lunes, 26 de septiembre de 2016

Bibliografía básica


Por Marisa Díez

En estos tiempos de política convulsa que atraviesa el país y sin grandes esperanzas de que la situación se resuelva en un plazo breve de tiempo, me asalta la duda de si el próximo gobierno de turno será capaz de promulgar una ley de educación mínimamente consensuada por una mayoría de partidos que la convierta en válida. Hace tiempo que la población tiene aceptado como norma no escrita que cada cambio de gobierno trae consigo una nueva reforma educativa, siempre discutida y jamás aceptada por todas las partes en juego.

Pensaba en ello mientras daba vueltas al tema de mi entrada de hoy. Intentaba recordar cuál fue el primer libro que leí de principio a fin de forma voluntaria y que me convirtió en adicta a tener siempre entre manos un ejemplar, hasta el punto de que si un día termino uno y no dispongo de relevo, entro en un estado parecido a la ansiedad. Me dedico entonces a mendigar algo de lectura entre amigos y familiares y en el caso de no obtener un resultado satisfactorio, no me queda otra que salir corriendo hacia la librería más cercana para superar esa especie de síndrome de abstinencia en el que me encuentro. Porque ya sabéis que el e-book es algo que todavía no ha entrado en mi vida. Ahí sigo, resistiéndome a ello con todas mis fuerzas.

Bromas aparte, es cierto que recuerdo haber pasado horas dedicada a la lectura casi desde que tengo uso de razón. En ello influyó, sin duda, la suerte de haber crecido en un hogar repleto de libros, debido a la profesión de mi padre, encuadernador y dorador de la antigua Espasa Calpe. Pero no menos importante me parece la influencia que sepan ejercer los buenos maestros en el proceso formativo del niño durante la etapa educativa. Tuve una profesora de literatura en el instituto, de la que no recuerdo con certeza el nombre, a la que debo el haber afianzado en mí esa costumbre que ya había adquirido desde la infancia. Una de las obras que debíamos trabajar durante el curso fue Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, libro que devoré después de haber seguido a rajatabla su recomendación: nos instó a continuar con su lectura sólo si éramos capaces de superar sus primeras treinta páginas. Me sentí orgullosa cuando pude explicar a mis compañeros que había logrado terminarlo y, lo que resultaba más increíble, me había encantado.

A partir de entonces, La busca, de Pío Baroja o La colmena de Cela, se turnaban como lecturas obligatorias con otro tipo de literatura más difícil de disfrutar en esas edades, pongamos por caso El conde Lucanor, que causaba auténticos estragos y abandonos incluso entre los amantes de la lectura.

Por mi parte, yo continuaba de forma paralela en mi búsqueda de las joyas literarias que contenía la particular biblioteca de la que disfrutábamos en casa. De ella rescaté las Poesías completas, de Antonio Machado, que se convirtió en uno de mis autores de referencia. No faltaron las inevitables Rimas y leyendas de Bécquer, ésas que todo adolescente que se precie ha leído en algún momento puntual de desamor. O el Romancero gitano de Lorca. Incluso la Historia de una escalera, de Buero Vallejo, que me introdujo de lleno en el teatro escrito.

En fin, podría seguir con mi enumeración y llenaría páginas enteras. Y sin embargo creo que todos tenemos un recuerdo claro de ese primer libro del que no fuimos capaces de desengancharnos hasta que alcanzamos su página final. El mío lo tengo grabado claramente en mi memoria. Fue un regalo que mi padre nos trajo de la editorial y que devoramos por etapas mis hermanas y yo. Se llamaba El diario de Mónica, no recuerdo su autor, y nunca más he vuelto a encontrarlo por más que he buscado y rebuscado en múltiples páginas de internet dedicadas a libros descatalogados. Era un ejemplar encuadernado en tapas duras de color verde y con el título dorado en el lomo. Todavía sería capaz de relatar con todo detalle su trama, supongo que por aquello de que los recuerdos, cuanto más antiguos, más sencillo nos resulta evocarlos. Probablemente hoy en día no resistiría el paso de los años. Su escritura estaba profundamente marcada por el momento social y político de la época, pero si alguien desea alguna vez convertirme en una persona realmente feliz, sólo tiene que conseguir ponerlo de nuevo en mis manos, si es que aún existe algún ejemplar escondido por alguna parte. Ahí os lo dejo…

Y sin embargo, a pesar de mi buena disposición desde niña, hay algo de lo que estoy más o menos segura, y es que de no haberse cruzado en mi camino aquella profesora que me empujó a leer Tiempo de silencio, quizá nunca me hubiese convertido en la lectora empedernida que soy. De ahí mi convencimiento absoluto de que es necesario crear el hábito de la lectura desde la infancia. Y de que haya docentes que, en su labor profesional, se vean apoyados por una ley que les ayude a mejorar, por fin, un sistema educativo que se tambalea.


jueves, 30 de junio de 2016

Cerrado por vacaciones


 Por Marisa Díez Marín

Hace años, al llegar el mes de agosto, Madrid cerraba por vacaciones. Así, literalmente. No hace falta hacer un ejercicio muy profundo de memoria para recordar que las tiendas de tu barrio colgaban el consabido cartel durante treinta días: los ultramarinos, el estanco, el kiosko de los periódicos, la pescadería o incluso el puesto de las chuches. En cualquier sitio al que te dirigieras habitualmente podías encontrar el temible recordatorio durante varias semanas y no te quedaba otra que buscar una alternativa, la cual podía encontrarse varias calles más allá y, desde luego, fuera de tus límites cotidianos.

Ahora es distinto. Aunque agosto sigue siendo el mes de veraneo por excelencia, es difícil que la vida de la ciudad se paralice; ni siquiera la de tu barrio se ve seriamente afectada. Las grandes superficies han cambiado nuestras costumbres y hábitos de compra y se mantienen abiertas sin pausa los 365 días del año. Además, resulta difícil para el pequeño comerciante, por no decir imposible, echar el cierre durante treinta largas jornadas. Si me apuras, y dando gracias, un autónomo puede permitirse el lujo de disfrutar de unas vacaciones de diez o quince días, a lo sumo. Incluso una sola semana puede ser lo más común.

En mi familia disfrutábamos de nuestro mes de agosto año tras año. Unos días antes asomaban las primeras señales de que el verano estaba aquí. Mi madre sacaba a la ventana (sí, he dicho bien, a la ventana) un botijo, con el que inauguraba oficialmente la llegada de la temida canícula. El sabor del agua en aquel recipiente, durante los primeros días, mezclado con anís para mitigar el sabor del barro, es uno de esos recuerdos que quedan intactos en la memoria. Y, aunque nos encontrábamos en la más tierna infancia, nadie nos ponía el más mínimo problema para echarnos unos tragos de aquel agua con algún grado de alcohol añadido. Al fin y al cabo, ya teníamos el estómago acostumbrado después de nuestras buenas copas de quina Santa Catalina, que resultaba estupenda para abrir el apetito, según la publicidad de la época y que actualmente sería acusada, cuando menos, de maltrato infantil.

La segunda señal irrefutable de que las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina, en mi caso particular, era el día en que mi vecino Alejandro sacaba su remolque a la calle y aparecía, bajo su ventana, enganchado a su Seat 124 blanco. Desde ese instante ya sabías que en muy poco tiempo partiría junto con su familia al camping de Alicante donde pasaba sus treinta días de rigor, razón por la cual se le hacía completamente necesario transportar todos sus enseres en aquel vehículo. Entonces sí, ya estaba claro que había llegado el momento de disfrutar de nuestro destino de cada verano: nos íbamos a Candeleda.

Pero lo cierto es que los días pasaban tan deprisa que cuando querías darte cuenta ya estabas de vuelta en los madriles. Y para el ocaso del verano, en aquella época dorada de adolescencia y juventud, también contábamos en nuestro pueblo de adopción con una particular señal, aquélla que cuando se producía nos obligaba a aceptar que el regreso era inevitable: mi amigo Fernando, que trabajaba en uno de los pubs que frecuentábamos, se dedicaba durante días a preguntarnos la fecha de nuestra partida, y la noche anterior a ella, todos los años nos castigaba con esa infame melodía del Dúo Dinámico, “el final del verano llegó y tú partiraaaaaaaás…” según atravesábamos la puerta del local, lo que nos provocaba alguna lágrima furtiva o ataques de llanto inconsolables, dependiendo de cada caso particular. Desde entonces me declaré enemiga acérrima de semejante réquiem musical y, si alguna vez he vuelto a escuchar la dichosa cancioncita, puedo asegurar que ha sido por puro accidente.

El caso es que regresabas a Madrid y después de unos días de aclimatarte a tu condición de residente habitual, enseguida le cogías el pulso a la ciudad y volvías a la vida cotidiana sin apenas esfuerzo. Y, cuando querías darte cuenta, de nuevo encontrabas el remolque de tu vecino aparcado en la puerta. Y vuelta a empezar.

