aliviarla. Pues lo que se diga en él da, en el fondo, igual. Lo que importa es la esperanza del que lo arroja y la sorpresa del que lo recibe, el milagro de la comunicación.

Un mensaje en una botella o una flor, el símil que prefiere Unamuno en su artículo. En cualquier caso, sólo un regalo, gratuito y sin utilidad, porque lo que se dice, sobre todo entre amigos, como estamos aquí, “es lo que tiene menos importancia; la cuestión es hablar”.

jueves, 6 de agosto de 2015

Normandía

Foto: Robert F. Sargent (6.6.1944)

Por José María Ruiz del Álamo

Dos horas para tomar el tren camino de Normandía, y tu cuerpo respira en mi pecho. Una hora para decirte adiós. Treinta minutos para vestirme. Una vida para amarte.

A este Hitler (que no merece adjetivación) cualquiera le lleva la contraria, más siendo tú la hija de su primo. No cabe desertar, el petate está hecho. Claro que, si tú supieras lo que va a ocurrir en aquella playa, le morderías las narices a ese Adolf.

Me faltan epítetos para agradecerte esta dicha que me ofreces, me faltan manos para abrazarte toda, me falta amor para amarte…, me falta meter una camisa en el petate.

No hay calificativo para describir tus labios, no digamos ya tus ojos, o tu nariz, o tu barbilla, o tu… No digamos.

Secundario y circunstancial resultaría describir la habitación y la secuencia temporal cuando no hay más mundo que Tú. Que “para vivir no quiero islas, palacios, torres”, sí, ¡que no hay nada más que vivir en los pronombres!
La hora ya está aquí, he de vestirme. Tú sigue tumbada, que ya me hago yo un revuelto de coliflor con morcilla. Allá en Normandía el rancho es de lata; allá en Normandía cualquiera sabe qué contienen esas latas.

Huevos para el revuelto, sal para condimentar y aceite, por supuesto. Cinco minutos y medio para comerlo y un beso tuyo para hacer la digestión. Voy a meter la camisa en el petate, no se me vaya a olvidar.

No queda más que la despedida. El petate al hombro, tus brazos a mi cuello, tu llanto, ¡oh, tu llanto!, a mis labios.

--No te vayas todavía, no te vayas por favor –me dices soltando una tos.

--Queda con Dios, Facunda. Parto; mi sino es Normandía.


Berlín (1945)

--Parto; mi sino es Normandía.

Robustiano dejó a Facunda sin adjetivos y sin coliflor. Así que no cabía esperar la llegada del alba, ya que, si él partía, los epítetos demudarían su ser.

Era su pronombre, y por su hombre rompería todas las cadenas con el arrebato de la pasión. El tiempo no se paraba; no cabía llamar a su padre para detener el sino (desatino) de Robustiano. Y sobre nada se puso un sobretodo para bajar las escaleras de tres en tres con unas alpargatas.

Corrió y corrió por las calles. Berlín era una ruina tras los bombardeos, un jardín con ramos de piedras. Una de estas rosas cogió su mano tras divisar en el horizonte a su Robus. A su Robus y un atajo para sorprenderle con la rosa en la cabeza.

Inconsciente devino mientras brotaba la sangre. Le arrastró por los pies hasta el soportal que conducía al refugio. Esperó su despertar.

--Estas cosas solo las haces tú –dijo al abrir los ojos.

--Sí, soy yo. Tu pronombre.

--“No quiero islas, palacios…”, quiero vivir en ti, pero tengo que partir a Normandía.

--Ya es tarde, el tren marchó.

--¡Soy un desertor!

--No, eres mi amor.

--¿Qué dirá tu padre? ¿Qué dirá el primo de tu padre?

--Lo que digan los demás está de más. Lo que importa es el camino –lloraba-. Un camino para amar y no para morir. Hoy quiero amar, mañana quiero amar y pasado solo cabe amar.

--Ese será nuestro paseo, un paseo por el amor.

--Robus, por favor, dime un adjetivo.

--No puede ser.

--Sí, ahora ya sí, porque estamos dialogando.

--Primavera de mis entretelas eres dulce con tu cálida mirada y tus mágicas manos.

--Son tres adjetivos –rió.

--Es lo menos que te mereces.

Un beso descarnado y florido alumbró la gélida mañana berlinesa.

lunes, 3 de agosto de 2015

Nos gusta la rubia

Por J. Teresa Padilla

Las relaciones humanas son complicadas. Eso se dice, por lo menos. Lo decimos todos en general y nadie en particular. Es lo que les pasa a los tópicos. Sin embargo, yo no lo tengo tan claro.

