jueves, 28 de marzo de 2019

Roma



Por J. Teresa Padilla

No sé nada de cine. En estos Diarios tuvimos un cinéfilo. Uno con su propio blog sobre el tema y un peculiar estilo literario no siempre comprendido por las harpías que aún quedamos por aquí. Nos dejó, claro está, y le dejamos ir a pesar del empobrecimiento evidente que suponía su marcha. Y es que, aunque no termine de entenderlo (porque soy una bruja impermeable a su poesía), tenía un éxito indiscutible, lo que sólo podía obedecer a dos causas: la seducción de su retórica o, hipótesis por la que obviamente me inclino, el hecho de que el cine, sea bueno, malo o regular, despierta más interés que… En fin, lo que sea que seguimos haciendo las que quedamos.

Lo menciono, aparte de por la obviedad de que voy a hablar de una película, porque recuerdo sus lamentos nostálgicos por la proyección actual, incluso en los cines, de copias en no sé qué soporte digital y no en el formato de toda la vida. Lo de una producción como esta de Netflix destinada al consumo doméstico, le debe parecer una pesadilla. A alguien así, que considera las salas de cine templos en los que se impone un silencio riguroso, la forma en la que he visto Roma sólo puede resultarle un sacrilegio. Señor Ruiz, está avisado: lo que sigue puede herir su sensibilidad.

El domingo quedé con unas amigas en la casa de la que tiene la plataforma mencionada. Las circunstancias no facilitaban la debida concentración porque tres mujeres solas, comiendo la tortilla de Ana (¡ay, sí aquélla de la que ya os hablé!), bebiendo cerveza y viendo lo que estábamos viendo, no podíamos quedarnos calladas. Por poder, habríamos podido, pero no la hubiéramos disfrutado igual ni, a lo mejor, nos hubiera gustado tanto. Que la tengo que volver a ver porque entre tragos, comentarios y bocados se me han escapado muchas cosas, esto es innegable. ¿Me importa? No, la vería muchas veces más.

Una siempre quiere lo que no tiene, y esa envidia da lugar, con el tiempo y la renuncia, a la simple admiración. Mi madre tenía el pelo rizado y yo, aunque más feo el rizo, también. Ella no se preocupaba ya mucho de su aspecto, pero para mí quería lo mejor, a saber: un pelo más liso y domesticado. A tal fin me lo recogía en una coleta tan tirante para evitar su encrespamiento que resultaba dolorosa. Todo era inútil. Por mi parte, yo siempre he querido dominar la fotografía en blanco y negro, pero incapaz de optar entre las luces y las sombras, me quedaba en una apagada gama de grises. El autodidactismo no me alcanzaba, y tampoco la economía para un maestro, así que la mediocridad que el color disimulaba me la dejaba en cueros el blanco y negro. Otra crueldad inútil también. Otra envidia que ha acabado en admiración.

Llegué tarde a la cita con mis amigas, casi sin aire tras ascender a un tercero sin ascensor después de haber cargado con la cantidad de cervezas que consideré razonable (y las demás, qué sola se siente una a veces, excesiva) un buen trecho de cuestas arriba. Tras un breve desahogo sobre lo hartas que estamos de casi todo y, en especial, de nuestros respectivos adolescentes, me quedé traspuesta con la fotografía de la película, los encuadres…

No recuerdo exactamente cuándo retomé el hilo de la narración (lo de quedarme en Babia me pasa mucho últimamente). Pero no importa. ¿Hay que hacer una sinopsis? Pues ahí va una cuya objetividad no es que no garantice, es que aseguro que no existe, porque, al fin y al cabo, es el resultado de una mirada, la mía, de por sí errabunda, que suele prestar más atención a los detalles que a los argumentos. Detalles que a menudo sólo a mí me parecen importantes y que, por supuesto, nada tienen que ver con la técnica. O sea: minucias.

Por lo poco que había leído y oído, me esperaba un relato familiar desde el punto de vista infantil, de alguno de los niños de la casa (una casa, por cierto, que me recordó a aquellas maravillosas para muñecas que sólo podía contemplar tras el cristal del escaparate de jugueterías pensadas para otra clase de niñas que no eran yo). Me sorprendió, y gratamente, que no fuera así, sino que la cámara siguiera sin descanso a la protagonista, la criada indígena, Cleo. Es enternecedor el intento de una mirada que se sabe externa (la de la cámara, la de un director) por ponerse en su piel. Una piel virgen, pura e ingenua, y quizá por eso sigue resultando, a pesar de todo, una película realizada desde las entrañas de la infancia, con toda la incomprensión y el dolor que caracterizan esta fase supuestamente idílica de la existencia.

Una virgen niña y dos mujeres más. Valientes todas: la cenicienta acogida, la abuela gigantesca de cuento y la madre torpe dispuesta a convertir el abandono en una aventura. Y, enfrente, los varones adultos, personajes ocasionales y terribles, cobardes y narcisistas, adolescentes eternos. El mejor de ellos salva técnicamente vidas, es su trabajo, y ha convertido su flamante automóvil en una segunda piel que maneja (el americanismo aquí es más preciso que nuestro simple conducir) con la precisión y delicadeza de un amante. Sin embargo, abandona a Cleo camino del paritorio al que nadie más podría haberla acompañado, y a una mujer, la suya, que intenta, boba, retenerlo con su amor cuando no sabe siquiera conducir y aparcar en condiciones a su alter ego, el gigantesco coche americano, lo único que deja tras de sí.


Y luego está el otro, el muchacho que sólo sabe amar autocompadeciéndose y explota su triste historia sin saber en el fondo para qué, si busca consuelo o sólo seducir con éxito a la tonta de turno. Esa clase de tipos que cifran su virilidad en ser capaces de matar a otros, por la espalda y desarmados preferiblemente, y su astucia en eludir la responsabilidad de la vida que han contribuido a engendrar. Porque todas las mujeres son mentirosas e infieles; esos hijos que esperan son trampas para cazar esposos y, además, muy probablemente de otros. Unas zorras despreciables cuando los rechazan (cómo se atreven) y también cuando los aman y se entregan a ellos. Puede que en este último caso, incluso más.

Mudas nos quedamos en el salón las tres madres al recordar el caos de las maternidades y ver a la niña muerta que terminó por parir Cleo; cómo se despidió de su cadáver y éste fue amortajado ante sus ojos. Una niña asesinada en su propio vientre por el mundo violento y sanguinario en el que su padre tenía su sitio, aunque como simple peón. Y, sin embargo, es ella quien se culpa. “No la quería…, no quería que naciera”, llora Cleo cuando, venciendo su terror, logra extraer del voraz útero marino el cuerpo con vida del hijo de otra, de su “señora” (aunque, al parecer, no tanto como para retener a un marido y botar a la criada golfa como hacen "las de verdad"). Cleo logra así lo que nadie supo hacer por ella ni por la niña que no llegó a nacer (si por nacer entendemos vivir, aunque sea un instante), pero no en cumplimiento del deseo oculto y torturador de su madre, sino por la locura del mundo. Puede que no la quisiera, que no quisiera que naciera, pero aún menos su muerte, que sólo ella lloró.


Una película sobre mujeres maravillosas y estúpidas que se dejan engañar, dan su amor a quien las desprecia, no saben conducir, gritan o callan de dolor, ponen en peligro sus vidas por otros. A veces lo consiguen. La mayoría no. Pero al final sólo quedan ellas. Ellas y los niños a los que dieron vida o se la salvaron y a los que no, pero sólo serán recordados por ellas. Y entonces mi cabeza vuelve al principio casi, cuando Cleo se tumba al sol en la azotea, cabeza con cabeza junto al más pequeño y débil de los niños, Pepe, al que han dejado solo y "muerto" sus hermanos, para jugar también ella a estar muerta, pues peor que estar muerto es estarlo solo: “Yo sin mi Pepe no puedo vivir. Yo también me morí. Me gusta estar muerta”. Y los dos yacen así, juntos y sonrientes, sobre la azotea mientras alrededor la vida, dice el guión, sigue.


jueves, 14 de marzo de 2019

La intrusa

Ilustración de Alberto Breccia

No es frecuente, pero tampoco la primera vez que, en lugar de un texto original, se comparte aquí uno ajeno. En este relato brutal de Borges se cuenta cómo una mujer es arrojada en medio de una estrecha fraternidad masculina, cómo su mera existencia pone en peligro esta unión entre los hermanos y el modo en que ellos logran salvar finalmente esta amenaza. Como toda verdadera literatura dice más de lo que cuenta (para el que quiera entender, claro).

El relato está incluido en Nueva antología persona (Emecé, 1968; Bruguera, 1980), en la segunda edición de El Aleph (1966) y en El informe Brodie desde 1970.


Por Jorge Luis Borges

"La intrusa"
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.

En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.

Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:

-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.

El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.

Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.

Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:

-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.

Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:

-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:

-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios. Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

jueves, 7 de marzo de 2019

Espejo, espejito mágico...

Foto: J. Teresa Padilla



"Max: La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
Don Latino: ¿Y dónde está el espejo?
Max: En el fondo del vaso". (Luces de bohemia, R. del Valle -Inclán).


