martes, 29 de noviembre de 2016

Epílogo

"Se impone que hablemos (...). Sobre todo por la antigua y quizá hasta ahora infundada creencia de que, si los maestros de este mundo fueran mejor leídos, podría reducirse la incuria y la desdicha que obligan a liar los bártulos a millones de personas. Como no nos queda mucho en qué confiar, y casi todo parece condenado al fracaso, debe insistirse en que la literatura constituye el único seguro moral posible para una sociedad; en que es el antídoto permanente del principio según el cual el hombre es un lobo para el hombre; en que aporta el mejor argumento contra cualquier teoría política que sólo tenga en cuenta a las masas y aplaste al individuo, aunque sólo sea por el hecho de que la diversidad humana constituye el material básico de la literatura y su raison d'être. Se impone que hablemos (....). Si todo ello significa que vamos a hablar tan sólo entre nosotros, tanto mejor (no para nosotros pero quizá sí para la literatura)". De: "La condición a la que llamamos exilio (o levando chanclas)", Del dolor y la razón. Joseph Brodsky.

Por Anna Ajmátova

Anna Ajmatóva. Nathan Altman (1914)
II


Se acerca el aniversario, día del recuerdo.

Os veo, os oigo, os siento:


a la que apenas pudo llegar a la ventana,

a la que no volvió a pisar la tierra en que nació,


a la que moviendo su hermosa cabeza

musitaba: “Ya vengo aquí como si fuera mi casa”.


Querría llamar a cada una por su nombre

pero requisaron la lista y no puedo hacerlo.


Para ellas he tejido este vasto sudario

con las tristes palabras que de ellas oí.


A ellas siempre tendré presentes, y en todo lugar,

no las olvidaré en desgracias futuras.


Y si un día sellaran mi atormentada boca,

la boca con que gritan cien millones de almas,


que ellas piensen en mí, como pienso yo en ellas,

que por mí rueguen cuando llegue mi día.


Y si alguna vez quisiera la ciudad

erigir un monumento en mi memoria,


podría ese honor aceptar complacida,

con tal de que no lo alzaran nunca


ni a la orilla misma del mar donde nací

-mis lazos con ese mar ya los he roto-,


ni junto a mi árbol sagrado, en el jardín de los zares,

donde una sombra yerra y me busca desolada,


sino aquí, donde permanecí de pie trescientas horas

ante rejas que para mí no se abrieron.


Porque temo olvidar, en la paz de la muerte,

las ruedas del siniestro furgón negro,


los golpes de la puerta que hemos odiado tanto

y el aullido de la anciana, como animal herido.


Que desde los yertos párpados de bronce

fluya –y sean ésas sus lágrimas- la nieve derretida,


que arrullen a lo lejos palomas del presidio

y bajen silenciosos los barcos por el Neva.


(1940. Réquiem)


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Jakob von Gunten

Jakob von Gunten. Robert Walser

Siruela: Madrid, 2007, 128 pp. 16 euros. 

“Hablo y pienso a veces muy por encima de mi propio entendimiento” (Robert Walser. Jakob von Hunten).

Por J. Teresa Padilla

Antes no lo hacía, así que no sé si me habré hecho mayor de repente, pero el caso es que ahora tengo que poner todo lo que se me ocurre por escrito en el preciso instante en que se me ocurre, o adiós. A veces ni me da tiempo: de camino al lugar donde está el papel y el lápiz, el móvil o lo que sea que me permita anotarlo, ya se me ha olvidado. No debía de ser muy buena (la idea, digo), me consuelo. Pero jode (¡perdón!, que no soy Pérez-Reverte y seguro que no me lo puedo permitir), porque si sólo pudiera escribir sobre mis ideas cuando fueran buenas estaría lista. Menos mal que las de otros suelen inspirarme alguna propia, más o menos presentable, para hablar de las suyas. Es lo que tienen los buenos escritores: a la mínima te preñan. Poca cosa soy, y casi todo se lo debo a las reseñas, ésa es la verdad. Por eso no puedo hacerlas de lo que me aburre, aunque… Perdón, que se me acaba de ocurrir una cosa y tengo que apuntarla. Pensaréis que lo digo para acabar bien el párrafo, por sentido del ritmo y eso. ¡Qué buenos sois!

¿A qué viene esto? Pues a que ahora tengo un fichero con el nombre “Ideas” (no son muchas todavía, ni muy brillantes, pero me sirven de seguro mental para previsibles periodos en blanco) y exactamente la número 4 procede de esta obra, Jakob von Hunten. A decir verdad, de esta obra y de la historia de una pintora japonesa que conocí por Facebook. Iba sobre la locura: la buena (que te lleva a ser quien realmente eres o quieres ser, tipo don Quijote) y la mala (en la que te pierdes sin remedio). Estas locuras unas veces son distintas y otras, desgraciadamente, fases de la misma. No sé si terminaré desarrollando la idea número 4 porque hay cosas que no se pueden entender desde fuera y, aunque esto no constituye en mi caso inconveniente alguno, no sé si estoy preparada para exponer públicamente mis vergüenzas mentales.

Pero bueno, al grano, que se supone que esto que escribo iba a ser mi lectura del Jakob von Gunten de Robert Walser. Aunque, por otro lado, qué mejor forma de transmitir la “música”, el “aire” de esta obra, que la digresión: “Realmente, el circunloquio es para Walser una cuestión de supervivencia”, escribe W.G. Sebald en una obrita sobre este “paseante solitario” que recomiendo a todos porque se lee en un momento y es iluminadora (y no sólo sobre Walser, quizás mucho más sobre el propio Sebald). Esencial para Walser es el circunloquio y también el paso de una cosa a otra, de la seriedad a la risa, de lo lírico a lo prosaico, de un mundo poblado de sueños (y hasta pesadillas) a otro que pesa tanto que no deja respirar, así que es mejor mantenerse a una distancia prudencial de él. En el Instituto Benjamenta, por ejemplo.

Las biografías de Walser (1878-1956) cuentan que desde joven tuvo un comportamiento errático o, si se quiere evitar dar la impresión de que se interpreta toda su vida desde su última parte y final, errabundo. De una ciudad a otra; de un modesto empleo a otro. La escritura es la única constante incluso cuando una clínica mental pone fin a su nomadismo. Durante un tiempo al menos. Luego llegó la reclusión forzosa y el silencio.

Robert Walser (1890)
Hace un par de días leía en Brodsky algo así (maldita memoria) como que las biografías de escritores no tienen utilidad ni interés para iluminar su obra literaria porque sucede más bien al revés, que es la obra la que nos da a conocer a su autor, es ella la que le sirve de espejo. No porque sea autobiográfica, sino porque constituye un autorretrato del propio autor. Y desde luego que gracias a Jakob von Hunten podemos entender muy bien al casi adolescente Walser y, de paso, lo que nos cuentan las biografías de esa primera etapa de su vida. Supongo que el resto de su obra nos mostrará el resto, con la excepción, claro, de lo que nadie puede llegar a contar (la muerte y, lo que no es muy diferente, la rendición a la locura).

Jakob se va de casa, de una casa en la que es amado y estaría bien situado en la futura carrera por el éxito social, para ingresar voluntariamente en el Instituto Benjamenta, centro en el que espera, precisamente, conseguir lo contrario de lo que se supone habría que desear: “ser un encantador cero a la izquierda”. En el Instituto Benjamenta no se enseñan contenidos (¿de qué me suena esto?), sino formas: las que convienen a un buen muchacho, esto es, paciencia y obediencia. Disciplina. Lo importante, en realidad, no es lo que se enseña en este Instituto. Estoy segura de que en la época de Walser, como en la mía –no pondría ya la mano en el fuego por lo que sucede hoy-, todos los centros escolares enseñaban a obedecer (la paciencia se supone) y, si no te quedaba claro esto, te lo recordaban muy a gusto en casa aunque fuera a zapatillazo limpio. Lo importante es que es lo único que se enseña. El Instituto Benjamenta es una escuela para la vida real, que resulta ser “una vida abominable", de ahí que su enseñanza se reduzca a la de un esencial ejercicio de supervivencia que promete una transformación interior completa.

No voy a discutir a quienes ven en este aprendizaje de la obediencia y la disciplina el intento de eludir la responsabilidad de existir, de tener que ser alguien en sentido literal, es decir, el intento de llegar a ser nadie o, más brevemente, de conseguir no ser (aun siendo, pues el suicidio es pura rebelión, y además inútil, y queda completamente descartado). No se lo discuto porque tienen razón. También Sebald habla de la obra de Walser como un ejercicio de despersonalización. Desde luego Schopenhauer intervendría de inmediato para recordar que ya nos advirtió él que la única forma de salvarse en y de este pérfido mundo era esta autoaniquilación pasiva que los budistas llaman nirvana y que tanto se parece a lo que se aprende con los hermanos Benjamenta. No lo voy a discutir, repito, pero me parece sólo la mitad de una verdad, y la mitad de una verdad es como la mitad de un billete. Que no sirve para nada.