En Diarios de resistencia hemos decidido echar el cierre por vacaciones durante un par de meses. Somos conscientes de ser unas privilegiadas, porque nadie en su sano juicio se atreve a disfrutar de algo más que un puñadito de días de asueto al año. Pero estamos dispuestas (y supongo que también lo estará nuestro representante masculino, aunque nos ha abandonado desde tiempo inmemorial) a regresar en septiembre con nuevos bríos, mucha fuerza, coraje a raudales e infinidad de historias positivas que contar. Hasta entonces, ¡felices vacaciones! Continuará…



miércoles, 1 de junio de 2016

El noble arte de insultar

Por Esperanza Goiri

Al poco de aprobar el carnet de conducir, transitando por una céntrica calle madrileña, debí de cometer alguna infracción y un taxista me recriminó mi torpeza con un comentario despectivo relativo al género femenino en general y a mi persona en particular. Rojo de ira me increpaba sin parar, de coche a coche, hasta que me harté y le espeté con claridad y contundencia: ¡Cállate ya “caraculo”! En mala hora. Fue como si le hubieran metido un rejón en salva sea la parte. Gracias a un semáforo que cambió oportunamente de color, propiciando mi huida, la sangre no llegó al río. Lo que para mí era un insulto inocente, casi infantil, produjo un efecto devastador. Claro que si lo piensas bien, que te digan que tu cara es como un culo puede ser muy ofensivo. Sí, ya sé que hay traseros esculturales, pero imaginaos uno peludo, flácido o caído…

Esta anécdota me vino a la cabeza porque para nuestra desgracia el insulto gratuito, soez y vulgar nos invade por doquier. Entre “viceversos”, realitys, tertulianos que sólo saben argumentar descalificando al contrario y políticos que emplean, cada vez con más frecuencia, un lenguaje atrabiliario, se puede afirmar que se ha degradado el noble arte de insultar. Por si fuera poco, las redes sociales se encargan de esparcir la porquería y la zafiedad hasta el último rincón del planeta.

El insulto es un desahogo, es la verbalización del hartazgo ante una situación o una persona por las que nos sentimos agredidos. Cumple por tanto una función social de extraordinario valor, ya que si no existiera, me temo que El Caso volvería a sus tiempos de esplendor y su edición sería diaria en vez de semanal. Pero no todo vale. Llamar a alguien como si fuera el marido grande de la cabra, o la mujer del zorro, o uniendo en una sola palabra las dos primeras sílabas del nombre del tío Gilito y de las esposas del pollo, no tiene ningún mérito e interés. Son insultos groseros, tópicos y manidos, que de tanto usarlos han perdido su función ofensiva. Hay gente que hasta los utiliza en tono cariñoso y cómplice: ¡Qué gili… eres, cuánto te quiero!

Injuriar a alguien por sus defectos físicos o su apariencia es vil, cruel y sobre todo muy fácil. Hay insultos machistas, misóginos, clasistas, xenófobos… que son muestra del odio y los prejuicios de quienes los emiten. Los verdaderos insultos son los que dejan a su destinatario descolocado, preguntándose si realmente lo que se le ha dicho es un agravio o no, porque su sutileza e ingenio confunden y necesitan de una segunda lectura para comprender su verdadero significado. Un buen insulto es como una bomba de efecto retardado: se lanza al objetivo y aparentemente no pasa nada, pero un poco más tarde explota y aniquila.

Hay muchos ejemplos de magníficos insultos. Aquí cito algunos. Groucho Marx tenía claro cómo llamar sutilmente fea a una señorita: “Ha sacado toda la belleza de su padre, que es cirujano plástico”. El político liberal y radical inglés del siglo XIX, John Bright, fue uno de los más grandes oradores de su época y sabía calificar de narcisista a un opositor sin que resultara evidente: “Es un hombre hecho a sí mismo y que adora a su creador”. El historiador inglés Thomas Babington “justificó” racionalmente el asesinato de Sócrates: “Cuanto más lo leo menos me sorprende que lo envenenaran”.

El político americano Barney Frank, del partido demócrata, llamó tonto al presidente republicano de los Estados Unidos, George Bush, sin que se notara mucho: “La gente podría citar a George Bush como prueba de que se puede ser totalmente inmune a los efectos de haber estudiado en Harvard y Yale”.

Especialmente ingeniosas son las palabras dedicadas por el escritor inglés Alfred Tennyson al crítico literario Churton Collins: “Es un piojo en los rizos de la literatura”.

El ensayista y poeta argentino Leopoldo Lugones tenía mala relación con su único hijo. Estando juntos una tarde, el escritor le dijo a su vástago que había dos cosas de las que se arrepentía en su vida: haber escrito Lunario sentimental y haber tenido un hijo. Éste, sin alterarse, le respondió: “Puede quedarse tranquilo. La gente sabe que usted no es autor de ninguno de los dos”.

Un día Winston Churchill se encontraba en el baño y fue requerido con impaciencia y apremio por el Lord del Sello Privado (oficial responsable del sello personal del monarca inglés). Ante su insistencia, Churchill le pidió a su asistente que le transmitiera este mensaje: “Dígale al Lord del Sello Privado que estoy sellado en el privado y que sólo puedo tratar con una mierda a la vez”.

Cuado Gandhi estudiaba Derecho en Londres, un profesor apellidado Peters la tenía tomada con él y no perdía ocasión de humillarlo. Un día coincidieron en el comedor de la universidad y Gandhi, al ver un hueco libre en la mesa del docente, se sentó a su lado con intención de almorzar; pero Peters en tono altanero le dijo: “Señor Gandhi, usted no entiende… un puerco y un pájaro no se sientan nunca juntos a comer”. El alumno le contestó: “Quédese tranquilo profesor… yo me voy volando”, mientras cogía su bandeja y se cambiaba de mesa.

Si os queréis adentrar en el fascinante mundo del insulto os recomiendo que os perdáis entre las páginas de dos obras de Pancracio Celdrán: Inventario general de insultos y El gran libro de los insultos. Os encontraréis con insultos ocurrentes, raros, divertidos, y la próxima vez que tengáis que insultar lo haréis con propiedad.

Para terminar no puedo dejar de transcribir un pequeño diálogo de la película Casablanca, entre su protagonista Rick Blaine y Ugarte (un buscavidas de poca monta), que no pierdo la esperanza de poder utilizar alguna vez si surge la ocasión:

- Ugarte: Tú me desprecias, ¿verdad?
- Rick: Si pensara en ti alguna vez, te despreciaría.








 

 

 

jueves, 26 de mayo de 2016

Cantemos, cantemos

Por Marisa Díez

 Hace unos días leí en un blog una entrada de Fermín Zabalegui referida a un famoso disco de José Luis Perales que, en su momento, hacia 1979, se convirtió en un éxito masivo de ventas. Se trataba de Tiempo de otoño, un LP -como se denominaba en aquel tiempo a los vinilos de larga duración- en el que se incluyeron varios singles que fueron verdaderos hits en España y en Latinoamérica. Al autor del artículo se le ocurrió explicar la historia de esas canciones, a base de enlazar la trama de una con la temática de la siguiente, dando lugar a jocosos e hilarantes comentarios que me hicieron recordar con nitidez la letra de cada uno de los temas. Y entonces fui consciente de que todos aquellos éxitos que tarareábamos sin parar, escondían tras de sí historias tan desdichadas, que de repente se me pusieron los pelos de punta con sólo recordarlas.

A veces pienso que hemos crecido escuchando verdaderos dramas musicados, capaces por sí mismos de habernos creado un auténtico trauma generacional, y que sin embargo, no nos produjeron efectos colaterales dignos de mención. Desde la primera vez que oímos a Marco gritar desesperado “no te vayas mamá, no te alejes de mí, adiós mamá, pensaré mucho en ti…”, la lista de despropósitos no dejó de crecer y crecer. Una amiga me ha recordado hace poco aquel inclasificable Llora el teléfono de Domenico Modugno, un melodrama de magnitudes desproporcionadas, protagonizado por una niña y su supuesto padre, al que ni siquiera conoce, pero con el que mantiene una inenarrable conversación telefónica del tipo “¿tú nos quieres?, ¡pero si yo nunca te he visto a ti!, ¿qué te pasa?, ¿por qué has cambiado de voz?, ¿estás llorando?, ¿por qué? Llora el teléfono…”. Tremebundo. Menos mal que yo, en mi caso particular, crecí tarareando las melodías azucaradas de La Pandilla, con su Capitán de madera y similares. Incluso mis hermanas y yo nos atrevimos a grabar en el magnetófono de la época, una versión de uno de sus temas más famosos, que todavía andará por ahí guardada como la reliquia familiar más valorada: "cantemos, cantemos, vamos a cantar, con la estudiantina bonito cantar..." La rima convertida en verdadero objeto de estudio.

Así que, cuando llegamos a la adolescencia y acostumbrados como estábamos a este sinvivir, no nos producía el más mínimo pudor entonar la letra de las tiernas canciones de Perales, que nos repetían frases tan dulces como “el amor es llorar cuando nos dice adiós, el amor es soñar oyendo una canción, el amor es besar poniendo el corazón, es perdonarme tú y comprenderte yo”. Y cuando los Pecos nos explicaban sin recato aquello de “pero hoy te he dejar pues los mayores me lo piden, y esos señores me lo exigen” existían muchachas capaces de sentirse identificadas con semejante sentencia, y derramaban lágrimas inútiles escuchando una y otra vez las canciones que componían el no menos exitoso Concierto para adolescentes.