Por J. Teresa Padilla

Érase una vez un rey de un país lejano cuyo nombre ya no se recuerda en las crónicas. Ni el de uno ni el del otro. Lo que sí ha llegado hasta nuestros días es el profundo amor que sentía este rey por su propia persona. Un amor, como todos, incierto y turbador. En su caso, no temía no ser correspondido o terminar engañado. Aunque no se pueden descartar tajantemente ambas posibilidades, el rey de esta historia era un hombre poco dado a los enredos reflexivos, que, de haber considerado, habría tenido por antinaturales: los ojos están donde están para mirar al frente, lo único que pueden hacer. Esto explica por qué ver algo ubicado en cualquier otro lugar exige mover la cabeza o el cuerpo entero (es decir, poner lo que sea delante, en la dirección natural del ojo). Cuando aquello hacia lo que se pretende “volver la vista” está dentro de uno mismo o no está en ninguna parte, la situación deviene necesariamente inútil, cómica y mareante. El rey adoraba este sentido común suyo y las brillantes frases que le permitía pronunciar si la ocasión se presentaba.

Pese a todo, el rey tenía miedo, y por eso sabía que se amaba. Aunque tentada, la narradora no va a indagar sobre la necesidad o la contingencia de este vínculo entre el miedo y el amor que para el protagonista de esta historia era evidente. Como ser mimado por el destino y caprichoso, identificaba el amor con el deseo, y la satisfacción de éste con la posesión de lo amado. Una vez poseído (consumido, sería más preciso) el objeto de su amor, no había nada que perder ni temer. Un amor consumado es un amor cumplido, agotado, luego extinto. Puro sentido común para quienes se lo puedan permitir: el deseo nunca plenamente satisfecho y, por tanto, el amor eterno por otro, es cosa de pobres.

Así pues, por atractivo y tentador que hasta para un rey pudiera resultar en principio el enigmático y exótico otro, el previsible sometimiento del mismo a su poder y capricho terminaba, tarde o temprano, por provocarle este tedio insoportable de la consumación que consume. Es lo que distingue a la realeza de la plebe: el privilegio de aburrirse (de consumir sin límite ni remedio). Sin embargo, el rey descubrió un día que, a diferencia de otros amores, el deseo de sí mismo no encontraba tan fácil y predecible satisfacción. A diferencia de lo extraño, condenado por el propio deseo a ser anulado como tal, poseído y hecho propio, él siempre se había pertenecido a sí mismo y, a la vez, no del todo. Hasta donde alcanzaba su vista y el galope de su caballo, lo único de lo que no era dueño absoluto era él mismo. ¿Cómo un hombre que sólo mira con los ojos y, por tanto, siempre algo que está delante, puede descubrirse parcialmente ajeno a sí mismo? La respuesta es sencilla: mirándose a un espejo.

Conocidos son desde antiguo los misteriosos poderes de los reflejos, en general, y los espejos muy en particular. Lo que el ojo no puede ver lo muestra el espejo o, en su defecto, un juego de espejos. Como casi todo en la vida, es preciso aprender a verse en los espejos, es decir, a reconocerse en la imagen que aparece en ellos: hay perros que ladran a su reflejo y bebés que se ríen del suyo. Todo lo que se aprende es susceptible de desaprenderse, y puede llegar un día en que alguien ya no se reconozca en esa imagen esmerilada y la salude con una educación que ya quisieran para sí otros más cuerdos. Nadie lo decía en voz alta por miedo a la ira real, pero en palacio se rumoreaba que ésta había sido una de las rarezas seniles de la encantadora y añorada reina madre.

Obviamente, el espejo del rey no podía ser un simple espejo. El suyo había llegado de Oriente, que es de donde llegan los seres, animados o inanimados, increíbles y mágicos. De Occidente proceden cosas útiles, como las lavadoras-secadoras, y personas ilustradas, como los físicos matemáticos o algún trasnochado discípulo de Sócrates. Nada interesante para un rey que lo tiene todo, incluido aquel sentido común que ya se mencionó cuánto le enorgullecía y cómo le libraba de absurdas reflexiones. Entre ellas, por ejemplo, la del efecto subversivo que la esfericidad del planeta en que vivimos tiene sobre las coordenadas por las que nos hemos orientado y las civilizaciones en cuyo seno hasta nuestro rey creía estar acogido (él y su sentido común). Cual expedicionario intrépido parte el occidental insatisfecho de sí mismo y su cultura nativa en la dirección por la que sale el sol buscando otra clase de respuestas y, si no se rinde en alguna de las etapas intermedias o se conforma con algún enigmático proverbio, termina de nuevo en su casa. Eso sin contar con que, por mucho que en su camino tope con un lugar autodenominado País del sol naciente, sólo lo es para su vecino chino, pues sus habitantes no ven salir el sol bajo sus pies, sino tras la línea de un horizonte marítimo que los conduce directamente a América, respecto de la cual el Oriente resulta ser nada menos que la llamada cuna de Occidente… Y la narradora se detiene aquí, aturdida, porque teme haberse hecho un lío y escrito alguna barbaridad.

El caso es que el rey tenía un espejo que le trajeron de Oriente, lo que estrictamente indica sólo la dirección desde la que llegó y no un origen concreto o fijo. En él se podía mirar como en cualquier otro espejo, y admirar la inteligencia y brillo de sus ojos, la ligera curvatura de su nariz que, con esa leve desviación del modelo griego, dotaba de fuerte carácter al conjunto de su rostro, cuyo perfil exhibía unas orejas del tamaño justo (igual al que separa la punta de la nariz y la ceja), todo rematado en la parte superior por su abundante y brillante pelo y, en la inferior, por su cuidada y viril barba. Jugaba nuestro rey con él a intentar adivinar como lo verían los demás o como sería él mismo cuando no se estuviera mirando. Ensayaba gestos, se miraba de reojo… Nada que no se pueda hacer con un espejo corriente. Como resultado de estas pruebas, el rey empezó a dudar y recelar si no amaba al espejo tanto como a sí mismo. Nada pudo su hasta entonces inquebrantable sentido común para quitarle esta idea de la cabeza o, mejor dicho, esta ardiente sospecha del corazón. Y llegó el día en que, enloquecido por los celos, el rey destruyó a su rival y arrojó al suelo lleno de ira el espejo y la bella imagen que éste atesoraba de él mismo.

Roto en pedazos y mirado de soslayo por su verdugo, el espejo desplegó su magia oriental (ésa que se sabe de dónde viene, pero nunca dónde está). Un trozo empezó a mostrar lo que al rey le pareció, por su novedad y estado de enajenación, el futuro: fragmentos nunca vistos de su persona y lo que ocurría a sus espaldas. Se veía encorvado, arrugada su vestimenta y deslucida su figura. Descubrió las miradas insolentes que sus súbditos le dirigían cuando creían no ser advertidos. No era el futuro, claro. Los espejos, por mágicos que sean, están prisioneros del presente y no pueden reflejar lo que no es ya (el pasado) o no es todavía (el futuro). Pero sí otros presentes. Esto hacían los fragmentos del espejo: reflejar lo que otros tienen delante o lo que uno mismo podría contemplar cambiando de postura. El rey, sin embargo, no veía más que amenazas, la venganza de un amante despechado, de un cadáver que se resistía a morirse. Así que pisoteó y pisoteó los pedazos hasta hacerlos añicos. Y entonces sucedió: el espejo, moribundo, volvió a devolver al rey su propia imagen. Fragmentaria y deformada, pero más fiel que ninguna otra de las que le había proporcionado en el tiempo que duró su amor. Una imagen tan reconocible que el rey tuvo que exclamar para que le oyeran todos y sobre todo él mismo: Ése no soy yo. No soy yo. No soy yo. Ese monstruo, ese rostro con esa boca deforme que habla como yo y esos ojos que miran de frente, como los míos, pero ahora evitando mirar otros ojos; ése, sí, que siente y piensa lo que yo, no. A pesar de todo, no soy yo. No.


jueves, 21 de febrero de 2019

Mi habitación con vistas

Foto: J. Teresa Padilla
"Lo único que pervive en mi conciencia son sus voces, tal vez porque la mía es la combinación de las suyas, al igual que los rasgos de mi fisonomía deben ser la combinación de los suyos. Lo demás —su carne, sus ropas, el teléfono, la llave, nuestras pertenencias, los muebles— ha desaparecido y ya nunca más volverá, como si nuestra habitación y media hubiera sido alcanzada por una bomba, aunque no por una bomba de neutrones, que por lo menos deja intacto el mobiliario, sino por una bomba de tiempo, que incluso hace astillas la propia memoria. El edificio sigue en pie, pero nuestra vivienda ha quedado arrasada y nuevos inquilinos, mejor dicho nuevos soldados, la han invadido. Porque así es una bomba de tiempo y ahora estamos librando una guerra de tiempo" (Joseph Brodsky, Menos que uno, "En una habitación y media" -1985-, trad. de Roser Berdagué).