“Siento cuán poco me concierne aquello que se denomina mundo, y qué grande y fascinante me parece lo que yo, en mi fuero interno, llamo mundo”, nos dice Jakob. En realidad no hay dos mundos, Jakob no es tan ingenuo o tan loco. Está el mundo y la visión que cada uno tiene de él. Y de ahí procede la tensión irresoluble entre ser y ver: la visión, para ser verídica, exige distancia y por tanto salir del mundo, quedarse fuera. Sobre todo porque hablamos de un mundo cruel, duro y feroz que te arrolla como se te ocurra detenerte un momento. Pero no hay otro, no hay un afuera. El instituto Benjamenta no es, por más que Jakob lo presente así, un refugio; aunque continuamente lo contraponga al mundo real, a la vida, forma parte de él. Hasta tal punto está integrado en el mundo "real" que su peculiar enseñanza sirve igual para adaptarse e incluso medrar en su seno que para resistírsele. Y ésta es la disyuntiva última de Jakob, la que se expresa en la relación con su alter ego, su compañero Kraus, el de los ojos “aterradoramente bondadosos” (¡uff!).

Kraus es el alumno perfecto, honrado, fiel, bueno, con principios. Por eso no está destinado al triunfo: son los tontos (no hay tonto fiable ergo tampoco bueno) los que “están hechos para llegar lejos, para escalar, vivir bien y mandar”. No está destinado al triunfo, pero sí a cumplir a la perfección el papel subordinado, modesto pero digno, del hombre corriente. Jakob lo admira y parece decidido a llegar a ser como él, pero no puede: la risa está siempre a punto de escapársele. “En mi interior mora una extraña energía que me impulsa a conocer la vida a fondo, y un deseo indomable de aguijonear a la gente y a las cosas para que se me revelen”. Jakob siente curiosidad, una curiosidad que dibuja una sonrisa condescendiente en Kraus. Su “dejar de ser”, su “aprender a no ser nadie”, lo que le ha llevado al Instituto Benjamenta, es, en realidad, una necesaria preparación para poder saber y sentir de verdad, es una negación que oculta y hace posible una afirmación: “Tampoco siento el menor respeto por mi Yo, me limito a mirarlo y él me deja totalmente frío. ¡Oh, entrar en calor! ¡Qué maravilla! Siempre seré capaz de entrar en calor, pues nada personal ni egoísta me impedirá jamás interesarme, apasionarme o ser partícipe”. No sentir para sentir más y mejor, no distinguirse ni destacar, ser un cero a la izquierda, para pasar inadvertido y poder seguir siendo el observador invisible y libre (“si yo me estrellase y perdiese, ¿qué se rompería y perdería? Un cero”) de eso tan fascinante que se llama hombre: “¡Hombres, sí, nada más que hombres y más hombres! Lo siento intensamente: amo a los seres humanos. Sus locuras y enojos súbitos me son más queridos y preciosos que los más grandes prodigios de la naturaleza".

Me ha encantado seguir el a veces atolondrado, otras risueño, siempre lúcido aunque al filo de la locura, monólogo de Jakob. Creo que cualquier lector sonreirá con él y comprenderá que a veces hay que reírse como él hace de uno mismo para no resultar ridículo. O para no llorar. Y si la obra literaria es, como decía Brodsky, un autorretrato, en ésta puede verse a un joven valiente que se atreve a exponerse al peligro de desaparecer y perderse para siempre en lo “insignificante y pequeño” con tal de poder “permanecer a la escucha de eso que se niega a ser oído”.

En Herisau (1949)
“He estado en las alturas, Jakob; es decir, he sido simplemente joven y muy prometedor, y también en este sentido me he visto desposeído de mi trono y de mi reino. Caí. Y empecé a dudar de mí y de todo. Cuando nos desesperamos y afligimos, mi querido Jakob, nos volvemos penosamente pequeños y las pequeñeces se nos van echando encima en número cada vez mayor, como rápidas y voraces sabandijas que nos devorasen lenta, muy lentamente, y lentamente también supieran asfixiarnos y deshumanizarnos”. Sí, por si no tenía yo bastante, encuentro descrito mi propio fracaso en el de Herr Benjamenta. Lo mismo las obras literarias no son sólo el autorretrato de su autor. Lo mismo también lo son de nosotros, sus lectores. Tengo que buscar lo de Brodsky. Y “basta de escribir por hoy. Me pone demasiado eufórico. Y salvaje”.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Las recetas de Ana

Por J. Teresa Padilla



"No sabía qué decir. Tampoco sé qué decirte ahora".

Ana no sabía qué decirme, ni entonces ni ahora, y por eso se puso a hacer croquetas. A quién se le ocurre, ¿no? Y luego sopa de pescado con unos tropezones en forma de langostinos para matarse del traspié. Un par de días después apareció también con un arroz con leche. Más adelante llegaron unos pimientos asados de acuerdo con la ancestral receta familiar. Y al poco, estando yo presente ya en mi casa, llegó la tortilla de patatas cuyo recuerdo todavía me hace llorar de nostalgia. Nunca antes habían catado mis hijos (huérfanos de abuelas aficionadas a la cocina e hijos de una madre desmotivada para estos quehaceres) semejantes manjares, doy fe. Sentiría lástima por ellos si no los conociera, pero los conozco y son de los que quitan a cualquiera las ganas de cocinar. Mira que te he dicho veces que no se merecían estas delicatesen, Ana: si por algo quieren crecer e irse de casa es para poder alimentarse de por vida a base de pizza y macarrones.

Ana no es una abuela, ni siquiera es cocinera. Es una mujer de mi edad que de lunes a viernes trabaja muchas horas fuera de su casa y dedica gran parte del fin de semana a cocinar. Así se ahorra algo, y los suyos y ella misma pueden alimentarse los días laborables con comida casera, aunque sea, como es su caso, en un triste táper. Acostumbrada a cocinar grandes cantidades, aumentarlas para abastecer a mi familia no le suponía ningún esfuerzo. Eso decía ella, pero yo no lo veo tan claro; no me terminan de salir las cuentas.

Entre los suyos para los que cocina habitualmente se cuenta un niño de la edad del mío, y de ahí viene nuestra relación. Porque Ana y yo no somos familia ni amigas de toda la vida. Hasta hace bien poco carecíamos casi de nombre propio: éramos sobre todo las madres de nuestros respectivos (fenómeno de sobra conocido por cualquier padre o madre que me esté leyendo). Nos caemos bien y nos gusta charlar, a eso se reduce todo entre nosotras, cosa que normalmente sólo hacíamos mientras nuestros hijos “nadaban” (son célebres en el polideportivo municipal por no haber conseguido subir de nivel en un lustro) o entrenaban para hacernos ricas en un futuro con sus goles (esto lo hacen con más ganas aunque no mucho mayor provecho). En eso consiste nuestra amistad. Poca cosa en apariencia, pero resulta que estamos tan cómodas que a veces nos contamos sin querer cosas que se supone deberíamos callarnos o decir con mucha más delicadeza. Eso me pasó a mí un buen día (¿sería un sábado y de ahí lo de las croquetas?) que Ana me llamó para preguntarme qué tal estaba, pregunta que todos sabemos que debe, en primera instancia, contestarse con un “bien” (para abreviar, pues habría que añadir “gracias. ¿Y tú?”).

Aparte de que, a saber por qué, nos tenemos confianza y, por ello, la respuesta al uso no termina de proceder a no ser que la matice una especie de suspiro irónico, la verdad es que creí que ya sabía lo que le estaba contando y por eso me llamaba. Pero no (ésa soy yo: la que se pasa de lista). Así que, tras prácticamente colgarme y mandarme a continuación un mensaje para explicarme su repentino autismo, se puso con las croquetas.

No sé si hacer croquetas le ayuda a pensar o precisamente a no hacerlo. Según ella la relajan. Las croquetas, la sopa de pescado, la tortilla de patata, (¡ay, la tortilla!)… El caso es que un buen día le tuve que decir que ya llevaba un tiempo en casa y nada me impedía cocinar para los desagradecidos, culinariamente hablando, de mis hijos. Vamos, que me sentía una abusona y, con todo el dolor de mi corazón (pocas veces he dicho esto tan de verdad), debía renunciar a su tortilla. Que no lo hacía por mí ni por los niños, sino por ella, me contestó. Que así se sentía mejor y tenía la impresión de que hacía algo. En resumen, era puro egoísmo, según ella. A mí, por el contrario, me parecía que seguía intentando expiar la falta de palabras de aquella conversación telefónica, como si aquel silencio no hubiera sido mucho más elocuente y consolador que cualquier palabra. Para lo inteligente que eres, Ana, mira que puedes llegar a ser tonta.

Resulta asombroso el bien que pueden llegar a hacerte personas con las que aparentemente no te unen grandes lazos. Ana no es la única, pero las representa muy bien a todas. Espero haber sido capaz de expresar con este texto, repleto de palabras, un agradecimiento que seguramente expresaría mejor un simple beso. Y Ana, sí, necesito que me digas muchas cosas: necesito las recetas, tus recetas. Las recetas de Ana.

martes, 8 de noviembre de 2016

La última posada

La última posada. Imre Kertész.

Acantilado: Barcelona, 2016, 296 pp. 24 euros.

“Leyendo a Kafka uno sólo puede sentir vergüenza de atreverse a escribir” (I. Kertész. La última posada).
“Sin embargo, las manos de uno de los señores estaban ya en su garganta, mientras el otro le clavaba el cuchillo en el corazón, haciéndolo girar allí dos veces. Con ojos que se quebraban, K. vio aún cómo, cerca de su rostro, aquellos señores, mejilla contra mejilla, observaban la decisión. “¡Como un perro!, dijo; fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo” (F. Kafka. El proceso).