Quizá por este influjo o por mi propia naturaleza, que tiende un poco al extremismo, todavía conservo una cinta de casette que yo misma grabé y a la que castigué con un título tan significativo como Canciones sangrantes, por el dolor que destilaban cada una de ellas, y que me dedicaba a reproducir una y otra en mi radiocasete cada vez que tenía ganas de regodearme en mis desgracias personales, del tipo “aquel chico que te gusta con locura pero se ennovia con otra” o “te quise a rabiar pero ahora se me ha pasado de repente”. Y por eso aquella colección de canciones contiene joyas como Todo tiene su fin (“pudo quererme y no comprendo por qué no ha sido así”), Si te vas (“te prometo que sigo viva, sufriré pero así es la vida, no me verás como una esclava pegada a ti por donde vayas”) o una mala traducción de Todo aquello que escribí (“tanto mirarte que no pude verte y me olvidé de tus cadenas y mi propia muerte”). Simplemente, espeluznante.

En fin, que el tema musical nos da mucho juego, y no sólo en lo que se refiere a los amores pasionales o prohibidos. Existen letras que en la actualidad producen, como mínimo, vergüenza ajena, por no decir que no podrían ser escuchadas sin llevar directamente a los juzgados a sus autores tras la correspondiente demanda. Porque aquel “tendría que matarte y desnudarte, atarte y luego violarte” de Los Ronaldos, que en su día pudo sonar incluso transgresor, hoy no resiste ni la más mínima escucha sin caer en la indignación, cuando no en el vómito. Había quien quería “bailar sobre tu tumba” o cantaba sin pudor “no me beses en los labios, no ves que me haces daño, tengo un calenturón que me duele un montón.”

Ni qué decir tiene que esto es sólo un pequeño esbozo de lo que pueden dar de sí los recuerdos musicales que cada uno es capaz de guardar en su subconsciente y el efecto que desde niños nos produjo asimilar aquellas melodías que imperaban en la época. Sin embargo, de justos es reconocer que también permanecen en el imaginario colectivo de toda una generación verdaderas joyas que resisten el paso de los años sin sufrir apenas desgaste. Pero tampoco quiero aburriros, porque para hablar, por ejemplo, de los míticos Triana o, ¡qué sorpresa!, de Serrat, yo necesito un poco más de tiempo. Y por supuesto, muchísimo más espacio. Continuará…




domingo, 15 de mayo de 2016

Quita el agua y pon el sol

Por Marisa Díez

La gran paradoja en lo que se refiere al patrón de Madrid es que se trata de un campesino: san Isidro Labrador. Supongo que es sólo una más de las múltiples contradicciones a las que se enfrenta a diario esta villa. Una ciudad a la que sientes, en ocasiones, absolutamente provinciana y, sin embargo, a menudo la encuentras convertida en una urbe inabarcable e impersonal. Hablar de Madrid es hablar de extremos, de la misma manera que la quieres y la odias a partes iguales, según el día, el momento o el lugar. Al fin y al cabo ya sabemos que sólo se odia lo que se quiere y ésta es una afirmación tan manida como incontestable.

Cuando me propuse escribir en este blog una entrada sobre Madrid, aprovechando la celebración de sus fiestas patronales, pensé que no se me ocurriría nada nuevo que decir; al fin y al cabo, ya todo está escrito sobre esta ciudad "invivible e insustituible", en palabras de Sabina. Lo primero que te viene a la cabeza al intentar definirla es esa supuesta hospitalidad de sus gentes, algo que se ha descrito como una característica de la ciudad desde tiempo inmemorial. Y aquí surge mi primera discrepancia ante una afirmación que no considero rigurosamente cierta. Yo soy madrileña, por suerte o por desgracia, porque no tuve en ello ninguna capacidad de decisión. Y a poco que hayas viajado por cualquier lugar de la península, te darás cuenta de que, hospitalarios, en el más amplio sentido del término lo son, por ejemplo, los asturianos; en general, toda la gente del norte. A nosotros lo que nos pasa en realidad es que nos da igual de dónde provenga cada uno, no nos afecta lo más mínimo para tratarlos de un modo u otro. A lo sumo puede ser un tema de conversación cuando no sabes de qué hablar, pero poco más. Nadie es mejor ni peor por haber nacido aquí o allá y además, estamos acostumbrados a la mezcla, que es lo único que verdaderamente nos confiere cierta identidad, aunque parezca contradictorio. Y la supuesta rivalidad con Cataluña –que existe, no lo voy a negar, sobre todo alimentada por el fútbol- es algo que nos han impuesto, últimamente en dosis exageradas, los políticos de turno, del centro geográfico y de la periferia, bombardeándonos con centralismos y nacionalismos que ni nos van ni nos vienen. Eso sí, el Barça y el Madrid… eso ya son palabras mayores. Pero éste es otro tema que, a decir verdad, no me interesa lo más mínimo.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Ya no somos los mismos

Por Marisa Díez
 
A veces las circunstancias más adversas son las que te hacen dar un giro definitivo a tu vida. El encontrarte, sin esperarlo, en el filo de la navaja, es lo que te obliga a reflexionar y ser consciente de todo lo que no funciona a tu alrededor. En ocasiones, es posible que seas culpable del desastre en un tanto por ciento bastante elevado, pero no siempre es así. Puede que te hayas dejado llevar y, sin darte apenas cuenta, te descubras en el centro de una espiral en la que no haces más que dar vueltas y vueltas sin encontrar la salida. Entonces notas esa especie de chasquido que te indica la necesidad del cambio. Y te pones a ello. Es posible que todo ocurra de manera espontánea, pero también puede ser que un suceso puntual te haga recapacitar en pocos minutos y te sientas con fuerzas para enfrentarte a todos tus miedos.

Algo de esto me contaba una amiga para explicarme lo que le había ocurrido hace unos días ante un diagnóstico médico, en principio, poco favorable al optimismo. No es que empezara a dar saltos de alegría cuando los doctores le explicaron, por fin, de dónde provenía realmente su extraña dolencia, pero tras el susto inicial, decidió ponerse el mundo por montera y arreglar todo el desaguisado que bullía en su entorno. Y en ésas anda, sin saber bien por dónde van a empezar los cambios, pero decidida a luchar y resurgir con más fuerza que nunca. Los que la conocemos bien tenemos claro que no es persona de rendirse, así que la única duda que nos queda es conocer el tiempo que tardará en hacer efectiva su metamorfosis.

Pensaba en todo esto mientras terminaba el último libro de Marta Rivera de la Cruz, Nosotros, los de entonces publicado por la editorial Planeta, una de esas lecturas que con un lenguaje sencillo, te hacen sentir a menudo protagonista de la propia historia, por lo cercano de su trama. El planteamiento es simple: un grupo de amigos, inseparables en su juventud, deciden reencontrarse para disfrutar de un fin de semana en una casa rural, después de diez años sin verse. A partir de ahí, un cúmulo de anécdotas y recuerdos del pasado; secretos inconfesables que salen a la luz y ese inevitable sentimiento de lo que pudo haber sido y no fue. La supuesta crisis de los cuarenta y tantos con el lastre de mucho sueño incumplido. Y la clara percepción de que la vida no resultó en absoluto como ellos la habían imaginado en sus sueños de mocedad. Nada, en fin, diferente de lo que hemos sentido el común de los mortales en algún momento determinado de nuestra existencia.

jueves, 21 de abril de 2016

TSNR



Por Esperanza Goiri

En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación. (Octavio Paz)


Bajo esas siglas se esconde la tensión sexual no resuelta (TSNR). Ojo, que no estamos hablando de amor sino de sexo. Dos personas se atraen locamente pero por diferentes motivos, no pueden, o no quieren, traspasar esa línea en la que no hay vuelta atrás. Ya se sabe que la tensión hay que liberarla o estalla. Es así; o te dejas llevar con todas las consecuencias o pones tierra de por medio. Cuando se cruza el límite, pueden suceder dos cosas: que recuerdes un revolcón sublime el resto de tu vida o que, a toro pasado, pienses que mejor hubiera sido no haberla resuelto nunca.


  Pese a ser un recurso de guión archiconocido y utilizado hasta la saciedad, los espectadores caemos una y otra vez en sus redes y nos dejamos encandilar por esas parejas que se desean desesperadamente pero se resisten a consumar su pasión. La identificación con ellos llega a ser tal, que a veces te dan ganas de meter la mano en la pantalla (si ello fuera posible), darles sendas collejas y decirles: ¡atontados, montároslo de una vez, si estáis loquitos el uno por el otro! Pero somos conscientes de que en el momento que yazcan, en el sentido bíblico del término, se acabó lo que se daba.
 