Por J. Teresa Padilla

He empezado tres textos que no sé si terminaré. Al final, y tras cambiar la posición de la mesa y con ella el panorama que se me presenta cuando levanto los ojos del teclado, lo intento con éste. No estoy del todo cómoda; soy de esas personas que necesitan tiempo para adaptarse a los cambios, probablemente porque los temen tanto como los anhelan. En mi caso, no es una probabilidad, sino una certeza que me lleva a esperar que estas transformaciones salvadoras ocurran por intervención de otros o del puro azar: cuando siento que me ahogo y necesito otro horizonte, mi valor se limita a poco más que trasladar y reordenar mis cosas. Al cabo de cierto tiempo, superada la incomodidad inicial, disfrutaré de una fase más o menos larga de bienestar que terminará un buen día con la falta de aire. Y vuelta a empezar.

Hace mucho que renuncié a una habitación propia. Aunque diminuta, tenía una en la que fue mi casa, la de mis padres. Fue, es…., no está claro. Lo único bueno que me ha pasado esta semana es haberme hartado a llorar leyendo los recuerdos de Joseph Brodsky sobre la habitación y media del hogar que compartió con sus progenitores y ha quedado indisolublemente asociada a su recuerdo. Ese fragmento espacial del que se fue un día en busca del aire preciso para respirar más profundamente (libertad se llama también a esta expansión del tórax). Se fue y no volvió nunca, ni a la media habitación que le asignaron como propia ni a ver a sus padres. En su caso, al carácter huidizo de la juventud y al destino supuestamente natural de morir que no perdona a nadie, se le añadió el imperio político de la historia y, por ello (y su especial sensibilidad, claro), la conciencia de la orfandad, si se mira hacia atrás, y de la ilusión de la libertad, si los ojos se dirigen al futuro, fue más clara y cruel de lo habitual. Cuando esto le pasa a un poeta, suele terminar escribiendo sobre ello, de lo cual, como buitres, sacamos los demás provecho (si puede llamarse así a la iluminación de nuestra correspondiente situación de desamparo).

Foto: J. Teresa Padilla
Sean cuales sean las circunstancias concretas, una ansía salir de esa casa y ese pequeño e íntimo reino desde el que todos los días podía dejarse mimar la vista por los colores del cielo al atardecer. Se está más que dispuesta a renunciar a ello porque se cree, como una idiota, que habrá vistas mejores y mayores espacios, y que, si no, su habitación seguirá ahí siempre, puesto que no se trata más que de un lugar al que es posible retornar. Pero este nido, como también lo llama el poeta, está hecho, más que de ladrillo, de tiempo, de parte de tu vida y de la de los que lo construyeron o habitaron. Y el tiempo no admite vuelta atrás. Cuando se queda vacío, el hogar (el lugar de la lumbre que acoge y vivifica, nos recuerda el diccionario) se parece más a una tumba que a un refugio y ya no merece su nombre, pasando a ser una simple casa, un piso, un inmueble. Aun así, te rebelas y luchas por él, por conservarlo como ese ilusorio lugar al que volver: el plan B que impide la rendición incondicional tras el penúltimo fracaso. Pero sólo porque eres una idiota.

No se puede recuperar el pasado, volver a él. En realidad, ni siquiera se desea esto realmente. Al menos, yo. Pero el invierno, más o menos largo y duro dependiendo de la latitud y la altura, nos obliga a recogernos al calor de algún fuego. Y el del presente, el de las habitaciones, a menudo más amplias, que hemos conseguido para nosotros mismos, nos resulta extraño e incluso abrasador en ocasiones. Más cómodo que la intemperie, desde luego, pero poco más que eso. Ni volver al pasado ni a las habitaciones propias: por mayor que sea el espacio que consigas para ti, nunca más tendrás un cuarto realmente tuyo como aquel en el que creciste y del que escapaste. Puede, precisamente, que porque huiste y ya no puedes volver, porque sólo puedes llamar tuyo a lo perdido, a lo que sólo existe en tu memoria, que es una forma de no existir, y nadie puede ya usurparte.

Foto: J. Teresa Padilla
Exagero, claro, siempre hay naturalezas callejeras, vagabundas por voluntad propia, nómadas. Amantes de la actividad al aire libre que agradecen un sitio cualquiera, aunque si es cómodo mejor, para reponer fuerzas, pero sólo eso. Lugares de paso. Me cuesta ponerme en su piel: no me libro de la sospecha de que, realmente o sólo en su imaginación, creen sus espaldas cubiertas o gozan de una inquebrantable y felina seguridad en que, si caen, lo harán siempre en pie. De que, resumiendo, no se han percatado de su pérdida, de que están realmente solos. Su errancia tiene un aspecto, a mis ojos, puramente vacacional o turístico por mucho que se presente como forma de vida.

No, no querría volver al pasado aunque fuera posible. Desearía más bien que no hubiera un pasado cumplido, que éste siguiera ahí, pasando sin cesar. Cualquier tiempo verbal, salvo el estático, pasivo y acabado del participio pasado, del tiempo que ha dejado de correr (de ser tiempo) para detenerse a mirarse y quedar convertido en una estatua de sal, me valdría. Pero esto es igual de absurdo, si no más.

No hay salida ni plan alternativo razonable y, sin embargo, no cabe resignarse, renunciar y dar por desaparecidos para siempre aquellos de los que procedes, los que construyeron aquel nido que se te quedó pequeño y del que tuviste que salir volando. Ni se puede regresar ni construir otro, al menos para uno mismo (como si pudiéramos erigirnos en nuestras propias causas u orígenes). Pero todo, o al menos lo mejor de lo que una es, se resiste a la violencia de ese tiempo que va a trompicones, hecho de rupturas y soluciones de continuidad, sostenido en y sobre la solidez y fiabilidad del espacio. Entonces escribe, intenta fotografiar un fantasma o sueña.

Hace unos días soñé que volvía a tener una habitación propia. No era mi cuarto de la infancia, ni ningún otro espacio real que hubiera habitado. De hecho, en el sueño sólo aparecía una mesa con un ordenador a la que me sentaba como ahora mismo mientras escribo esto. La mesa y una enorme cristalera con vistas a un jardín donde crecían las plantas que cuidaba y correteaban mis perras, donde cualquiera podía llegar de improviso y sentarse en un banco, pero nadie escapar. Sin más paredes ni detalles. Creo que la sentía mía por esto, por lo que podía ver desde ella (lo posible y lo imposible). No era ni iba a ser nunca real, así que no estaba sujeta a ninguna ley natural o histórica. Ni siquiera espacial. Una habitación con vistas a lo que amas y amaste y amarás. Eso soñé hace unos días contra la "muerte, el Pasado, el Hecho eterno".


Foto: J. Teresa Padilla
"La deuda está saldada,
El veredicto pronunciado,
Las Furias aplacadas,
La peste está contenida.
Los destinos cumplidos;
Gira la llave y condena la puerta,
Dulce es la muerte para siempre.
Ni la arrogante esperanza, ni el dolido disgusto,
Ni el odio asesino, pueden entrar.
Todo está ahora seguro y sujeto;
Ni los dioses pueden perturbar el Pasado;
Moscas –contra la puerta adamantina
sellada para siempre.
Nadie puede volver a entrar allí,-
Ni un ladrón muy cauteloso,
Ni Satán con un magnífico truco
pueden introducirse por una ventana, resquicio o agujero,
Para unir o desunir, añadir lo que faltaba,
Insertar una página, falsificar un nombre,
Renovar o terminar lo que está cerrado,
Modificar o enmendar un Hecho eterno"
(Ralph Waldo Emerson, "El pasado", en Man-day and other pieces -1867-).

jueves, 7 de febrero de 2019

Krakatoa


Foto: Richard Van Wijngaarden (Unsplash).

El color es un medio para influir directamente en el alma (Wassily Kandinsky).

Por Esperanza Goiri

Por recomendación médica, para el posoperatorio de una intervención quirúrgica de la nariz, he tenido que adquirir un humificador. La compra de electrodomésticos, grandes o pequeños, nunca me ha motivado especialmente. Mientras cumplan su función me da igual que sean de tal o cual marca, más o menos bonitos. Así que, cuando tuve que elegir entre las tres opciones disponibles en unos grandes almacenes, me incliné por el de gama intermedia que además de buen precio era el de menor tamaño, dato interesante a la hora de ubicarlo.

Tengo la mala costumbre de leer por encima las instrucciones del fabricante o directamente pasar de ellas. Así que, como siempre, las eché un vistazo y limpié con esmero el aparato antes de usarlo. Por la noche, procedí a llenarlo y lo conecté sin más. Se encendió una lucecilla blanca y un agradable burbujeo precedió a la columna de vapor de agua. Como todo parecía funcionar correctamente, me metí en la cama con un libro. De vez en cuando levantaba la vista de la lectura y observaba la “fumata” blanca que se diluía por el ambiente. Me hacía gracia la imagen. Era como tener un pequeño Krakatoa en mi habitación. El vaho y el gorgoteo del cacharro, unidos a varias noches de insomnio por causa de la operación, provocaron su efecto y no tardé en apagar la luz. Sumida en esa atmósfera húmeda y acuosa caí en una agradable modorra. Podía imaginarme perfectamente en el camarote de un crucero fluvial, navegando con suavidad por el cauce del río. A ese reconfortante pensamiento, sin duda, contribuían los aromas del espray balsámico favorecedor del sueño que tuvieron a bien traerme sus Majestades del mismo Oriente. Desde que está en mi poder, todas las noches, rocío la almohada con generosidad. Tenía a mi disposición el pack completo. Nada podía fallar para conseguir el objetivo de dejarme acunar en los brazos de Morfeo. ¿O, sí?