Por J. Teresa Padilla

 Venga. Allá voy. A ver si me acuerdo de cómo se hacía (o cómo lo hacía). Lo siento por La última posada, a la que no podré hacer justicia (o al menos la justicia que me gustaría y de la que en otro tiempo hasta me sentí capaz). Podía haber escogido volver con una reseña de un libro que hubiera despertado mi faceta de crítica feroz y sarcástica, que la tengo, conste. Eso es más fácil de escribir, a saber por qué (la bruja que en el fondo o en la superficie eres, que la justicia en estos casos te impota un bledo…), pero hay un problema (en realidad, dos): he decidido no obligarme a leer nada que no me guste (ventajas del amateurismo), y tengo que confesar que soy, siempre he sido, una moralista (no comento lo que no he leído).

Kertész (1944). Fuente: Bz-Berlin
¿Por qué entonces Kertész? ¿Es que no he leído otra cosa interesante durante este medio año de ausencia? Pues no. Ésa es la verdad. Apenas he leído. Apenas he logrado terminar un libro, sería más exacto. Unos eran, o me parecían, malos. Otros, simplemente, no fueron capaces de mantener la atención de una persona que, como yo, siempre ha tenido dificultades para concentrarse y a la que de pronto se le acumularon urgencias sobre las que decidir si había que pensar o más bien ignorar o… Yo qué sé. No, no soy de esas mujeres multitarea perfectas. La metáfora del pollo sin cabeza se creó sin duda pensando en gente como yo. Por supuesto, no llegué a terminar de pensar o ignorar nada hasta el final. Y claro, tampoco a leer casi nada hasta el final. Casi nada, porque La última posada sí; y esto merece una explicación, porque resulta casi un milagro y se supone que tales cosas no existen.

La leí, es verdad, aunque apenas me enteré de nada. Soy de las que se pierden y constantemente tienen que leer de nuevo una frase, un párrafo. Una página entera si me descuido. Una, dos veces; puede que más. Eso en estado normal (lo sé, no soy nada lista, lo que tiene sus ventajas: me exime de la obligación de entender gran parte de lo que sucede a mi alrededor). Cuando me hallo en el estado de gallinácea descabezada antes descrito, el fenómeno adquiere proporciones alarmantes. ¿Y por qué seguir leyendo lo que sabes que no estás entendiendo (o no del todo), lo que sabes que vas a tener que leer desde el principio más adelante?

Yo creía que sólo era por necesidad afectiva. Ya comenté cuando murió, la última vez que escribí aquí, que Kertész era uno de esos autores que, más que leer, siento que me hablan. Alguien que conoces, cuya charla te acompaña aunque no siempre le prestes atención. Te consuela el runrún de su voz. Y cuando no es así cierras el libro. Sin rencor ni dolor. Pero luego, en la segunda lectura, ya en mi casa, ya pasado lo peor (sólo de momento, como casi siempre en la vida), le escucho decirme: “No hay que entender los libros, basta la inspiración que despiertan en nosotros, a menudo por el mero hecho de tenerlos en las manos y leerlos. No importa el libro, sino su lector”. Los libros nos ayudan a pensar, a entendernos a nosotros mismos, incluso a vivir más allá de como también lo hace un vegetal. Eso me dice este texto, que no sé si de verdad he entendido. Y además no importa, porque me siento autorizada por el autor para quedarme con la impresión gozosa (bendita sea mi estupidez) de que me queda mucho por comprender. Casi todo. Así que volveré a leerla y a entender muchas frases por primera vez o a entenderlas de otra forma. De eso se trata. Por eso amo a Kertész. Porque escribe para tontos como yo, pero tontos deseosos de aprender; porque él mismo escribe para saber, y no cualquier cosa, sino lo esencial (“la novela es indagar en el ser con los medios de la novela”); porque, resumiendo, hace de la literatura un ejercicio socrático y conjuga mis dos pasiones: las literatura y la filosofía. No era, pues, sólo la necesidad de compañía, sino de un maestro, un guía, un poco de luz.

“Considero [este libro] la culminación de mi obra”, el “opus magnum ultimum”. Como a otros tampoco me lo pareció a mí la primera vez que lo leí, ni mucho menos. En realidad me sorprendió la afirmación, me chirriaba: un hombre que baraja como título alternativo de esta obra Fin de partida en el club nocturno “El seguro perdedor” no puede cantar este tipo de victorias. A la segunda creo que empecé a encontrarle sentido. Es (o pretende ser) el libro-diario de la muerte y ¿no es ella la culminación de la vida? Aunque ésa es la cuestión: ¿lo es?, ¿qué es la muerte, más allá del camino de decadencia y enfermedad que conduce a ella?

La novela hace metafísica (sic), pregunta por el ser (sic) con sus medios, decía Kertész y citaba yo arriba. Unos medios a la vez precarios (“el escritor, si es honesto, está siempre al margen de la propiedad. Sabe que no tiene nada y que no sabe nada”) y ambiciosos hasta la más vergonzante locura, pues trata de llenar el hueco dejado nada menos que por el dios ausente y recrear su creación, que es la creación del sentido moral que falta. O que a algunos les falta (el científico se ríe de las zozobras del escritor y “ataca el filete”) haciendo de la vida un absurdo, “un error que la muerte tampoco arregla”, un fracaso, una chapuza. Tal indagación puede muy bien ser superflua a día de hoy, seguro que lo es, pero “resulta secundario que la metafísica tenga o no razón de ser (en nuestro pensamiento). El hecho es que “el hombre” ha sido metafísicamente abandonado” (Dios ha muerto); que “tal es ahora su estado de ánimo, y éste es un estado de ánimo peligroso”. ¿Necesitas pruebas? Echa un vistazo a la prensa o a los informativos. Así que habrá que retomar esa creación imperfecta, considerarla sólo un experimento, un camino hacia “la verdadera imagen y semejanza” todavía por recorrer, un proceso en el que el escritor se pregunta si no es su deber participar. Porque en el fondo de esto se trata: o se aferra a esta esperanza ingenua y probablemente falsa o hace por fin acopio del valor para tirarse por la ventana: “Quitarse la vida o seguir viviendo es solamente cuestión de carácter, de temperamento o de oportunidad”.

Fuente: Tumblr
Una locura brutal. Algo que pocos escritores se atreverían a plantear siquiera sin sonrojarse. Pero qué sino esta locura puede hacer pese a todo de la vida “una enorme maravilla en la enorme miseria del mundo”. La escritura como deber ético, como refugio contra “el orden natural del mundo: la maldad”, como esa esperanza insensata que “domina mi vida y la convierte en vida bendecida”, como “justificación de la existencia” -“¿Merece la pena “levantarse de un salto de la cama” por una buena frase, por un pensamiento? Todavía sí. (Y mientras merezca la pena durará mi vida…)”-, como vanidad de vanidades y plenitud de plenitudes, como metabolización del dolor… Todo esto se dice en La última posada. Una locura, sí, pero “mientras me aferre a mi locura seguiré cuerdo… No debo permitir que a mí, un niño de setenta y cinco años, me introduzcan por la fuerza en el mundo de los ‘adultos’”. Agarrarse a la locura de la niñez, ésa que nos permite hablar de los grandes asuntos como ellos exigen: a lo grande, “es decir, con cinismo y con inocencia”. Brutal, grandioso, digna tarea del opus magnum ultimum.

Fuente: El español
De esto habla La última posada. De esto y de la enfermedad (qué casualidad), propia y ajena, de la decadencia no sólo física ("todas las enfermedades son enfermedades del alma o se convierten en enfermedades del alma"), de todo aquello que nos hace perder la ya escasa confianza que tenemos en la vida y en nuestros cuerpos y nos hace conscientes de los huérfanos que hemos sido siempre. Y de la muerte, por supuesto, de la que no sabemos nada, ni siquiera si la deseamos o no. Sólo que duele y entristece, y provoca en el hombre un miedo que “gime y lloriquea a sus pies como un perrito abandonado” (y sólo por esta descripción del miedo inconcreto y constante que dejan las pesadillas y acompaña a la muerte ya vale la pena para mí esta novela en cierto sentido frustrada, quizás necesariamente). También de trivialidades como el Nobel, las idas y venidas de Budapest a Berlín, las fatigas informáticas, las caídas, los insomnios, los dolores… Y de música, de amor, de soledad, de cómo se gestan o frustran las obras literarias, de la inutilidad de la pasión y del pavor a perderla... De lo que hablan, en suma,  los diarios, porque un diario de la muerte no se diferencia mucho de uno de la vida. Al fin y al cabo, lo que parece indudable es que, llegados a la vejez o a cualquier otra enfermedad incurable, la muerte debería ser una mera cuestión práctica que exige sus preparativos y, sin embargo, la mayoría no hacemos ninguna de estas cosas tan razonables incapaces de dominar nuestro “cínico amor por la vida”. ¿Cínico? Sí, de perro, porque nuestra muerte es nuestra sólo mientras nos agarramos, vivos, a ella como “nuestra última tarea”, pero al final nos alcanza como a Joseph K. avergonzándonos y dejándonos en rídículo: “’Como un perro’, citó Sonderberg, como un perro”.

lunes, 3 de octubre de 2016

Lágrimas de cine


Por Esperanza Goiri


"Cada lágrima enseña a los mortales una verdad". (Platón)



Periódicamente aparecen en prensa o en la red, proyectos de investigación con curiosas tesis del tipo: ¿Las mujeres pelirrojas, por su llamativo color de pelo, están más capacitadas para bailar bien la conga que las morenas?¿Las personas consumidoras de regaliz tienen más propensión al sadismo? Estos ensayos suelen venir apadrinados por una universidad o institución extranjera de florido nombre, por ejemplo Brainburg Health and Technologic Institute (me lo acabo de inventar) y sus conclusiones suelen ser sorprendentes. Como profana en la materia, desconozco la validez de dichos estudios desde un punto de vista académico y científico. Pero me divierte ojearlos.