Antes de seguir creo que debo hacer constar, por aquello de que no os hagáis una idea extravagente de mi persona, que no dedico las jornadas estivales a cuestionarme la verdad o la falsedad de este tipo de tópicos. No, no me levanté un día plantéandome cómo son o dejan de ser las relaciones humanas. Más bien me levanté un día pensando qué podía escribir para homenajear a una amiga que cumplía años y con la que mantengo una relación humana muy concreta. Pensaba en esta relación y empecé a escribir justo la frase que da inicio a esta entrada. Sí, la del tópico. Pero, como me suele suceder, fue verla negro sobre blanco asociada a esta relación tan personal y concreta en la que estaba pensando y percibir que, dicho así, en general, esta afirmación era falsa.

Mi relación con Marisa, una relación inequívocamente humana (sobre todo por su parte, ésa es la verdad), no tiene nada de complicada. Entonces, ¿por qué empecé escribiendo el mencionado tópico? Eso mismo me pregunté yo. Mi conclusión: no es que las relaciones humanas sean complicadas. Lo que es complicado es hablar de ellas, describirlas, explicarlas…, de lo puro sencillas que son. Y es que cada vez estoy más convencida de que lo más enigmático de este mundo es justo lo más sencillo, porque lo sencillo, lo simple, es casi siempre algo gratuito, sin causas, sin finalidades. Algo que sucede porque sí. Y, por eso, en cuanto te paras a pensar en ello, te desconcierta.

Es cierto que hay relaciones realmente complicadas. Cada uno sabrá cuáles son las suyas, que no quiero entrar en detalles. Pero sean las que sean, son más fáciles de describir. Justo porque las mantenemos por algún motivo. Salvo excepciones sadomasoquistas, no nos complicamos la vida por gusto. Y expuestas estas razones, queda explicada, por lo menos en parte, la relación.

Pero, si dejamos de lado las relaciones familiares o laborales, que nacen de una necesidad biológica o económica, respectivamente, todas las relaciones humanas, terminen o no complicándose, empiezan igual. De forma muy sencilla…, e inexplicable. Tan inexplicable que no nos sirve ni siquiera hablar de azar, pues el azar nos ha puesto y pone igualmente en contacto con multitud de otras personas con las que no se llega a establecer nunca ninguna relación propiamente dicha.

El azar no explica nada (es más bien un recurso que nos exime de buscar otras razones), pero, además, no hace justicia a la verdad. Porque la verdad es que cuando se establece una relación de amistad en la edad adulta, suele ser gracias a uno de los implicados. Los niños se hacen amigos en cuanto se encuentran, sin más. Por el mero placer de poder así jugar juntos. Que esa amistad se consolide o no ya depende de factores que están fuera de su control. En el caso de los adultos, sin embargo, no suele pasar: somos desconfiados, tendemos a encerrarnos en nosotros mismos como una tortuga en su caparazón. Necesitamos motivos para asomar la cabeza, para asumir el riesgo a la decepción o el dolor que sabemos pueden traer consigo este tipo de relaciones. Renunciamos al placer inmediato por el miedo a un sufrimiento que anticipamos como una mera posibilidad. O puede que quizás no seamos capaces siquiera de reconocer y vivir ese gozo tan simple y gratificante que reside en el mero hecho de estar acompañados en un momento concreto, de sonreír o hacer sonreír.

Marisa y yo no somos amigas por azar. El azar habrá jugado su papel, pero la responsable última de la existencia de esta relación de amistad es ella. Somos amigas, en realidad, porque nos parecemos como un huevo a una castaña, o sea, en una forma más o menos esférica muy remotamente similar (o, en nuestro caso: en que somos mujeres de la misma edad). Somos amigas porque Marisa es, y espero que lo sea siempre, una niña. Para mí, la amistad es un milagro. Para ella, como para cualquier niña, lo que resulta un enigma indescifrable es que no surja la amistad de forma natural entre dos personas cuando no hay un motivo preciso y claro que lo impida. O que haya quien se permita el lujo de dejarla pasar de largo. Y, claro, como no puedes sino darle la razón, no te deja otra opción que la de ponerte a jugar con ella en lugar de columpiarte aburrida y sola en el parque.