Foto: Cmart29 (Pixabay).

Con los ojos cerrados, algo percibí que me perturbó. Pero dispuesta a dormir a toda costa me resistí a abrirlos e intenté volver a relajarme. La sensación extraña se repitió varias veces. La posibilidad de que se tratara de un bicho o, lo que es peor, un ánima del más allá dispuesta a incordiar, me obligó a enfrentarme al elemento inquietante, fuera lo que fuese. Cuando me atreví a mirar, una atmósfera roja inundaba el cuarto. La impresión de que algún ser del averno me estuviese visitando se acrecentaba por momentos. A punto de entrar en pánico, el tono púrpura mutó en un azul frío y submarino, para a continuación verme inmersa en un íntimo y acogedor tono dorado que fue desapareciendo para dar paso a un suave verde. Sentada en la cama, parpadeando y sumida en un estado mezcla de estupefacción y fascinación, la cordura se fue abriendo paso. Sí, mi Krakatoa particular guardaba una sorpresa cromática que, de haberme tomado la molestia de leer detenidamente las instrucciones, no me hubiera pillado desprevenida. Superado el desconcierto inicial, he de reconocer que he cogido gustillo al asunto de los colores que abre ante mí infinitas posibilidades. Claro que la sorpresa se la va a llevar mi santo cuando regrese, tras su ausencia de una semana por motivos laborales, y se encuentre nuestro dormitorio convertido en un After-hours lleno de niebla y luces psicodélicas.


 
 

jueves, 24 de enero de 2019

El yogur de fresa

Foto: J. Teresa Padilla
“Sara comprendió que tenía que guardar silencio. Aquellas fiebres le habían otorgado el don del silencio. Se volvió obediente y resignada. Había entendido que los sueños sólo se pueden cultivar a oscuras y en secreto. Y esperaba. Llegaría un día –estaba segura- en que podría gritar triunfalmente: «¡Miranfú!». Mientras tanto, sobreviviría en su isla” (C. Martín Gaite, Caperucita en Manhattan).

“El entrenamiento diario de la soledad se convierte poco a poco en una tortura tal que al final, bañada en sudor, la soledad se pone a hablar”. (I. Kertész, Diario de la galera).


Por J. Teresa Padilla

Hay sucesos, mínimos y fugaces, que no se merecen el olvido. Tampoco, desde luego, tienen su lugar en un periódico y, aún menos, en un libro de historia. A pesar de ello, la testigo intenta retenerlos en su memoria y, cuando desconfía de ella, los cuenta una y otra vez fiando en la de los demás la permanencia de su pequeña y preciosa anécdota o, si puede y no teme hacerlo, la escribe. Ha decidido atreverse.

Sabe de personas cercanas que han temido escribir hasta su nombre de tanto como les han recordado a lo largo de su vida lo mal que lo hacen, la mala caligrafía que tienen y las faltas de ortografía que cometen: su casi inexistente instrucción. ¡Estudios primarios! Ésa era la casilla que había que marcar cuando no se tenía ningún título (era un simple certificado), cuando sólo se había acudido a clase de forma esporádica y apenas se sabían “cuentas”, leer y escribir (con una dificultad que provocaba la risa de otros mejor formados e invitaba a evitarlo cuanto fuera posible). Algunas de esas personas aprovecharon los programas de formación de adultos para conseguir por fin el ansiado título de graduado escolar. Por lo que sabe, no perdieron del todo ese miedo a la palabra escrita, pero ganaron la confianza de que la sociedad, en la persona de los maestros (esos admirados titulados superiores), sancionara al aprobar sus exámenes y conceder el título su pertenencia a un mundo hasta entonces vedado. No era el de la cultura (esa cumbre al alcance tradicionalmente de una minoría menos ocupada), sólo el modesto mundo laboral, el de las personas reconocidas capaces y válidas que podían apuntarse a las “Bolsas de trabajo”.

Reconoce este miedo reverencial a la palabra impresa, más o menos superable una vez se ha adherido a la piel, pero también, en el otro extremo, la familiaridad que raya en la falta de respeto. La de aquéllos para los que la lengua es un mero instrumento, un medio para un fin. O incluso sin él: la del que escribe por escribir, para demostrar que pertenece a esa élite de los que pueden, de los que poseen la misma lengua que los otros no podían evitar temer estar mancillando con sus rústicas manos.

Se debería poder respetar sin temer, pensaba a sabiendas de que hacía falta más de una generación para perder un miedo que sabía le habían legado y del que deseaba librarse, pero segura también de que no quería para sí la certeza de los otros. Y, sin embargo, no podía negar que la educación que había tenido el privilegio de recibir consistía, precisamente, en apoderarse de los conocimientos y las lenguas, en dominar las materias, en adquirir destrezas. Los términos que se utilizaban para describir su objetivo no eran inocentes y la desenmascaraban. Pertenecían a un lenguaje de poder y control, de utilidad. Un lenguaje que no tiene sentido sin la existencia de los antónimos correspondientes (sumisión, impotencia o ineptitud). En este contexto no sólo no se podía, sino que incluso no se debía respetar sin temer, así sin más, porque a eso se le llama amar, y no es posible amar lo que ha de ser poseído, dominado o controlado con el objetivo fundamental de conferir al educando una mayor funcionalidad y eficacia social o económica. De hacer de él “alguien en la vida”, una persona de provecho. Porque, sí, mientras reflexionaba aparentemente sobre conceptos abstractos para no hacerlo sobre asuntos más dolorosos como su propio fracaso en esta carrera de consecución de objetivos, se percató de que en esta dinámica que se oculta bajo el lenguaje usado al hablar de la enseñanza (en general y, en particular, la de la propia lengua), y que se puede resumir en “aprender a usar”, acaba por sucumbir a la condición de puro medio hasta el triunfador, el que cumple satisfactoriamente las expectativas. Nada merece al final respeto. Todo es medio para otra cosa. Algo que se usa hasta que se desecha, y el que se puede desechar es el hablante contingente, pues, por pervertida y pobre que resulte en este uso instrumental, la lengua siempre será necesaria.

F. de Goya. Saturno devorando a su hijo -detalle-. (1819-23)
En parte por rebelarse contra este mundo, con el que se alía la mala educación y hasta cierto lenguaje, y contra aquellos presuntos legítimos dueños del lenguaje a los que daba lugar (para terminar comiéndoselos un día como Cronos a sus hijos), decidió escribir. Sin tener muy claro si podía o debía. Orgullosa de haber heredado algo de esa inseguridad que había visto sufrir tan de cerca y que le recordaba que nunca sería, pero tampoco quería ser, la propietaria de la lengua que usaba. Pero sólo en parte. Al fin y al cabo, resistir ante la realidad dominante, que se disfraza de necesaria cuando en el fondo es un fantasma que se alimenta del miedo (al fracaso, al desprecio, a la sumisión, al hambre y al dolor), es una reacción pasiva, una forma de decir “no”. Algo estéril si no responde a un “sí” más profundo. Como, en su caso, el amor. A las palabras, sí, pero sobre todo a las contingencias. Había hechos menudos e insignificantes que arrancar de las fauces devoradoras del olvido, del tiempo. Así había empezado a escribir. Y tras la duda (y el rodeo de la reflexión), arriesgándose a no hacer sino añadir más cháchara absurda a un mundo absurdo, decidió que aún más respeto que las palabras, lo merecían quienes las pronunciaban y, en ocasiones, hacían milagros con ellas.

Como el que propició aquella mujer que, a primera hora de la tarde de la víspera de Año Nuevo, desde una silla de ruedas y con un rosario de plástico en la mano, antes de que el que parecía ser su hijo la bajara del autobús medio vacío que conducía al extrarradio, nos deseó con voz alta y clara la salud que le faltaba a todos los que seguían viaje. Y a la respuesta rotunda, nítida y emocionada del conductor, siguieron otras palabras que le deseaban lo mismo a ella, le agradecían las suyas y la bendecían. Todos dejaron por un instante sus pensamientos, sus preocupaciones o sus móviles, su cansancio de casi todo, para responder con gratitud y desear de corazón a aquella mujer impedida lo que difícilmente iba a poder recuperar el año a punto de empezar y ella había pedido en voz alta para ellos.

Quizá no pasara nada, piensa mientras relee lo que ha escrito: una felicitación más entre tantas frases hechas que se dicen esos días. Pero no. Pasó. Estaba allí. Lo recuerda todavía. Y siente la impotencia de no ser capaz de transmitirlo.