Todo esto viene a colación porque hace unos días tuve noticia por Facebook de una investigación, realizada en la Universidad de Oxford, que me ha producido enorme satisfacción al proporcionarme dos argumentos nuevos para esgrimir frente a los que me miran en el cine, con sorna y displicencia, cuando me ven llorar como una María Magdalena cualquiera. Sí, soy de las que no pueden evitar las lágrimas ante determinadas secuencias. Lo intento llevar con la máxima dignidad posible, pero es difícil mantener el tipo cuando se encienden las luces, tras la finalización del film, y te pillan cual cervatillo deslumbrado por los faros de un coche, con el apéndice nasal enrojecido, los ojos acuosos y estrujando en las manos húmedos pañuelos de papel. Disimulas, tosiendo y sonándote la nariz, como si estuvieras afectada por un pertinaz catarro, pero no cuela. En esas situaciones sólo te reconforta el detectar en el patio de butacas a otro/a llorica que presenta los mismos síntomas que tú. Una inmediata corriente de simpatía y afinidad se establece entre ambos, al identificarnos como miembros de un mismo club: el del “lagrimal sensible.”
 
Fotograma de Las normas de la casa de la sidra


El grupo de investigadores de Oxford, liderados por el psicólogo evolutivo Robin Dunbar, afirma que llorar en el visionado de películas dramáticas estimula la segregación de endorfinas en el cerebro, lo que eleva el umbral de tolerancia al dolor; además, se establecen unos vínculos más fuertes entre los componentes del grupo que han compartido la experiencia. ¡Que se chinchen los reyes del autocontrol y los marmóreos de corazón! Alguna ventaja teníamos que tener los plañideros.

Mira por dónde, ahí puede residir la explicación de mi alto umbral de dolor, tal y como me han confirmado los médicos que me han tratado de diversas dolencias. Porque llorar, he llorado copiosamente por culpa del cinematógrafo. Empecé con la cruel separación de Dumbo de su madre y ha sido un no parar. Son muchas las cintas que me han emocionado y conmovido hasta perder la compostura: Up, Million dollar baby, Brokeback Mountain, Cuentos de Tokio, La buena estrella, Doce años de esclavitud, Cowboy de medianoche, Solas, El Pianista, Carreteras secundarias, La lengua de las mariposas, Los santos inocentes, Siempre Alice, Hotel Rwuanda, Toy story 3…

Evidentemente hay muchos factores que influyen a la hora de que te conmueva una película, dejando aparte sus méritos técnicos y artísticos. La edad, la situación personal, la empatía e identificación que se sienta con los personajes… Hay films que te emocionan la primera vez y sin embargo, cuando los vuelves a ver te dejan indiferente. Otros, por muchas ocasiones que los veas, siguen impresionándote. En mi caso, hay dos películas en las que pese a conocer su trama y desenlace al dedillo soy incapaz de reprimir el llanto. Curiosamente, aunque por diferentes motivos, ambas están asociadas a mi padre.

Una, es Capitanes intrépidos. Narra la entrañable relación que se establece entre Manuel (Spencer Tracy), un sencillo pescador portugués, y un niño rico y malcriado interpretado por Freddie Bartholomew. La vi por primera vez con mi progenitor cuando yo tenía siete u ocho años. En la escena de despedida entre los dos protagonistas, mi padre se emocionó profundamente. Contemplarle llorar me podría haber inquietado, puesto que no le había visto antes en tal circunstancia. Sin embargo, le entendí perfectamente y me identifiqué con él y con los sentimientos de los personajes. A lo largo de los años volvimos a verla juntos en tres ocasiones más; los dos sabíamos que se nos escaparían las lágrimas, inexorablemente, en la misma escena. No hacíamos nada especial para provocar el llanto o para evitarlo, simplemente sucedía.

La otra, Las normas de la casa de la sidra. Mi padre había fallecido hacía poco y mi marido, por aquel entonces novio, pensó que podíamos ir con mi madre al cine para distraerla un rato. Dicho y hecho. El eligió la película y sacó las entradas. Ninguno de los dos nos informamos del argumento; estábamos a otras cosas. Cualquiera que haya leído la novela que inspira la película o haya visto ésta, sabe que de reír, precisamente, no es. Por si fuera poco, mi padre siempre había tenido un cierto aire a Michael Caine, acentuado en esta cinta por la personalidad del Doctor Larch. Total, que la panzada de llorar fue antológica. El “yerno” nos miraba consternado y deseando que se lo tragase la tierra. Puede que por todas esas circunstancias sea una de mis cintas preferidas.

En fin, “príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”, de vosotros depende dejaos llevar o no por las emociones la próxima vez que veáis un dramón. Que ustedes lo lloren bien.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Bibliografía básica


Por Marisa Díez

En estos tiempos de política convulsa que atraviesa el país y sin grandes esperanzas de que la situación se resuelva en un plazo breve de tiempo, me asalta la duda de si el próximo gobierno de turno será capaz de promulgar una ley de educación mínimamente consensuada por una mayoría de partidos que la convierta en válida. Hace tiempo que la población tiene aceptado como norma no escrita que cada cambio de gobierno trae consigo una nueva reforma educativa, siempre discutida y jamás aceptada por todas las partes en juego.

Pensaba en ello mientras daba vueltas al tema de mi entrada de hoy. Intentaba recordar cuál fue el primer libro que leí de principio a fin de forma voluntaria y que me convirtió en adicta a tener siempre entre manos un ejemplar, hasta el punto de que si un día termino uno y no dispongo de relevo, entro en un estado parecido a la ansiedad. Me dedico entonces a mendigar algo de lectura entre amigos y familiares y en el caso de no obtener un resultado satisfactorio, no me queda otra que salir corriendo hacia la librería más cercana para superar esa especie de síndrome de abstinencia en el que me encuentro. Porque ya sabéis que el e-book es algo que todavía no ha entrado en mi vida. Ahí sigo, resistiéndome a ello con todas mis fuerzas.

Bromas aparte, es cierto que recuerdo haber pasado horas dedicada a la lectura casi desde que tengo uso de razón. En ello influyó, sin duda, la suerte de haber crecido en un hogar repleto de libros, debido a la profesión de mi padre, encuadernador y dorador de la antigua Espasa Calpe. Pero no menos importante me parece la influencia que sepan ejercer los buenos maestros en el proceso formativo del niño durante la etapa educativa. Tuve una profesora de literatura en el instituto, de la que no recuerdo con certeza el nombre, a la que debo el haber afianzado en mí esa costumbre que ya había adquirido desde la infancia. Una de las obras que debíamos trabajar durante el curso fue Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, libro que devoré después de haber seguido a rajatabla su recomendación: nos instó a continuar con su lectura sólo si éramos capaces de superar sus primeras treinta páginas. Me sentí orgullosa cuando pude explicar a mis compañeros que había logrado terminarlo y, lo que resultaba más increíble, me había encantado.

A partir de entonces, La busca, de Pío Baroja o La colmena de Cela, se turnaban como lecturas obligatorias con otro tipo de literatura más difícil de disfrutar en esas edades, pongamos por caso El conde Lucanor, que causaba auténticos estragos y abandonos incluso entre los amantes de la lectura.

Por mi parte, yo continuaba de forma paralela en mi búsqueda de las joyas literarias que contenía la particular biblioteca de la que disfrutábamos en casa. De ella rescaté las Poesías completas, de Antonio Machado, que se convirtió en uno de mis autores de referencia. No faltaron las inevitables Rimas y leyendas de Bécquer, ésas que todo adolescente que se precie ha leído en algún momento puntual de desamor. O el Romancero gitano de Lorca. Incluso la Historia de una escalera, de Buero Vallejo, que me introdujo de lleno en el teatro escrito.