Son muchos los partenaires televisivos que han sido “torturados” por los guionistas, viviendo en un sinvivir, valga la paradoja, bajo un claro TSNR. Los protagonistas de Luz de Luna, Reemington Steele, Bones, Castle, Expediente X, por citar algunos, son ejemplos de manual. A mí personalmente, me encanta la encarnada por Tony Soprano y su psiquiatra, la doctora Melfi, que se encuentra descolocada ante ese hombre con el que no debe liarse por tres claros motivos: es su paciente, está casado y es el capo de la mafia de New Jersey (¿alguien da más?).


miércoles, 13 de abril de 2016

Gente tóxica

Por Marisa Díez

Hay personas que están en este mundo sólo para molestar. A veces ni siquiera son conscientes del mal ambiente que crean a su alrededor, pero están ahí, fastidiando al personal de manera continua y reiterada. En la actualidad, y en aras de un vocabulario políticamente correcto, se les denomina con una expresión de lo más sutil, y nos referimos a ellos como “gente tóxica”. Pero vamos, que en mi barrio, por ejemplo, se les conocería con una expresión mucho más descriptiva y directa, porque en realidad no son más que “los tocapelotas” de toda la vida.

Todos nos hemos cruzado en alguna ocasión con algún elemento de este pelaje, lo que ocurre es que a veces están agazapados y cuesta identificarlos. Se esconden tras una apariencia relativamente afectuosa y, en cuanto te descuidas, ¡zas!, te pegan el zarpazo. Hace unos días, una amiga descubrió que en su círculo más íntimo se escondía un individuo (bueno, es su caso particular, una individua) de esta calaña. Y sin saber bien cómo, se encontró indefensa y sin fuerzas para hacerle frente. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al contarme cómo se sentía, yo le aclaré que lo que tenía a su lado desde tiempo inmemorial era lo que ahora se conoce como una persona tóxica. Así que se dedicó a bucear por internet buscando la definición exacta de semejante apelativo y encontró infinidad de artículos dedicados al tema, así como diferentes manuales de autoayuda con los que, de inmediato, se sintió plenamente identificada.


jueves, 31 de marzo de 2016

Imre Kertész ha muerto

Por J. Teresa Padilla

 Hace tiempo que decidí no escribir aquí por obligación, por mantener una sana regularidad. Desde que la salud, eso que damos por supuesto como nuestro estado natural, se me reveló como un regalo que hasta ese momento se me había concedido de forma gratuita e inmerecida, como un milagro, decidí que escribiría lo que pudiera y cuando pudiera, olvidándome de hábitos saludables.

Esta semana iba a “pasar”. Y eso que ayer oí en las noticias un dato sorprendente y sobrecogedor, un dato que se mencionó con ese automatismo aséptico de las locutoras profesionales que me convence de que no piensan en realidad lo que están diciendo cuando leen en sus “teleprompters”: la primera causa de muerte “no natural” en España, por encima de los accidentes de tráfico, era el suicidio. Se mencionó el número de suicidios diarios durante el 2014 (de ese año creo que era la estadística), un número que me resultó incomprensible e inimaginable. No sé, pensé que debía escribir algo sobre algo tan díficil (o quizás no) de entender, pero no me vi con fuerzas. Ni con palabras, en realidad. El hecho me dejó muda y no he logrado aún superar la estupefacción inicial y encontrar un camino hacia una relativa comprensión.

Imre Kertész (Foto: Csaba Segesvári)

miércoles, 23 de marzo de 2016

Nuestros ayeres

Nuestros ayeres. Natalia Ginzburg.

Círculo de lectores: Barcelona, 1996, 366 pp.


“La guerra no era como ellos se creían, seguían pasando las cosas de todos los días, sólo que con cortinas negras en las ventanas”.

Por J. Teresa Padilla

Una frase sencilla, como todas las de Natalia Ginzburg (1916-1991), que, sin embargo, dice mucho más de lo que aparenta. Porque ni la guerra ni la revolución son esas aventuras épicas que trastornan por completo la vida y vuelven el mundo del revés, ésas que tan a menudo el cine convierte en un espectáculo deslumbrante lleno de acción y heroísmo. Tras su ensordecedor ruido la vida sigue transcurriendo con su tozuda cotidianidad, y las personas siguen peleándose por fruslerías, iniciando lo que suponen que debería ser su primera experiencia amorosa. En mayor número que en épocas de paz, la gente continúa muriendo, de forma natural o quitándose la vida, pero también trae hijos al mundo y sigue amando a sus perros, puede que incluso más que antes. Como antes y después de la guerra, las personas hablan, más para sí mismas que para otros, y callan sin embargo lo esencial, lo que sólo tiene sentido dirigido al otro, favoreciendo así el crecimiento de un silencio íntimo y aniquilador que lo engulle todo.

jueves, 10 de marzo de 2016

El esperpento

Por Marisa Díez
Hace un tiempo que conté la historia de mi vecino del tercero, aquel que vivía su particular sueño de independencia en la comunidad. Es un buen hombre y lleva un tiempo que está más tranquilo, ahora que le ha tocado ser presidente. De vez en cuando suelta algún exabrupto, pero como ya nos hemos acostumbrado a sus excentricidades tampoco nos cuesta demasiado aguantarle. Mientras no se ponga guerrero, ahí está; es un tipo peculiar pero muy buena gente. En lo que a mí respecta, hace un tiempo que ha pasado a un segundo plano, metida como estoy ahora en la reforma de mi propia casa. Llevo ya casi tres meses en un sinvivir y no veo la salida. Cuando pienso que por fin lo tengo claro, me enseñan un nuevo plano de cómo podría quedar mi pisito con unos ligeros cambios por aquí y por allá. Y, ¡ale!, a dudar otra vez. Y vuelta a empezar.

jueves, 3 de marzo de 2016

El Reino

El reino. Emmanuel Carrère.

Anagrama: Barcelona, 2015. 520 pp. 24,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

Aparte de un bastón de senderismo para animarme a salir más a la calle y superar la inseguridad deambulatoria que me invade últimamente, Juana ha compartido parte de sus “reyes” conmigo: El reino, de Emmanuel Carrère. Menos mal, porque los míos están ya muy mayores y olvidadizos.

Al César lo que es del César: esta obra (que mezcla la autobiografía, el ensayo divulgativo sobre los orígenes del cristianismo y la reconstrucción, ocasionalmente ficcional, de la figura de Pablo o del proceso creador del evangelio de Lucas) se lee de un tirón. Y lo digo porque es un libro que me resultó decepcionante hasta bien avanzada su lectura, aunque al final terminara reconciliándome con él. Se está convirtiendo en una costumbre entre Carrère y yo que cuando estoy a punto de “tirarle a la piscina”, como hacía Umbral, termine cogiéndole cierto afecto.

Como ya sospechaba cuando reseñé Una novela rusa, la apuesta literaria de Carrère es justo la reducción de lo literario al mínimo: la realidad prima sobre la ficción y la forma de contarla debe ser la más natural y sencilla posible. Para consuelo de los lectores que, como yo, vemos en la ficción una de las mejores formas de acceso a una realidad que, sin ese artificio, nos aturde, queda la metaliteratura, que la hay y es lo mejor de esta obra. Ahí sí deja Carrère de lado por un momento los hechos, más o menos contrastados, y recrea libremente a Pablo y Lucas como autores de los escritos a ellos atribuidos. Y estos Pablo y Lucas imaginados resultan más creíbles que los históricos.


sábado, 20 de febrero de 2016

Mi amigo Toni

Por Marisa Díez


Esta semana, un amigo se dispone a cruzar la frontera. El domingo 21 es el día en el que, si la memoria no me falla, cumple sus primeros cincuenta años de vida. O el medio siglo. O entra en la cincuentena. O como se quiera definir semejante hecho. El caso es que los cumple sin remedio, algo que no está nada mal, considerando la alternativa, que diría alguien por ahí.

Mi amigo Toni es el tercero de mi lista particular que, en lo que va de año, alcanza la cifra fatídica. Ya sé que, matemáticamente, se trata sólo de un cambio de dígito. Y que su rutina va a seguir más o menos igual un día antes, estando en la cuarentena, que un día después, estrenando la nueva década. Pero qué queréis que os diga, yo en su lugar estaría asustada. Y eso que a mí todavía me queda un montón de tiempo para llegar a tan escandalosa edad…

Hace ya cerca de dos años, a mi amigo Toni la vida le dio un vuelco inesperado. Tardó un poco en superar el shock, pero ahora, aunque sigue en el intento de recomponer las piezas del puzzle que se le descolocaron, ahí está, hecho un chaval y recuperando parte del tiempo que había dejado atrás sin enterarse. Durante bastantes años le perdí la pista, aunque nunca dejé de tenerle en mi pensamiento. Es de esas personas a las que no olvidas una vez has tenido la suerte de conocer. Además, mi amigo Toni y yo éramos dos compinches y llevábamos a rajatabla la consigna que nos impusimos en los años de nuestras aventuras adolescentes: reírnos, con la máxima fuerza posible, absolutamente de todo y de todos, con el descaro y la inconsciencia propias de aquella edad en la que no existían límites ni ataduras.


lunes, 15 de febrero de 2016

Gran Cabaret

Gran Cabaret. David Grossman.