Rehará sus frases las veces que haga falta, porque no puede suponer que otro viajero lo haga. Porque, aunque lo hiciera, quizá viera otra maravillosa, pero diferente, contingencia. Nadie puede contar estas diminutas nimiedades por nadie. Como nadie más que ella podía describir la resignación en la mirada y el gesto de aquella otra mujer que, en la sala de estar del ala de oncología de un hospital público y ante el inminente fallecimiento del familiar al que había acompañado noche y día, aprovechaba que otros familiares y amigos le visitaban en gran número (asemejando esta última visita a un velatorio en vida) para recoger lo que guardaba en un frigorífico de uso comunitario que allí había y ya no iba a necesitar. Era poca cosa, pero había un delicioso yogur en tarro de cristal en cuyo fondo destacaba, bajo el blanco, el rojo de la mermelada de fresa. Un dulce para compensar, se supone, la amargura de aquellos días. Se marchaba como una autómata triste y ciega cuando reparó en ella, sola con su pijama azul en aquella sala que los voluntarios de AECC habían intentado hacer acogedora, aunque las puertas que conducían a la terraza estaban cerradas con candados contra medidas desesperadas. Y le ofreció el yogur, el de fresa. No se atrevió a aceptarlo por un miedo irracional y, desde entonces, no dejó de reprocharse nunca la cobardía que le impidió aliviar la carga de aquella mujer con el simple gesto de aceptar aquella golosina tan íntimamente cercana a la muerte.

Al final, piensa, puede que no se tratara de salvar minucias del olvido, sino a una misma de esas culpas mezquinas en que el miedo te enfanga. Y sigue, sigue dándole vueltas a cómo conseguir el perdón con palabras y a rehacer, una y otra vez, el mismo texto.


jueves, 17 de enero de 2019

Mudar de piel

Mudar de piel. Marcos Giralt Torrente.

Anagrama: Barcelona, 2018. 240 pp. 17,90 euros.



Por J. Teresa Padilla

Mudar de piel es, aparte del título de uno de los relatos que la integran, el nombre que se ha dado a esta selección de cuentos que giran en torno a las ambivalentes relaciones familiares. Comparten el tema y un narrador en primera persona, creo recordar que siempre masculino: padre, hermano, hijo, marido… Creo recordar porque, aunque acabo de leerlos, los he olvidado de inmediato. Cuenten lo que cuenten en detalle, son tan similares en la forma de hacerlo y en la superficialidad de lo que relatan que me resultan indiscernibles.

La relación lector-lectura no puede seguramente dar de sí lo que los vínculos fraternales, paterno- y maternofiliales o de pareja, pero tiene su componente afectivo. Sucede entre lectores más formados y exigentes, que no aguantan que les den gato por liebre, pero también en los que buscan sólo pasar el rato con una historia trepidante, sentimental, divulgativa… Unos y otros nos hacemos fanáticos de ciertos autores y formas de contar. Las amamos. De la misma forma que aborrecemos otras. Los lectores del segundo grupo, al no tener un carácter aventurero, estar plenamente satisfechos con lo que les ofrecen las novedades en las listas de los más vendidos y no buscar, por ello, nuevas experiencias, no suelen llegar a odiar: simplemente ignoran, son buena gente. Los primeros, sin embargo, se hacen adictos al milagro, a la sorpresa y al descubrimiento de maravillas nunca dichas o nunca contadas así. Ansiosos y más o menos expertos en detectar mercancía adulterada, pueden ponerse de muy mal humor y volverse vengativos e impertinentes. Y rencorosos: difícil va a ser que los convenzan para comprar de nuevo nada al camello estafador. Se lo pone en una lista negra para siempre jamás. Y si pueden y les apetece, se vengan.

De todas las reseñas de este blog, que ya vienen a ser unas cuantas, sólo hay tres (cuatro con la de hoy) escritas con este ánimo de venganza. Son tan pocas porque una ya sabe dónde no va a encontrar lo que busca y, por ello, nunca reseñará una novela, por ejemplo, de Pérez-Reverte o de Posteguillo. Los ignoro, al igual que, por norma general, sus asiduos hacen lo propio con la literatura que me interesa a mí. Hasta ahí, todo bien. Lo malo empieza cuando se dice ofrecer un buen vino y se sirve Cumbres de Gredos, o garrafón en un combinado, o una caña de…, digamos X para no entrar en el eterno debate cervecero norte-centro-sur que el día menos pensado rompe España. Sea una misma responsable por la irreflexiva elección del garito editorial o víctima de una estafa en toda regla, la cosa no puede quedar ahí.

Para quienes hemos leído, por ejemplo, El gran cuaderno de Agota Kristof, el primero de los cuentos (“Lucía y yo”), en el que se pretende describir la relación casi siamesa de dos hermanos aislados en un mundo propio tanto física (un casa en un bosque) como intelectualmente (una ficción literaria y cinematográfica compartida), me parece, con sinceridad, un insulto a la sensibilidad lectora (o a su inteligencia, porque, en realidad, salvo este agravio, no hay nada que sentir, ni en éste ni en ningún otro relato). Si seguí leyendo fue por aclarar y justificar este sentimiento de profunda antipatía y armarme de razones o aprender, al menos, cómo no se debe o, expresado con modestia, no quiero yo escribir ni siquiera las menudencias que redacto.

Como pasa en el resto de los cuentos, tenemos un narrador que lo sabe todo y lo comunica. Lo sabe todo sobre los demás, principalmente, pero también de sí mismo, personaje con el que es bastante más condescendiente y comprensivo que con los otros. Te lo tiene que contar porque nada ni nadie se muestra de otra forma que a través de su mirada y ésta no es capaz de darles vida literaria autónoma. “Sé que no importan tanto las acciones que cometemos [¿?] como la capacidad de explicarlas”: por desgracia, no es cosa de este personaje concreto, sino una constante en todos y cada uno de los narradores de estos relatos.

No es buen observador el que reduce la historia a lo que se hace, dice y sus causas, el que confunde conocer con juzgar (“la conocía y podía juzgarla”; “actuar como si sólo dispusiéramos de ese tiempo para ser juzgados acaso sea el mejor servicio que podemos brindar a quienes nos rodean y a nosotros mismos”). Pero resulta que todos los narradores miran como lo haría, no un escritor ni un personaje realmente inmerso en lo que cuenta, sino un teórico de la conducta o la mente humana. O sea, un terapeuta, un psicólogo, sociólogo o similar. Incapaz el autor de dar realidad de carne, como cuenta Unamuno que decía uno de sus nietos, a ninguno de los personajes, narrador incluido, lo que hace éste es indagar y exponernos las razones del comportamiento de los otros y, ocasionalmente, de sí mismo. Un psiquiatra o un psicólogo están por definición en un plano superior al de sus pacientes. Son objetivos y distantes, y por eso se supone que pueden ayudarlos. Pero esto, llevado a la narración literaria de una historia en primera persona sobre la vida familiar, da lugar a una completa falta de credibilidad en este cronista que, como intenté describir en la entrada anterior de este blog, ignora su posición en el relato, levita sobre él . Esta falta de confianza despierta sospechas sobre la honestidad del autor que la autocomplancencia ridícula de los sucesivos narradores parece justificar. La distancia da lugar a esta desconfianza, y también a trivialidades envueltas en bonitas frases que supuestamente resuelven los dilemas y, en general, a un completo hartazgo de ese yo narcisista y sabelotodo que no se deja de oír en ningún momento.

Puede que sintáctica y gramaticalmente sean relatos impecables, no digo que no. Pero no hay nada más, y no entiendo qué valor puede tener esta exquisita “caligrafía” si no sirve de medio a otro fin más interesante que el mero lucimiento. Como mucho, veo en este libro muy buena letra para no decir absolutamente nada (o contar sólo historias como las de la escritura de escaparate y espectáculo que se menciona, para marcar distancias de “calidad” con ésta, en la contraportada del libro). Un fraude.

Pero debo justificar tan tajante acusación:

Ya he mencionado que la intimidad y el aislamiento entre los hermanos del primer relato se “describía”, por un lado, a partir de las conversaciones que tenían (y en las que la hermana se dedica en realidad a montarse una película sobre los sucesos de que se trate, hipótesis que luego se confirman, o no, o hasta cierto punto; ¡fascinante cuestión!) y, por otro, de la lista de libros (o autores) que leen y películas que visionan. Es triste que para mostrar el mundo de ficción en el que se habían aislado no le quede al creador otro recurso que éste. Una vez, puede pasar. Dos o tres a lo largo de un relato corto ya es pura impotencia narrativa o simple y llana pedantería, cuyo colmo se alcanza cuando a la lista se le añade Bernhard (porque, vamos a ver, qué adolescente intelectualmente destacado no ha leído a este azote de la hipocresía y la superficialidad de la cultura canónica) y el narrador nos aclara, sin atisbo de sonrojo, el título concreto del autor austríaco que leía durante la clase, demasiado elemental para él, de literatura con la aprobación de un profesor que, reconociendo la superioridad intelectual de su excepcional alumno, buscaba en su rostro aquiescencia. En otro momento, y por si no tuviéramos bastante con las películas que se inventa la hermana, el narrador dedica páginas enteras de un relato corto (cuyo ideal es lograr la mayor concreción posible) a describir una escena de un clásico del cine americano o contarnos el argumento de otro con la excusa de que tiene que ver remotamente con algún episodio de su historia, una que, al parecer, no puede relatarnos directamente.