En fin, podría seguir con mi enumeración y llenaría páginas enteras. Y sin embargo creo que todos tenemos un recuerdo claro de ese primer libro del que no fuimos capaces de desengancharnos hasta que alcanzamos su página final. El mío lo tengo grabado claramente en mi memoria. Fue un regalo que mi padre nos trajo de la editorial y que devoramos por etapas mis hermanas y yo. Se llamaba El diario de Mónica, no recuerdo su autor, y nunca más he vuelto a encontrarlo por más que he buscado y rebuscado en múltiples páginas de internet dedicadas a libros descatalogados. Era un ejemplar encuadernado en tapas duras de color verde y con el título dorado en el lomo. Todavía sería capaz de relatar con todo detalle su trama, supongo que por aquello de que los recuerdos, cuanto más antiguos, más sencillo nos resulta evocarlos. Probablemente hoy en día no resistiría el paso de los años. Su escritura estaba profundamente marcada por el momento social y político de la época, pero si alguien desea alguna vez convertirme en una persona realmente feliz, sólo tiene que conseguir ponerlo de nuevo en mis manos, si es que aún existe algún ejemplar escondido por alguna parte. Ahí os lo dejo…

Y sin embargo, a pesar de mi buena disposición desde niña, hay algo de lo que estoy más o menos segura, y es que de no haberse cruzado en mi camino aquella profesora que me empujó a leer Tiempo de silencio, quizá nunca me hubiese convertido en la lectora empedernida que soy. De ahí mi convencimiento absoluto de que es necesario crear el hábito de la lectura desde la infancia. Y de que haya docentes que, en su labor profesional, se vean apoyados por una ley que les ayude a mejorar, por fin, un sistema educativo que se tambalea.


jueves, 30 de junio de 2016

Cerrado por vacaciones


 Por Marisa Díez Marín

Hace años, al llegar el mes de agosto, Madrid cerraba por vacaciones. Así, literalmente. No hace falta hacer un ejercicio muy profundo de memoria para recordar que las tiendas de tu barrio colgaban el consabido cartel durante treinta días: los ultramarinos, el estanco, el kiosko de los periódicos, la pescadería o incluso el puesto de las chuches. En cualquier sitio al que te dirigieras habitualmente podías encontrar el temible recordatorio durante varias semanas y no te quedaba otra que buscar una alternativa, la cual podía encontrarse varias calles más allá y, desde luego, fuera de tus límites cotidianos.

Ahora es distinto. Aunque agosto sigue siendo el mes de veraneo por excelencia, es difícil que la vida de la ciudad se paralice; ni siquiera la de tu barrio se ve seriamente afectada. Las grandes superficies han cambiado nuestras costumbres y hábitos de compra y se mantienen abiertas sin pausa los 365 días del año. Además, resulta difícil para el pequeño comerciante, por no decir imposible, echar el cierre durante treinta largas jornadas. Si me apuras, y dando gracias, un autónomo puede permitirse el lujo de disfrutar de unas vacaciones de diez o quince días, a lo sumo. Incluso una sola semana puede ser lo más común.

En mi familia disfrutábamos de nuestro mes de agosto año tras año. Unos días antes asomaban las primeras señales de que el verano estaba aquí. Mi madre sacaba a la ventana (sí, he dicho bien, a la ventana) un botijo, con el que inauguraba oficialmente la llegada de la temida canícula. El sabor del agua en aquel recipiente, durante los primeros días, mezclado con anís para mitigar el sabor del barro, es uno de esos recuerdos que quedan intactos en la memoria. Y, aunque nos encontrábamos en la más tierna infancia, nadie nos ponía el más mínimo problema para echarnos unos tragos de aquel agua con algún grado de alcohol añadido. Al fin y al cabo, ya teníamos el estómago acostumbrado después de nuestras buenas copas de quina Santa Catalina, que resultaba estupenda para abrir el apetito, según la publicidad de la época y que actualmente sería acusada, cuando menos, de maltrato infantil.

La segunda señal irrefutable de que las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina, en mi caso particular, era el día en que mi vecino Alejandro sacaba su remolque a la calle y aparecía, bajo su ventana, enganchado a su Seat 124 blanco. Desde ese instante ya sabías que en muy poco tiempo partiría junto con su familia al camping de Alicante donde pasaba sus treinta días de rigor, razón por la cual se le hacía completamente necesario transportar todos sus enseres en aquel vehículo. Entonces sí, ya estaba claro que había llegado el momento de disfrutar de nuestro destino de cada verano: nos íbamos a Candeleda.

Pero lo cierto es que los días pasaban tan deprisa que cuando querías darte cuenta ya estabas de vuelta en los madriles. Y para el ocaso del verano, en aquella época dorada de adolescencia y juventud, también contábamos en nuestro pueblo de adopción con una particular señal, aquélla que cuando se producía nos obligaba a aceptar que el regreso era inevitable: mi amigo Fernando, que trabajaba en uno de los pubs que frecuentábamos, se dedicaba durante días a preguntarnos la fecha de nuestra partida, y la noche anterior a ella, todos los años nos castigaba con esa infame melodía del Dúo Dinámico, “el final del verano llegó y tú partiraaaaaaaás…” según atravesábamos la puerta del local, lo que nos provocaba alguna lágrima furtiva o ataques de llanto inconsolables, dependiendo de cada caso particular. Desde entonces me declaré enemiga acérrima de semejante réquiem musical y, si alguna vez he vuelto a escuchar la dichosa cancioncita, puedo asegurar que ha sido por puro accidente.

El caso es que regresabas a Madrid y después de unos días de aclimatarte a tu condición de residente habitual, enseguida le cogías el pulso a la ciudad y volvías a la vida cotidiana sin apenas esfuerzo. Y, cuando querías darte cuenta, de nuevo encontrabas el remolque de tu vecino aparcado en la puerta. Y vuelta a empezar.

En Diarios de resistencia hemos decidido echar el cierre por vacaciones durante un par de meses. Somos conscientes de ser unas privilegiadas, porque nadie en su sano juicio se atreve a disfrutar de algo más que un puñadito de días de asueto al año. Pero estamos dispuestas (y supongo que también lo estará nuestro representante masculino, aunque nos ha abandonado desde tiempo inmemorial) a regresar en septiembre con nuevos bríos, mucha fuerza, coraje a raudales e infinidad de historias positivas que contar. Hasta entonces, ¡felices vacaciones! Continuará…



miércoles, 1 de junio de 2016

El noble arte de insultar

Por Esperanza Goiri

Al poco de aprobar el carnet de conducir, transitando por una céntrica calle madrileña, debí de cometer alguna infracción y un taxista me recriminó mi torpeza con un comentario despectivo relativo al género femenino en general y a mi persona en particular. Rojo de ira me increpaba sin parar, de coche a coche, hasta que me harté y le espeté con claridad y contundencia: ¡Cállate ya “caraculo”! En mala hora. Fue como si le hubieran metido un rejón en salva sea la parte. Gracias a un semáforo que cambió oportunamente de color, propiciando mi huida, la sangre no llegó al río. Lo que para mí era un insulto inocente, casi infantil, produjo un efecto devastador. Claro que si lo piensas bien, que te digan que tu cara es como un culo puede ser muy ofensivo. Sí, ya sé que hay traseros esculturales, pero imaginaos uno peludo, flácido o caído…

Esta anécdota me vino a la cabeza porque para nuestra desgracia el insulto gratuito, soez y vulgar nos invade por doquier. Entre “viceversos”, realitys, tertulianos que sólo saben argumentar descalificando al contrario y políticos que emplean, cada vez con más frecuencia, un lenguaje atrabiliario, se puede afirmar que se ha degradado el noble arte de insultar. Por si fuera poco, las redes sociales se encargan de esparcir la porquería y la zafiedad hasta el último rincón del planeta.

El insulto es un desahogo, es la verbalización del hartazgo ante una situación o una persona por las que nos sentimos agredidos. Cumple por tanto una función social de extraordinario valor, ya que si no existiera, me temo que El Caso volvería a sus tiempos de esplendor y su edición sería diaria en vez de semanal. Pero no todo vale. Llamar a alguien como si fuera el marido grande de la cabra, o la mujer del zorro, o uniendo en una sola palabra las dos primeras sílabas del nombre del tío Gilito y de las esposas del pollo, no tiene ningún mérito e interés. Son insultos groseros, tópicos y manidos, que de tanto usarlos han perdido su función ofensiva. Hay gente que hasta los utiliza en tono cariñoso y cómplice: ¡Qué gili… eres, cuánto te quiero!

Injuriar a alguien por sus defectos físicos o su apariencia es vil, cruel y sobre todo muy fácil. Hay insultos machistas, misóginos, clasistas, xenófobos… que son muestra del odio y los prejuicios de quienes los emiten. Los verdaderos insultos son los que dejan a su destinatario descolocado, preguntándose si realmente lo que se le ha dicho es un agravio o no, porque su sutileza e ingenio confunden y necesitan de una segunda lectura para comprender su verdadero significado. Un buen insulto es como una bomba de efecto retardado: se lanza al objetivo y aparentemente no pasa nada, pero un poco más tarde explota y aniquila.

Hay muchos ejemplos de magníficos insultos. Aquí cito algunos. Groucho Marx tenía claro cómo llamar sutilmente fea a una señorita: “Ha sacado toda la belleza de su padre, que es cirujano plástico”. El político liberal y radical inglés del siglo XIX, John Bright, fue uno de los más grandes oradores de su época y sabía calificar de narcisista a un opositor sin que resultara evidente: “Es un hombre hecho a sí mismo y que adora a su creador”. El historiador inglés Thomas Babington “justificó” racionalmente el asesinato de Sócrates: “Cuanto más lo leo menos me sorprende que lo envenenaran”.

El político americano Barney Frank, del partido demócrata, llamó tonto al presidente republicano de los Estados Unidos, George Bush, sin que se notara mucho: “La gente podría citar a George Bush como prueba de que se puede ser totalmente inmune a los efectos de haber estudiado en Harvard y Yale”.