Ella no ha olvidado que la amistad es siempre esa relación tan natural y fácil que se establece entre los niños y, como es la que practica, te obliga a ti también a recordarla, dejándote sin defensas y sin excusas. Cuidadito con confundir esta naturalidad o ingenuidad con alguna forma de simpleza. Al contrario, como no pierde el tiempo especulando sobre el futuro y las siempre posibles decepciones que puede depararnos, puede ver el presente y todo lo que en él pasa mejor que los demás. Observa, a veces pregunta, otras calla, pero nunca interroga (no le hace falta) ni juzga (para qué). Da lo que le sale y coge lo que se le ofrece. Sin más.

Para mi desgracia, Marisa y yo nos parecemos bien poco. Aunque compartimos alguna cosa, nada irrelevante: no somos tontas y nos gusta la cerveza, la rubia. Basta y hasta sobra, así me lo ha demostrado, para cimentar una sólida amistad.

Feliz cumpleaños, colega.


jueves, 30 de julio de 2015

La originalidad de la niñez (1923)

Un broche de oro para estas últimas entradas sobre la infancia.

Joan Miró. Autorretrato 1937                                                      Joan Miró. Autorretrato 1937-1960

Por Miguel de Unamuno.

"Se oye con frecuencia decir cuán difícil es que un gran escritor sepa presentarnos niños y cuán difícil el que un pintor sepa retratarlos bien. “No hay nada más dificultoso –me decía un gran pintor retratista- que retratar a un niño dándole individualidad… ¡Claro!, como no la tiene…”. Y le repliqué: “El que no la tiene es el que no sabe retratarle”.

Dificilísimo, en efecto, representar niños, salvajes y… tontos. Mucho más fácil para un hombre representar una mujer. Y es que el hombre lleva a la mujer dentro y el adulto suele haber perdido al niño que fue –si es que lo fue-, el civilizado no logra descubrir su propio salvaje y para un hombre inteligente nada hay más difícil que hacer el tonto. Un tonto hace mejor el listo que no un listo el tonto. Se simula mejor el talento que no la tontería. Y es que el ser tonto no es tan fácil como se figuran los listos. (…)

lunes, 27 de julio de 2015

El gran cuaderno II

El gran cuaderno. Agota Kristof.

Seix Barral: Barcelona, 1986, 192 pp.


"En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (San Mateo, XVIII, 3).

Por J. Teresa Padilla

El gran cuaderno es una Bildungsroman, una novela de formación en la que asistimos a ese proceso que va forjando en el niño la que será su identidad adulta. Enraíza en esta tradición y, más específicamente, en un subgénero de la misma: la picaresca.

Es tiempo de guerra, y una madre, como tantas otras, busca refugio para sus hijos gemelos lejos de la Gran Ciudad. Vuelve así a su Pequeña Ciudad natal. Allí vive aún su propia madre, ahora abuela, a la que, no sabemos si por desesperación o pura inercia, confía los niños, por más que sea evidente que la confianza no puede ser en este caso ni razonable ni sincera.

Una novela de formación, un relato picaresco y, ahora, también, un cuento infantil clásico, es decir, macabro y cruel. Infantil en un doble sentido: los niños son sus protagonistas y sus autores.

La obra, narrada por una sola voz que se refiere a sí misma en plural, la de estos gemelos indiscernibles, es el resultado de los “ejercicios de composición” que se imponen estos hermanos, pues ellos y sólo ellos asumen la responsabilidad de su propia educación. No sólo porque nadie más, dada su situación de total abandono ("Bruja" es el sobrenombre con el que la abuela es conocida en la Pequeña Ciudad), vaya a hacerlo, sino porque en seguida se percatan de que nadie puede ofrecerles la que ellos necesitan o desean para sí mismos. Y es que, con esa claridad con la que sólo los niños perciben la realidad que los rodea y la a menudo extraña lógica que la rige, han decidido seguir el camino de una plena adaptación. Una adaptación activa y triunfante, habría que añadir, no la habitual, puramente pasiva, en que sólo hay que dejarse llevar, someterse y olvidar. Estos gemelos "no olvidan nunca nada". Su decisión supone, es cierto, una negación explícita del niño que van a dejar de ser en breve, pero no porque renuncien a su memoria, sino porque deliberadamente se esfuerzan por destruirlo. Tal es el sentido de esta educación autoimpartida. Tal puede que sea, en el fondo, el sentido oculto de toda educación al uso.