En el siguiente cuento encontramos "contabilidades" y alguna afirmación solemne entre incomprensible y obvia (óptese entre mi estupidez o la del autor). Pero lo que me ha erizado los vellos son detallitos. Primero, el sinsentido de que, llevando un hámster en un saquito en la mano (uno vivo, se entiende), cuando le hacen saber al dueño de la mano que se le ha escapado, lo sorprendente le resulte haber pasado por alto la pérdida de peso del saco y no la repentina inmovilidad del pobre animal. Quien haya tenido en la mano un roedor de éstos sabe lo hiperactivos y livianos que son. Tras esta falta (otra) de veracidad, esta mentira no por insignificante menos falsa, llega la pijotería de la “marca” de zapatillas. El narrador recuerda un viaje de su infancia, y aunque el recuerdo tiene muchos agujeros (como los de la bolsita de la que se le escapó el ratón) no afectan a cómo iba vestido y, al llegar a las zapatillas, dando muestras de una repentina pereza descriptiva, a su marca (Converse). De la marca de algunas cosas uno puede acordarse perfectamente (y, en general, de lo que llevaba puesto en un momento dado), pero por algo. Yo recuerdo la de las deportivas de mi infancia (La tórtola), pero porque mis vecinos se burlaban (las que se llevaban entonces eran las Paredes). La relevancia de esta descripción indumentaria con la guinda de la marca, o alguna referencia al misterioso mecanismo por el que se recuerdan estas nimiedades a costa de otros detalles quizá esenciales, brillan por su ausencia.

Y más de lo mismo en todos los demás cuentos. Todo es algo visto desde fuera, un espectáculo para el narrador de turno. Todo se ve, apenas se oye, pero no se toca ni se huele. Mucha clase acomodada, “muchachas” de servicio, más incongruencias como la del hámster, más Henry Miller (afortunadamente Bernhard no vuelve a ser mencionado), frases vergonzantes de estos narradores sin par (“mi descomunal entrega como padre y marido”), redundancias y obviedades (como la de “compartir los dos una cena frugal en la cocina”), y un vocabulario “exquisito” (para mi gusto rebuscado y hasta ocasionalmente inexacto): “Reverberación”, sobre todo unida a “del pasado”, es una palabra muy querida para dos narradores diferentes, pues aparece tal cual en dos relatos distintos ninguno de las cuales es, sorprendentemente, “Sombras que reverberan” (en el que, dicho sea de paso, se nos detalla una receta de cocina y de nuevo se nos citan títulos de películas y sus respectivos directores para ponernos en contexto del nivel gastronómico e intelectual de los personajes, supongo), sino “Traición” y “Mudar de piel”. También están los “colores telúricos” (menos mal que se nos especifican), los “soliloquios dipsómanos” (o sea, que lo he tenido que buscar, lo que los incultos como yo solemos llamar discurso o perorata etílica o de borracho), el “sesentayochismo de su juventud setentera” (la juventud de otras décadas gasta otro tipo de sesentayochismo al parecer) o llamar “paseo”, sin aparente ironía ni metáfora, al deambular insomne por una casa. Luego están las preocupaciones que provocan “escozor”, los peligros que “se celan”, las vigilias que “se azuzan”, los "tenedores suculentos”, las acciones que se “fabrican” y, junto a estas rarezas que hacen derrapar mi frágil oído, las agendas que, por supuesto, están “ajustadas” y los optimistas que siempre son “natos”. Eso sí, el primer y buen amigo en la vida de uno de los narradores no tiene nombre, sino que simple (y cruelmente) es sólo, el par de veces que se le menciona, “el niño gordo”.

En la solapa del libro se lee, además del apabullante currículum del autor, y entre las diversas opiniones laudatorias sobre él o sus obras, la de Aramburu, sí el de Patria, el que reconocía que no tenía paladar para la "prosa fregona" de Philip Roth. Dios los cría…

jueves, 27 de diciembre de 2018

Puntos de fuga

Foto: J. Teresa Padilla
"Después de Kafka, la ficción plantea la exigencia de la plena presencia: qué diferente es esto del llamado «compromiso» de Sartre y otros. El escritor que «mira desde arriba», o sea, el escritor mentiroso, el escritor moralizante, el escritor tendencioso. La voz creíble, en cambio, sólo puede provenir de las profundidades del destino, del hombre golpeado por el destino" (I. Kertész, Diario de la galera).

Por J. Teresa Padilla

Los puntos de fuga son el resultado de la proyección de líneas a partir de elementos paralelos de un objeto, al que permiten entonces aparecer en perspectiva. Estas líneas "objetivamente consideradas" deberían guardar la misma distancia entre sí que los puntos dados desde los cuales se trazan, es decir, ser paralelas, pero si lo fueran, si se ajustaran a la realidad mensurable, no veríamos el objeto tal como se nos muestra en el espacio real que compartimos con él. En lugar de seguir una marcha equidistante, convergen hasta coincidir en un determinado punto físicamente inexistente, el punto de fuga, y, al hacerlo, crean la “ilusión” de la tridimensionalidad. Entrecomillo ilusión, porque en perspectiva no sólo se nos dan las representaciones en dos dimensiones de cualquier cosa tridimensional, sino también la propia percepción directa e inmediata de lo que nos rodea. No pretendo ir más allá (no podría aunque quisiera), sólo poner en contexto una metáfora que ha inspirado, junto a los apuntes venecianos de un poeta, la reflexión subsiguiente.

No es que vivamos en un mundo de ilusiones y fantasmagorías. Es que somos parte de ese mundo y no podemos sustraernos o negar que lo vemos o, en general, lo vivimos desde un lugar preciso en él. Desde una perspectiva que introduce elementos extraños a ese mundo, imaginarios (que no arbitrarios), como los puntos de fuga. La realidad (al menos la que podemos llamar en algún sentido nuestra) necesita de estas creaciones, ficciones, ilusiones, metáforas o esperanzas para mostrarse y vivirse, y no hay mayor aberración que la de considerarse capaz de contemplarla desde fuera, como esa mirada omnipotente que se atribuye a una divinidad ajena a cualquier limitación espacial o temporal y, por tanto, exenta de cualquier perspectiva. Si se toma en consideración que cada uno de nosotros somos el centro desde el que se proyectan las líneas que constituyen la perspectiva y nos abren todo un mundo, el que cree posible esa visión que prescinde de ella parece haberse olvidado de sí mismo.

En su “fresco” narrativo y personalísimo sobre Venecia (Marca de agua), que es a la vez un exquisito tratado sobre óptica, una autoparodia y una declaración de amor (no está mal para poco más de cien páginas), escribe Brodsky:
“El ojo precede a la pluma, y yo decido no permitir que mi pluma mienta respecto de su posición”.

Puede que la clave de la posibilidad de una “vida buena” (y de todo lo bueno que ella pueda englobar: belleza, amor, esperanza, alegría…) esté en esa decisión de no mentir sobre nuestro “ojo”, nuestra posición, nosotros mismos y, por añadidura, sobre la fragilidad que inoculamos en la sólida existencia del mundo. Quien no toma esta decisión, no es que mienta a otros ni, en realidad, esté optando por lo contrario. Más bien simplemente se engaña a sí mismo porque se ignora, porque se olvida de sí, aunque en ese olvido (y gracias a él) pueda terminar adoptando la pose y el lenguaje de una pseudodivinidad. Resulta verdaderamente ridícula su situación, pues mientras que desde esa altura, en la que cree estar situado, observa condescendiente o sarcástico la ignorancia o debilidad de los demás y pretende ver mejor que nadie lo que hacen, o no hacen y deberían hacer, se pasa completamente por alto a sí mismo y la forma en que levita por la misma fuerza de la necedad. Sin ningún mérito que arrogarse: lo más fácil, cómodo y natural es lo que él hace, renunciar a decidir, dejarse llevar, en este caso por la ilusión (ahora sí en sentido estricto) de no ocupar ninguna posición o lugar concreto, de no tener, por ello, una visión parcial y necesariamente en perspectiva (aunque no deformada, pues la verdaderamente tal es la visión que se tiene, de suyo, por “absoluta”) y, por tanto, de dar por hecho que su mundo es, tal cual, el Mundo, uno sólo accidentalmente visible. Tan precaria y contingentemente visible como los ojos que lo miran y desaparecerán un día sin afectarle en nada digno de mención.

En literatura (en la vida también, pero la literatura es más hábil y plástica cuando se trata de dejar al descubierto nuestras vergüenzas), existe el llamado narrador omnisciente. Quien opta por él escribe en tercera persona, e incluso cuando ocasionalmente usa la primera (como en determinadas formas de escritura periodística) es para hablar de otros en esa tercera persona que deja bien clara la distancia entre él y ellos. Como su denominación indica, lo sabe todo, lo que pasa dentro y fuera de sus personajes, lo visible y lo invisible, sobre éstos y su mundo.

Es muy complicado hacerlo bien con este tipo de narrador, porque aunque no puede dejarse ver, ni a sí mismo ni todo lo que alcanza su visión, ha de estar situado y, a su peculiar y oculta  manera, formar parte de la narración, como una sombra o una mirada a veces fija, otras perdida y errante. La buena literatura se impone no mentir y, paradójicamente, eso supone intentar conseguir que se confundan el plano de la realidad con el de la historia que nos cuenta, con la ficción. La realidad está hecha de ficción (puntos de fuga) y la ficción lo ha de estar de realidad para testimoniarlo y no reducirse a una mera forma de evasión, a una mentira entretenida.