Especialmente ingeniosas son las palabras dedicadas por el escritor inglés Alfred Tennyson al crítico literario Churton Collins: “Es un piojo en los rizos de la literatura”.

El ensayista y poeta argentino Leopoldo Lugones tenía mala relación con su único hijo. Estando juntos una tarde, el escritor le dijo a su vástago que había dos cosas de las que se arrepentía en su vida: haber escrito Lunario sentimental y haber tenido un hijo. Éste, sin alterarse, le respondió: “Puede quedarse tranquilo. La gente sabe que usted no es autor de ninguno de los dos”.

Un día Winston Churchill se encontraba en el baño y fue requerido con impaciencia y apremio por el Lord del Sello Privado (oficial responsable del sello personal del monarca inglés). Ante su insistencia, Churchill le pidió a su asistente que le transmitiera este mensaje: “Dígale al Lord del Sello Privado que estoy sellado en el privado y que sólo puedo tratar con una mierda a la vez”.

Cuado Gandhi estudiaba Derecho en Londres, un profesor apellidado Peters la tenía tomada con él y no perdía ocasión de humillarlo. Un día coincidieron en el comedor de la universidad y Gandhi, al ver un hueco libre en la mesa del docente, se sentó a su lado con intención de almorzar; pero Peters en tono altanero le dijo: “Señor Gandhi, usted no entiende… un puerco y un pájaro no se sientan nunca juntos a comer”. El alumno le contestó: “Quédese tranquilo profesor… yo me voy volando”, mientras cogía su bandeja y se cambiaba de mesa.

Si os queréis adentrar en el fascinante mundo del insulto os recomiendo que os perdáis entre las páginas de dos obras de Pancracio Celdrán: Inventario general de insultos y El gran libro de los insultos. Os encontraréis con insultos ocurrentes, raros, divertidos, y la próxima vez que tengáis que insultar lo haréis con propiedad.

Para terminar no puedo dejar de transcribir un pequeño diálogo de la película Casablanca, entre su protagonista Rick Blaine y Ugarte (un buscavidas de poca monta), que no pierdo la esperanza de poder utilizar alguna vez si surge la ocasión:

- Ugarte: Tú me desprecias, ¿verdad?
- Rick: Si pensara en ti alguna vez, te despreciaría.








 

 

 

jueves, 26 de mayo de 2016

Cantemos, cantemos

Por Marisa Díez

 Hace unos días leí en un blog una entrada de Fermín Zabalegui referida a un famoso disco de José Luis Perales que, en su momento, hacia 1979, se convirtió en un éxito masivo de ventas. Se trataba de Tiempo de otoño, un LP -como se denominaba en aquel tiempo a los vinilos de larga duración- en el que se incluyeron varios singles que fueron verdaderos hits en España y en Latinoamérica. Al autor del artículo se le ocurrió explicar la historia de esas canciones, a base de enlazar la trama de una con la temática de la siguiente, dando lugar a jocosos e hilarantes comentarios que me hicieron recordar con nitidez la letra de cada uno de los temas. Y entonces fui consciente de que todos aquellos éxitos que tarareábamos sin parar, escondían tras de sí historias tan desdichadas, que de repente se me pusieron los pelos de punta con sólo recordarlas.

A veces pienso que hemos crecido escuchando verdaderos dramas musicados, capaces por sí mismos de habernos creado un auténtico trauma generacional, y que sin embargo, no nos produjeron efectos colaterales dignos de mención. Desde la primera vez que oímos a Marco gritar desesperado “no te vayas mamá, no te alejes de mí, adiós mamá, pensaré mucho en ti…”, la lista de despropósitos no dejó de crecer y crecer. Una amiga me ha recordado hace poco aquel inclasificable Llora el teléfono de Domenico Modugno, un melodrama de magnitudes desproporcionadas, protagonizado por una niña y su supuesto padre, al que ni siquiera conoce, pero con el que mantiene una inenarrable conversación telefónica del tipo “¿tú nos quieres?, ¡pero si yo nunca te he visto a ti!, ¿qué te pasa?, ¿por qué has cambiado de voz?, ¿estás llorando?, ¿por qué? Llora el teléfono…”. Tremebundo. Menos mal que yo, en mi caso particular, crecí tarareando las melodías azucaradas de La Pandilla, con su Capitán de madera y similares. Incluso mis hermanas y yo nos atrevimos a grabar en el magnetófono de la época, una versión de uno de sus temas más famosos, que todavía andará por ahí guardada como la reliquia familiar más valorada: "cantemos, cantemos, vamos a cantar, con la estudiantina bonito cantar..." La rima convertida en verdadero objeto de estudio.

Así que, cuando llegamos a la adolescencia y acostumbrados como estábamos a este sinvivir, no nos producía el más mínimo pudor entonar la letra de las tiernas canciones de Perales, que nos repetían frases tan dulces como “el amor es llorar cuando nos dice adiós, el amor es soñar oyendo una canción, el amor es besar poniendo el corazón, es perdonarme tú y comprenderte yo”. Y cuando los Pecos nos explicaban sin recato aquello de “pero hoy te he dejar pues los mayores me lo piden, y esos señores me lo exigen” existían muchachas capaces de sentirse identificadas con semejante sentencia, y derramaban lágrimas inútiles escuchando una y otra vez las canciones que componían el no menos exitoso Concierto para adolescentes.

Quizá por este influjo o por mi propia naturaleza, que tiende un poco al extremismo, todavía conservo una cinta de casette que yo misma grabé y a la que castigué con un título tan significativo como Canciones sangrantes, por el dolor que destilaban cada una de ellas, y que me dedicaba a reproducir una y otra en mi radiocasete cada vez que tenía ganas de regodearme en mis desgracias personales, del tipo “aquel chico que te gusta con locura pero se ennovia con otra” o “te quise a rabiar pero ahora se me ha pasado de repente”. Y por eso aquella colección de canciones contiene joyas como Todo tiene su fin (“pudo quererme y no comprendo por qué no ha sido así”), Si te vas (“te prometo que sigo viva, sufriré pero así es la vida, no me verás como una esclava pegada a ti por donde vayas”) o una mala traducción de Todo aquello que escribí (“tanto mirarte que no pude verte y me olvidé de tus cadenas y mi propia muerte”). Simplemente, espeluznante.

En fin, que el tema musical nos da mucho juego, y no sólo en lo que se refiere a los amores pasionales o prohibidos. Existen letras que en la actualidad producen, como mínimo, vergüenza ajena, por no decir que no podrían ser escuchadas sin llevar directamente a los juzgados a sus autores tras la correspondiente demanda. Porque aquel “tendría que matarte y desnudarte, atarte y luego violarte” de Los Ronaldos, que en su día pudo sonar incluso transgresor, hoy no resiste ni la más mínima escucha sin caer en la indignación, cuando no en el vómito. Había quien quería “bailar sobre tu tumba” o cantaba sin pudor “no me beses en los labios, no ves que me haces daño, tengo un calenturón que me duele un montón.”

Ni qué decir tiene que esto es sólo un pequeño esbozo de lo que pueden dar de sí los recuerdos musicales que cada uno es capaz de guardar en su subconsciente y el efecto que desde niños nos produjo asimilar aquellas melodías que imperaban en la época. Sin embargo, de justos es reconocer que también permanecen en el imaginario colectivo de toda una generación verdaderas joyas que resisten el paso de los años sin sufrir apenas desgaste. Pero tampoco quiero aburriros, porque para hablar, por ejemplo, de los míticos Triana o, ¡qué sorpresa!, de Serrat, yo necesito un poco más de tiempo. Y por supuesto, muchísimo más espacio. Continuará…




domingo, 15 de mayo de 2016

Quita el agua y pon el sol

Por Marisa Díez

La gran paradoja en lo que se refiere al patrón de Madrid es que se trata de un campesino: san Isidro Labrador. Supongo que es sólo una más de las múltiples contradicciones a las que se enfrenta a diario esta villa. Una ciudad a la que sientes, en ocasiones, absolutamente provinciana y, sin embargo, a menudo la encuentras convertida en una urbe inabarcable e impersonal. Hablar de Madrid es hablar de extremos, de la misma manera que la quieres y la odias a partes iguales, según el día, el momento o el lugar. Al fin y al cabo ya sabemos que sólo se odia lo que se quiere y ésta es una afirmación tan manida como incontestable.