Si, como parece convicción firme y típicamente literaria, el germen de la verdadera identidad personal está en ese niño, el camino adoptado por estos hermanos es precisamente el de su liquidación expresa. Quizá debería vencer mi reticencia, renunciar a mis temores y comprobarlo en las dos novelas restantes de la trilogía, que, por lo que he leído sobre ellas, parecen ir en esta dirección. En cualquier caso, ya en esta primera parte tenemos a dos gemelos que no tienen necesidad de ponerse de acuerdo, de hablar entre ellos... Que no son realmente dos, sino sólo uno, por más que esa sola y única voz que redacta las composiciones que se incluyen en El gran cuaderno no renuncie al plural. No renuncia a este plural meramente numérico, pero sí a cualquier recurso que pudiera delatar a quien se esconde tras ella. Es un voz completa y premeditadamente objetiva y apersonal, pues tal es el propósito que persiguen los “ejercicios de composición”:

“La composición debe ser verdad. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. (…) Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es preferible evitar su empleo y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo; es decir, a la descripción fiel de los hechos”.

Su “programa de estudios” se completa con las asignaturas habituales en cualquier escuela y con otras cuyo propósito no es ya la adquisición de conocimientos, sino de destrezas vitales imprescindibles. Y, entre ellas, la más importante: la insensibilización al dolor, físico y espiritual. Al dolor que les puedan causar los demás y al que procede de sus propios actos ("ejercicios de crueldad"). Se trata de llegar, a fuerza de exponerse reiterada y voluntariamente a él, a ese umbral, típico del torturado, en el que ya no es él mismo, sino "algún otro el que sufre". Se trata, en el fondo, de conseguir enajenarse.

La liberación del dolor y del miedo al dolor les obliga a esta sutil forma de suicidio que es "hacerse otro", pero a cambio les exime del imperio que sobre ellos pudiera detentar la realidad. Al fin y al cabo, lo único que va a permitirles conservar algún rastro de identidad en este proceso de negación de sí mismos y de adaptación a los “hechos”, lo único que les salva de la disolución anómima en ellos, es esta trabajosamente perseguida “voluntad de control”, de autonomía.

Esta novela, que relata un camino ajeno a cualquier atisbo de esperanza o de consuelo (quizá porque resultaría "vago" referirse a ellos o porque no resultan coherentes con el tipo de "formación" elegido), no está, sin embargo -al menos para nosotros, que lo seguimos desde fuera-, desprovista de enseñanzas extraordinariamente importantes, aunque sea justo por lo que se obliga a silenciar. Al fin y al cabo puede que sólo sea un cuento. Un cuento inacabado, brutal (como originalmente lo eran todos), pero ejemplarizante. Un cuento que nos enseña, por si no lo habíamos aprendido ya, que el sufrimiento no se opone a la felicidad (o, invirtiendo los términos, que la felicidad no es la ausencia de sufrimiento): los gemelos logran sobreponerse al dolor y resulta imposible ignorar que lo mismo que los pone a salvo de él les cierra cualquier otra alternativa afectiva. También resulta evidente la existencia de todo lo que se obligan, por razones de estilo (de "composición" y de vida), a no nombrar. Porque hay hechos y, sobre todo, actos que resultan ininteligibles por sí mismos tal y como se nos relatan, con esa fidelidad estricta a lo objetivo, lo constatable, lo designable sin ambigüedad. Y es que, a pesar de todos sus ejercicios, a pesar de toda esa voluntad expresa de imponerse a una realidad perversa con sus propias armas (y, por tanto, ignorando su perversión), estos niños demuestran un sentido irreductible de la justicia, la compasión y la verdad.  Ni olvidan, ni mienten (aunque tampoco se sientan obligados a decir toda la verdad, ni en la vida ni el el relato de la misma). Nunca obedecen (asumen la plena responsabilidad de todos sus actos). A menudo son crueles, en su propio beneficio y también (lo que no deja de resultar enigmático) en el de otros, pero hay formas de crueldad que no pueden tolerar ni dejar sin castigo. Estos son los hechos. Unos hechos a los que ningún otro hecho, ni tampoco el relato de los mismos, puede dar sentido. Unos hechos que infringen tanto la lógica de la narración como la del "ideal de vida" apático (en el sentido etimológico del término) por el que los hermanos han optado.

A lo mejor la esperanza que habíamos renunciado a encontrar en esta novela está aquí, en todo esto que no se nombra y que, sin embargo, se resiste tercamente a desaparecer sin dejar rastro, haciendo en última instancia imposible un final feliz, es decir, el éxito último de esta aventura infantil. Porque todo eso que se silencia, y que en ese silencio se revela a pesar de todo, nos permite creer, conservar la desesperada esperanza, de que no se puede aniquilar por completo ni para siempre al niño que somos. El hecho es, y como tal se hace constar en El gran cuaderno, que "la caricia sobre nuestros cabellos es imposible de tirar".


Fotograma de la película homónima basada en la novela