A pesar de su complejidad, en la mayoría de la mala literatura (o literatura de consumo), el autor hace uso de este tipo de narrador. Justo porque esa distancia, cuya superación supone un reto para el escritor vocacional, se convierte en una coartada para el profesional o aspirante a serlo: aunque se dedique a algo tan infantil como inventar mundos e historias fantásticas sigue siendo una persona cabal. Esa tercera persona invisible e ilocalizable dejaría clara la brecha entre el mundo real (el suyo, el del que narra) y el que se imagina y transmite por puro entretenimiento y sin relación con el primero (género ficción histórica inclusive). No suele ser una decisión consciente, porque precisamente, como ya he dicho antes, sospecho que ésta es una actitud por la que no se opta, sino el resultado de un irreflexivo “dejarse llevar”. Y si buscamos razones menos especulativas, la más probable sea que los malos literatos se nutren exclusivamente de mala literatura (escrita a su vez así) y no pueden salir de ese bucle diabólico. Diabólico porque esta forma de narrar es la que más difícil hace (por la inercia de venir dada de suyo y la dificultad que impone al narrador-autor de estar y no estar presente a la vez en la narración) cumplir el imperativo brodskiano de no permitir que la pluma mienta y traicione al ojo; o sea, hacer buena literatura. O por lo menos, si no buena, veraz. Y la pregunta del millón (o casi) es por qué se va a escribir (o vivir) sin intentar siquiera eso: la veracidad. Ella es un punto de fuga, una idea reguladora que diría un kantiano: una referencia irreal, imaginaria pero no ilusoria, nunca cumplida, que, sin embargo, nos mantiene en marcha hacia ella, en camino, o sea, vivos y, en cierta forma (puede que la única con sentido), libres, esto es, capaces de darnos un proyecto, una vida, un destino, una meta; en este caso la veracidad. Libres, pues, en cuanto autónomos en el sentido clásico de lo que, en determinados ámbitos, se da a sí mismo la ley que lo determina o el objeto de su acción, el sentido en que Brodsky considera "absolutamente autónomo" al ojo: "La belleza está donde el ojo descansa" y "cuando el ojo no logra encontrar belleza -consuelo-, ordena al cuerpo crearla".

Foto: J. Teresa Padilla
Los puntos de fuga ofrecen la perspectiva que nos abre todo un mundo, un horizonte que, aun infinito, se nos ofrece a la medida de nuestro ojo: visible pero nunca del todo, siempre a mano e inabarcable, mío y de todos, frágil y sólido, imaginario y real. Parte de él desaparecerá conmigo; quizá deje por un tiempo algún rastro o cicatriz en él, pero me sobrevivirá. ¿Nos sobrevivirá a todos? El nuestro, no. Quizá el mundo del físico o el astrónomo, que lo ve desde todas partes y ninguna, porque no vive en él, sino en otro, en el mismo que nosotros. Aunque siempre ha habido astrónomos raros que no se limitaban a contemplar las estrellas, sino que las seguían en su camino hacia quién sabe si algo más tangible que un punto de fuga.

Esta es la cuestión. Mirar sin saber que miramos ni desde dónde, ignorándonos, viendo como mucho en el espejo nuestro ojo reflejado. Un ojo que no ve y tomamos por nuestro auténtico ojo, ése al que no deberíamos traicionar ni con la pluma ni con la vida. O, por el contrario, vivir en esa extraña posición, entre lo que es y lo que no, que el hombre ocupa y desde la que contagia al mundo en que vive todas sus contradicciones, como un funambulista que camina en una cuerda floja sobre un abismo de solidez e inercia desde el que proyecta líneas imaginarias que convergen en un punto irreal de referencia para su mirada que le permite mantener el equilibrio y, a la vez, dotar de vida (y belleza) a lo que hasta llegar él sólo era real: el abismo se hace así un mundo menos hostil, que se deja incluso adjetivar de forma extravagante como bello, bueno, mágico... Pero no somos dioses y, por eso, aún hay en nosotros algo que ve más lejos y claro que los ojos: la lágrima “que anticipa el futuro del ojo”.

La ciudad, Venecia y el mundo convertidos en metáforas por las palabras que se imponen no mentir: puntos de fuga y de anclaje a la vez, pero destinados a ser perdidos.
“Porque la ciudad es estática, mientras que nosotros nos movemos. La lágrima es prueba de ello. Porque nosotros partimos y la belleza queda. Porque nosotros vamos hacia el futuro, en tanto que la belleza es eterno presente. La lágrima es un intento de permanecer, de rezagarse, de fundirse con la ciudad. Pero eso va contra las reglas. La lágrima es una reversión, un tributo del futuro al pasado. O es el resultado de sustraer lo mayor a lo menor: la belleza al hombre. Lo mismo vale para el amor, porque nuestro amor, también, es más grande que nosotros“.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Vejez, divino tesoro

Foto: Omer Yousief (Omaralnahi). Pixabay

Por Esperanza Goiri

Este otoño, en Madrid, es lluvioso. No hay nada como una larga tarde de domingo, tristona y húmeda, para engancharte a una serie y ventilarse una temporada entera de un plumazo. Afortunadamente, ahora podemos disfrutar en streaming de esos maratones, sin tener que someternos al irritante e inoportuno “continuará” para ver la siguiente entrega.

El método Kominsky fue cayendo capítulo tras capítulo. La serie me ha reconciliado con Michael Douglas, que nunca me ha resultado simpático probablemente por sus papeles de “macho alfa”, y aporta una visión real pero no descorazonadora, de esa etapa de la vida que a todos nos va a tocar afrontar si conseguimos llegar a ella.

En la serie, dos amigos, de unos setenta años, hacen frente a su existencia de la mejor manera posible. Tienen arrugas, les falla la próstata y les preocupa no estar a la altura entre las sábanas. Son conscientes de que empieza su declive. Siguen trabajando (uno como profesor de interpretación y otro como agente) pero se van encontrando fuera de lugar. Norman se acaba de quedar viudo y Sandy ha tenido tres matrimonios, ninguno feliz. Ambos tienen una hija, con desigual suerte en la relación paternofilial. Vislumbran un futuro incierto y poco halagüeño. Sin embargo, siguen en la brecha. Se adaptan, aceptan su realidad y tiran de humor y de su amistad para afrontar un día más. Ríes y te emocionas con sus vicisitudes. Te los crees, porque suenan a verdad. Son viejos, sí, pero de momento siguen vivos. Tienen deseos, problemas, ilusiones y miedos como cualquier otra persona. Circunstancia que se suele olvidar. 

Afortunadamente, nada tienen que ver con esos estereotipos de ancianos que nos venden, que oscilan entre los abuelos “hipervitaminados” y guais de la publicidad, a los entrañables y desvalidos que vegetan plácidamente esperando su momento final. Sin olvidarnos del tópico que los muestra gruñones y amargados, siempre fastidiando a los demás. La realidad es mucho más compleja y variada.

Sandy y Norman son dos hombres viejos que viven la senectud como mejor saben, pueden y les dejan. La serie no edulcora ni camufla las miserias de la vejez, pero tampoco la demoniza. Lo que no es poco en esta época tan contradictoria que se empeña en prolongar la vida lo máximo posible, pero luego no sabe ocuparse de sus mayores, que casi tienen que pedir perdón por existir y dar guerra. La vejez es ingrata en muchos aspectos, pero mientras la mente y la logística cotidiana nos permitan decidir, aunque sea mínimamente, cómo vivirla, hay que encararla de frente.

Vito impermeabilizado. Foto: Esperanza Goiri 

El lunes, entre nubarrón y nubarrón, Vito, mi perro, me sacó a pasear al parque del Retiro. Provistos de sendos impermeables, por si acaso, caminábamos entre hojas cada uno concentrado en lo suyo. Nos cruzamos con una señora muy mayor en silla de ruedas, empujada por su cuidadora. A mí me ignoró olímpicamente, pero al ver a Vito, lo señaló y se rio mientras seguía con la mirada el trotecillo perruno. Aquella mujer no había elegido estar impedida ni depender de alguien para atenderla. Probablemente, tampoco le habrían consultado si le apetecía salir a esa hora ni por el trayecto que habría elegido su cuidadora. Pero allí estaba, viva, atenta a su alrededor y con capacidad de manifestar su regocijo ante la visión cómica de ese ser tan pequeño que, ajeno a su insignificancia, marchaba embutido en su chubasquero verde militar como el mismísimo Napoleón pasando revista a sus tropas. Esa anciana, dentro de sus muchas limitaciones, aún podía decidir sobre lo que reír o llorar, sobre sus emociones. Me gustaría pensar que al llegar a casa o la residencia, tendría con quien comentar su fugaz encuentro y volver a sonreír.



jueves, 29 de noviembre de 2018

Árboles torcidos

Foto: Manfred Antranias Zimmer (Pixabay)

Por J. Teresa Padilla

Mientras el mundo se desmoronaba ante sus ojos y sólo encontraba refugio en la literatura, Umbral escribía en ese diario que pretendía fuera una “rueda de instantes” y terminó titulándose Mortal y rosa, que el significado último o íntimo (supongamos que no es lo mismo) de los bosques en los cuentos infantiles era que la niñez estaba destinada a perderse, y así lo hacía, en esa oscura y terrorífica espesura arbolada que simbolizaba, en realidad, el mundo de los adultos.