Lumen: Barcelona, 2015. 240 pp. 17,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

“Lo principal es que me veas”. Ésta es la petición que un cómico próximo a la sesentena dirige telefónicamente al que, durante un breve periodo, fue su único amigo de la infancia y no volvió a ver desde entonces. Aunque con alguna dificultad inicial, la de la resistencia de la memoria a recuperar momentos dolorosos, su interlocutor (un juez retirado) termina por recordarle: él le descubrió entonces una faceta de sí mismo que no sabía que existía y que, en los últimos tiempos, ha perdido. También para él aquella breve relación fue relevante, mucho más de lo que en un primer momento puede o quiere rememorar.

“Lo principal es que me veas”. Éste es el deseo expreso y recurrente del cómico cuando ruega al juez que asista a su espectáculo. Un espectáculo que sabremos luego que es el último, de ahí su, a veces, desesperada insistencia. El cómico no pide al juez un veredicto ni una opinión. Le pide que vea eso que antes de cualquier sentencia y como requisito de su justicia los buenos jueces (y él lo ha sido) ven en el acusado: “eso que seguramente sólo una persona tenga en el mundo”. Y, por fin, el juez lo entiende: “El secreto, el temblor de lo que es único. Todo lo que va más allá de las palabras que describen a una persona, más allá de todas las vicisitudes por las que haya pasado, más allá de las cosas que se vieron truncadas y que lo distorsionan”. Eso, en suma, que todos buscamos en la mirada de los demás cuando no huimos, precisamente, de ella (y de nosotros mismos).

El juez rememora esta conversación telefónica sentado ya a una mesa del modesto local de Natanya en que Dóvaleh escenifica su “comedia en vivo”, pues la novela se ciñe estrictamente a la narración de esta comedia, en la que los chistes y gags de repertorio se ven interrumpidos, cada vez más a menudo y cruelmente, por la realidad: la persona que se oculta tras el personaje, un ser enfermo y torturado que no muestra piedad alguna por sí mismo. Alguien, al principio, completamente extraño para el juez, distinto por completo al niño que él conoció. Alguien por descubrir, que tiene que ver por primera vez.
Picasso. Au Lapin Agile: Arlequin tenant un verre (1904)
Y conforme el local se va vaciando de clientes incomodados por la progresiva conversión de la comedia en vivo en la narración de una tragedia vital (la historia de un peculiar “asesinato”, del “primer entierro” de Dóvaleh), el juez inicia ese descubrimiento en el que, tanto por medio de su mirada como la de otros espectadores, intenta desentrañar ese misterio, ese secreto que el cómico necesitaba desesperadamente que se le revelara. Y a la par vuelve sobre su insignificante papel en el inicio de aquella historia que desconocía para descubrir que también es la suya, la de su “primer entierro”, la de su primera muerte. Porque lo que el cómico relata en la narración del viaje desde el campamento militar juvenil, donde se encontraba, hasta el cementerio en que debía asistir al entierro de uno de sus progenitores (ignora cuál), es sobre todo la muerte de su infancia a manos de la culpa. Una culpa que, poco antes del inicio de aquel viaje, había hecho también al juez, presente en el campanento, prorrumpir en un llanto “que nunca había experimentado”: “un llanto de duelo”.

Da igual que esa culpa no hubiera sido el resultado de una acción o un pensamiento realmente libres, que respondiera a una omisión o a una ocurrencia involuntaria. Precisamente por ello puede que diga más sobre quién se es en el fondo, independientemente de aquello en lo que deliberadamente se haya convertido. Es por eso que es una culpa que, imposible de perdonarse a uno mismo, puede llegar a torturar de por vida como una pesadilla. Una pesadilla que su escenificación ante los pocos que finalmente han accedido a escucharla consigue traer a la memoria diurna y clara.

“Desde entonces hasta hoy, siempre, he sido un hijoputa, a los catorce años también, con un alma de mierda, allí sentado en la camioneta echando mis cuentas, el cálculo más espantoso y depravado que uno pueda hacer en la vida”. Esta es la confirmación o el desmentido que Dóvaleh espera del juez para morir condenado o poder perdonarse. Y el juez, que vuelve a ver al “niño de cincuenta y siete años reflejado en un viejo de catorce”, revive aquel momento crucial en que todo comenzó y se imagina realizando las sencillas acciones que podían haber evitado todo lo que vino después. Es su forma de expiar la culpa del cómico: asumiendo una culpa ignorada e involuntaria. Un gesto de ternura, de generosidad, que salva, en realidad, a ambos.

Grossman nunca me defrauda: en medio de los mayores horrores siempre encuentra la forma de defender el poder de la compasión, el amor, el perdón y la piedad. "Ah, es que yo soy muy old fashion", dice en una entrevista. Y me alegro.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Una tumba para Boris Davidovich

Una tumba para Boris Davidovich. Danilo Kiš.

Acantilado: Barcelona, 2010 (2006). 192 pp. 15 euros.


“Les dije que no los rompieran, pues muchos libros no eran peligrosos, que solamente escondía peligro uno de ellos; y que la lectura de muchos libros llevaba a la sabiduría y la lectura de uno solo llevaba a la ignorancia, armada de la demencia y del odio” ("Los perros y los libros" en Una tumba para Boris Davidovich).

Por J. Teresa Padilla

La Historia (con mayúscula porque se identifica con el devenir de la Idea, la Razón, el Sentido y, por ello, puede considerarse el esqueleto de cualquier ideología) aspira a la intemporalidad, que no debe entenderse como un estar fuera del tiempo, sino como un abarcarlo por entero. La Historia es pasado pero proyectado siempre utópicamente hacia un futuro siempre diferido. Por su parte, “el hombre no es más que una partícula de polvo” temporal, perecedera y prescindible “dentro de un océano de intemporalidad”. Esta es la gran mentira, en muchos aspectos todavía vigente, en nombre de la cual la Historia se siembra de dolor, locura y cadáveres.

Una tumba para Boris Davidovich (1976) se subtitula “Siete capítulos de una misma historia”. Una historia, pero siete vidas y siete relatos diferentes sobre lo que es siempre uno y lo mismo y sobre lo que nunca lo es. Ésta es la rebelión literaria contra la gran mentira: negarse a contarla a ella misma, y dirigir la mirada a las “partículas de polvo” que flotan en ella porque, ésta es la apuesta, sólo ellas pueden poner al alcance de nuestra comprensión la magnitud de la perversidad encerrada en esa gran mentira que se llama Historia.

jueves, 4 de febrero de 2016

Nunca confíes en tu compañía de seguros

















Por Marisa Díez

 Se llamaba José Luis y, para todos los que tuvieron la suerte de conocerle, siempre fue una persona especial. Y no sólo porque su enfermedad le hiciera diferente; era de ese tipo de personas a las que conquistabas apenas con un simple abrazo sincero. Desde ese momento lo habías ganado para siempre y podías sentir su lealtad y un cariño sin dobleces. Todo el mundo le quería. Y puedo dar fe de que no se trata de una simple frase hecha. Una mente de niño encerrada durante años en un cuerpo de hombre. Es posible que su cabeza se negase a avanzar más allá de los ocho o nueve años, porque entonces ya fue consciente de que era mucho mejor quedarse anclado en la infancia y así no tener que formar parte de este mundo insolidario y definitivamente loco. José Luis siempre tuvo mucho miedo a la muerte y por eso decidió una mañana irse sin avisar, para no tener que enfrentarse con ella cara a cara. Se quedó literalmente dormido y ya no se despertó. Es el único consuelo que nos quedó a los que continuamos aquí y lo que verdaderamente nos dio fuerzas para superar el infierno en el que se convirtieron las horas que siguieron a su partida.

viernes, 29 de enero de 2016

Red Diamond, detective privado

 Red Diamond, detective privado. Mark Schorr.

Júcar, Madrid, 1989. 257 pp.


Por José María Ruiz del Álamo

Son novelas de género las que nutren mi biblioteca. Ya mis primeras compras se centraron en Agatha Christie. En el rastro de la calle Marqués de Viana, de Madrid, realizaba las adquisiciones. Éstas se enriquecieron luego con las de la colección Serie Negra, de la Editorial Planeta. Supuso un encuentro con el clasicismo de Raymond Chandler y Dashiel Hammett, además de títulos que habían sido llevados al cine (La jungla de asfalto o La ventana indiscreta). Tendencia anglosajona en cualquier caso.

Confieso, es verdad, que aquel puesto del rastro tenía una oferta de 3x2, así que arramblaba con dos novelas de género negro y una tercera de la colección Sonrisa Vertical. La propensión lectora hacia lo policiaco vino a ampliar horizontes con las obras que sacaba de las bibliotecas de la Comunidad de Madrid, en las que descubrí, gracias a la colección Etiqueta Negra de la editorial Júcar, a Stuart Kaminsky y Donald Westlake. No se enriqueció mi biblioteca con estos volúmenes, pero sí con la Serie Negra editada por El País en el año 2004. Todavía no me he dado al boom de la novela negra nórdica.