Cuando me propuse escribir en este blog una entrada sobre Madrid, aprovechando la celebración de sus fiestas patronales, pensé que no se me ocurriría nada nuevo que decir; al fin y al cabo, ya todo está escrito sobre esta ciudad "invivible e insustituible", en palabras de Sabina. Lo primero que te viene a la cabeza al intentar definirla es esa supuesta hospitalidad de sus gentes, algo que se ha descrito como una característica de la ciudad desde tiempo inmemorial. Y aquí surge mi primera discrepancia ante una afirmación que no considero rigurosamente cierta. Yo soy madrileña, por suerte o por desgracia, porque no tuve en ello ninguna capacidad de decisión. Y a poco que hayas viajado por cualquier lugar de la península, te darás cuenta de que, hospitalarios, en el más amplio sentido del término lo son, por ejemplo, los asturianos; en general, toda la gente del norte. A nosotros lo que nos pasa en realidad es que nos da igual de dónde provenga cada uno, no nos afecta lo más mínimo para tratarlos de un modo u otro. A lo sumo puede ser un tema de conversación cuando no sabes de qué hablar, pero poco más. Nadie es mejor ni peor por haber nacido aquí o allá y además, estamos acostumbrados a la mezcla, que es lo único que verdaderamente nos confiere cierta identidad, aunque parezca contradictorio. Y la supuesta rivalidad con Cataluña –que existe, no lo voy a negar, sobre todo alimentada por el fútbol- es algo que nos han impuesto, últimamente en dosis exageradas, los políticos de turno, del centro geográfico y de la periferia, bombardeándonos con centralismos y nacionalismos que ni nos van ni nos vienen. Eso sí, el Barça y el Madrid… eso ya son palabras mayores. Pero éste es otro tema que, a decir verdad, no me interesa lo más mínimo.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Ya no somos los mismos

Por Marisa Díez
 
A veces las circunstancias más adversas son las que te hacen dar un giro definitivo a tu vida. El encontrarte, sin esperarlo, en el filo de la navaja, es lo que te obliga a reflexionar y ser consciente de todo lo que no funciona a tu alrededor. En ocasiones, es posible que seas culpable del desastre en un tanto por ciento bastante elevado, pero no siempre es así. Puede que te hayas dejado llevar y, sin darte apenas cuenta, te descubras en el centro de una espiral en la que no haces más que dar vueltas y vueltas sin encontrar la salida. Entonces notas esa especie de chasquido que te indica la necesidad del cambio. Y te pones a ello. Es posible que todo ocurra de manera espontánea, pero también puede ser que un suceso puntual te haga recapacitar en pocos minutos y te sientas con fuerzas para enfrentarte a todos tus miedos.

Algo de esto me contaba una amiga para explicarme lo que le había ocurrido hace unos días ante un diagnóstico médico, en principio, poco favorable al optimismo. No es que empezara a dar saltos de alegría cuando los doctores le explicaron, por fin, de dónde provenía realmente su extraña dolencia, pero tras el susto inicial, decidió ponerse el mundo por montera y arreglar todo el desaguisado que bullía en su entorno. Y en ésas anda, sin saber bien por dónde van a empezar los cambios, pero decidida a luchar y resurgir con más fuerza que nunca. Los que la conocemos bien tenemos claro que no es persona de rendirse, así que la única duda que nos queda es conocer el tiempo que tardará en hacer efectiva su metamorfosis.

Pensaba en todo esto mientras terminaba el último libro de Marta Rivera de la Cruz, Nosotros, los de entonces publicado por la editorial Planeta, una de esas lecturas que con un lenguaje sencillo, te hacen sentir a menudo protagonista de la propia historia, por lo cercano de su trama. El planteamiento es simple: un grupo de amigos, inseparables en su juventud, deciden reencontrarse para disfrutar de un fin de semana en una casa rural, después de diez años sin verse. A partir de ahí, un cúmulo de anécdotas y recuerdos del pasado; secretos inconfesables que salen a la luz y ese inevitable sentimiento de lo que pudo haber sido y no fue. La supuesta crisis de los cuarenta y tantos con el lastre de mucho sueño incumplido. Y la clara percepción de que la vida no resultó en absoluto como ellos la habían imaginado en sus sueños de mocedad. Nada, en fin, diferente de lo que hemos sentido el común de los mortales en algún momento determinado de nuestra existencia.

jueves, 21 de abril de 2016

TSNR



Por Esperanza Goiri

En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación. (Octavio Paz)


Bajo esas siglas se esconde la tensión sexual no resuelta (TSNR). Ojo, que no estamos hablando de amor sino de sexo. Dos personas se atraen locamente pero por diferentes motivos, no pueden, o no quieren, traspasar esa línea en la que no hay vuelta atrás. Ya se sabe que la tensión hay que liberarla o estalla. Es así; o te dejas llevar con todas las consecuencias o pones tierra de por medio. Cuando se cruza el límite, pueden suceder dos cosas: que recuerdes un revolcón sublime el resto de tu vida o que, a toro pasado, pienses que mejor hubiera sido no haberla resuelto nunca.


  Pese a ser un recurso de guión archiconocido y utilizado hasta la saciedad, los espectadores caemos una y otra vez en sus redes y nos dejamos encandilar por esas parejas que se desean desesperadamente pero se resisten a consumar su pasión. La identificación con ellos llega a ser tal, que a veces te dan ganas de meter la mano en la pantalla (si ello fuera posible), darles sendas collejas y decirles: ¡atontados, montároslo de una vez, si estáis loquitos el uno por el otro! Pero somos conscientes de que en el momento que yazcan, en el sentido bíblico del término, se acabó lo que se daba.
 
Son muchos los partenaires televisivos que han sido “torturados” por los guionistas, viviendo en un sinvivir, valga la paradoja, bajo un claro TSNR. Los protagonistas de Luz de Luna, Reemington Steele, Bones, Castle, Expediente X, por citar algunos, son ejemplos de manual. A mí personalmente, me encanta la encarnada por Tony Soprano y su psiquiatra, la doctora Melfi, que se encuentra descolocada ante ese hombre con el que no debe liarse por tres claros motivos: es su paciente, está casado y es el capo de la mafia de New Jersey (¿alguien da más?).


miércoles, 13 de abril de 2016

Gente tóxica

Por Marisa Díez

Hay personas que están en este mundo sólo para molestar. A veces ni siquiera son conscientes del mal ambiente que crean a su alrededor, pero están ahí, fastidiando al personal de manera continua y reiterada. En la actualidad, y en aras de un vocabulario políticamente correcto, se les denomina con una expresión de lo más sutil, y nos referimos a ellos como “gente tóxica”. Pero vamos, que en mi barrio, por ejemplo, se les conocería con una expresión mucho más descriptiva y directa, porque en realidad no son más que “los tocapelotas” de toda la vida.

Todos nos hemos cruzado en alguna ocasión con algún elemento de este pelaje, lo que ocurre es que a veces están agazapados y cuesta identificarlos. Se esconden tras una apariencia relativamente afectuosa y, en cuanto te descuidas, ¡zas!, te pegan el zarpazo. Hace unos días, una amiga descubrió que en su círculo más íntimo se escondía un individuo (bueno, es su caso particular, una individua) de esta calaña. Y sin saber bien cómo, se encontró indefensa y sin fuerzas para hacerle frente. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al contarme cómo se sentía, yo le aclaré que lo que tenía a su lado desde tiempo inmemorial era lo que ahora se conoce como una persona tóxica. Así que se dedicó a bucear por internet buscando la definición exacta de semejante apelativo y encontró infinidad de artículos dedicados al tema, así como diferentes manuales de autoayuda con los que, de inmediato, se sintió plenamente identificada.


jueves, 31 de marzo de 2016

Imre Kertész ha muerto

Por J. Teresa Padilla

 Hace tiempo que decidí no escribir aquí por obligación, por mantener una sana regularidad. Desde que la salud, eso que damos por supuesto como nuestro estado natural, se me reveló como un regalo que hasta ese momento se me había concedido de forma gratuita e inmerecida, como un milagro, decidí que escribiría lo que pudiera y cuando pudiera, olvidándome de hábitos saludables.

Esta semana iba a “pasar”. Y eso que ayer oí en las noticias un dato sorprendente y sobrecogedor, un dato que se mencionó con ese automatismo aséptico de las locutoras profesionales que me convence de que no piensan en realidad lo que están diciendo cuando leen en sus “teleprompters”: la primera causa de muerte “no natural” en España, por encima de los accidentes de tráfico, era el suicidio. Se mencionó el número de suicidios diarios durante el 2014 (de ese año creo que era la estadística), un número que me resultó incomprensible e inimaginable. No sé, pensé que debía escribir algo sobre algo tan díficil (o quizás no) de entender, pero no me vi con fuerzas. Ni con palabras, en realidad. El hecho me dejó muda y no he logrado aún superar la estupefacción inicial y encontrar un camino hacia una relativa comprensión.

Imre Kertész (Foto: Csaba Segesvári)

miércoles, 23 de marzo de 2016

Nuestros ayeres

Nuestros ayeres. Natalia Ginzburg.

Círculo de lectores: Barcelona, 1996, 366 pp.


“La guerra no era como ellos se creían, seguían pasando las cosas de todos los días, sólo que con cortinas negras en las ventanas”.