Me vino a la cabeza esta idea de Umbral porque andaba yo coleccionando imágenes de árboles torcidos sin saber muy bien por qué. Algo llamó mi atención en una que compartió un amigo virtual con el que sólo interactúo así, a través de fotografías o reproducciones de pinturas, pero de una manera, creo, que ambos consideramos satisfactoria (o sea, fructífera, fluida y regular). No entiendo su lengua materna. Desconozco si él conoce la mía o tenemos algún otro idioma común en el que poder chapurrearnos mensajes. De momento, no nos ha hecho falta.

Foto: Pie Aerts, Namibia (por cortesía de Stanislav Ploc).
No creo en eso de que una imagen valga más que mil palabras, pero sí en el potencial expresivo de esas miradas congeladas que son las fotografías y, quizá (no estoy segura), también los cuadros. Además me gustan así, sin mezclarse con otras formas de “narrar” (llamaré de esta manera a lo que hace todo eso que consideramos cada cual, con razón o sin ella, “expresión artística”). Recuerdo que Schopenhauer, gran amante de la música (y muy dado a interrumpir su sesuda obra magna con comentarios personales), decía aborrecer la ópera porque las palabras (y la historia que contaban) desviaban la atención y adulteraban la esencia del arte musical. Yo no escribo nada magno, pero también me interrumpo constantemente, esta vez para dejar constancia de que la sucesión de imágenes propia del cine (ese “arte” mestizo que, salvo muy raras excepciones, parece pedir simplemente ser contemplado, dejarse ver, ofrecernos un sueño hecho, ya soñado) oculta a mi modo de ver la esencia de la expresividad propia de la imagen fija, la cual reside precisamente en la capacidad de sintetizar una “narración” en el instante; una que no se limita a dar expresión a lo que fue visible en su fugacidad, sino también a la mirada invisible que captó la imagen (o que pintó el lienzo). Puede que hasta incluya la nuestra, a la que traslada a otro tiempo y lugar haciéndole un guiño que suena, en el que caso de la fotografía, como el doble clic del obturador que simula nuestra pupila y se abre una fracción de segundo para dejar pasar, con la fugaz ráfaga de luz, todo un instante irrepetible. Teju Cole, el escritor que me deslumbró (y a medio mundo conmigo) en Ciudad abierta, también es fotógrafo y acaba de publicar en España una colección de ensayos en los que reflexiona, aunque no en exclusiva, sobre esta otra pasión suya. Ni que decir tiene que estoy deseando leerla, aunque ello me obligue a corregir la que, de momento, es la diletante opinión que acabo de expresar.

Los bosques, la infancia que se pierde en ellos, la instantaneidad de la fotografía y el hechizo de las imágenes de árboles torcidos. Parece que hay un salto, pero no. El presente, el instante, es el tiempo de la infancia, la expresión de su “fe total en la vida, sin pasado ni futuro”, de su sí incondicional que ignora y no puede comprender la muerte (porque puede que no sea en absoluto comprensible, por mucho que el mundo adulto se imagine haberla domesticado). Por otro lado, toda expresión artística es una excepción, un paréntesis, una ruptura de la cotidianidad y su burocracia, del mundo real, o sea, el de los adultos. Se puede considerar, y así se ha hecho muchas veces, el arte como un retorno a la infancia, un intento de recuperación de aquella genialidad connatural al niño; un juego, sí, pero muy serio, como lo son en realidad los juegos infantiles, no esos pasatiempos, en el sentido más literal de la expresión, propios de los adultos.

Si los niños se extravían en el bosque de la madurez, los árboles torcidos pueden representar a los que se resisten a la pérdida o se rebelan contra ella: al idiota, al loco, al raro o al artista, puede que hasta a cierta clase de filósofos.
“Ahora, con mi media vida consumada en la literatura, ésta vuelve a ser para mí lo que fue en la infancia y lo que realmente ha sido siempre: mi manera de no estar en el mundo, mi repugnancia hacia la sociedad de los adultos, hacia sus trámites, sus compraventas y sus transferencias”.
Cuando los adultos hablan, los niños deben callar. Dejar de molestar y hacer ruido. Comportarse. Los adultos inconvenientes, deficientes o raros, también. Y, por supuesto, el artista, el auténtico, no ese narcisista profesional, que, a la escucha siempre del runrún del mundo, ofrece lo que se le pide, y recibe, en justa recompensa, un sitio de honor en él. A diferencia de este funcionario, el primero realiza ese sueño infantil en el que nos imaginamos huérfanos y extraños a ese mundo real, siempre amenazante, y nos creamos otro imaginario, quizá con figuras protectoras en una misteriosa genealogía, pero que se mantienen en la sombra, nebulosas y nada opresivas. Un mundo sin ligaduras ni guías en el que todo es posible, también, a diferencia de los seres firmemente enraizados en el terreno de lo real, torcerse.

Ese mito del expósito se encuentra en la novela picaresca, en los relatos sobre la infancia de Dickens, Henry Roth (hasta en la radical autocreación del protagonista de La mancha humana del otro Roth, Philip) o Agota Kristof, en los cuentos tradicionales clásicos (con un interés disuasorio y culpabilizador apenas velado), así como en las más exitosas historias para niños de mi generación (como Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren o Los cinco de Enyd Blyton), en las cuales los adultos han desaparecido o juegan un papel puramente anecdótico.

La literatura moderna es más tolerante con estas fantasías infantiles de mundos aparte mientras se queden en eso, en una fase. El cuento tradicional, más realista y franco, advertía del pecado de renegar de los padres y del mundo y castigaba a los infractores con uno alternativo y fantástico aún más pavoroso que el real, todo él noche, sombras y brujas, hambre y frío. Una realidad paralela de la que debían resguardarse en el mundo real, el de sus padres y los adultos, el de la obediencia y la resignación. Peter Pan no existe. No queda más remedio que crecer, y debe crecerse bien recto, en un bosque ordenado y que filtra la luz estrictamente necesaria protegiéndonos de las quemaduras e insolaciones del sol directo. El creador, el soñador que no renuncia a su infancia, a diferencia del loco, y por su propio bien y libertad, debe aprender a camuflarse en ese mundo sin olvidarse, eso sí, de que no pertenece a él. “Intentad vestir de gris. El mimetismo constituye una defensa de la individualidad, no su derrota”, aconsejaba Brodsky a sus alumnos. Pero sean o no capaces de disimular su deformidad, todos sin excepción (lo sepan o no) están fuera de lugar, como los árboles torcidos.

Foto: Ámsterdam, autor desconocido (por cortesía de José Ramón Farré).
Árboles que se desvían de la verticalidad debida porque buscan desesperadamente la luz en un bosque de construcciones humanas, como la imagen que me regaló, para mi colección, otro amigo, José Ramón. O porque la falta de alimento los ha deformado, como a un niño raquítico, hasta que la muerte ha dejado expuesta su figura inerte en ese último esfuerzo inútil por sobrevivir, como las acacias fantasmales del desierto de Namib. Quizá por falta de una guía firme, como esos adolescentes plantones, larguiruchos y frágiles. O porque el azar les condenó a desafiar la gravedad creciendo sobre una pared prácticamente vertical.

Foto: Sabine Weiss. Petite Fille, Petit Árbre (España, 1981).
Los árboles torcidos pueden ser peligrosos si sobreviven y siguen creciendo enfrentándose cada vez más abiertamente a las leyes de la física y al sentido común. Entonces, si conviven con nosotros, los talamos. Como a los enfermos, por rectos que fueran. Un operario los marca con tinta de un color chillón condenándolos y al cabo de unos días resuenan las sierras y son ejecutados. Quizá dejen el tocón un tiempo y crezcan en sus hendiduras setas de apariencia monstruosa, quizá se molesten en extraerlo de la tierra para plantar un arbolito joven atado debidamente a su guía con el fin de que crezca como debe.

Peligrosos o no, son diferentes, feos y frágiles. El típico incordio que estropea la foto de familia, que interrumpe la uniformidad marcial del resto de los árboles, ésos que, así se dice, “no dejan ver el bosque” cuando en realidad parece, como nos demuestra el árbol lisiado, el único que vemos por sí mismo, ser al revés. O, por qué no, a lo mejor pasan las dos cosas, y los árboles y el bosque se ocultan mutuamente para erigir así esa penumbra falaz y cruel que se llama mundo real.
"Existe un modo de pensamiento serio y otro poco serio. El serio está representado por los intereses, los poderes del Estado, los negocios, la policía secreta y el principio de poder que rige en un momento dado. El poco serio, por los artistas, los filósofos, los poetas, los santos: los que no cuentan" (I. Kertész. Diario de la galera).