En un reciente paseo por la biblioteca Central, de Madrid, divisé el ejemplar protagonista de esta entrada. “Bien —me dije—, es el momento de retomar la Etiqueta Negra, de divertirse con la lectura; que el espíritu se alegre. La suerte está echada”. Y, cogido de la mano de Mark Schorr he pasado unas cuantas horas. Primero le di alojamiento en mi vivienda, lo mismo en el sofá que en la cama, luego fueron armónicos paseos en metro, también tomamos algún café juntos, y lo llevé a la Filmoteca, compartimos butaca… ¿Estamos, entonces, ante una lectura de calle? Viajero salió, es cierto, quizá por su ligereza podría decirse que sí. En todo caso, ya lo he devuelto al sedentarismo de la biblioteca.
Mark Schorr no disimula que ha bebido de los clásicos, pero su escritura no alcanza tan excelsos territorios aunque su trama venga a sustentarse sobre el aura del Caballero de la Triste Figura, aquí encarnado por un taxista de 110 kilos de peso que vive en el Nueva York de los primeros años ochenta: un perdedor, prisionero de una casa que es todo gastos y de una familia que, en cierto modo, le desprecia. Panorama tal le lleva a evadirse en la lectura, con su colección de varios miles de libros y revistas policiacas. La tormenta se desata en su interior cuando su mujer vende la tan preciada biblioteca. Entonces, vagando en la noche de whisky en whisky, termina por caer en manos de una prostituta y se ve involucrado en un tiroteo. El shock le lleva a creerse Red Diamond, el héroe de sus novelas favoritas. Y en ese “viaje” al mundo de la ficción lleva consigo a los personajes de estas obras: la cautivadora Fifí y el malvado Rocco. Simon, pues éste es el nombre real de nuestro Red, deja el asfalto de los años ochenta para sumergirse en la desnuda ficción de los cincuenta.

No se olvida Schorr de Dulcinea (Fifí), y rubia la dibuja sobre distintos rostros, los de las mujeres a las que Red ayudará en sus peligrosas cuitas. Como el caballero manchego, Schorr traza las diferentes salidas, ya sea en Nueva York, donde todo el ambiente es barriobajero y se plasma en tenebrosa oscuridad (el mundo de la droga); ya sea en Los Ángeles, que bulle en una soleada claridad totalmente corrompida (el robo de obras de arte).

Red Diamond tiene en la mente los años cuarenta-cincuenta, la época dorada donde reinan Mike Hammer, Marlowe, John Dalmas o Lew Archer: “Un mundo donde los hombres eran hombres y las mujeres estaban disponibles”. Hombres duros que ostentaban el título de detectives privados. Y en ese universo se adentra con la soledad a sus espaldas. Porque el soplo que alienta a Red es la búsqueda de Fifí, lo mismo para salvarla de los males que la acechan, lo mismo para declararle su amor; y aunque en lo primero logre alcanzar la meta, en lo segundo tropieza una y otra vez con la misma piedra. Más allá queda su archienemigo Rocco, autor de los apuros que padece Fifí; claro que la naturaleza puramente literaria de su antagonista impide a Red acabar con ese principio supremo de las añagazas que sufre.

Simon es un hombre de carne y hueso que libra una lucha sin cuartel en busca de los personajes, y aunque el encuentro resulta imposible, la búsqueda es desaforada, ya que si Fifí llega a tener una representación en las distintas mujeres con las que dialoga, aunque nieguen su identidad, será Rocco quien se dibuje espectralmente, porque resulta un ente invisible y desconocido para todo el mundo. Tapadera sublime esa inexistencia que Red necesita desentrañar. Vana epopeya. Todo ideal deviene en una quimera inaccesible: a lo sumo se puede robar una caricia, una caricia de Fifí.

El autor necesita la complicidad y el divertimiento con el lector y para ello sigue las directrices de la novela negra (véase el homenaje/copia de la trama de El sueño eterno), donde, más que encontrar al culpable, se viene a trazar esa descripción tan característica y propia del género humano y la sociedad: “Solo soy un tipo que se mueve por entre la ropa sucia de otra gente, encuentra aquello que más sucio está y lo saca a la luz”.

No faltan las peleas, no faltan los disparos. Falta un fiel escudero que acompañe al héroe. Éste cabalga en solitario hacia las celadas que depara el camino. Soledad que no nubla su sentido de la justicia: “Tienes derecho de permanecer callado. También tienes el derecho de sangrar profusamente cuando yo parta tu hermosa cara contra una pared. ¿Quieres oír algunos de tus otros derechos?”. Con métodos expeditivos investiga en un mundo que se rige por la mentira.

La serie Red Diamond constituye una trilogía que se completa con Red Diamond, as del juego y Red Diamond, ídolo del rock. Quizá prosiga su lectura, aunque este primer tomo no despierte grandes alharacas, sobre todo porque, al contrario del ejemplo cervantino, no deja espacio al humor. No resulta una novela ejemplar, aunque constituye un ejemplo menor de aquel inspirador clasicismo.

martes, 26 de enero de 2016

Aquellos (supuestamente) maravillosos años

Foto: Pixabay
“He prolongado mi infancia a lo largo de toda la vida, he salvado mi sueño y por eso mi vida no se ha perdido ni se ha frustrado” (Francisco Umbral, Mortal y rosa).

Por J. Teresa Padilla

La adolescencia. Dícese de la etapa de la vida que transcurre entre la niñez y la edad adulta y que conviene no confundir con la pubertad, pues no se limita a designar el periodo de transformación física que culmina en la madurez sexual. Precisamente por esto no se sabe bien cuándo empieza, pero todavía menos a qué edad puede considerarse que ya se ha superado (si es que se supera), porque resulta imposible fijar cuándo se deja de ser un niño (en términos absolutos y no sólo físicamente) o se puede uno considerar un adulto hecho y derecho. Entre otras cosas porque tampoco se sabe determinar con claridad qué es un niño y qué un adulto.

Ésta es la pura verdad, pero vivimos en un mundo que no tolera bien las inexactitudes y hace tiempo que perdió el respeto a la verdad. En consecuencia la Organización Mundial de la Salud se sintió obligada a dar algo de precisión numérica a tan confuso concepto y estableció que este periodo transcurre entre los diez y los diecinueve años de edad. Y aunque la afirmación no pretende gozar de exactitud matemática, no puede evitar marcar los límites de la normalidad. O sea, que si, por ejemplo, a los trece años sigues disfrutando de tus muñecos y no terminas de entender las risitas cómplices de tus compañeros ante determinadas situaciones o frases cuya comicidad se te oculta, te tienes bien merecida la condescendencia burlona de los mismos. Y entonces, aunque sigas siendo una niña, la misma de siempre, y no hayas sentido contradicción alguna entre esto y la aparición de vello en partes de tu cuerpo donde antes no existía o el desarrollo de tus pechos, habrás entrado por la puerta grande en la adolescencia. Te habrán empujado, más bien.

miércoles, 20 de enero de 2016

El malogrado

El malogrado. Thomas Bernhard.

Alfaguara: Madrid, 2011. 152 pp. 16,50 euros.




Por J. Teresa Padilla

Después de Sebald, animada por la asociación mental que su prosa me provocó y el comentario que a la reseña hizo Juana, la relectura de esta obra (mis problemas de movilidad me tienen desesperadamente alejada de la biblioteca últimamente) me ha resultado enormemente iluminadora sobre mí misma y mis preferencias literarias. Y es que, aunque no pude dejar de seguir fascinada en su deambular en busca de orientación al Austerlitz de Sebald, las vueltas y revueltas narrativas de Bernhard me entusiasman hasta la embriaguez, y casi lo había olvidado.

Su relato vuelve una y otra vez sobre sí mismo de forma obsesiva para corregirse, para intentar llegar a una claridad y precisión mayores, para conseguir saber y decir lo justo. El ideal nunca se alcanza. El malentendido o la injusticia -se nos dice en esta obra- y la mentira son inevitables, pero esto, lejos de recomendar el silencio, nos obliga a ese monodiálogo sin fin de la escritura reflexionante que no ceja en la búsqueda de la verdad y su mejor expresión posible, la más sincera. Es una lucha sin tregua con el lenguaje entendido siempre sobre todo como instrumento del pensamiento, más que como pura ficción narrativa. Una lucha en la que no son posibles los puntos finales. Ni siquiera los puntos y aparte. No lo he comprobado página por página, pero creo que no hay ni uno en esta novela (como, en general, no suele haberlos en ningún escrito narrativo de Bernhard). No puede haberlos cuando el narrador no se da tregua en su intento de aclararse y describirse con la mayor justicia posible a sí mismo, aunque sea a través de la descripción de otros, en este caso los dos únicos seres a los que ha estado realmente unido en su vida y que, sólo por ello, puede calificar de amigos. Amigo, más que un apoyo afectivo o una presencia constante, es aquel que ha jugado un papel determinante en la propia biografía, el que explica ciertas decisiones trascendentales y, por tanto, contribuye decisivamente a convertirnos en quienes nos hemos convertido. Un amigo, como aquí sucede, podría ser también un verdugo.

martes, 12 de enero de 2016

Austerlitz

Austerlitz. W. G. Sebald.