Por J. Teresa Padilla

Una frase sencilla, como todas las de Natalia Ginzburg (1916-1991), que, sin embargo, dice mucho más de lo que aparenta. Porque ni la guerra ni la revolución son esas aventuras épicas que trastornan por completo la vida y vuelven el mundo del revés, ésas que tan a menudo el cine convierte en un espectáculo deslumbrante lleno de acción y heroísmo. Tras su ensordecedor ruido la vida sigue transcurriendo con su tozuda cotidianidad, y las personas siguen peleándose por fruslerías, iniciando lo que suponen que debería ser su primera experiencia amorosa. En mayor número que en épocas de paz, la gente continúa muriendo, de forma natural o quitándose la vida, pero también trae hijos al mundo y sigue amando a sus perros, puede que incluso más que antes. Como antes y después de la guerra, las personas hablan, más para sí mismas que para otros, y callan sin embargo lo esencial, lo que sólo tiene sentido dirigido al otro, favoreciendo así el crecimiento de un silencio íntimo y aniquilador que lo engulle todo.

jueves, 10 de marzo de 2016

El esperpento

Por Marisa Díez
Hace un tiempo que conté la historia de mi vecino del tercero, aquel que vivía su particular sueño de independencia en la comunidad. Es un buen hombre y lleva un tiempo que está más tranquilo, ahora que le ha tocado ser presidente. De vez en cuando suelta algún exabrupto, pero como ya nos hemos acostumbrado a sus excentricidades tampoco nos cuesta demasiado aguantarle. Mientras no se ponga guerrero, ahí está; es un tipo peculiar pero muy buena gente. En lo que a mí respecta, hace un tiempo que ha pasado a un segundo plano, metida como estoy ahora en la reforma de mi propia casa. Llevo ya casi tres meses en un sinvivir y no veo la salida. Cuando pienso que por fin lo tengo claro, me enseñan un nuevo plano de cómo podría quedar mi pisito con unos ligeros cambios por aquí y por allá. Y, ¡ale!, a dudar otra vez. Y vuelta a empezar.

jueves, 3 de marzo de 2016

El Reino

El reino. Emmanuel Carrère.

Anagrama: Barcelona, 2015. 520 pp. 24,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

Aparte de un bastón de senderismo para animarme a salir más a la calle y superar la inseguridad deambulatoria que me invade últimamente, Juana ha compartido parte de sus “reyes” conmigo: El reino, de Emmanuel Carrère. Menos mal, porque los míos están ya muy mayores y olvidadizos.

Al César lo que es del César: esta obra (que mezcla la autobiografía, el ensayo divulgativo sobre los orígenes del cristianismo y la reconstrucción, ocasionalmente ficcional, de la figura de Pablo o del proceso creador del evangelio de Lucas) se lee de un tirón. Y lo digo porque es un libro que me resultó decepcionante hasta bien avanzada su lectura, aunque al final terminara reconciliándome con él. Se está convirtiendo en una costumbre entre Carrère y yo que cuando estoy a punto de “tirarle a la piscina”, como hacía Umbral, termine cogiéndole cierto afecto.

Como ya sospechaba cuando reseñé Una novela rusa, la apuesta literaria de Carrère es justo la reducción de lo literario al mínimo: la realidad prima sobre la ficción y la forma de contarla debe ser la más natural y sencilla posible. Para consuelo de los lectores que, como yo, vemos en la ficción una de las mejores formas de acceso a una realidad que, sin ese artificio, nos aturde, queda la metaliteratura, que la hay y es lo mejor de esta obra. Ahí sí deja Carrère de lado por un momento los hechos, más o menos contrastados, y recrea libremente a Pablo y Lucas como autores de los escritos a ellos atribuidos. Y estos Pablo y Lucas imaginados resultan más creíbles que los históricos.


sábado, 20 de febrero de 2016

Mi amigo Toni

Por Marisa Díez


Esta semana, un amigo se dispone a cruzar la frontera. El domingo 21 es el día en el que, si la memoria no me falla, cumple sus primeros cincuenta años de vida. O el medio siglo. O entra en la cincuentena. O como se quiera definir semejante hecho. El caso es que los cumple sin remedio, algo que no está nada mal, considerando la alternativa, que diría alguien por ahí.

Mi amigo Toni es el tercero de mi lista particular que, en lo que va de año, alcanza la cifra fatídica. Ya sé que, matemáticamente, se trata sólo de un cambio de dígito. Y que su rutina va a seguir más o menos igual un día antes, estando en la cuarentena, que un día después, estrenando la nueva década. Pero qué queréis que os diga, yo en su lugar estaría asustada. Y eso que a mí todavía me queda un montón de tiempo para llegar a tan escandalosa edad…

Hace ya cerca de dos años, a mi amigo Toni la vida le dio un vuelco inesperado. Tardó un poco en superar el shock, pero ahora, aunque sigue en el intento de recomponer las piezas del puzzle que se le descolocaron, ahí está, hecho un chaval y recuperando parte del tiempo que había dejado atrás sin enterarse. Durante bastantes años le perdí la pista, aunque nunca dejé de tenerle en mi pensamiento. Es de esas personas a las que no olvidas una vez has tenido la suerte de conocer. Además, mi amigo Toni y yo éramos dos compinches y llevábamos a rajatabla la consigna que nos impusimos en los años de nuestras aventuras adolescentes: reírnos, con la máxima fuerza posible, absolutamente de todo y de todos, con el descaro y la inconsciencia propias de aquella edad en la que no existían límites ni ataduras.


lunes, 15 de febrero de 2016

Gran Cabaret

Gran Cabaret. David Grossman.

Lumen: Barcelona, 2015. 240 pp. 17,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

“Lo principal es que me veas”. Ésta es la petición que un cómico próximo a la sesentena dirige telefónicamente al que, durante un breve periodo, fue su único amigo de la infancia y no volvió a ver desde entonces. Aunque con alguna dificultad inicial, la de la resistencia de la memoria a recuperar momentos dolorosos, su interlocutor (un juez retirado) termina por recordarle: él le descubrió entonces una faceta de sí mismo que no sabía que existía y que, en los últimos tiempos, ha perdido. También para él aquella breve relación fue relevante, mucho más de lo que en un primer momento puede o quiere rememorar.

“Lo principal es que me veas”. Éste es el deseo expreso y recurrente del cómico cuando ruega al juez que asista a su espectáculo. Un espectáculo que sabremos luego que es el último, de ahí su, a veces, desesperada insistencia. El cómico no pide al juez un veredicto ni una opinión. Le pide que vea eso que antes de cualquier sentencia y como requisito de su justicia los buenos jueces (y él lo ha sido) ven en el acusado: “eso que seguramente sólo una persona tenga en el mundo”. Y, por fin, el juez lo entiende: “El secreto, el temblor de lo que es único. Todo lo que va más allá de las palabras que describen a una persona, más allá de todas las vicisitudes por las que haya pasado, más allá de las cosas que se vieron truncadas y que lo distorsionan”. Eso, en suma, que todos buscamos en la mirada de los demás cuando no huimos, precisamente, de ella (y de nosotros mismos).

El juez rememora esta conversación telefónica sentado ya a una mesa del modesto local de Natanya en que Dóvaleh escenifica su “comedia en vivo”, pues la novela se ciñe estrictamente a la narración de esta comedia, en la que los chistes y gags de repertorio se ven interrumpidos, cada vez más a menudo y cruelmente, por la realidad: la persona que se oculta tras el personaje, un ser enfermo y torturado que no muestra piedad alguna por sí mismo. Alguien, al principio, completamente extraño para el juez, distinto por completo al niño que él conoció. Alguien por descubrir, que tiene que ver por primera vez.
Picasso. Au Lapin Agile: Arlequin tenant un verre (1904)
Y conforme el local se va vaciando de clientes incomodados por la progresiva conversión de la comedia en vivo en la narración de una tragedia vital (la historia de un peculiar “asesinato”, del “primer entierro” de Dóvaleh), el juez inicia ese descubrimiento en el que, tanto por medio de su mirada como la de otros espectadores, intenta desentrañar ese misterio, ese secreto que el cómico necesitaba desesperadamente que se le revelara. Y a la par vuelve sobre su insignificante papel en el inicio de aquella historia que desconocía para descubrir que también es la suya, la de su “primer entierro”, la de su primera muerte. Porque lo que el cómico relata en la narración del viaje desde el campamento militar juvenil, donde se encontraba, hasta el cementerio en que debía asistir al entierro de uno de sus progenitores (ignora cuál), es sobre todo la muerte de su infancia a manos de la culpa. Una culpa que, poco antes del inicio de aquel viaje, había hecho también al juez, presente en el campanento, prorrumpir en un llanto “que nunca había experimentado”: “un llanto de duelo”.

Da igual que esa culpa no hubiera sido el resultado de una acción o un pensamiento realmente libres, que respondiera a una omisión o a una ocurrencia involuntaria. Precisamente por ello puede que diga más sobre quién se es en el fondo, independientemente de aquello en lo que deliberadamente se haya convertido. Es por eso que es una culpa que, imposible de perdonarse a uno mismo, puede llegar a torturar de por vida como una pesadilla. Una pesadilla que su escenificación ante los pocos que finalmente han accedido a escucharla consigue traer a la memoria diurna y clara.

“Desde entonces hasta hoy, siempre, he sido un hijoputa, a los catorce años también, con un alma de mierda, allí sentado en la camioneta echando mis cuentas, el cálculo más espantoso y depravado que uno pueda hacer en la vida”. Esta es la confirmación o el desmentido que Dóvaleh espera del juez para morir condenado o poder perdonarse. Y el juez, que vuelve a ver al “niño de cincuenta y siete años reflejado en un viejo de catorce”, revive aquel momento crucial en que todo comenzó y se imagina realizando las sencillas acciones que podían haber evitado todo lo que vino después. Es su forma de expiar la culpa del cómico: asumiendo una culpa ignorada e involuntaria. Un gesto de ternura, de generosidad, que salva, en realidad, a ambos.

Grossman nunca me defrauda: en medio de los mayores horrores siempre encuentra la forma de defender el poder de la compasión, el amor, el perdón y la piedad. "Ah, es que yo soy muy old fashion", dice en una entrevista. Y me alegro.