Anagrama: Barcelona, 2004. 298 pp. 9,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

Winfried George Sebald (1944-2001) es un escritor alemán considerado por muchos uno de los grandes y convertido incluso, quizá por su prematura muerte y la brevedad de su bibliografía, en algo así como un escritor de culto. Su obra mezcla realidad (ensayo) y ficción, así como ilustra a menudo sus palabras con fotos, planos y otros documentos no necesariamente fidedignos (o sea, en los que lo auténtico y lo ficticio de nuevo se confunden). Su estilo es fluido y denso a la vez, amante de las frases interminables, de las enumeraciones minuciosas y muy reacio al uso de los puntos y aparte. Al leerle resulta difícil no recordar el de otro autor alemán: Thomas Bernhard.

Austerlitz fue su última obra y la más novelística de todas, aunque sólo fuera porque renuncia en ella al papel expreso de narrador, como había sido el caso en sus novelas anteriores Vértigo, Los emigrantes y Los anillos de Saturno. No conocemos, pues, el nombre del narrador que en esta novela nos transmite, usando el estilo directo pero integrándolo siempre en su propio relato, sin hacer uso nunca de la raya, las palabras con las que Jacques Austerlitz reconstruye, para sí y para su interlocutor, su vida. La reconstruye en la medida en que, corrigiendo la que ha sido hasta ese momento su involuntaria forma de vida (o de sustraerse a ella), se decide a recuperar su memoria perdida rastreándola por los lugares en los que transcurrió toda esa vida pasada con la esperanza de recuperar la historia muda unida a ellos.

lunes, 4 de enero de 2016

Sorpresa en Navidad



Por Marisa Díez

 A mi mesa de la Nochebuena, este año habían venido a sentarse quince personas. Salvando los huecos permanentes, esos que añoras cada Navidad, esta vez tuvimos que sumar uno más a la lista, porque mi sobrina Raquel había decidido quedarse al otro lado del charco en estos días de nostalgias varias y sensibilidades a flor de piel. Mal que bien, conseguimos aceptar que la niña ya era mayorcita para elegir dónde y con quién pasaba sus vacaciones, aunque llegado el momento, su silla vacía nos provocaba una mezcla de sentimientos difíciles de explicar sin resultar melodramáticos. En mi familia siempre hemos sido un poco moñas para estas cuestiones, y nos gusta estar juntos en las fechas especiales del año, así que esta vez no sabíamos bien a quién podíamos culpar de nuestra desgracia, aunque el gobierno en funciones de turno, y más después de haber transcurrido cuatro días escasos desde las elecciones, llevaba todas las papeletas.

Así que, entre discusiones sobre quién llega siempre el último, un siéntate tú aquí que yo me pongo allí o las consabidas voces para hacerse escuchar en semejante guirigay, apareció el móvil de mi hermana Isa con la imagen de Raquel en la pantalla, quien había suplicado a su madre estar presente en la mesa aunque fuese en modo virtual. La abuela miraba la pantalla asegurando que la niña estaba emocionada al sentirse tan lejos y por eso apenas podía hablar; la madre de la criatura mantenía el tipo con mucha dignidad y el padre intentaba no aparecer por el salón para que nadie fuera testigo de su carita de pena. Sospechosamente, a su hermano Diego se le veía tan tranquilo, pero nadie dio importancia a un hecho que consideramos propio de su carácter, siempre afable y relajado.

martes, 29 de diciembre de 2015

Nostalgia a la inversa

Marc Chagall. Artista sobre Vitebsk (1977)

“La nostalgia a la inversa, el anhelo de una nueva tierra extraña, se hace especialmente fuerte en primavera" (Vladimir Nabokov, Mary).

Por J. Teresa Padilla

Nostalgia a la inversa. Una expresión que usaba también Márai en el segundo volumen de sus memorias (¡Tierra, tierra!) para referirse a esa nuevo mundo en el que quizá todo sea aún posible, el “que vio el joven marinero desde el puesto de vigía de la carabela de Colón cuando, al alba, se puso a gritar, con voz ronca y excitada: ¡Tierra!, ¡tierra!”. Tierra de comienzos, de esperanza y de nueva vida que nos llena de una íntima y a veces secreta e inconfesada alegría en primavera, cuando el mundo parece renacer y renovarse por completo, y que se parece mucho al sentimiento que nos invade también al comienzo de un año nuevo.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Mierda, cagao, culo


Por J. Teresa Padilla

Vale, ya sé que no es un título muy navideño, pero tengo fe en él: yo, desde luego, entraría para ver de qué va algo con un título semejante y que, encima, incluye la palabra “culo”, que siempre es un reclamo. Claro que, bien pensado, tampoco una se considera últimamente muy representativa del “sentir común”, para qué vamos a engañarnos.

Tal era el grito de guerra y de protesta del príncipe destronado en La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977). Protesta contra el mundo de los adultos que lo ignora, cuando no lo degrada, y que empieza a dar señales de no ser capaz de ofrecer nada de lo que realmente importa o que tenga el más mínimo interés.

Así se siente una de vez en cuando cada vez con más frecuencia (en realidad, casi constantemente), pero, como adulta bien educada (o eso debe aparentar), se aguanta las ganas de espetar la frase en cuestión a más de uno. Pero todo tiene un límite y me aproximo peligrosamente a él, así que no sé exactamente lo que tardaré en explotar en Facebook y empezar a comentar, nada educadamente (para qué fingir lo que puede que no se sea), todas esas publicaciones que me hacen sentir, como al protagonista de la película, una extraterrestre y para colmo idiota.

Los niños no son tontitos raros y es ofensivo tratarlos como tales. Puede que yo no sea ya una niña, pero tampoco, aunque la insistencia del mundo adulto que me rodea en tratarme como tal me haga a veces hasta ponerlo en duda. Y una no puede refugiarse indefinidamente en la literatura. Tarde o temprano tiene que poner la tele, leer el periódico, prestar oído a los comentarios de la gente en los lugares públicos u ojear las redes sociales para enterarse de lo que pasa a su alrededor y del estado de ánimo de sus conciudadanos.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Para que no te pierdas en el barrio

Para que no te pierdas en el barrio. Patrick Modiano.

Anagrama: Barcelona, 2015. 150 pp. 14,90 euros.


Por J. Teresa Padilla

Me he propuesto hacer una reseña breve y sencilla. Como la novela, que también es breve, aunque me cuesta calificarla de sencilla. La sencillez es lo más complicado de conseguir cuando lo que se presenta así no es una pura trivialidad. Y esta novela, que se podría muy bien leer como un relato detectivesco, para nada tiene un tema banal. Habla de quiénes somos, de lo que supone llegar a saberlo, de cómo reconstruir esa identidad fragmentaria, de si, parafraseando al propio Modiano, debemos o queremos “bucear en esa masa espesa y viscosa” que somos nosotros mismos o los lugares (y tiempos) donde hemos de buscarnos. Habla, en suma, de lo que siempre hablan las novelas de Modiano y cómo lo hacen siempre, reproduciendo en la escritura el nada sistemático proceder de la memoria, que es, al fin y al cabo, la responsable de esa identidad que sólo se forja en el tiempo, que está hecha de recuerdos y olvidos, de presencias y ausencias. Una identidad que es tiempo, que se crea destruyéndose y se recrea reconstruyéndose. ¡Vaya! Creo que sencilla,  lo que se dice sencilla, no va a poder ser ya esta reseña.

He dicho que se puede y, quizá, hasta se deba leer como una novela de misterio, pero que nadie espere la resolución completa del mismo. Habida cuenta de cuál es éste aquí, difícilmente podía conseguirse tal cosa. En cualquier caso no nos invade por ello la decepción. Ya nos hemos ido dado cuenta, progresiva pero tempranamente, de que no cabía esperar la aclaración de ningún enigma: nuestro “detective” pasa de largo ante el crimen obvio (pues, aunque pasado, hay un crimen) porque lo único que le retiene en la investigación es que se siente objetivo de la misma. Es el investigador, el testigo principal y hasta la víctima, tal es la quemazón, no formulada siquiera como sospecha, que le impide desentenderse, que le obliga a recuperar del olvido de toda una vida a esos otros que se fue una vez y se abandonó.

Foto: Patrick Modiano
Este detective es Jean Daragane, un escritor al filo de la vejez, inmerso en la soledad propia de esa época de la vida en la que ya no queda nadie que nos haya importado. Nadie ni nada, y por eso sólo se espera ya, en una angustia más o menos manejable, la propia desaparición.

Una tarde recibe una llamada de un desconocido que pretende devolverle una agenda de teléfonos cuya pérdida apenas recordaba ni lamentaba. No obstante se cita con él para recuperarla. El hombre, que aparece acompañado por una mujer, le pide información sobre uno de los nombres que aparece en la libreta. Un nombre que aparece también en la primera novela de Daragane y que éste no recuerda en absoluto. Como tampoco la propia novela.

“Poca cosa”, así comienza y finaliza esta novela, “al principio es poca cosa”: detalles insignificantes que desdibujan el presente y convierten en fantasmas de los seres que se conocieron en el pasado a los que lo habitan. Y ese pasado que, como la maleta de cartón de la que nunca se decidió a desprenderse aunque celebre haber perdido la llave, permanecía cerrado, empieza a revivirse, a hacerse presente. En desorden, con la misma escritura apretada y confusa del dossier en que aparece aquel nombre olvidado, entre otros igualmente sepultados por el tiempo y más queridos, pero abriendo brechas a través de las cuales el dolor y la pena se propagan como una mecha. El dolor, la pena, y aquellos que un día se fue, que se sigue, pese a todo, siendo: esa muchedumbre que es uno mismo.

Recordar o “hacerse el muerto y quedarse flotando suavemente en la superficie de las aguas profundas, con los ojos cerrados”, ésa es la cuestión, el tema recurrente de Modiano. Resulta sorprendente cómo consigue ofrecernos siempre algo distinto a partir de lo mismo. Debe ser eso lo que se llama talento.

martes, 15 de diciembre de 2015

Tardes tontas de domingo

Foto: Pixabay
Por J. Teresa Padilla

Tontas, sí. Aunque la responsable última de su tontería sea nuestra indecisión: los domingos por la tarde no sabes muy bien qué hacer (siempre y cuando no seas aficionada al fútbol, suerte que no tengo y que facilita extraordinariamente la vida en muchísimos aspectos más allá de éste –pero mejor será dejar el tema para otra ocasión, que merece un desarrollo in extenso-). En principio el domingo por la tarde te reconoces el derecho al ocio y el esparcimiento aunque, por otro lado, te invade cierto sentimiento de culpabilidad, pues deberías ir adelantando tareas para no pasarte la semana que estás a punto de iniciar con la lengua fuera como sueles. Y, así, dudando entre el placer y el deber, se te pasa la tarde del domingo sin gozar ni sufrir (sufrir hoy para no hacerlo tanto el lunes). Tardes tontas donde las haya. Perdidas.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Mortal y rosa

Mortal y rosa. Francisco Umbral.

Cátedra: Madrid, 1995. 244 pp. 10,5 euros.


Por J. Teresa Padilla

Un artículo me recordó hace unos días que este año se cumplían cuarenta de la publicación de Mortal y rosa. Justo la excusa que necesitaba para releerlo, aunque no sé muy bien por qué necesita una a veces estos empujones bastante tontos para decidirse a hacer finalmente lo que ya lleva tiempo deseando. Qué importa. El caso es que saqué mi ejemplar de su sitio. Junio de 1995, compruebo que había anotado. O sea, que hace la friolera de veinte años que lo leí por primera vez. Me resulta algo inverosímil: para nada tenía un recuerdo lejano de esta lectura. Se ve que he llegado justo a la edad en que hace veinte años de casi todo. A veces me da vértigo, otras (ahora mismo) me parece un dato tan irrelevante (un año puede ser una eternidad y veinte, un instante) que hasta me avergüenza haber reparado en él.

Hace, pues, al parecer veinte años recuerdo (y compruebo, que el libro tiene alguna anotación y bastantes subrayados) que me interesaron, sobre todo, las reflexiones sobre la naturaleza del tiempo vivido, de la literatura, de la conciencia de nosotros mismos, los otros y el mundo… y sobre el misterio esencial de la infancia. Hoy me han vuelto a interesar, es cierto, sobre todo esto último, aunque de otra manera. No sé si mejor, aunque no puedo evitar tener la convicción de que sí, de que claro que lo es. Hace veinte años buscaba, lo recuerdo bien, una imagen del mundo. Buscaba la cohesión íntima de todas esas reflexiones. Una conclusión. O, por lo menos, elementos y pistas que me ayudaran a llegar a una por mi cuenta. Hoy, sin buscar nada (o sin saber muy bien qué busco cuando leo), he encontrado a un hombre que escribe deslumbrado por el descubrimiento, gracias al niño, al hijo, de quién es él mismo, de la verdad olvidada, pero viva a pesar de todo, que le hace ser el que es y hacer lo que hace. Empieza a escribir deslumbrado por esta luz que irradia el hijo (“un niño es una lámpara de vida”) y termina llorando en la oscuridad su ausencia: “Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido”. Llora al hijo y, tanto o más que a él (y no hay en ello ni rastro de egoísmo), a sí mismo, convertido de nuevo en un huérfano abandonado, dejado de la mano en un lugar desconocido (“nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros, nos trae”; “qué perdida mi mano grande en la vaguedad del mundo, sin la firmeza breve de tu mano”). Ni rastro de egoísmo porque somos, en realidad, ésa es la verdad de cada cual, el niño que fuimos, el que sólo reconocemos en el otro, en el hijo, y ambos se confunden (haciéndonos padres de nosotros mismos), de la misma manera que todos los niños se confunden, porque son el mismo niño. Son y no son, éste es el misterio del “universal concreto”, tan irrepetible como común, tan personal y único como anónimo, de la infancia: “Sólo en la mirada de un niño me vienes un poco, de pronto, de abajo arriba, pero tiembla mi mano al tocar a ese niño, me ahogo de saber que eres y no eres, respiro con miedo su aroma montaraz, que es el aroma de la infancia, por terror de que seas y de que no seas”.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Los besos en el pan

Los besos en el pan. Almudena Grandes.

Tusquets: Barcelona, 2014. 336 pp. 19 euros.

 

Por Marisa Díez

 En ocasiones, la vida te da un vuelco inesperado. Pienso en ello mientras devoro el último libro de Almudena Grandes, Los besos en el pan, en el que se refleja el devenir de varias familias, de un barrio cualquiera de Madrid, durante los años de esta interminable crisis económica. Y sí, me doy cuenta de que a todos nos ha cambiado la vida desde que estalló aquella maldita burbuja inmobiliaria, la misma que nos hizo creernos lo que nunca fuimos y nos llevó a vivir “por encima de nuestras posibilidades”. Con esta falacia nos han intentado convencer durante años de que nosotros tuvimos nuestra parte de culpa en toda esta historia, esa que nos ha dejado exhaustos y casi sin fuerzas para responderles que no tienen razón, que nosotros vivimos como pudimos y consideramos oportuno, y que también teníamos derecho a disfrutar de lo que nos currábamos cada día. Se aprovechan de que estamos agotados para contestarles, a la vez que aniquilan nuestra capacidad de asombro ante el nivel de desvergüenza que han alcanzado nuestros gobernantes y sucedáneos.

Los besos en el pan nos cuenta lo que estamos hartos de ver a nuestro alrededor de unos años a esta parte. Ni siquiera tu vida misma tiene algo que ver con lo que era antes del crack. En mi caso particular, yo tenía un empleo estable, con un sueldo más que decente, si lo comparamos con el que me pagarían hoy por hacer el mismo trabajo, que probablemente se reduciría a la mitad, tirando por lo alto. Y como éramos dos, sin cargas familiares y cada uno con nuestro sueldecillo, pagábamos la hipoteca de nuestro pisito sin apenas esfuerzo e incluso, cada verano, nos permitíamos el lujo de hacer un buen viaje, a cualquier destino apetecible e interesante. Tuvimos además capacidad de ahorro y, gracias a ello, cuando llegaron las vacas flacas dispusimos de un colchón que nos permitió encarar el futuro sin sobresaltos importantes. Porque sí, nosotros también nos quedamos sin trabajo. Los dos. Más o menos a la vez. Y lo que pensabas que sólo le ocurría a tu vecino de enfrente, resulta que te explota en tu misma cara sin avisar. La cuestión se resolvió sin llegar a la tragedia y, aunque yo sigo nadando contracorriente y buceando entre currículums y ofertas de empleo cada mañana, hace tiempo que decidí no quejarme, ante mí ni ante nadie, en vista de los dramas de los que he podido ser testigo con solo echar un vistazo a mi alrededor.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

La vida ante sí

La vida ante sí. Émile Ajar.

Plataforma: Barcelona, 2007. 224 pp. 16 euros.




"-No hay que llorar, hijo. Es natural que los viejos mueran. Tú tienes toda la vida por delante.
¿Quería meterme miedo, el muy cerdo, o qué? Siempre he observado que los viejos dicen: “Eres joven, tienes toda la vida por delante”, con una sonrisa, como regodeándose.
Me levanté. Bueno, ya sé que tengo toda la vida por delante, pero no iba a darme mala sangre por eso".

Por J. Teresa Padilla

Con sesenta años, Romain Gary decidió reinventarse a sí mismo y creó a Émile Ajar. Reinventarse o quizá desdoblarse, pues nunca dejó de ser “el famoso Romain Gary”, ganador de un Goncourt en 1956 con Las raíces del cielo. No dejó de ser quien era (ni de publicar como tal), pero probó a ser también otro: un escritor que empieza de cero y está libre de todas esas expectativas que genera una carrera literaria previa de éxito. Y así, en un momento en que Romain Gary era considerado por la crítica de su país un autor previsible y que se estaba quedando anticuado, Émile Ajar, el supuesto seudónimo de un pariente lejano de Gary, Paul Pavlowitch, la deslumbra y vuelve a ganar en 1975 el Goncourt (premio que no puede concederse dos veces al mismo autor) justo con esta obra: La vida ante sí, la que era su segunda novela como Ajar. No fue hasta después de su muerte en 1980 que quedó confirmada la identidad última de ambos en Vida y muerte de Émile Ajar, confirmación que supondría, me imagino, una divertida venganza póstuma de los críticos que habían empezado a acusar a Gary de imitar a Ajar.